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Relato: La condesita (03: Euge y Godofredo)




Relato: La condesita (03: Euge y Godofredo)

  

La condesita Isabella, 3:


Eugenia y Godofredo.


Continúa la traducción del manuscrito encontrado en los
Archivos de Sevilla:


La guerra terminaría por llegar a nuestro apartado rincón del
mundo, pero los desaforados lansquenetes alemanes que habrían de torcer el rumbo
de mi vida aparecieron seis meses después de los hechos que voy narrando, y esos
seis meses fueron de gozo y aprendizaje. En realidad, casi todo lo que debía
aprender lo aprendí entonces. Bueno, ya les hablaré de la corte de Francia y de
los insólitos descubrimientos que hice en las Indias, pero esas son
preciosidades y excesos: aquellos seis meses en las tierras de mi familia
bastaron.


Como les contaba en el capítulo precedente, durante dos
semanas exploré mi cuerpo, conocí mis zonas sensibles y exploté varias veces de
placer. No volví a espiar a María ni le pedí que me ayudara como la primera vez.
No lo volví a hacer, porque no quería darle demasiada confianza.


Pero desde el principio supe que quería un hombre. Cada noche
que pasaba en mi lecho, tocándome, lo quería con mayor ansia. Pensaba en hombres
y sabía que tenía muchos en torno a mi. Pero tenía que actuar con discreción y
cuidado: no quería terminar convertida en una más de las esclavas de mis
hermanos, ni rebajarme con la servidumbre. Y entre lo que había oído me parecía
particularmente llamativo lo que dijo María acerca de Godofredo y don Ludovico.


También me fijé en las mujeres que, según confesión de María,
eran parte del comercio carnal que a escondidas de mi madre y hasta muy poco
atrás, también a mis espaldas, se ejercía en el castillo y sus alrededores. Las
doncellas de mi hermanita y mis primas y el resto de las fámulas no me
interesaban: como María, eran aldeanas jóvenes, de 14 a 20 años, casi muebles.
Ya había visto a María y a otra aldeana ser poseídas por mis hermanos, y no
tenía nada que aprender de ellas: mis noches solitarias estaban enseñándome que
yo podía y debía ser parte activa en la búsqueda de mi placer.


Es decir, que restaban las dos damas de compañía de mi madre:
la señorita Ana de L. y la señorita Eugenia de M. La primera era una solterona
de la cercana comarca donde mi madre se había criado, hija de un hidalgo de
gotera, que debía su colocación al lado de mi madre a esa condición, y que había
sido compañera suya desde niña. Como mi madre, estaría entonces por cumplir los
40 años, pero la señora condesa, que le había dado a mi padre un hijo al año,
parecía una anciana, casi, en tanto que su dama, a pesar de su carácter duro y
mezquino, seguía siendo una alta y rubia mujer, de generosas formas y gracia aún
juvenil.


Eugenia era varios años más joven. Era hermana de don Guido y
su delgada y morena estampa contrastaba con la rubia Ana. Tendría unos treinta
años y aunque aparentemente recatada y metida siempre en los aposentos de mi
madre y las áreas comunes del castillo, yo conocía bien la firmeza de su
carácter y su desmedida ambición, que en nuestro castillo apenas si tenía campo
de acción. En realidad, era la consejera de mi madre y, como no tardaría en
saberlo, la verdadera gobernante del condado. También sabría que sólo tenía
amores con mi tío, con mi hermano mayor y con mi primo Godofredo, de modo que la
aritmética de María hacía agua por ahí. Mi último descubrimiento, en vísperas de
que llegaran los alemanes, fue que también consolaba a mi madre, dándole el
placer que ella necesitaba y evitándole un ruinoso segundo matrimonio o la
humillación de convertirse en amante de algún inferior.


Regresemos a lo que estaba contando. El castillo cuya
construcción inició en el siglo XIII, tenía una laberíntica red de pasadizos
sólo conocidos por mi tío Godofredo y Francisco, aunque de niños, los demás
habíamos descubierto y explorado partes de él. Yo sabía que detrás de mi ropero
empezaba un lóbrego camino que desembocaba en el comedor y tenía dos o tres
ramales aún más oscuros, que nunca me atreví a explorar, pero ahora, que sí los
necesitaba, busqué en ellos, conté pasos, hice mediciones y pronto supe que uno
de los ramales debía parara cerca de la cabecera de la cama de Eugenia. Dediqué
unas tres horas, una tarde que di libre a María y que Eugenia estaba ocupada con
mi madre y don Carlos, revisando las cuentas de los diezmos y otras cosas
similares, a buscar la entrada. Tardé, pero finalmente di con el resorte
disimulado que abría una entrada detrás de un tapiz. Seguí la búsqueda y
encontré, también, una discreta mirilla.


Esa mismo noche, que era la decimotercera desde el día en que
María me enseñó, empecé a espiar el cuarto de Ana. La primera noche no pasó
nada. La segunda, llegó Francisco, bastante bebido, y como eso ya lo había visto
me fui. Por fin, la tercera noche, apareció mi primo Godofredo.


Yo me había desnudado dejándome sólo las bragas, cubriéndome
con mi bata de dormir. Antes de ponérmela me vi al espejo: me admiré, alta,
rubia, con mis caderas ya formadas (casi, pues) y mis pequeños pechos. Me fijé
en mis facciones, que delataban a la legua la buena crianza y la prosapia de
nuestra estirpe. Mis grandes ojos verdes y mis finas y largas manos atraían ya
las miradas de los varones: en las últimas dos semanas había notado que los
hombres de armas, mis primos y mis propios hermanos me veían con hambre y deseo.
Y mirándome al espejo decidí que eso estaba muy bien.


Me puse la bata, pues, y crucé el pasadizo. Eugenia se había
despojado de sus pesados vestidos, mostrándome, sin saberlo, sus pequeños y
redondos pechos, sus amplias caderas, su breve cintura, su piel morena y
brillante. Así, desnuda, cepilló su negra y abundante cabellera, labor en que
estaba embebida cuando llegó Godofredo, mi primo, a quien yo había elegido para
que gozara mis primicias. Pero antes, quería verlo en acción y compararlo con
mis hermanos.


Godo venía con una amplia capa, de las que solían ponerse en
invierno sobre la ropa, pero cuando atrancó la puerta tras de sí y dejó caer el
capote, vi que estaba totalmente desnudo. Moreno y de pequeña estatura, formaba
una hermosa pareja con Eugenia, que se levantó y avanzó hacia él, fundiéndose en
un estrecho abrazo y uniendo sus labios.


Yo nunca había visto un beso, y verlos así me excitó tanto o
más que las cosas que había visto antes. Ya sabía yo de qué se trataba la
comezón y el ansia que me invadían o que me provocaba cotidianamente, así que
empecé a acariciarme lentamente el clítoris (tardaría mucho en bautizar así la
protuberancia que ya conocía bien), mientras los veía besarse.


Delicadamente, Godofredo empezó a llevar a Eugenia a la cama,
y empezó a acariciarla. Sus manos se apropiaban sus pechos y sus nalgas con
cuidado, mientras ella, con los ojos cerrados, recorría la espalda y las nalgas
de mi primo con sus largos dedos. Aquello duró bastante, bastante más que lo
pocos minutos que habían sido suficientes para que Francisco, Carlos y Luis
terminaran las veces que los espié. Yo no podía más: estaba tremendamente
excitada, como nunca, y entendí lo que María me había dicho. Pero era obvio,
también, que aún Godo trataba a María como la gata que era y no como a una dama,
como estaba haciendo con Eugenia.


Cuando mi primo se metió en la boca uno de los pezones de
Eugenia y al mismo tiempo los dedos de su mano derecha empezaron a entrar en la
cuevita del amor, decidí que no podía esperar más: me despojé de mi bata y pulsé
el resorte secreto, apareciendo ante ellos cubierta sólo por mis sandalias, mis
bragas y mi larga cabellera rubia.


En cuanto me oyeron se incorporaron sobresaltados. Los vi,
jóvenes, hermosos, como una alabanza a Dios, mi primo intentando
infructuosamente cubrirse las vergüenzas con la mano, Eugenia, altiva y
orgullosa en su espléndida desnudez. Fue ella la primera en reponerse y
preguntar lo obvio:


-Señorita, ¿qué hace usted aquí?


-Te he estado espiando, y he estado espiando a mi mucama y a
mis hermanos –ya sabía yo que decirle, aunque un minuto antes no tenía planeado
interrumpirlos-. Y quiero que me desvirguéis. Ya.


-¿A mi me ha espiado usted?, ¿otras veces además de hoy?...
no lo creo... o sabría la diferencia fundamental entre lo que yo hago y lo que
esas perras pueden.


-Pues... no. Primera noche que te veo – confesé.


Eugenia, como hacía siempre, en todos los ámbitos, reaccionó
rápido y tomó el mando.


-Bien. Hoy le sucederá lo que desea... lo que deseas –el paso
al tuteo, en otra ocasión, me habría disgustado-. Pero primero, mira y aprende.


Giró sobre su eje y volvió a besar a mi primo, lo besó y lo
condujo hasta su cama, haciendo que se echara de espaldas y montando luego
arriba de él. Tomó con su mano el poderoso miembro de mi primo, guiándolo hasta
su pequeña hendidura, y vi, desde muy cerca, cómo subía y bajaba lentamente,
engulléndolo, arropándolo, mientras él le sobaba las nalgas y la cintura.


Eugenia subía y bajaba despacito, impulsándose con sus
piernas, mientras Godofredo gemía despacito, en voz muy baja, con los ojos
cerrados.


-Sólo los verdaderos hombres, los que son capaces de
disfrutar –empezó a decir Eugenia con voz entrecortada, sin dejar de moverse-,
los que van más allá, pueden permitir que una mujer los monte, así que vete con
cuidado, chica, cuando lo hagas. Estas y otras cosas... Aunque si las sabes
hacer bien, podrás ir conduciendo casi a cualquiera a estos terrenos...


Al llegar a esa parte dejó de hablar: Godofredo había
aumentado el volumen de sus gemidos y empezaba a moverla, dirigiéndola con las
manos en la cadera. Yo no veía tanto sus movimientos, cada vez más rápidos, sino
las expresiones de ambos, la cara de gozo y ¿dolor? de mi primo, la de placer y
ansia de Eugenia hasta que terminaron. Bueno, después sabría que terminaron: en
ese momento sólo los vi agitarse con violencia y luego quedarse muy quietos,
ella arriba de él, abrazados.


No me atrevía a moverme ni a decir nada. Seguía parada,
enormemente agitada, llena, ahora sí, de un extraño miedo. Ellos tampoco se
movieron: simplemente se caraiciaban apenas. No se cuanto duró ese
encantamiento, hasta que Eugenia se hizo a un lado, volteó a verme a los ojos, y
ordenó:


-Acércate.


Vuelve a hablar el de la pluma, el de la traducción, pues:
¿es este el lugar para dar a conocer este texto? Yo sólo continúo con las
historias que me piden continuar: por eso Elia y Mimi se quedaron ahí, y Ariadna
ha continuado. Si os interesa que esta historia siga, comunicádmelo a



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Relato: La condesita (03: Euge y Godofredo)
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