No me dieron descanso. Laura me volvió a abrazar y a besar
llena de frenesí y me jaló hasta hacerme sentar en el sillón, donde ella se
acomodó a caballo sobre mí. Sólo en ese momento tuve una visión clara de la
escena. Ónix no hacía nada sino mirar, sentada en un extremo de la sala. Era la
única que estaba vestida. En tanto, Lenina, Roxana y Abigaíl se habían sentado
en el suelo, frente a Laura y a mí, como espectadoras o tal vez esperando su
turno. Lenina y Roxana ya se habían quitado toda la ropa y pude apreciar en todo
su esplendor la belleza y cachondez de sus magníficos cuerpos, que ellas
mostraban sin rubor. Abigaíl sólo llevaba puesta una minúscula tanga roja y
sobaba sin cesar sus pechos. Pero esa visión fugaz fue interrumpida por los
apremios de Laura, quien parecía querer comerme vivo. Sus besos eran
fantásticos, calientes, furiosos. Acaballada sobre mí, sobaba su pubis contra
mis muslos y usaba ambas manos para sobarme el pito, rojo y tieso a más no
poder. Yo apenas atinaba a masajearle las tetas y las nalgas. Y, lo que era
lógico, momentos después Laura dirigió mi pito a su vagina y se dejó caer con
fuerza. ¡Ah, qué glorioso momento el de la penetración en una vagina tan
caliente que parece que quema! Parecía loca, jadeaba, gemía, gritaba y ponía los
ojos en blanco mientras subía y bajaba con fuerza y rapidez en mi verga. Yo no
me quedaba atrás... también jadeaba y gritaba, también ponía los ojos en blanco,
e impulsaba hacia arriba la pelvis cuando Laura se dejaba caer en su trono. Pero
mis manos estaban casi quietas... apenas las tenía aferrando la cintura de Laura
para ayudarla en su movimiento de subibaja. Así que, acomedida, Roxana se acercó
a nosotros, tomó mi mano derecha y me empezó a chupar los dedos; los mamaba como
si fueran pequeños penes. Al hacerlo, no dejaba de mirarme a los ojos y me
pareció notar un brillo extraño en su mirada. Me guiñó un ojo, como queriéndome
dar a entender algo que yo en ese momento no comprendí. Luego de ensalivar
abundantemente mis dedos me dijo:
--Méteselos en el culo. Eso le encanta. La obedecí. Busqué al
tacto el ano de Laura y le metí un poco del dedo índice. Roxana se acercó a ver
la maniobra y luego volvió conmigo: --Métele dos... y hasta el fondo. Así lo
hice. Índice y medio de mi mano derecha se abrieron paso en el culo de Laura. No
me costó ningún trabajo metérselos hasta los nudillos. En respuesta, Laura
emitió un profundo y largo gemido de placer. --Muévelos... eso me gusta mucho
-jadeó Laura en mi oreja. Me costó un poco de trabajo acompasar los movimientos
de mi mano con los míos propios y los de Laura, pero una vez que lo logré, la
combinación era armónica y exquisita. Laura comenzó a gritar más fuerte y a
temblar como poseída... y entonces me regaló un prolongado orgasmo. Quedó como
desvanecida encima de mí, murmurando no sé qué cosas. Ahí me nació el impulso de
darle un beso en los labios, un beso tierno, de agradecimiento... y se lo dí. Al
recibirlo volteó a verme y me sonrió. Fue la primera vez que lo hizo. Pero yo no
había terminado y mi verga pedía a gritos más acción, así que desensarté a Laura
y quise acomodarla en cuatro patas sobre la alfombra. --¿Qué haces, cabrón? -me
reclamó, algo enojada. --Pensé que te gustaría por atrás. --De gustarme, sí me
gusta. Pero hoy no vas a encular a nadie... que no ves que ellas todavía no te
la maman-dijo, señalando a las otras brujas--. Sería una grosería dejarles
chupar tu palo embarrado de mierda, ¿no crees? Tanta claridad en sus palabras me
desarmó. --Pero no te desanimes, papacito... ya habrá otras oportunidades. Dicho
esto, Laura se sentó en otro sillón y Lenina, la regordeta, se acercó a mí,
espléndida en su desnudez. --Ahora voy yo -dijo y se hincó frente a mí. Yo había
alucinado con sus labios y esperaba con ansia que los pusiera alrededor de mi
pito. Así lo hizo. Buena mamadora, envolvió la base de mi verga con su mano y se
metió a la boca el resto. Succionaba y lamía, mientras su mano giraba
horizontalmente sobre mi tronco (no de arriba hacia abajo, como es lo usual).
Mientras ella hacía eso, yo dirigí mi mirada hacia Abigaíl, la jovencita que
parecía una niña perversa y no pude evitar imaginarla con un uniforme de
escolapia, con falda corta y calcetas, blusa blanca y colitas de caballo,
lamiendo una paleta. Esa imagen se formó en mi cabeza, pero luego volví a
prestarle atención a Lenina, que parecía dispuesta a hacerme venir pronto. Movía
cada vez más rápido la mano y su lengua hacía maravillas con mi glande.
"Está bien", pensé, "si quieres que me venga ya, lo voy a
hacer". Y entonces solté la carga de semen que se fue a estrellar contra el
paladar de Lenina. Entonces se repitió ese extraño ritual. Lenina, con la boca
llena de mi semen, se levantó y se dirigió a Ónix. Como había ocurrido con Laura
un poco antes, se abrazaron y se besaron en la boca, de modo que Lenina le
ofreció a mi novia mi carga de semen. Durante el beso, Ónix aprovechó para dar
una rica sobada a las voluminosas nalgas de su amiga. Luego, como la vez
anterior, Ónix vino a mí, me besó y me hizo tragar el semen. Ahora, un poco más
acostumbrado, no me supo tan mal. Pero yo tenía curiosidad: --¿Qué significa ese
ritual de pasarse el semen de boca a boca? -pregunté. --Nosotras estamos
disfrutando contigo -contestó Roxana--, pero no nos perteneces. Así que tus
emisiones se las tenemos que dar a Ónix, a quien pertenecen en realidad. --Y
luego -terció ella-yo te lo doy a ti como una manera de expresarte que eres mío,
pero que puedes recuperarte cuando quieras. --¿Por qué? -preguntó Laura-- ¿Te
disgusta ver cómo nos besamos? --¡Al contrario! -exclamé-- ¡Me encanta cuando
hacen eso! Sonriendo, Laura se acercó entonces a Ónix y le dio un beso ardiente
en la boca... sus lenguas juguetearon un poco dentro y fuera de sus bocas
mientras ellas se acariciaban las nalgas y el pecho. --¿Así te gusta? -preguntó
Roxana. --Sí, por supuesto. --¡Bah, todos son iguales! -bromeó Rox mientras se
acercaba a Lenina y le daba un beso igual de cachondo. De ese modo tenía frente
a mí a dos parejas de calientes mujeres besándose y fajando, para mi placer.
Noté, por cierto, que Abigaíl ya no estaba con nosotros. --¿Y Abigaíl? ¿Ya se
fue?-pregunté. --No se ha ido, pero ¿para qué quieres a Abigaíl si ahora nos
toca a nosotros? -me dijo Lenina mientras se separaba de Rox y se acercaba a
mí--. Todavía no cogemos como es debido. Ven. Acuéstate aquí. Me hizo acostarme
en el suelo y ella se arrodilló a mi lado, viendo mi pene momentáneamente
flácido. Me miró a los ojos, con una mirada cargada de picardía y lujuria y
luego se agachó a mamármelo. Pero ahora no lo hizo como la vez anterior, ahora
lo hizo muy suavemente, muy despacio, con largas chupadas y lamidas desde los
huevos hasta la punta, donde se detenía a juguetear con la lengua sobre el
glande y el meato. Se lo estaba tomando con calma. Mi erección volvió, por
supuesto. Pero no teníamos prisa. Me la siguió mamando así, con calma y luego
empezó a acomodarse sobre mí para hacer un 69. Sus gordos muslos y su gran
trasero, lejos de parecerme feos se me hacían en ese momento dignos de una
estampa del erotismo clásico. Había abundante carne ahí y no la podía
desaprovechar, así que masajeé sus carnes mientras mamaba su panocha y lamía su
clítoris. Estuvimos así un largo rato, hasta que la calentura nos ganó.
Se volteó y se ensartó en mi verga, dejando sus generosos
pechos al alcance de mis manos y mi boca. Subía y bajaba sobre mi pito y yo me
volvía loco de placer amasando sus generosas tetas, chupando sus prominentes
pezones y, ocasionalmente, besándola con ardor. A esas alturas yo ya había
tenido varios orgasmos y eyaculaciones, de modo que mi verga iba a estar parada
mucho tiempo (me "entablé", como decimos en México). Así, en esa misma posición,
cogimos durante al menos veinte minutos. Ambos, Lenina y yo, estábamos empapados
por el sudor y nuestros genitales chorreaban por los excesos de flujo. Era un
poema ver el rostro de mi corpulenta amiga contraído, con las mandíbulas
apretadas y los ojos fuertemente cerrados, resoplando por la nariz y con la piel
roja por el esfuerzo físico. Ella no aguantó más y se vino... se vino con unas
contracciones tan violentas que llegué a creer que me iba a arrancar el pito
sólo con la presión de sus músculos vaginales. El suyo fue un orgasmo de
antología. Una vez que acabó, dejó caer su cuerpo sobre mí... lo cual no es
poco, ya que Lenina bien podía pesar ochenta kilos... Pero Roxana llegó pronto
en mi auxilio. Con unas palmaditas en su espalda hizo que Lenina, sin muchas
ganas, se levantara. Entonces quedé a merced de Roxana.
Yo, acostado de espaldas en el suelo y ella, de pie frente a
mí, con las piernas ligeramente separadas. Bella como pocas. Volvió a fijar sus
ojos en los míos con una intensidad inusitada. Me sentí invadido de calma, de
placer sensual y, sobre todo, de vigor. Se hincó junto a mí y, como ya lo
suponía, procedió a mamarme la verga con furia, con prisa, con el afán de
obtener mi leche cuanto antes. Y lo consiguió casi de inmediato. Fue tal la
pasión que puso en su trabajo bucal que muy pronto le dejé ir una generosa
cantidad de semen. El ritual se repitió. Roxana se levantó llevando mi leche en
la boca, fue hacia Ónix y ambas se besaron... luego Ónix vino a mí y me pasó
desde su boca mi propio semen. Obedeciendo las reglas impuestas por ellas, lo
tragué. Antes de retirarse discretamente a su segundo plano, Ónix me acarició la
cara, sonrió y me preguntó en voz baja:
--¿Te lo estás pasando bien, cariño? --Increíblemente -le
respondí. --Bueno... pues ahora viene el espectáculo de Abigaíl -susurró en mi
oído. Volteé hacia donde me señalaba Ónix con la mirada y me volví a sorprender.
Exactamente como me la había imaginado minutos antes, Abigaíl salía de una de
las habitaciones vestida con uniforme de estudiante de secundaria: falda corta
de dibujo escocés, calcetas blancas casi hasta las rodillas, una blusa del mismo
color, pero con los botones superiores desabrochados, lo que permitía ver el
canalillo entre sus tetas, peinada con colas de caballo y... lamiendo una gran
paleta roja. ¿Podían leer mis pensamientos estas brujas? Seguramente sí. Abigaíl
se sentó en un sillón, fingiendo ser una niña ajena a la orgía que ahí se
desarrollaba. Luego subió las piernas, apoyando los talones en la orilla del
sillón, como haciéndolo por descuido, como podría sentarse una niña que
estuviera sola en su casa. Esto me permitió ver que Abigaíl, pensando en todos
los detalles, había cambiado su tanga roja por una pantaleta blanca, que se veía
más erótica gracias al conjunto de quien la llevaba puesta. Era la imagen viva
de una Lolita sumamente hermosa y muy, pero muy depravada. Alguna de las otras
brujas, no sé cuál, puso música. La canción de Joe Cocker con la que Kim
Bassinger hizo un strip tease en no sé qué película. Abigaíl se levantó y empezó
a bailar cachondamente y así, bailando, se acercó a Ónix, a quien le dejó la
paleta para poder desvestirse a gusto. Mientras Abigaíl comenzaba sus
evoluciones dancísticas por la sala, Roxana se me acercó. --¿No me vas a coger?
-preguntó, y se acomodó a cuatro patas en el suelo. --Así podrás seguir viendo
el espectáculo mientras cogemos. Me acomodé tras ella y yo no sabía a quién
mirar: si a Abigaíl, cuyo baile me electrizaba, o a Roxana, cuyo hermoso culo
apuntaba hacia mí. Me hinqué tras Roxana, me aferré a sus caderas y le dejé ir
una sola y certera estocada a la vagina. Ella pujó al recibir mi verga y, antes
de que yo comenzara el clásico movimiento de metisaca, ella empezó a apretarme
el pito con los músculos de la vagina. Para quienes no hayan probado esa
delicia, que en México llamamos "el perrito", déjenme decirles que es una de las
formas más deliciosas de coger, aunque para la mujer es muy cansada. Volviendo a
lo que ocurría en la sala de la casa de Laura, Roxana y yo estábamos en el
suelo, como perros, pero casi sin movernos, mientras Abigaíl bailaba y empezaba
a quitarse la ropa. Empezó con la blusa. Siguió el sostén (también se había
puesto uno sólo para el strip tease) y así se quedó bailando un rato largo.
Créanme que una mujer con falda y calcetas y sin ropa en la mitad superior de su
cuerpo es algo digno de verse. Mientras yo bobeaba viendo a la erótica Abigaíl,
Roxana seguía trabajándome con el perrito. Pronto empezó a sudar y a jadear por
el esfuerzo. --No te canses, Roxana. Déjame trabajar un poco a mí -le dije.
Ella asintió con la cabeza, se afianzó mejor sobre las manos
y las rodillas y entonces comencé a embestirla. ¡Cuánto placer para un pobre
mortal! Una novia complaciente que me pone a coger con sus amigas... una mujer
hermosísima dándome las nalgas... otra, haciendo un baile erótico sólo para
mí... ¿qué más podía pedir? En fin. Abigaíl continuó su baile, cada vez con
movimientos más cachondos y se quitó los zapatos... luego la falda... y por
último la pantaleta. No se quitó las calcetas ni se despeinó las colitas y se lo
agradecí. Así se veía más cachonda. Luego, mientras yo bombeaba por detrás a
Roxana, Abigaíl se acercó a mí con sus pantaletas en la mano. Se hincó a mi lado
y me besó ardientemente, mientras frotaba su prenda íntima en mi pecho y en mi
espalda. No sé por qué hizo eso, pero el efecto fue demoledor. Sentí que mi
verga se hinchaba y, sin poderlo controlar, comencé a venirme copiosamente
dentro de Roxana. Me salí de ella, pero mi verga estaba completamente parada,
aunque aún chorreaba semen. Y el ritual siguió... mientras Ónix observaba y
mientras Laura, Lenina y Roxana se masturbaban en el sofá, Abigaíl me hizo
acostarme en el suelo y se puso encima de mí para hacer el mágico número del 69.
Nos mamamos mutuamente. Yo ya sentía las mandíbulas acalambradas de tanto
mamar... pero no podía parar. Ella, como lo supuse, me mamó de forma furiosa y
acelerada para precipitar mi eyaculación. Una vez que la obtuvo, besó a Ónix y
le pasó mi semen. Luego, mi novia me lo pasó a mí, para tragarlo. Sólo me
faltaba coger con Abigaíl. Ella se acostó boca arriba en medio de la sala y yo
me le subí, al estilo misionero. Luego, ella aprisionó mis piernas con las suyas
y empecé a bombearla. Pero ahora, las otras brujas, excepto Ónix, participaron
con nosotros. Laura se montó encima de la cara de Abigaíl y ésta le mamaba y le
lamía la panocha, a pocos centímetros de mi cara, de modo que recibía el fuerte
olor de la vagina de la dueña de la casa, que ya no me parecía antipática. Ésta
me acariciaba la cabeza y la espalda con una mano mientras con la otra se sobaba
los pechos. Lenina y Roxana se acostaron a nuestro lado y besaban los pechos de
Abigaíl o me besaban en la boca, alternativamente. Yo estaba en el paraíso.
Cogimos así por lo menos media hora, durante la cual Laura se
vino y le cedió su lugar a Roxana. Luego ella también terminó y la que se montó
sobre la cara de Abigaíl fue Lenina. Así se iban turnando para besar y ser
besadas, para mamar y ser mamadas. Luego Abigaíl comenzó a arquear la espalda
para anunciar su inminente orgasmo. Aceleré mis movimientos y, cuando estaba
empezando a venirme, alguna de ellas, no sé cuál, me metió un dedo en el culo.
Grité en parte por el dolor y en parte por la sorpresa, pero mi grito fue
acallado por una oleada de placer enorme y por una eyaculación que superó a las
anteriores en cantidad. La leche brotaba sin cesar de mi verga y se escurría
fuera de la vagina de Abigaíl. Por fin terminamos y quedamos desmadejados, sin
fuerza ni para levantarnos del suelo, sudorosos y acezantes. Tuvimos que reposar
un buen rato. Ónix, acomedida, sirvió tragos para todos y nos ayudó a
levantarnos del suelo y a sentarnos. Por último se sentó amorosa en mis piernas,
me abrazó y me besó cariñosa. --¿Qué tal te fue? -preguntó. --De maravilla, mi
amor. Pero ya no puedo más. Estoy agotado. --¿Agotado? Si esto apenas empieza...
Luego volteó a ver a sus amigas y les preguntó: --¿Y bien? ¿Qué opinan?
--¡Genial, Ónix! Es genial... te felicito por tu elección y les doy mi bendición
-dijo Lenina, toda sonrisas, mientras nos hacía una extraña seña con los dedos
índice y meñique. --¡De maravilla, amiga! Consérvalo mucho tiempo -comentó
Abigaíl mientras hacía la misma seña hacia nosotros. --¡Perfecto! -acotó Laura,
quien nos hizo la misma seña. --Ónix... si no fuera tu novio, yo me quedaría con
él -finalizó Roxana quien, al hacernos la seña, me miró con ese brillo tan
especial de sus ojos... yo aún no sabía lo que eso significaba. Y, como dijo
Ónix, eso apenas empezaba. Los poderes mágicos de las brujas me dieron fortaleza
para seguir cogiendo toda la noche. Nos fuimos a la alberca, nadamos, jugamos y,
sobre todo, cogimos. Lo hice de nuevo con todas, más de una vez, pero ahora
ellas también cogían. Mientras yo me cepillaba, por ejemplo, a Ónix, Abigaíl,
Laura, Lenina y Roxana hacían un cuarteto lesbiano... O mientras yo me bombeaba
a Lenina, las otras cuatro mujeres formaban parejas mamantes y masturbantes; o
bien, dos de ellas me mamaban la verga al mismo tiempo mientras las otras tres
se masturbaban... Fue una orgía de toda la noche, de la cual no guardo
suficientes recuerdos como para detallarla. Pero nos dieron las seis de la
mañana en plena actividad sexual. Luego nos bañamos, nos vestimos y nos fuimos.
(CONTINUARÁ)