Ha pasado ya el tiempo convenido para que sometieras a tu
novio. –
Así es, señora. –
¿Has alcanzado los objetivos deseados? –
Sí señora, ¿quiere que traiga aquí al nuevo esclavo? –
Adela II, sentada en el trono que reconocía su soberanía
asintió, seria. Patricia hizo una grácil reverencia y salió del salón. Estaba
radiante. Conseguir la completa sumisión de un hombre era el último requisito
que se necesitaba para ser Dómina de Número.
Recorrió sin prisa los pasillos, atestados de habitaciones y
celdas. La mayoría de ellas estaban cerradas con puertas sólidas de acero, para
impedir a los futuros esclavos ningún contacto con elementos nocivos a su
"domesticación". Pero algunas estaban cerradas con barrotes, y a través de ellos
se veían escenas crueles de dominación. Mujeres atormentando a sus siervos,
convirtiéndolos en mascotas obedientes, obligándolos a adorar a sus dueñas. Los
gritos de dolor llenaban los rincones y se disolvían en un delicioso eco.
La celda de Ethan era de las últimas, cerrada con puerta de
acero. Patricia sacó la llave, pero antes de abrir, miró a través de la mirilla
rectangular. En la oscuridad un bulto recortaba las sombras y las separaba de la
luz. Estaba inmóvil, pero no en silencio. Un murmullo débil se colaba por la
minúscula rendija.
Los goznes chirriaron al girar, y Patricia entró. Ahí, tirado
a sus pies, estaba su novio, Ethan, y pronto su esclavo. Lo examinó,
descubriendo en la meticulosa disposición de su cautiverio que estaba muy
excitada.
Ethan podía ver y oír perfectamente; la fase de privación
sensorial había sido de las primeras en su doma. Pero no percibió el repiqueteo
musical de los tacones en las baldosas al entrar Patricia. Estaba obsesionado
con otra sensación, mucho más intensa.
Sobre el rostro de Ethan había asegurado un zapato, el
izquierdo, de Patricia. Un bonito, aunque sencillo, zapato de salón, sin un
tacón excesivo. No era la forma lo que pretendía actuar sobre el instinto
masoquista de Ethan, sino el aroma. Usado con frecuencia en sus largos paseos
por el bosque, los zapatos de Patricia estaban impregnados de un aroma especial,
destilado del sudor del pie y el gusto del calzado.
Una correa lo apretaba contra la nuca del sumiso, obligándole
a respirar un aire enrarecido por el divino tufillo. La punta llegaba a la
altura de la nuez.
En teoría, Patricia usó aquel artilugio para emponzoñar la
resistencia de Ethan a la sumisión. Atado de pies y manos, imposibilitado de
librarse de aquel olor penetrante, llegaría a obsesionarse con él, y luego, con
su dueña.
En verdad, la última semana, a excepción de las escasas
comidas y las siempre molestas lavativas, Ethan no había sentido otra cosa que
el olor del zapato. Sólo el dolor de las pinzas que en intervalos regulares
mortificaban sus pezones.
Patricia agarró a Ethan por el cabello y lo levantó con
dificultad. Los ojos de él la encontraron. Hacía un día entero que no la veía, y
se le notaba ansioso. Intento pedirle disculpas, pero las palabras murieron
dentro del zapato.
Sssssshhh.... – le ordenó Patricia, sonriendo.
Ethan se calmó y miró a su ama, con temor. Se sentía culpable
delante de ella. Sin motivo. Patricia lo leyó en sus ojos y para adentro se
felicitó, porque su esclavo ya presentaba signos evidentes de humillación. Luego
decidió divertirlo un poco.
Tomó una de las pinzas. Eran sencillas, de madera, de las de
tender la ropa. Tan sencillas como efectivas. Nada más sostenerla, Ethan se
convulsionó, sacudido por la voluptuosidad. Luchó contra ello un instante.
Patricia bajó la vista. En los calzones de su amado había un
bulto ya considerable. Tironeó de la pinza y el bulto reaccionó a los pocos
segundos, saludándola.
Acarició las aureolas de los mortificados pezones antes de
quitar con delicadeza los fieros mordiscos de madera. Ethan gimió y se dejó caer
hacia atrás, contra la pared. Patricia le dio la vuelta y desató sus muñecas.
Puedes quitarte la cuerda de los pies. – cuando lo hizo
añadió – y el zapato. –
Ethan se resistió a abandonar su mordaza, pero la mirada
severa de Patricia lo convenció. De motu propio se colocó a cuatro patas frente
a su ama, todavía incapaz de recapacitar sobre el por qué de su sumisión.
Patricia había hecho su trabajo bien, y el lavado de cerebro de Ethan era casi
perfecto.
Ya sabes donde está el salón principal. Va hacia allí, y
no mires atrás. –
Ethan no tardó en recorrer como un perro dócil los pasillos,
haciendo caso omiso de las celdas que atestaban el lugar. Detrás Patricia se
deleitaba observando las nalgas, aún vírgenes al látigo, de su sumiso.
Adela II ordenó a Ethan que se acercara al trono. Ethan no se
movió.
Vaya... ¿qué es esto Patricia? –
Patricia, algo avergonzada por la reticencia de su esclavo,
le ordenó que obedeciese a Adela II. Ethan miró de reojo a su ama y con paso
vacilante, se arrastró hasta el trono.
Por fortuna para ambos, Adela II tenía uno de esos raros días
de buen humor, y cuando vio los preciosos ojos azules de Ethan, perdonó la
indisciplina.
¿Cómo te llamas? –
Ethan. –
¿Y qué eres? –
El esclavo vaciló un segundo, pero la presión del ambiente le
hizo responder:
Un esclavo. –
¿De quién eres esclavo? –
Ahí no dudó. De hecho se sintió inmensamente orgulloso de
declarar:
De mi señora Patricia. –
Sea. Bésa mis pies y eso se hará realidad, Ethan. –
Ethan no apartó la vista de Adela II mientras estampaba un
delicado beso en el empeine semidesnudo de la Gran Duquesa. Adela II sonrió y la
tensión desapareció del rostro de todos los presentes, a excepción del Flagelo
de Soberanía, con el que Adela II no dejaba nunca de juguetear.
Otro esclavo, masculino por supuesto, sirvió una copa de vino
a Adela II y Patricia, que brindaron sobre la cabeza de Ethan, entretenido ya en
lamer los dedos de su adorada dueña.