RADICALES Y LIBRES 1998
(Tercera Parte)
Me acerqué hacia la enorme sala con la quietud de un
fantasma. Nadie me había visto, ni nadie me vería. Me acerqué a la puerta. Me
fue muy claro que los chicos que estaban pegados a la pared no estaban
castigados ni mucho menos, sino que estaban en realidad haciendo fila. ¿Fila
para qué? La respuesta ya la sabía aun sin asomarme al interior de la casona, y
eso es muy culero, tener a tu mujer en una eterna campana de dudas, pensar que
todo indica que es una fácil, suponer que es viciosa pero no querer creerlo,
verter sobre ella toda serie de dudas, dudas que se ciernen como un lastimoso
beneficio en el que dudar que sea puta es más benéfico que estar seguro de ello.
La duda como halago, la intención de no creer lo que es evidente. En ese cruzar
del jardincillo se vinieron a mi mente toda serie de imágenes de ella, justo
aquellas en que me pregunté si entre ella y otros había algo más, el toque de
hombros medio inocente, la sonrisa cómplice, el comentario rebuscado que sólo
tendría sentido si hubiese una historia de cuerpos detrás. Escuché un gemido que
indudablemente era de ella. Si me acerqué más fue, supongo, por morbo, pues la
verdad, al llegar al umbral de la puerta y ver mi caminar detenido por el brazo
de un cabrón que ni siquiera me volteó a ver mientras me dijo quedito "¡A la
fila!", ya la sabía.
En medio de todo estaba, desnuda, Argelia. Estaba sostenida
en el viento por El Monje, quien la sostenía con sus muy velludos brazos justo
de las nalgas, pasando soporte a lo largo de parte de sus piernas. En realidad
no la cargaba porque mal que bien las plantas de los pies de Argelia si tocaban
el suelo, sin embargo, la silla que hacía El Monje, era para que no se cayera mi
chica, pues es difícil que alguien se sostenga ingrávido como sentado en una
silla invisible sin irse para atrás. Otra cosa cierta es que tampoco se hubiese
ido para atrás porque detrás de ella estaba Rosso, quien la sostenía además de
los pechos. Rosso detrás, El Monje adelante, jugaban esgrima con sus vergas,
sosteniendo el encuentro dentro del cuerpo de Argelia, quien sonreía con la
certeza de sentirse la chica más sucia del mundo. Dada que casi levitaba, el
cuerpo de Argelia era movido de atrás para adelante según el capricho de la
fuerza con que los dos viejos camaradas le quisieran enterrar sus falos. En
veces no coincidían y metían los dos a la vez, causando en Argelia gemidos de
leona presa que saca la lengua y moja sus labios de gusto.
Rosso estaba desnudo por completo y sus carnes no eran
precisamente bellas, sin embargo, la cara de placer que tenía Argelia me
indicaba una de dos cosas, o Argelia veía en ese cuerpo bofo la encarnación de
sus ideales y en consecuencia lo encontraba hermoso, o bien, la tenía bien
grande como compensación de ese ridículo cabello pelirrojo. El Monje estaba casi
desnudo, salvo porque llevaba, al igual que desde su llegada, unas gafas
oscuras.
Argelia era de emociones volubles. Hubo cierto desencanto en
ella cuando El Monje le sacó del cuerpo completamente su verga, cierto encanto
de ver que un compañero que estaba desde hacía un rato meneándosela muy cerca se
acercó como dispuesto a ocupar el lugar del Monje, cierto desencanto nuevamente
cuando el monje hizo una señal con la mano que marcó el alto a cualquiera que se
quisiera acercar, y cierto encanto cuando El Monje, sentándose hacia atrás, dejó
en claro que se iba a dejar mamar el palo. Cierto desencanto cuando percibió que
aquello no iba a ser en forma inmediata, sino que el monje quería primero
tocarle el rostro para sopesar con su tacto el tipo de carita que le iba a comer
los huevos.
El ciego comenzó a tocar muy lentamente las tetas de Argelia,
que estaban sumamente excitadas. De ahí se pasó al cuello, sujetándola como si
quisiera estrangularla, como si el pulso de las venas acariciaran las manos de
aquel invidente, que no incapaz. Luego pasó con sus manos a tocar el rostro de
Argelia, quizá con algo de rudeza, sobre todo al tocar los ojos, pues los
oprimía como si la corteza ocular fuese también de piel. Por supuesto que
Argelia pondría esas manos en su lugar cerrando los párpados bien fuerte, pero
ello no la salvó de que le tocaran las pestañas con una curiosidad que sólo
experimenta el hombre cuando acaricia un animal. Se pasó a los pómulos, a la
nariz, a la frente, y por último a la boca, primero le tocó los labios y un poco
las encías. Luego le metió tres dedos a la boca, simulando una verga, a lo que
Argelia respondió con ese entusiasmo que le da al mamar una verga real. Me
entristecí porque imaginaba que aquel acto de meterle los dedos a la boca y que
ella los chupara era patrimonio sólo nuestro, aunque era estúpido hablar en ese
momento de nuestra muy odiada –y amada por lo que veo- propiedad privada, pues
Rosso seguía barrenando su culo con ese señorío que sólo da el saberse dueño de
algo, mientras que El Monje, luego de evaluar aquel rostro como digno de
chuparle el pene, tomó la cabeza de Argelia por las sienes y la encaminó hacia
su muy corta pero muy ancha verga. Para mi desdicha volvió Argelia a aquella
montaña rusa de encantos y desencantos, esta vez teniendo dos encantos al hilo.
El primero, cuando El monje le metió la verga hasta la garganta y, sujetándole
de la cabeza, le dejó bien claro que no era ella la que haría gala de talento
mamatorio, sino que simplemente tomaría su cabeza como un lugar donde meterla,
sin contemplación se la cojería por la boca. Tal vez le resultaba ofensivo a
ella ser usada así, pero la emoción de hacer perder el control a un hombre bajo
la forma que fuere, le excitaba demasiado como para exigir el beneficio de un
poco de dignidad. El segundo encanto fue que Rosso, cansado de no luchar contra
nada dentro de aquel ano ya muy dilatado, le hizo una seña al chico antes
frenado por El Monje, pidiéndole que se sumara a la fiesta. El chico, desde
luego, no iba a desplazar al Monje de ese sitio en el que estaba bastante
entretenido, por lo que tuvo que hacerse de habilidades de contorsionista para
meterse debajo de Argelia y clavarle el pene en la vagina, pero sin bajar ni un
ápice la altura del culo que tanto disfrutaba el Rosso. El resultado era una
extraña araña de seis piernas que formaban una extraña escultura de equilibrio
cuyo epicentro era el eje formado por los dos pistones que entraban y salían y
las caderas de Argelia, quien, con el resto del cuerpo empinado hacia delante,
pero sin quitar la forma de silla, continuaba sirviéndole de cavidad al Monje en
aquella abierta masturbación con cuerpo ajeno.
El Monje acaso dejó de estar sentado y se puso de pie, ello
para mayor comodidad suya y de Argelia. De rato, comenzó a ya no sacar la verga
ni tantito de la boca de Argelia, como dejando todo el desarrollo de la acción
en una estrecha distancia existente entre los testículos y los labios. Aun en
ese estado de profanación, la boca de Argelia era incapaz de dibujar a la orilla
del tronco del sexo del Monje un aro perfecto de labios distendidos, pues en las
comisuras de los labios permanecía ese ligero doblez que hacía de aquel aro una
figura sonriente. La sonrisa de Argelia medía un par de milímetros, pero con
ellos me tenía a mi preso y ahora desahuciado. El monje, al sentir la llegada
del semen a la pinta de su miembro, soltó un poco la cabeza de Argelia para
arrebatarse de un jalón las gafas y arrojarlas lejos sobre el sillón. Comenzó a
manar la leche en la boca de Argelia, quien, a juzgar por los movimientos en la
piel de sus mejillas, jugaba con su lengua a batir la leche. Por las comisuras
que tanto me gustan, esas que hacían de su simple mueca la sonrisa más
encantadora, escapaban gotones de semen, como si ella hubiese empezado a manar
una saliva pesada fruto del hambre más animal. La leche cayó en el pecho del
chico contorsionista, quien ni se inmutó. De tenerla más larga, los embistes a
la boca de Argelia le hubiesen traspasado la nuca, pero no tratándose del Monje,
quien si matara a una mujer no sería de una punzada, sino de asfixia. Cuando El
Monje dio el último embiste, deshaciéndose de su semen final, volteó a verme de
manera violenta. No miró hacia ningún lado, ni al Rosso, ni a Argelia, ni al
desdichado que les servía de tapete, no, ni siquiera a los chicos de la fila o
al chico que ya estaba muy cerca dispuesto a ocupar su lugar en la boca de
Argelia, no, me volteó a mirar a mi. No me veía, era claro, pues sus globos
oculares estaban completamente blancos o cuando menos monstruosos.
Aquella mirada hueca, sin alma, sin espíritu, me hizo tomar
conciencia de la falta de cualquier virtud que regía la vida de aquel sujeto. Me
hizo pensar que su fama le permitía tomar sin esfuerzo este tipo de banquetes,
pero que en el fondo era un miserable. La mirada es la ventana del alma, y este
hijo de puta no tenía ni mirada ni alma. Aquel revirar violento de él hacia mi
me asustó, no como te asusta un fenómeno o un monstruo, sino el miedo a llegar a
ser algún día como él. Me marche, nadie me vio, pues lo único digno de verse era
aquella mujer que ya lanzaba un gesto exigiendo una verga más, misma que acudió
al llamado sin importar que la boca en que se metía estaba aun blanca, y que las
mejillas estuviesen satinadas aun a suerte del esperma vivo.
Yo di media vuelta y me fui, no sé por qué, al lote baldío.
Me senté en el árbol en el que espiaba hacía un rato y me puse a llorar. Desde
su ventana, fue como si el Procurador hubiese escuchado mis sollozos, pues
volteó, dedicándome una mirada de profunda lástima. Me oculté, sabiendo de
alguna manera, que aquella imagen mía no le era nueva, que le resultaba, por
razones que ignoraba, familiar.
Me quedé muchas horas. El Procurador se fue a las ocho de la
noche. Luego de esa hora llamé a la casona para avisar que habían cerrado ya las
oficinas, me contestó Rosso con cinismo.
"Bien hecho camarada; uno ayuda la causa de maneras que ni se
entera, pero créeme, estoy orgulloso de lo que has hecho por nosotros. Ah!, el
camarada Monje te da las gracias también. Ya puedes venir."
En ese transcurso del baldío a la casona sentí que mi
espíritu se condensaba y fortalecía. Por un momento pensé que estaba sublimando
mi amor por Argelia, como si cediera al orden de las cosas mi honor, como si las
aceptase, aunque en realidad no sabría, hasta estar a su lado, lo que iba a
sentir. Una cosa me sonaba razonable, que no diría ni una sola palabra de lo que
sabía, que para el mundo yo no había estado allí por la tarde, ni había visto
nada.
Llegué a la casona y me abrió la puerta el compañero que le
había metido la verga en la boca a Argelia luego que El Monje se había regado en
su lengua y garganta. Me recibió con familiaridad, con esa risilla de quien se
ha cojido a tu mujer a tus espaldas y cree que no sabes, así, con esa compasión,
lástima y patanería. A diferencia de la tarde que salí, en la cual era yo un don
nadie, por la noche todos los varones me miraban como si me conocieran, como si
yo fuese su amigo, como si tuviéramos algo en común. Era hermano de todos, y
esos todos de alguna manera apreciaban mi involuntaria hospitalidad esquimal.
Llegué con Rosso, quien lucía muy bañadito y sonriente. Le
pregunté por Argelia y me dijo que estaba en alguno de los cuartos, pues se
sentía un poco indispuesta. Pregunté en cuál cuarto y me señaló uno de los del
fondo, de hecho, de los destinados para el propio Rosso. "¿Le prestaste tu
habitación?", "Si –contestó- a las compañeras hay que darles lo que quieren".
"Voy a verla" le avisé. Al llegar, me dijo llena de entusiasmo:
"¡Tienes que ver esta bañera!"
Yo, con nada, o casi nada, de interés, me asomé y vi lo que
supongo es una buena bañera.
"Vamos a bañarnos juntos" me invitó.
"Ya estás bañada"
"Desde luego no te invito porque quiera estar menos sucia,
sino porque quiero estar más sucia todavía" Su broma, luego de lo que había
hecho en la tarde, era de un humor tan negro que no pude sino reír
nerviosamente.
Se desnudó y fue como si la viese desnuda por primera vez, su
piel no me era nueva, pero sí su naturaleza falsa, su cinismo, su alma negra, y,
he de decirlo, me fue muy excitante saberla tan mala, la encontré perversamente
atractiva. Yo tambien me desnudé y, en teoría, estaba enfadado y me encontraba
sumamente desdichado, pero mi miembro no estaba enfadado, sino feliz, ni tampoco
desdichado, sino entusiasta. Supe entonces que era como un vil perro con nula
dignidad humana, prisionero de una animalidad por mucho superior a la razón,
dispuesta a hacer de mí lo que fuera sin culpa alguna. Todos mis valores
roncaban y en su sueño hacían fiesta mis deseos, como si fuesen vecinos, los
valores no conciliaban bien su descanso sabiéndose víctimas de mucho y oyendo el
disparate al otro lado del muro, mientras los deseos seguían su bacanal sin pena
de los vecinos, acaso burlándose de su triste suerte.
"Muéstrame lo que es una verga de verdad. Muéstrame lo que es
una cojida de verdad" Me dijo. Yo atendí su petición. Me dejé mamar como sólo
ella sabe. A falta de lubricante me meneaba la verga con un jabón neutro muy
suave, aunque por suave que fuera no habría de saber muy bien. No fui muy
delicado con eso, después de todo estaba convencido que necesitaba lavarse la
boca con jabón, y además se sentía bien como se deslizaba la boca y mano con ese
lubricante improvisado.
¡Dios!. No me la ha mamado el Diablo todavía pero juro que ha
de hacerlo igual que ella, denme un papel que así lo certifique y yo lo firmo
sin pestañear. Me consintió mucho, supongo que para pagar un poco la culpa de
haberme engañado. Me chupó y mordió no sólo el pene, sino los testículos, las
entrepiernas, las nalgas, el culo, haciéndome sentir la corroña más feliz. No me
puso a mamarle el coño, como siempre, sino que dijo:
"Hoy quiero consentirte. Ser sólo tuya" Cínica.
Me sacó de la bañera y me llevó hasta la cama, sin importar
que fuese la cama de Rosso. Yo me meto con su cama y él con mi chica, sigo en
desventaja. Sentí una furia que se convirtió en desenfreno, y de rato ya tenía
empalada por detrás a Argelia, mirando con cierta compasión sus hoyitos de la
cadera. Milagrosamente no me brotó cabello en todo el cuerpo. Ella estaba
perdida, ida en su gozo. "Hazme mujer de verdad. Aprovéchate de mi. Hazme como
sólo tu sabes." Por alguna razón, a mi orgullo y vanidad masculina ya no le
importaban esas frases, aunque fuesen ciertas, no lo sé. Me sonaba a consuelo
que todos la usaran bajo el premio de consolación de escucharla decir que los
demás no eran mejores que yo, cosa que, y esto sí proviene de mi más absoluta
vanidad y amor propio, ya sabía desde hacía mucho. Saber que en esto era
superior que toda la bola de cabrones era algo que no requería, para mi, una
comprobación tan brutal como la que Argelia había hecho por la tarde.
Argelia desconocía mi furia, pero parecía gustarle. "Estás
igual de enfermo que yo. Esto te transforma. Quisiera que me la estuvieras
metiendo cada segundo de lo que me resta de vida" Dijo. Mi mente criminal pensó
que aquello era improbable a menos que la matara yo mismo ahí sobre la cama. De
alguna manera sentía que más allá de la furia que estábamos viviendo, fuera de
esta fuerza y esta entrega, había un vacío, un hueco insaciable, es decir, no
había un más allá para nosotros. Tampoco me engañaba, bien podría vivir
estacionado en ese borde el resto de mi vida yo también.
Estábamos en lo más gozoso de nuestro éxtasis, ella ya había
tenido varios orgasmos, no sé si por los incisivos aguijonazos en el culo o por
el masaje que le daba en la vagina con mis manos, o a la mordida que le daba
arriba de la clavícula o cuello, o por todo junto, pero cuando yo empezaba a
hacer hervir mi leche para derramarla, tocaron a la puerta.
"¿Qué quieren?" Rugí.
"Te habla Rosso"
"Que Rosso se vaya a la chingada, estoy ocupado"
"Está aquí el Procurador y te necesita"
¡Maldita sea! Me separé de Argelia, quien se arrastró sobre
la enorme cama como si le hubiesen dado una docena de disparos, pero con una
sonrisa de aquellos a quienes eso no les importa. Se tapó con las cobijas y
colocó la cabeza entre las almohadas. "Ve. Luego regresas a darme mi leche." Me
dijo ella con languidez. Dije que sí, pero, ¿Cómo sabría?.
Llegué ante Rosso, quien estaba muerto de miedo, y tuve que
informar de nueva cuenta lo que había visto. Repetí muchas veces que no había
cargamento alguno. También dije que ignoraba cómo sabía el Procurador nuestro
paradero.
El Procurador era un cabrón bien hecho. Entró a la casa como
si fuera la suya y no pidió permisos a nadie. Las miradas de los estudiantes y
colegas más radicales no le amedrentaban ni tantito. Jan se puso cerca de él,
como esperando que a su paso se hiciera a un lado, pero no lo hizo, fue Jan
quien terminó por hacerlo.
"¿Hablamos aquí o en otra parte?" dijo el Procurador al Rosso
con un señorío para nosotros desconocido, pues ninguno de los que estábamos ahí
le hablaríamos, a una leyenda como Rosso, de manera tan imperativa.
"En otra parte" dijo el Rosso más débil que nunca, como si
acatara una órden, como si conociera de antemano el tono de la plática, nada
honrosa para él.
Se dirigieron a una especie de cabaña rústica o troje que
estaba al fondo de la casona, con un gesto me dijo Rosso que los siguiera. Ya
que llegamos a la troje me dijo:
"Uno nunca sabe con estos represores sedientos de sangre.
Cuida aquí afuera y si escuchas disparos o algo así, no dudes en llamar a los
demás" Fuimos sólo tres. El Procurador, Rosso, y yo, como vigilante de la
puerta. Nadie más podía acercarse, ni estudiantes por órdenes de Rosso, ni
agentes por parte del Procurador.
Lo que alcancé a escuchar fue más o menos así:
"No quiero entrar en muchos detalles pinche Rojo, basta con
que sepas que te quiero fuera de este estado. Es mío y sabes que siento asco de
ti. El hecho de venir aquí no es valentía de tu parte, sino muestra de tu gran
estupidez."
"Tranquilo Roco, no te alteres sólo será..."
"No será nada. Y hace muchos años que no soy Roco."
"¿La memoria no es nada para ti?"
"Sólo me sirve si me impulsa al futuro, tu en cambio te has
quedado preso de aquella noche. Quisiera decir que te has quedado estancado en
Tlatelolco por pendejo, pero sé que no es así, sé que has vivido como lacra
desde ese entonces, sin hacer nada de provecho, sólo jodiendo, y sacando partido
de aquel incidente de las bolsas que tu y yo sabemos fue una gran farsa."
"Las saqué de ahí"
"Pero te quedaste con todo, cabrón. Para la causa que más da
si el dinero lo robó un halcón o tu".
"No compares entre un camarada y un policía"
"Al grano. No te conviene que me acuerde de aquella noche..."
"¿Y si te acuerdas que?"
"Si me acuerdo no quedará más Rosso qué recordar"
"¿Me estás amenazando?" gritó Rosso, como diciéndome a mi que
parara la oreja, que después iba ser importante mi testimonio al respecto.
Yo pegué la oreja a las maderas y escuché con claridad que el
Procurador dijo: "No soy de los que amenazan, soy de los que resuelven
problemas".
Tal vez a Rosso le pareció que la amenaza no era del todo
clara, así que su tono de voz cambió a aquel que tendría la serpiente del edén
cuando comenzó a decir: "Ya. Te enfada que tu te hayas matado toda la vida
estudiando y yo no. Te enfada que cobre por estos plantones, que mueva la cola
al mejor postor. ¿Cuándo ha sido diferente? ¿Cómo fue en el 68? Siempre
trabajamos para el sistema, no para el que todos ven, sino para el otro sistema.
Así ha sido y así será, y yo cobraré tantas veces quiera por poner en mal a
cualquier político. O vamos. Miénteme. Ya te caen bien esos hijos de puta. Marx
y el Ché me han dado de comer todos estos años. ¿Crees que lo mío es la
revolución? No, lo mío es la creencia de la revolución."
"Ya cállate, sólo caes más bajo. Tal vez tu has sido desde
siempre una rata y fuiste a Tlatelolco como lo que eres desde entonces, un
ladrón. Elizabeth y yo no fuimos ahí por dinero, ni por ignorancia; creíamos en
la justicia, rechazábamos el autoritarismo, aunque no comulgáramos con toda la
parafernalia seudo revolucionaria."
"Ah! Ya recuerdo a Elizabeth. La chica que se cayó por cargar
las bolsas. Debió morir con la bala que se detuvo con la propaganda."
"Vas a morirte" Dijo el Procurador.
"Repítelo si eres tan hombre" gritó Rosso, sin saber que yo
escuchaba todo, no sólo lo que él me hacía énfasis.
"Que vas a morirte. –dijo con rabia- No mereces hablar de
Elizabeth. Estoy ya cansado de que sigas en el mismo mundo que yo."
"Represor"
"Es mi naturaleza"
Salieron y no era el mismo Procurador que aquel que había
entrado, este que salía tenía la mirada vidriosa, como reteniendo un dolor muy
fuerte. Rosso se veía como un miserable cuando gana. Rosso me señaló diciendo en
voz muy queda al Procurador:
"¿Ves a este chico? Es mi amigo Pépe, y ha escuchado todo. Si
algo me llegara a pasar, él no dudará en hacer pública la infamia que me has
dicho ahí dentro, y dará cuenta a las autoridades de tus amenazas."
El Procurador me miró a los ojos, reconociéndome, pero
ocultándolo muy bien.
El Procurador se enfiló hacia fuera de la casa, ordenó a los
agentes que desaparecieran, se encaminó a su auto, disponiéndose a manejar él
mismo. Rosso lo miraba, al igual que lo miraba yo, pero él con una risilla
patética. Rosso lanzó un suspiro y habló pensando en voz alta "Fiú. Necesito
algo que me relaje el cuerpo". Se detuvo como si pensara y me dijo a la vez que
metió su mano a la bolsa del pantalón para darme las llaves de un coche que le
habían prestado en el partido político que había pagado el mitin del día
siguiente: "Toma. Te prestaré mi propio auto. Necesito que lo sigas y veas qué
planea. Vigila hasta que te de sueño. Es más, ten este dinero, quédate en algún
hotel cercano a la casa de este señor. Si vienes, ya sabes, llámame al teléfono
que te di." Me quedaba bien claro el tipo de relajación que necesitaba, y más
triste aun, quién le ayudaría con esa relajación.
Tomé el coche y seguí al Procurador. Se detuvo en un pequeño
bar, uno muy escondido. Me quedé fuera. Luego me dieron ganas de orinar y,
colocándome una gorra del partido político que estaba en el auto, pensé en
entrar de incógnito al bar, orinar, y salir sin ser visto. Entré, vi a lo lejos
al Procurador, con una copa en la mano y con la vista perdida. Me enfilé al baño
seguro de no haber sido notado. Lo que no imaginé es que cuando estaba meando
entrara precisamente el Procurador. Se colocó a mi lado y comenzó a mear. Se
escuchó un torrente de mucha presión, es decir, fue azar.
"Habla" me dijo.
"¿Es cierto todo lo que usted dijo?"
"Por supuesto".
"¿Quién es Elizabeth?"
"Querrás decir, quién fue. Si quieres saber tendrás que
aceptarme una copa."
"¿Por qué?"
"Porque estás a punto de perderte." Era convincente su
argumento.
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Relato: Radicales y libres 1998 (3)
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