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Relato: Acampada (2) Al llegar al río ya estaba todo el mundo en el agua. Me
acerqué a Ana y le conté mi conversación con Salva y la respuesta de este. Ella,
en vez de apoyar mi decisión, empezó a calificarme de egoísta y manipulador, y
de haber decidido por los dos. En condiciones normales esa reacción de mi novia
me hubiera dejado hundido por un buen rato, sin embargo, ese día todo era
distinto. En vez de quedarme sólo en la orilla, pensativo y triste, me acerqué
al grupo que estaba jugando a la pelota en el agua y me uní a ellos.
En el agua el tiempo volaba, y pronto fue la hora de cenar.
Tras la bronca de la playa, Ana seguía distante. Charlaba con el resto de las
chicas en el tono que usan las mujeres para hacerte sentir culpable;
confidencias al oído, alguna frase en voz alta sobre la prepotencia del hombre,
comentarios acerca da la autosuficiencia femenina, risas forzadas,... La
situación era sumamente desagradable; deseaba estar lejos de allí y no escuchar
las chiquilladas de un puñado de chismosas que a buen seguro me estaban poniendo
a caldo. En ese momento, un grupo encabezado por Jose propuso ir a la ribera del
río con las guitarras y a ver las estrellas. No era lo que esperaba de una
primera noche de acampada, pero cualquier cosa era buena antes que seguir
soportando a esas jóvenes arpías. Como era de esperar, la mayoría optó por poner
las radios y montar una fiesta en la acampada, por lo que sólo los siete con los
que había estado jugando esa tarde, José y yo nos fuimos al río.
La charla iba amuermándose poco a poco; tantas estrellas y
tantas canciones de campamento alrededor de una hoguera tienen un límite. Cuando
en la guitarra empezaron a sonar baladas y canciones del tipo "ella no me quiere
y miro el mar azul" mi paciencia había sobrepasado todos los límites deseables.
- vamos a bañarnos – dije impulsado por el aburrimiento. Se
ve que no era el único en sentir desesperación, pues casi todos se sumaron a mi
propuesta ante la impotencia de Jose que, en vano, intentaba convencernos de la
hermosura de una balada a la luz de las estrellas.
- de acuerdo – dijo nuestro monitor – pero no os vayáis
muy lejos.
Eso significaba que no pensaba bañarse, lo cual no dejaba de
ser un inconveniente, pues, por aquello de ser nuestro responsable, tan pronto
se aburriera, nos insistiría en volver con el resto del grupo para ver la cara
larga de Ana. No nos quedaba más opción que convencerlo. Ante nuestra
insistencia accedió a darse un baño cortito.
Comenzábamos a entrar en el agua cuando nos volvió a parar
Jose.
No sé vosotros, pero lo suyo es bañarse en bolas – dijo
mientras se quitaba el pantalón.
Es lo que todos estábamos deseando y, por respeto hacia Jose,
no nos atrevíamos a proponer, por lo que la propuesta fue unánimemente aceptada.
A mis ojos se mostraba todo un catálogo de pollas que intentaba no mirar, pero
que la luz del fuego me mostraba con total claridad. Enmarcadas por el cerco
blanco de la silueta del bañador resaltaban en la oscuridad de la noche. Pollas
grandes y pequeñas, morenas y claras, con el glande cubierto y operadas, con
mucho vello y casi lampiñas; huevos enormes y pequeños, algunos colgando y otros
subidos; ese espectáculo me volvió a recordar la excitación de la tarde y a
ponerme cachondo. Jose y su hermano, un chico más pequeño que nosotros en el que
casi no había reparado hasta ahora, fueron los primeros en entrar corriendo en
el agua, por lo que escaparon de mi examen. Al entrar en el río descubrimos que
el agua no estaba tan fría como se podía esperar. Comenzamos a jugar en el agua,
si bien al principio se rehuía el estar muy cercas unos de otros. Poco a poco
fuimos venciendo el pudor inicial y a acercarnos. Jose entonces propuso una
carrera y mantear a quien perdiera. EL primero en ser manteado fue Jorge, el
hermano de Jose. Al cogerlo para mantearlo descubrí un cuerpo joven, muy joven,
más de niño que de joven, aunque una incipiente mata de vello rubio cubría su
pubis. Hábilmente me situé a la altura de sus caderas para poder observarlo
bien. Jose, enfrente de mí, no le quitaba el ojo de encima. La siguiente carrera
la perdió Jose, que intentó zafarse del castigo. Inútil propósito. Volví a
situarme en mi lugar favorito para observar (en este caso con el morbo de la
comparación con Salva). Intento fallido, pues se decidió mantearlo boca abajo.
Intenté que mis manos se deslizaran bajo su cuerpo para intentar tocar sus
genitales, pero la presencia de mis compañeros me cohibió. Al caer al agua
intentó vengarse de nosotros y darnos una ahogadilla; lógicamente me dejé
atrapar.
No sé si era mi imaginación, recalentada por lo que había
pasado por la tarde, o si fue real, pero me dio la impresión de que Jose estaba
excitado; lo que sí sé es que per hundirme bajo el agua una de sus manos las
llevó a mi entrepierna. Pronto comenzamos a tener frío en el agua, por lo que
volvimos a la orilla a secarnos con el fuego que aun permanecía encendido. El
baño sólo había conseguido ponerme a cien por lo que preferí secarme dando
carreritas y saltos en la orilla. Al poco se me unió Jorge y comenzamos a
charlar:
- ¿Porqué no te has quedado con Ana? - me preguntó
Le conté por encima la discusión mientras paseábamos
¿Tienes novia?- la pregunté. Me contestó que no, que aun
no había estado con ninguna chica.
Nuestro paseo nos había alejado del grupo, por lo que le
propuse volver. Él me contestó que primero quería preguntarme algo de hombre a
hombre
- ¿tú tienes firmosis? – me preguntó a bocajarro.
– se dice fimosis y no, no tengo que operarme. ¿Porqué?
- es que en el cole nos han dicho que tenemos que ir al
médico para averiguarlo, y me da corte.
Solícitamente me presté a ayudarlo:
bájate el pellejo todo lo que puedas
El prepucio se deslizó sin problemas.
- ¿Cuánto baja cuando te empalmas?
- No tanto
- Pero cuánto
- No sé, un poco. ¿Cuánto es lo normal?
- Lo normal, no lo sé. , pero a mi no me baja del todo y
nunca he tenido problemas
Viendo que dudaba en preguntarme algo le dije:
- enséñame cómo la tienes o si prefieres te enseño cómo
se me pone a ver si tú eres igual
- Prefiero que no me mires, soy muy vergonzoso.
Comencé a acariciarme y pronto mi polla lucía en todo su
esplendor. Jorge se quedó callado. Le pregunté si la suya era así. –más o menos-
respondió tímidamente. Le pregunté qué significaba ese más o menos, y como no
supo responder le pedí que me la enseñara.
- Mira, tú me estás viendo empalmado y no pasa nada, es
algo natural.
Conseguí convencerlo y empezó a magrearse la polla hasta
empalmarse. Parece mentira que un cuerpo tan joven encerrara semejante rabo.
- Vuelve a bajarte el pellejo- le dije. Comenzó a
asomarse tímidamente el capullo fuera de su funda. – Sólo baja esto-
respondió- si lo bajo más, duele.
- Con tu edad me pasaba lo mismo, pero ahora, mira- dije
dejando el glande al descubierto. Y me puse a contarle todo aquello de que hay
que bajarlo poco a poco y lavarse, etc. -¿quieres que te enseñe como?- fui a
tocarlo, pero me dijo que prefería ver cómo lo hacía yo, así que nos sentamos y
empecé a masturbarme. Antes de que no pudiera parar me frené y le dije: - ahora
tú- .Su reacción no me la podía esperar. Interpretó la orden de forma literal y
me cogió la polla. Con la torpeza del principiante empezó a masturbarme de forma
acelerada. Le dije que fuera más despacio, pues, al menos en teoría, era una
demostración de un ejercicio terapéutico. Así, así tenía que hacerlo; y si
notaba que costaba trabajo bajarlo más, que lo humedeciera con saliva. Siguiendo
mis enseñanzas se inclinó y lamió la punta de mi polla. –Está dulce- comentó. En
ese momento recordé que en mis últimos descubrimientos eróticos no había probado
las sensaciones de practicar una felación. Miré la entrepierna de mi pupilo y
observé que seguía empalmado. Le pedí que parara, que le demostraría cómo se
debía hacer. Me aferré a su polla y sin esperar me la metí en la boca. Podía
notar el sabor dulce del que tanto había oído hablar. Fui aumentando el ritmo de
la mamada hasta que se corrió en mi boca. Sin embargo, había sido muy breve y no
me había dado tiempo de saborearlo, por lo que continué chupando. La polla del
niño seguía dura como una barra de hierro, así que continué mi obra. Decidí
frenar un poco y comencé a besarle los huevos y metérmelos en la boca. En ese
momento una pregunta de Jorge me hizo volver a la realidad de mi clase de
anatomía.
-¿tú crees que podré follar sin que me duela?
- No lo sé, tendrás que arriesgarte cuando llegue el momento-
dije incorporándome mientras me limpiaba los restos de semen de mi cara
- ¿Para esto no tienes ningún ejercicio? – dijo
maliciosamente mirándome a los ojos
Comprendí lo que el niño me proponía, pero me parecía
demasiado para un solo día. Sólo pensar en el dolor que dicen que se siente. Sin
embargo, acudió a mi mente el intenso placer que experimenté en la tienda y
accedí
Iba a ponerme de espaldas, pero él me dio la vuelta y me puso
frente a él. Me levantó una pierna y empezó a acariciarme el culo con
delicadeza. Se inclinó y me besó la polla para seguir bajando con sus labios por
el escroto hasta llegar al culo. Me lamía suavemente pero con firmeza mientras
yo notaba mi esfínter abriéndose poco a poco. Había caído como un pardillo en
los tentáculos de un seductor de 14 años, pero no me importaba. Me metió la
lengua con una sabiduría inusitada para tan pequeña edad. - ¡fóllame por favor,
fóllame! – le dije. Mi polla goteaba abundantemente. Recogió un poco de líquido
y me lo untó en el culo, apuntó su polla, y comenzó a metérmela con delicadeza
hasta que estuvo dentro del todo. Con cada sacudida sentía fuego dentro de mí,
que se iba convirtiendo en deliciosa sensación de calor. De pronto se paró en
seco y sin sacarla metió dos dedos más en mi culo.
Creí reventar, pero en cuanto me acostumbré lee pedí más.
Entonces sacó los dedos y empezó a bombear con violencia. De lo más profundo de
mí sentí salir el chorro de semen que se vertió por mi pecho y casi al mismo
tiempo Jorge se corría de nuevo dentro de mí. Cuando yo creía que ya se había
acabado todo, mi experto amante empezó a limpiarme con la lengua el semen de mi
pecho de mi vientre de mi pubis y a lamerme la polla hasta conseguir volver a
ponérmela dura. –Ahora me toca a mí- dijo tumbándose en la tierra. Intenté
repetir sus movimientos, pero él me frenó –cada uno debe tener su propio estilo-
dijo moviendo su lampiño y redondo culo.
Le di un lametón y al estar tan cerca observé que ante mí no
tenía un agujero pequeño y cerrado, sino un hueco bien dilatado, formado sin
duda a costa de muchas otras pollas inocentes como la mía que caían en el engaño
de aquel sensual adolescente con cuerpo de niño. Tan magnifica visión me hizo
actuar de forma salvaje, ponerlo a cuatro patas y meterle la polla de golpe
mientras le meneaba la polla con las dos manos estrujándosela. Cuando sentí que
estaba terminando la saqué bruscamente y me fui delante de él para correrme en
su cara. Poco después se corría por tercera vez, esta vez en la arena.
Desconcertado, me puse en pie y eché a andar hacia el lugar
donde habíamos dejado al grupo y pensando en el extraño cambio que Jorge había
dado en los últimos minutos. Al poco ya me había alcanzado Jorge y caminaba
junto a mí, hablando y comportándose de nuevo de la misma forma que en nuestro
paseo de ida; como un niño inocente, hablando de chiquilladas e intercalando
saltos en medio del paseo.
Aceleré el paso para evitar volver a verme envuelto en sus
perversas redes y su charla ambigua mientras él hablaba de fútbol, series de
televisión y problemas en los estudios. Cuando estábamos a menos de 10 metros
del resto de nuestros compañeros de baño nocturno, me dijo de sopetón: - mi
hermano no es tan bueno como tú -. Aunque hubiera preferido no escucharlo,
aquella frase ambigua llenó mis oídos de expectativas de prácticas extrañas
entre hermanos, y, por ende, entre Jose y yo.
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Relato: Acampada (2)
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