Desperté con los primeros albores. Estaba todo dolorido.
Noté cómo el sol se elevaba y pasaban las horas. Estaba
muerto de sed y de hambre. A una hora que me pareció cercana al mediodía, me
empecé a desesperar: no sentía ruidos y nadie venía a buscarme. Al tiempo, mi
desesperación llevó a que gritara llamando a mi ama. De pronto, la puerta se
abrió violentamente y entró ella.
Maricona de mierda. ¿Por qué carajo estás gritando así? ¿No
te alcanzó con el castigo de esta noche?
Poné las manos atrás –dijo. Así lo hice, y antes que
pudiera darme cuenta estaba con unas esposas colocadas.
No aprendés nunca.
Tirando del collar de ahorque, me llevó hacia un rincón del
sótano. Allí me hizo poner las piernas debajo de una especie de sillón, que
presentaba una hendidura en el asiento. Violentamente me empujó el cuello hacia
adentro, provocándome tos al chocar mi nuez contra la madera. Sin mayores
miramientos, sujetó la cadena en una argolla de la parte de atrás, de forma que
no pudiese salir retrocediendo, y amenazándome se fue. Regresó con una parte de
madera que ajustaba perfectamente con la anterior. Creí ver que tenía unas
piezas de metal. Buscó en uno de los armarios y sujetó la pieza al sillón, de
manera tal que terminé encepado de forma incómoda. Se quitó zapatos, medias y
bombacha y se sentó.
Chupala –ordenó. Me tuvo un rato chupándola hasta que me
obsequió con una pequeña meadita seguida de un terrible orgasmo.
Con la bombacha se limpió, me la introdujo en la boca, la
aseguró con una venda, cubrió mi cara con las medias y se fue, diciéndome que si
volvía a molestarla con gritos (cosa bastante difícil, pues me resultaría
imposible desembarazarme de la bombacha), me quemaría donde más duele.
Así, envuelto en sus olores, medio muerto de sed y casi
asfixiado por sus medias, pasé el día.
A la noche volvió, me sacó de mi incómoda posición y me llevó
a la cocina. Me encadenó a una silla y dijo que comería con ella. Pude ahora ver
a la otra persona que había escuchado en la casa. Se trataba de una mujer de
unos treinta años, de 1,70 m de altura y gordita. Calculo pesaría unos 80 kg. Me
dijo: - Esta es María. Me ayuda con las tareas domésticas desde hace años, pero
somos muy amigas. Desde ahora, tiene autoridad sobre vos y podrá usarte a su
antojo. Escuchaste, María? –le dijo.
María se dio vuelta y sonrió. Era bastante agradable su
rostro, con unos hermosos ojazos azules. Era una mezcla entre razas autóctonas e
inmigrantes provenientes del norte de Europa, según mi parecer. Sus tetas eran
enormes, y se dejaban insinuar también los pezones debajo del vestido y del
delantal. Usaba un sencillo atavío de mucama, cuya pollera no llegaba a cubrir
la rodilla. Tenía unas zapatillas de taco bajo, blancas, y usaba medias.
Puedo hacer con éste lo que yo quiera, Silvia? Realmente le
agradezco su bondad. A lo mejor vengo durante su ausencia a disfrutar de él
como corresponde. Sí, seguramente seguiré viniendo los días de limpieza...
Acto seguido, María se acercó y me dio un beso en la boca
bastante prolongado, en el que aprovechó para pasarme cierta cantidad de saliva.
Acto seguido, se colocó frente a mí y se levantó la pollera, quedando ante mí su
gran culo encerrado en las medias panty; usaba debajo un bombachón negro.
¿Te gusta? Acostumbrate porque lo vas a saborear siempre
que se me ocurra. Ahora voy a servir la comida –dijo mirando a Silvia para
asegurar su aprobación.
Jajaja. Ya veo que quedarás en buenas manos. Y mañana
posiblemente llegará mi amiga Marina. Con ellas, no creo que te aburras.
Cenaron ante mi vista. Luego me alimentaron alternativamente.
A veces me daban la comida directamente masticada desde sus bocas. Lo mismo con
el vino. Para los postres estaban alegres. Me tiraron al piso y tuve que
lamerles los pies a cada una. María tenía un gusto agrio, pues estaba bastante
transpirada luego de su trabajo. Luego se sacaron las medias y tuve que limpiar
con la lengua entre cada uno de sus dedos. Estaba incómodo pero excitadísimo.
María se colocó a horcajadas sobre mi cara y comenzó a pasar su vulva por mi
boca y nariz. Silvia contemplaba todo mientras masajeaba su clítoris. María
dijo: -Vamos a hacerlo bucear un poco. –Y procedió a ahogarme entre sus nalgas.
Cuando se apoyaba, su ano quedaba a la altura de mi nariz. Mi cara estaba toda
embadurnada con sus jugos. Silvia se acercó, me bajó la bombacha y las medias y
colocó mi pene dentro de ella. Pude ver que besaba a María. Así se corrieron
primero María, y luego tuvimos un brutal orgasmo en común con Silvia. Cuando se
cansaron, me llevaron a la habitación de Silvia y encadenaron a la cama. Se
acostaron juntas y quedaron dormidas. Yo, exhausto, también me dormí. El próximo
día seguiría deparándome sorpresas en mi nueva condición.
ESPERO HAYAN DISFRUTADO DE ESTE Y MIS ANTERIORES RELATOS. SI
ALGUNA MUJER O PAREJA LÉSBICA ESTÁ INTERESADA EN CONCRETAR ALGUNAS FANTASIAS, MI
AMA Y YO LOS ESCUCHAMOS.