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Relato: La horrible duda (2: El primer día tras la noche) ¿Es solo Mariluz?. Y entonces, ¿por qué no viene a mi cama
abiertamente, sin tanto misterio?. La idea de que sea mi hermana Carla, al
principio me llenaba de culpa y remordimientos, pero con el paso del tiempo
empiezo a aceptar una situación inimaginable anteriormente. ¿Y si son las dos?.
En este caso, no sé qué pensar ni cómo actuar a partir de este momento. ¿Alguien
puede darme algún consejo?. Lo agradeceré en el alma.
(Este relato es el segundo de 11. El primero fue publicado en
estas páginas el 08-07-2003. Mejor, lean antes la primera parte, para saber de
qué va este).
Me despertaron unas risitas, antes de que quedaran
amortiguadas al cerrarse la puerta del baño de mi habitación. Me encontraba en
estado semi-comatoso, así que tardé unos instantes en hacerme cargo de la
situación:
La luz entraba a raudales por la ventana abierta de par en
par. Me encontraba desnudo sobre la cama, con una de esas erecciones matutinas
de campeonato, y Mariluz y mi hermana acababan de entrar en mi habitación camino
del baño, luego…
Debí enrojecer hasta la raíz del cabello, que me pasa siempre
cuando estoy tan "cortado" como en aquel momento. Me puse rápidamente un
pantalón corto, y me dirigí raudo a la cocina. Ya había tenido el día anterior
bastante de las "salidas de baño" de las dos chicas.
Justo estaba terminando mi café con leche cuando entró Carla,
saludándome alegremente.
- ¡Hola dormilón!. Creíamos que no te despertarías hoy.
Claro, que seguro que tenías sueños muy agradables por lo que pudimos ver…
Y se echó a reír, con lo que me debió subir de nuevo el
rubor, seguro.
Yo no quería mirarla, en serio, pero es que ella tenía que
pasar por delante de la pequeña mesita para servirse un café, que es lo que
hizo. Esta vez estaba más cubierta que el día anterior, pero casi era peor.
Porque sólo llevaba sobre su cuerpo una batita liviana, que dejaba traslucir sus
aréolas oscuras, con los pezones ligeramente abultados en el centro. Eso por
arriba. Me obligué a no mirar a la parte de abajo, pero no pude evitar advertir,
cuando se volvió de espaldas, la carne rosada de sus nalgas en contacto con la
tela, y la línea más oscura de la hendidura entre ellas. Casi se me atragantó el
bocado de tostada que acababa de morder.
Tratando de mirar hacia otro lado (¡palabra!) conseguí
mantener una conversación casi coherente, acerca de una playa que estaba como a
4 km., donde no había tanta gente, que ellas habían visto en un folleto que
pidieron el día anterior en la Oficina de Turismo.
Y en esto que entra Mariluz en la cocina. Otra vez el pareo,
sin nada debajo, que a la luz del día se notaba más. Y por arriba, una toalla
alrededor del cuello, cruzada sobre el vientre, que se empeñaba en sujetar con
una mano, pero que de tanto en tanto se abría y dejaba ver la totalidad de sus
pechos redondos, con aréolas algo más pequeñas que las de Carla, pero con los
pezones aún más abultados por el agua fría…
Absoluta normalidad en Mariluz. Ninguna mirada pícara,
ninguna sonrisita cómplice, nada. Nada que delatara que la noche anterior… ¿O
había sido un sueño?. Palabra que llegué a dudarlo. Pero el recuerdo del cuerpo
femenino apenas acariciado, el tacto de un pezón entre mis dedos, el de unas
manos pajeándome con suavidad… Y luego, los dos cuerpos de mujer desnudos sobre
las camas gemelas, aunque no hubiera conseguido verlos en su plenitud…
Decidí que ya tenía bastante, y me fui al baño, casi
dejándolas con la palabra en la boca. Creí que ya habían acabado mis
padecimientos por esa mañana, pero ¡qué vá!. Verán, la bañera no tenía cortina
(desagradable costumbre de muchas casas de alquiler para el veraneo) así que
cuando Mariluz entró sin esperar mi permiso, eso sí, después de tocar con los
nudillos en la puerta, me encontró dedicado a enjabonar concienzudamente lo que
se imaginan, que todavía no estaba precisamente en estado de reposo. Yo me quedé
cortadísimo de nuevo, pero ella parece que no, porque sólo se tapó la boca
ahogando una risita, pero no apartó la vista de mi entrepierna ni un segundo.
Bueno, tengo que ser justo. Yo también la estaba mirando
fijamente. Porque había prescindido de la famosa toalla, y llevaba
orgullosamente al aire y erguidos sus pechos, que no necesitaban casi para nada
de la ayuda del sujetador.
Se volvió de espaldas, mientras buscaba en el armarito no sé
qué afeite. Y, seguro que con toda inocencia (¡ja!, a estas alturas nada me
parecía ya inocente) elevó el pie derecho y lo puso sobre el bidet, con lo que
se abrió el pareo, que me permitió una espectacular visión de una de sus piernas
hasta la cintura.
Se volvió con un tarro en la mano, me dirigió otra mirada que
paseó sobre todo mi cuerpo, guiñó un ojo, y salió del baño.
En aquel momento decidí que, fuera como fuera, aquella noche
tenía que ser mía. Pero tenía que urdir algún plan, porque no podía confiar en
que volviera a mi dormitorio. Pero ¡joder!, la noche anterior había estado
desnuda en mi cama, acariciándome las bolas, así que ¿por qué tenía que utilizar
ningún subterfugio?. Derecho y al grano, esa era la táctica, que al fin y al
cabo había empezado ella.
La playa del folleto, efectivamente, estaba mucho menos
concurrida que las más cercanas a la ciudad. Algunas parejas, muchas ya mayores,
paseando por el mismo borde. Una mujer gruesa embadurnando de crema a dos niños
pequeños. Otra con pinta de extranjera, requemada por el sol, tendida como un
lagarto, con sus inmensos pechos al aire como dos sacos fláccidos que le
llegaban casi a la cintura. Una pareja de veintitantos, ella sentada sobre los
muslos de él, besándose tal y como lo harían si estuvieran solos. Y la imagen me
volvió a calentar de nuevo, ¡maldición!.
Nos dirigimos hacia unas rocas, que cerraban por un extremo
la línea de arena finísima, y tendimos las toallas, bajo una sombrilla que había
sido parte de mis compras de la tarde anterior.
Los tres llevábamos los bañadores bajo pantalones cortos,
menos en el caso de Carla, que llevaba una falda cortísima, de esas que se atan
con una cinta a la cintura. El espectáculo de las dos chicas desnudándose ya era
sugerente, pero es que Mariluz lo hizo aún más sensual, porque… esperen que lo
explico.
Para quitarse los pantaloncitos, se sentó sobre la toalla. Se
desabrochó morosamente los botoncitos que lo cerraban por delante. Luego los
deslizó caderas abajo, hasta que no pudo bajarlos más, dada su posición.
Entonces se tumbó, alzó ligeramente el culito de la toalla, y los pasó hasta
medio muslo. Después, elevó las dos piernas rectas, ligeramente separadas, y los
fue subiendo lentamente por ellas, mientras yo miraba hipnotizado el
abultamiento de su vulva bajo la braguita del bikini a menos de un metro de mi
cara. Yo no sabía ya que hacer para ocultar mi erección. Por Carla, que Mariluz
hasta ya la conocía al tacto.
Entonces Carla extrajo de su inmenso bolso playero un tarro
de crema, "protección total", que los tres estábamos blancos como la leche.
¿Creen que se untaron mutuamente la crema, que parecía lo lógico?. Pues no. Mi
hermana me pidió que se la extendiera a ella. Mientras, Mariluz se puso a mi
espalda, y empezó a hacer lo mismo conmigo. Pero yo tenía el tarro en la mano
izquierda, así que, cada vez que ella tenía que tomar una porción de crema, se
ponía bien repegadita por detrás, frotándome bien frotados sus pechos apenas
cubiertos por el bikini casi inexistente.
Entonces Carla, tras pedirme que esperara, se soltó la lazada
del bikini detrás de ella, para que no se manchara de crema. Con muy poco
cuidado, por cierto, porque sus pechos quedaron prácticamente desnudos ante mi
vista. Yo ya no sabía qué hacer, ni a donde mirar. De repente, entré como en una
especie de estado de trance, y decidí casi sin pensar, que iba a mirar, y tocar,
y disfrutar de todo lo que se me ofrecía a la vista y al tacto. ¡Y al demonio
todo!. Que era mi hermana, sí, pero también una mujer preciosa. Y que ella no se
comportaba en su actitud, ni en su desnudez ante mí de modo nada fraternal. Y
que pasara lo que tuviera que pasar.
Así que con absoluta premeditación, empecé a extender la
crema por el costado de sus pechos, eso sí, sin llegar demasiado adelante, a lo
que ella no puso ninguna objeción. Cuando acabé con la parte posterior, le di la
vuelta, y empecé a pasar mis manos embadurnadas por la parte superior de su
pecho, y hasta me atreví a bajar ligeramente las copas del sujetador (que ya se
había vuelto a abrochar) llegando casi hasta sus pezones. Y luego, ya lanzado,
sus piernas, la cara interior de sus muslos, la parte de sus nalgas que
sobresalía de las braguitas (y un poco más dentro, como en el caso del
sujetador).
Mientras, Mariluz debía haber tomado la misma decisión que yo
(en su caso más fácil) que me estaba pasando las manos por las ingles, bajo el
bañador, sin cortarse un pelo, porque las sentí rozar mis testículos varias
veces.
Para cuando acabé con Carla, la otra chica ya había terminado
con mi parte de atrás. Le pedí que se tumbara sobre la toalla, para aplicarle el
mismo tratamiento. Y ella no se hizo rogar. Se tendió con las rodillas
ligeramente levantadas, y las piernas entreabiertas. Y a mí no me importó ya
nada que mi erección abultara claramente la parte delantera de mi bañador. Y que
ella demostrara con sus miradas que lo había advertido.
Me dediqué a sus hombros, sus brazos, luego a la parte
superior de su pecho, De forma casi desafiante, introduje las manos bajo las
copas del sujetador, acariciando descaradamente sus pechos. Ella emitió una
risita nerviosa, al sentir mis palmas en torno a sus pezones, que se elevaron
inmediatamente, pero eso fue todo. Luego seguí con su vientre, bajé su bañador
hasta dejar al descubierto el inicio de su vello púbico, y me detuve allí todo
el tiempo que me pareció. Y luego sus ingles, rozando sin ninguna consideración
el abultamiento de su vulva, como ella había hecho con mis testículos. Luego los
muslos, las piernas, y los pies. Luego la empujé ligeramente para darle la
vuelta, desabroché su sujetador sin pararme en barras, y estuve masajeando los
costados de sus senos todo el tiempo que quise.
Después fui bajando hasta sus nalgas. Como había hecho por la
parte delantera, le bajé las braguitas impúdicamente, dejando a la vista casi la
mitad de sus dos redondas semiesferas, que estuve manoseando a mi placer. Por
fin, las pantorrillas, y los tobillos.
Entonces salí de la especie de trance en que me había puesto
la calentura que duraba ya dos días, y tuve conciencia de que Mariluz respiraba
con pequeños jadeos. Y advertí que en la entrepierna de su braguita había una
delatora mancha de humedad. Y finalmente, vi que mi hermana nos miraba
fijamente, con el rostro ligeramente desencajado, y que su pecho subía y bajaba
con más rapidez de lo habitual.
Y me tendí sobre la toalla, sin importarme para nada el
enorme bulto en mi bañador que delataba mi excitación.
Un rato después, nos fuimos los tres al agua. El fondo
descendía muy suavemente, por lo que acabamos muy lejos de la orilla, aunque el
agua les llegaba a las chicas un poco por encima de sus pechos, y a mí, que soy
más alto, algo más abajo. En un momento determinado, ellas se pusieron a
cuchichear, para después acercarse a mí con cara pícara, y mientras mi hermana
se me abrazaba, sujetándome por los brazos, Mariluz me bajó el bañador hasta los
pies. Lo que ninguna de las dos debió calcular, es que al hacerlo, mi pene
desnudo quedó apoyado en los muslos de Carla, que me soltó rápidamente, con el
rostro encendido.
Aunque el "trance" ya me había pasado, seguía en el estado
"no me importa nada", así que me fui hacia Carla, y tras una corta pelea, emergí
con su braguita en la mano. Ella me dio un cachete, sin mucho convencimiento,
porque me incliné hacia su oído, y le propuse… No se hizo rogar. Desnudos como
estábamos, aunque como he dicho el agua y la distancia lo ocultaba de las
personas que pudieran vernos desde la orilla, y tras una corta persecución (en
la que dicho sea de paso ella no puso demasiados obstáculos) atrapamos a
Mariluz, que perdió en el empeño su sujetador y sus braguitas. Y en el fragor de
la pelea, nuestros cuerpos desnudos se deslizaban sobre otros cuerpos, las manos
se encontraban repentinamente con un seno, o con unas nalgas, o con otras partes
más íntimas. Al menos yo, tengo conciencia de que una mano, no sabría decir de
quién, se posó varias veces sobre mi miembro, como quién no quiere la cosa.
Mariluz no sólo no se enfadó porque la hubiéramos dejado
completamente desnuda, sino que se fue derecha a Carla, y le quitó la única
prenda que le quedaba encima. Yo estaba disfrutando de lo lindo. Evidentemente,
el agua sólo me permitía distinguir la oscuridad del pubis de las dos chicas,
sin apreciar más detalles, aunque ellas tenían una mejor visión de mi pene en
erección. Lo único malo de aquello, es que todos teníamos las manos ocupadas con
las prendas que nos habíamos quitado mutuamente. Pero los tres disfrutamos de la
sensación de estar desnudos en el agua, que es de lo más placentera, se lo
aseguro. Fue entonces cuando se me ocurrió la idea. Les pedí que se acercaran,
me abracé a ellas, sintiendo los cuerpos de las dos chicas arrimados sin rubor
al mío, para proponerles algo que les hizo prorrumpir en grititos avergonzados.
Pero ya volvería sobre ello más adelante. Y estarían de acuerdo, seguro.
Cuando salimos del agua, después de ponernos la parte
inferior de los bañadores para evitar un escándalo, las dos mujeres iban
mostrando orgullosamente sus pechos desnudos.
Comimos un almuerzo ligerito en un restaurante del paseo
marítimo. El sol abrasaba, así que nos pareció de lo más oportuno hacer una
siesta, para esperar a que el sol se ocultara, momento en que la temperatura
sería más soportable para salir. Después de lo ocurrido por la mañana, yo estaba
absolutamente convencido de que la situación se pondría "de lo más caliente".
Me equivoqué, pero solo en parte…
Aunque casi… continúo contándoles mas tarde lo que sucedió,
si no les importa.
A.V. 25 de junio de 2003.
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Relato: La horrible duda (2: El primer día tras la noche)
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