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Relato: Castigos

Relato: Castigos

  

A lo largo de mi relato usaré el nombre de Ana a pesar de no
ser el mío...


Cuando yo tenía ocho años mi padre abandonó a mi madre
dejándola con cuatro hijos; Dos chicos y dos niñas.


La situación obligó a mi madre a dividir la familia, y aceptó
la oferta de unos parientes que vivían bastante lejos y ellos tomaron la
responsabilidad de criar a mis dos hermanos varones...



Quedamos pues con mi madre mi hermana mayor y yo...



Maria, mi hermana, a los catorce años ya empezó a trabajar en
un taller de costura, yo tenía entonces nueve. Mas tarde dejó el colegio porque
mi madre enfermó y, a partir de ahí, sólo durante algunos periodos, gozó de
suficiente salud para trabajar...


Aun con todo, entre ella y Maria, pudieron darme, durante mi
infancia, todo aquello que necesité, y no recuerdo haber echado de menos a un
padre...



Pero mi madre fue una mujer amargada, alguien sin suerte que
se obsesionó, en todo el sentido que esta palabra tiene, por que sus hijas
fuesen un modelo de perfección, porque, como ella decía; con las cartas tan
malas que nos había dado la vida, la única posibilidad de salir adelante estaba
en nuestra calidad humana y en nuestra educación...



Tal vez por eso, o tal vez porque ella se veía muy sola en la
tarea de educarnos, fue que desde siempre recurrió a los castigos físicos...



Nos solía colocar sobre sus piernas o arrodilladas sobre una
silla, entonces nos golpeaba las nalgas con la mano o con una zapatilla...


Para ello antes teníamos que quitarnos la ropa de cintura
para abajo, a veces los zapatos también.


Después de los azotes, y dependiendo de la gravedad de la
falta, nos obligaba a permanecer así durante un buen rato, contra la pared...


Así, pasando toda aquella dosis de vergüenza, le prometíamos
a ella y a nosotras mismas, que aquello no volvería a suceder jamás.



En realidad, estoy pluralizando...


Por razones de edad, sólo en dos o tres ocasiones fui testigo
de un castigo de mi hermana...



El hecho de que ella, desde tan pronto aportase la mitad del
dinero de la casa la eximió de azotes desde muy pronto...


Yo al contrario, los sufrí en muchas ocasiones. No recuerdo
resentimiento por ello, es más, me sentía francamente culpable por defraudar a
quien tanto hacía por mí...



Un día, a mis once años, sucedió algo que cambiaría con el
tiempo toda mi vida...



No puedo acordarme de qué cosa mala había hecho... Era un
niña bastante responsable aunque, en ocasiones, tenía auténticos descalabros con
los estudios. Tal vez fuese por eso la cosa... No sé...


Pero me recuerdo como si me viera ahora, en el centro de la
cocina, descalza sobre las baldosas irregulares y notando el calor de una estufa
de butano cerca de mi trasero desnudo...


Mi madre estaba ya sentada, en su silla de siempre, tenía
grandes ojeras, pues su enfermedad durante aquellos días se había acentuado...



Entonces llamó a mi hermana...



A mí no me gustó la idea de ser castigada delante de ella,
pero realmente no sabía para qué es que nuestra madre la requería en la
cocina... Estoy segura que me ruboricé cuando Maria traspasó la puerta.



Sin embargo, lo que las dos íbamos a oír a continuación,
aunque a cada una en distinta forma, nos alteró por completo...



- Estoy fatal... Cansadísima... - Dijo- - Y me duele una
barbaridad la espalda, así que, María, como a tu hermana pequeña hay que
recordarle ahora mismo cuales son las reglas de esta casa, esas que ella se
salta cuando le da la gana, - Dijo mirándome a mi-; Hoy vas a ser tu la
responsable de castigarla...



Hubo un silencio horroroso... Yo no dije absolutamente nada,
pero por dentro estallé en un llanto sin igual...


María se puso nerviosisima...


Intentó eludir aquello con varias frases, pero mi madre, que
estaba en uno de sus días peores, no le siguió la discusión, señal muy evidente
para nosotras, de que su decisión era ya inapelable...



Por todo ello, un par de minutos después estaba yo sobre las
rodillas de mi hermana, y era su mano la que, tan aterrorizada como yo, notaba
caer sobre mi trasero una y otra vez...


Fue, desde luego, un castigo muy leve... ella tenía miedo, o
no sé... me golpeó con la mínima fuerza posible y mi madre, aunque se debió dar
perfecta cuenta, no dijo nada...



Sin embargo y a pesar de qué el dolor físico fue casi
imperceptible, el otro dolor, el moral, me había derrumbado por completo... Yo
jamás me había sentido humillada mientras recibía los castigos de mi madre sino
que, como ya he dicho, los veía la consecuencia lógica de mis errores, aunque a
veces fueran involuntarios...


Esta vez había sido muy distinto...


De noche, mientras cenamos, fui incapaz de mirar a la cara de
María y muchísimo menos hablarle...



Fue siempre así desde aquél día...



Hasta llegó un momento, estando muy enferma mi madre, en el
que María me aplicaba los castigos por su cuenta y sólo después le comunicaba el
hecho, recibiendo siempre la aprobación con carácter retroactivo...


La precariedad económica, el cansancio y la propia depresión
de ellas, hicieron que la vida se hiciese extraordinariamente rígida para mí en
el periodo de mi pre-adolescencia...



Entonces, en una de estas ocasiones de castigo, me percaté de
algo...



¿A María, de alguna manera, le agradaba hacerlo?...



Nunca me lo había planteado porque, sinceramente, las quería
con locura y no dudo que este amor fuese recíproco en grado sumo.


Pero la duda me llegó de golpe...



Y de golpe se me confirmó que, a ella, azotarme le resultaba,
si no placentero, sí al menos eficaz para desahogar sus propios dolores por la
vida...



Me di cuenta una tarde en la que mis mejores amigas me
propusieron saltarnos las clases para ir a disfrutar al parque de la preciosa
mañana de Abril... Al mismo tiempo, mi madre tenía una crisis y María se veía
obligada a mandarme a buscar al colegio para ir a buscar cierto medicamento a la
farmacia...



Como yo no estaba allí, tuvo que recurrir a la amistad de una
de las vecinas...


Lo de mamá fue sólo un susto, pero cuando llegué por la tarde
a casa enseguida adiviné la tragedia... Nuestra madre estaba acostada, dormida y
mucho mejor que unas horas atrás... En el cuarto de estar estaban María y dos de
sus amigas, una de ellas era la que había ido corriendo a la farmacia...


Me disculpé, pero mi hermana estaba furiosa...



- Me vas a pagar lo nervios que he pasado por tu culpa. -Me
dijo-



Yo ya estaba segura de en lo que aquello se iba a traducir,
pero di por sentado que sucedería después, más tarde.... Pero Maria me ordenó...



- Vete a la cocina, que ahora voy yo...



La cocina era la habitación contigua y ni siquiera había una
puerta separándola sino sólo una cortina de loneta.


Protesté, pero ello la enfureció más todavía, así que
consideré lo más inteligente pasar a la cocina, aguardarla, e intentar
convencerla alli...



- Me tenéis que disculpar cinco minutos... -Pude oír que le
dijo a sus amigas-



Y cuando la tuve frente a frente y me vio vestida todavía me
preguntó...



- ¿Qué esperas?...


- Espera que se marchen... Por favor¡¡ -Le dije-...


- Ni hablar¡... -Contestó- ... -Después quiero tomarme un té
tranquila con ellas, que me lo he ganado... Y cuando acabe contigo te vas a la
cama, y a callar...



Yo tenía ya casi doce años y sentí una vergüenza sin igual
mientras me quitaba los vaqueros y las bragas ante la figura impaciente de mi
hermana, sabiendo además que, ahí mismo, atrás de la cortina, estaban sus amigas
a quienes el castigo, aunque no lo contemplasen, no les iba a pasar
inadvertido...



Además me pegó con la zapatilla y el sonido inequívoco de la
suela sobre mi piel inundó la cocina, llegando sin duda hasta el cuarto de
estar...


Nunca lloraba, pero esta vez, ignoro si por el dolor tremendo
o si por la humillación, sí lo hice, por lo que mi llanto entrecortado se sumó
al ruido de los azotes...



Después me mandó a mi cuarto...



Tenía de atravesar la sala y, sin que yo entendiese porqué,
me prohibió volverme a poner los pantalones.


Me sentía acobardada y culpable en grado máximo, por eso, sin
protestar más, le hice caso, así que, sin los zapatos y apenas cubierta con la
blusa, me vi obligada a pasar por delante del sofá donde estaban sentadas sus
amigas.



Recuerdo muy bien que pasé casi rozando las puntas de sus
zapatos, estaban de moda con mucho tacón, eran además chicas muy guapas, de
estas que siempre se arreglan muchísimo hasta para salir a la tienda de la
esquina, por lo que yo, que quería ser como ellas, me sentí todavía más
humillada viéndome así...



No las miré, esos apenas cinco metros me parecieron cien...
Caminé deprisa, descalza sobre el suelo frío, estirando por atrás la blusa para
que no dejase asomar por abajo mi culo recién zurrado.



Y esa noche, al meterme en la cama, agobiada por la vergüenza
vivida, recapacité y deduje que era evidente mi hermana había experimentado
algún tipo perverso de placer al someterme de aquella manera.



 


Maria se casó con apenas 19 años...


A decir verdad, todos los esfuerzos de mamá por educarnos
para que evitásemos cometer los errores que quizá ella misma había cometido, no
tuvieron ningún fruto...



Mi hermana se tuvo que casar embarazada, de un chico al que
apenas conocía, un novio con el que apenas llevaba saliendo un año y al que
prácticamente había dejado de querer para entonces.


Pero las condiciones sociales de la época convirtieron aquél
matrimonio, hecho de prisa y corriendo, en un mal necesario...



Me quedé viviendo sola con mi madre, la cual se había
restablecido bastante y podía trabajar y llevar una pequeña parte de la casa
porque, por entonces, yo era ya una mujer prácticamente hecha y me había
responsabilizado de la compra, la comida, etc...



Todo esto hizo que mamá jamás volviese a castigarme como lo
hacía...



Pero al tiempo volvió a recaer y esta fue la vez
definitiva...


Cuando murió yo tenía 16 años...



Mi hermana, que ya llevaba tres años casada y estaba
embarazada por segunda vez, no dudó en llevarme a su casa, a pesar de que ya con
su marido las cosas estaban bastante mal...



Además, como vendimos el piso de mi madre, y mi cuñado, en el
fondo, tenía un buen trabajo, durante un tiempo dispusimos de bastante dinero,
por lo cual, Maria ya no trabajaba y yo sólo me dedicaba a estudiar ya que las
tareas de la casa sólo las llevaba ella...



Esta comodidad, nueva para mí, tuvo su otra cara de la
moneda...



De golpe, volví a ser una niña.



Volví a tener rigidez de horarios y de nuevo alguien sobre mí
que me vigilaba y exigía aplicación en los estudios. Había empezado a estudiar
administrativo y no siempre me salían bien las cosas al respecto.



Me sentí bastante atada y algo así como muy vendida puesto
que, en más de una ocasión, mi cuñado me echó en cara todo lo que por entonces
estaba recibiendo.



Mi hermana tenía pánico a quedarse sola con su hijo, a que su
marido la abandonase, entonces con un hijo en camino...


Tenía miedo de acabar como mamá.



Por eso mimaba tanto a su esposo, un hombre que distaba mucho
de merecerse cualquier atención.



Apenas recuerdo qué fue lo que disparó mi tragedia, levemente
creo recordar una noche en la que llegué muy tarde de una fiesta por las
afueras...



María vivía agobiada por la presión que tenía de continuo con
su esposo, tal vez fue eso.



Yo sabía que llegaba tarde, así que cuando entré le pedí
disculpas sin más y me dirigí hacia mi cuarto...


Pero ella me siguió...



Me dijo que habían discutido por mi culpa, que la había
preocupado mucho y que a pesar de estar muy cansada me había estado esperando
despierta hasta aquellas horas...


Me echó en cara los resultados de los últimos exámenes y me
habló algo de lo descuidada que estaba mi habitación...



- Creo que va a ser bueno para las dos que te castigue como
antes... -Terminó diciendo-



Yo le dije que estaba loca...


Que había pasado mucho tiempo y que ahora ya las dos éramos
mujeres, que no esperase ni en broma que me dejase pegar...



Y que ( Dios mio¡, porqué lo dije¡ ) lo que le pasaba en
realidad es que estaba amargada por la marcha de su matrimonio...



Hoy me doy cuenta de mi inmadurez y de mi poco tacto.


Lo último que ella deseaba oír...



Dio dos pasos hacia mí y me pegó una fuerte bofetada...



Me quedé con mi mano acariciando la mejilla dolorida y los
ojos llenos de lágrimas...



María salió del cuarto y al minuto volvió con una zapatilla
de su marido en la mano...



Volví a insistir en que no, pero no se porqué, mi postura
perdía fuerza por momentos...



- No quiero recordarte - Dijo - que estás en mi casa...


- Pero tengo 16 años¡¡... - Grité- ...


- Pues me da igual... Te has comportado como si no los
tuvieras...



Pasamos casi un minuto mirándonos a los ojos... los míos
seguían lloriqueando, los de ella estaban fríos... Convencidos...


- Si no te convence la casa, sabes qué es lo que puedes
hacer... – Añadió, aunque ahora ya sin mirarme a la cara - ... –Y añadió- - En
casa de los jefes de Blas, ( Su marido ) necesitan una chica que les haga las
faenas y que se quede a dormir allí...



Tenía en las manos la zapatilla y la doblaba todo lo que daba
de sí la goma, y había vuelto a mirarme con aquellos ojos que me acobardaban...


Por todo ello, me senté en la cama y me puse a desatarme los
cordones de los zapatos...



Pero me detuve, dudaba mucho... ¿Debía permitir aquello ahora
que era ya una mujer?...


- Venga¡... –Maria corto mis pensamientos- ... Te quitas los
zapatos, las medias, los pantalones y las bragas...


- Maria por Dios¡¡...


- Ya me has oído...



Volví a sentarme en la orilla de la cama, esta vez de golpe,
desesperada... Me estaban regresando mil y pico fantasmas que ya creía que se
habían marchado para siempre...


Cuando estuve lista, ella se sentó en una banqueta y me hizo
un gesto para que me echase sobre sus rodillas...



Me azotó así, no grité, pero lloré mucho... muchísimo...



Cuando salió de la habitación caí de rodillas al suelo
derrumbada...



- Deduzco que esta vez si será la ultima vez y que esto te
habrá servido para aprender. - Fue lo último que me dijo -.



Me acosté tal y como estaba. No salí del cuarto ni para
lavarme los dientes... Sentía una vergüenza espantosa si me paraba a pensar que
quizá, mi cuñado, había oído de alguna manera los azotes... También era posible
que mi propia hermana le contase lo sucedido... Y podía cruzarme con él por el
pasillo...


Pero jamás hubo comentarios por su parte...



Maria se equivoco y aquel no fue el único castigo...



Durante los tres años que viví allí, mi hermana me castigó
unas cuantas veces...



Estaba en la edad de salir mucho, de desear estar siempre en
la calle, de gastar mucho teléfono, de contestar y protestar por todo...


Y cada una de estas conductas mías siempre acababan conmigo
arrodillada y medio desnuda...



En una ocasión, accidentalmente, entró en la habitación mi
sobrinito. Tenía cinco años y recuerdo la mirada de asombro del niño al ver a su
tía berreando mientras su madre la azotaba. Ahora que es mayor, jamás ha
mencionado ese recuerdo que estoy segura que no se le borró...



En otra ocasión fue peor...



Bien porque, al verme ya una mujer, mi humillación se
multiplicaba, o porque Maria ahora me golpeaba con más fuerza, cada vez me
resultaba más difícil evitar los gritos...



Uno días en el que mi hermana estaba más furiosa que nunca y
mi llanto era realmente desesperado, de pronto se abrió la puerta y, ante mi
terror, apareció la figura de mi cuñado...



Ella me tenía como siempre, con el trasero desnudo y boca
abajo. Entró muy molesto y se dirigió a su mujer...



- Se están enterando los vecinos, se la oye gritar desde la
escalera.. -Sólo dijo eso-...



Ella no le contestó y no hizo nada en absoluto por
cubrirme...



Esa noche, sintiéndome vejada y humillada al máximo, tomé la
decisión de irme de allí aún a costa de trabajar en lo más bajo. Lo que fuese...


Pero no lo hice...



El matrimonio no tardó mucho más en venirse abajo.



María se quedó sola y su situación económica era
desesperante...



Volvió a trabajar... A mí sólo me quedaba un año de
administrativo y confiábamos que después encontraría trabajo así que alquiló un
piso para nosotros cuatro, muy pequeño.



Así que, por descontado, el tema de los castigos quedó
olvidado por completo... Ahora éramos dos mujeres que vivían solas y que se
necesitaban...



Maria encontró un trabajo bastante bueno, el inconveniente es
que le ocupaba prácticamente todo el día y, como tener al los niños mañana y
tarde en la guardería, a las dos nos parecía excesivo, optamos porque yo mejor
me buscase un trabajo a media jornada y me ocupase de mis sobrinos el resto del
tiempo.


Mi hermana, por su parte, llegaba a casa bastante tarde y
agotada...



Así pasaron casi dos años, muy duros para ella.


Para mí, sin embargo, fueron relativamente cómodos ya que, mi
trabajo, consistía en ocuparme de una tienda en la que sólo muy de vez en cuando
entraba un cliente, dejándome así mucho tiempo para leer, estudiar y
aburrirme...



Ya tenía casi 22 años y ningún novio a la vista...



Creo que soy bastante atractiva al igual que Maria lo es, aún
así no tenía demasiado interés por el sexo...


Me gustaban los hombres, deseaba estar con ellos y su
compañía, sus atenciones, sus palabras... Pero tan apenas pensaba en algo
físico...



Lo extraño es que, contradictoriamente, solía masturbarme, y
las fantasías con las que llegaba a excitarme no me siento capaz todavía de
descubrirlas... Había un muchísimo de vergüenza en ellas y por descontado, un
sentimiento horroroso de culpabilidad...



Maria tampoco salía con hombres, en un lenguaje vulgar,
diríamos que estaba muy quemada.



Un mal día la despidieron de su trabajo...



Desesperada, aceptó cuidar una anciana, bastante enferma, a
cambio de muy poco dinero...



Más o menos por esas fechas fue cuando yo me enamoré...



Fue una historia brevísima en la que un chico que traía
mercancía a la tienda acabó por seducirme... He de decir que era un ser
maravillosos y que durante unas semanas me hizo la mujer más feliz del mundo a
pesar que en ese mismo periodo yo disté mucho de hacerlo igual de dichoso a
él...


Me gustaban sus besos y algunas de sus caricias, pero no
podía pasar de allí... Me bloqueaba algo aunque no sabía decir qué era, él me
deseó muchísimo y me dijo que presentía el enorme bien que me haría a mí
consumar una relación ya que todavía era virgen...



En el fondo a mí, este detalle, me importaba poquísimo...
Pero, claro, me sentía muy sola...



Mi romance con Jaime (Se llamaba así) no sólo me rompió el
corazón sino que me costó el empleo...


Y sucedió en el peor momento...



Maria ya me había avisado de que, si la dueña de la tienda se
enteraba de que yo la pasaba con Jaime en mis horas de trabajo, no le haría
ninguna gracia...



Siempre ingenua o siempre irresponsable, la creí exagerada,
pero me equivoqué.



El día en que entré a la cocina y le conté a mi hermana que
había perdido mi empleo la vi enfurecerse en segundos... después me abofeteó dos
veces...



Me dolieron muchísimo, sin embargo no pude evitar mirarla
después con cariño...



Estaba desesperada, con los ojos arrasados -tenía unos
preciosos ojos negros- Las mejillas encarnadas de su propia ira... el pelo negro
alborotado... Me sorprendí a mí misma admirando la belleza de aquella mujer que
un momento antes me había causado dolor físico...



Me dijo que ahora tendría que ayudarla en su trabajo cuidando
a la anciana...


Fue horrible...


Casi puedo notar todavía en mi piel el olor espantoso de
aquella casa descuidada, de aquella pobre mujer enferma y de aspecto
deplorable... A pesar de la aprensión conseguí poner mi grano de arena en
aquella etapa tan dura de las dos.



Ahora bien; yo misma reconozco que soy variable...


Y lo soy mucho...



No sé porqué entré en una etapa de descuido. Hacía poco en
nuestra casa... la comida dejaba que fuese Maria quien tomase la iniciativa de
prepararla. Lo mismo pasaba con la limpieza.


Ella no me decía nada a pesar de que todo esto la molestaba.


Yo sentía que ya hacía mucho supliéndola en sus labores con
la vieja y me justificaba con eso.



Una mañana en que me tocaba a mí ir a cuidarla me quedé
dormida.


La hija de la anciana llamó a Maria, exageradamente furiosa,
estuvo a punto de costarnos también aquél trabajo...



Ese día, a mis 22 años, mi hermana volvió a castigarme...



Yo no opuse resistencia porque, con toda la sinceridad del
mundo, me sentía terriblemente irresponsable y egoísta...



Ella lloró tanto, se desesperó tanto que, cuando me volví a
ver, después de tanto tiempo, desnuda de medio cuerpo y a su merced, lo
consideré justo.



Por eso, una vez que dio por terminado el castigo, en lugar
de levantarme corriendo y encerrarme en el baño a llora, como antes hacía, me
quedé arrodillada frente a ella y le pedí perdón...



Lloré arrepentidísima sobre las mismas rodillas en las que
hace un momento era golpeada.


Maria se sintió abrumada, supongo, por lo que se levantó
rápidamente y salió de la habitación.



Pero ya he hablado de mi variabilidad.


El disgusto me duró poco...



Una mañana salió por una entrevista de trabajo. Se arregló
muchísimo, se puso un traje de chaqueta que fue de mamá y que con mucho esfuerzo
se rehizo para ella... Medias y zapatos de tacón ( Que casi nunca llevaba )...
Se rizó la melena...


Estaba encantadora... Le deseé suerte...



Me quedé a cargo de la casa y de los niños, de hacer la
comida y de ir a buscarlos al colegio...


A media mañana empezó un programa en TV que me interesó; me
distraje...



Se me vino encima la hora de ir a la escuela, me fié de los
autobuses y apuré el programa hasta el último minuto.


Cuando llegué a la puerta del colegio era tardísimo y no
estaban ninguno de mis dos sobrinos.


Volví asustada a casa, supuse que estarían en casa de algún
compañero cuya madre los hubiese hallado solos en la puerta.


Desde casa –pensé- llamaría a las más probables.



Pero cuando metí la llave en la puerta me percaté de que
María ya había regresado y estaba hablando por teléfono...



Los niños estaban en un sitio de mucha confianza... acababan
de llamar.



Mi hermana me miró de arriba abajo con una mezcla de odio y
de desprecio.



También de dolor, ya que la habían rechazado en la primera
selección.



Además la casa y la cocina estaban hechas un asco, la comida,
por supuesto, sin hacer...



- ¿Cómo puedes ser tan estúpida?... – Me dijo gritándome- ...
-De esta te vas a acordar, egoísta de mierda... - Añadió sin mirarme -


- Maria; Ya sé que no tengo excusa... - Empecé a decir -



No me dejó seguir con una sonora bofetada...


- Quítate la ropa, vamos...


- Lo siento Mary... Ahora mismo hago la comida...



Pero me cogió por un brazo y me llevó violentamente hacia el
dormitorio, me empujó sobre la cama y forcejeó conmigo para desabrocharme los
pantalones...


Yo lloraba espantada y le suplicaba que me perdonase.



- Desnúdate de una puta vez o te daré con una correa... - Me
amenazó -



Terminé por obedecerle; Es más, me quedé desnuda por completo
ya que llevaba puesta un blusa enormemente amplia y me mandó también
quitármela...



Me azotó más que nunca, estábamos las dos de pie y ella
continuaba sujetándome por el brazo...



Paraba a ratos y tiraba de mi hacia arriba porque yo
intentaba tirarme en el suelo, después volvía a empezar...



Le rogué mucho... horrores...


A gritos me insulte a mi misma, me llame imbecil e
inmadura... Pero los zapatillazos sobre mis caderas y mis nalgas no cesaban.
Tanto lloré y vociferé que al final ya no me salía ningún sonido de la garganta.



Y sin saber cómo, en determinado momento, sentí claro por
primera vez algo que jamás me había pasado por la mente por el mero hecho de que
me hubiese parecido absurdo...



Pero absurdo a no, allí estaba;



Y es que, verme así me estaba empezando a resultar
agradable... Hasta el extremo de que casi estaba excitada...


Estas eran las fantasías que antes no quise revelar al
lector.


Mi hermana Maria; Humillándome.



Dejó de pegarme por fin, y caí a sus pies... No se había
quitado la ropa con la que había ido a la entrevista y seguía estando
increíblemente guapa...


Yo estaba sudando... Desmadejada... vencida...


Estaba desnuda junto a sus zapatos, sus altos tacones negros
que tan bien sabía llevar...


Sin darme bien cuenta de lo que estaba haciendo, me arrodillé
frente a ellos y pose mis labios sobre el empeine...



Ella tardó unos segundos, pero se apartó de golpe.



- ¿Estas loca?... - Me dijo con ojos de espanto - ...



Yo había dado un paso sin retorno, así que sin levantarme del
suelo me abracé a sus piernas cubiertas por las medias negras y ahora lo bese
fue el nylon tenso bajo el cual palpé la dureza de sus piernas bien formadas...



- ¡¡ Ademas eres una pervertida ¡¡... - Me gritó - ...


- ¿No te gusta?... – Dije con descaro -



No me contestó, pero tampoco se apartó...


Seguí lamiendo sus piernas, después pase a sus manos, ahora
sí que estaba segura de que me excitaba cada vez más.



Y Maria suspiró...



Muy profundamente y no fue un suspiro de tristeza ni dolor,
sino todo lo contrario...



De repente se levantó... Con mucha brusquedad me cogió por un
brazo... Ella era más alta y mas fuerte que yo, así que fui por el pasillo casi
que en volandas...


Entramos a la cocina y me empujó contra el fregadero lleno de
cacharros sin fregar.



- Empieza... - Fue su única palabra -



Y se quedó allí, apoyada en la puerta de la cocina, viéndome
como fregaba desnuda los platos...


Después de esto barrí, limpié los baños... hasta hice la
comida.



Y disfruté con todo.



Me sentí viva, muy mujer, excitada al máximo.


Mas tarde me dejo vestirme, ya que los niños estaban a punto
de llegar, pero sólo con una bata, muy fea, por cierto, sin nada por debajo.
Ella siguió todo el día con el impecable traje de chaqueta.



Desde entonces, cuando mis sobrinos no están en casa, hacemos
lo mismo o cosas parecidas...



Y realmente la adoro...



Me encanta estar desnuda a sus pies, que me dé órdenes...



Es desesperadamente excitante estar las dos junto con amigas,
con vecinos, con los niños incluso, y saber que una hora antes o una después
volveré a ser su esclava más sumisa...



Yo jamás me he vuelto a poner medias, ni falda ni tacones...



Sólo ella los lleva, porque merece llevarlos, mi único
derecho es después, cuando Maria me lo permite, a solas en mi cuarto,
masturbarme recordando cómo sus femeninas y dulces manos me sujetan contra sus
rodillas mientras mi trasero recibe los siempre merecidos azotes...


 



Relato: Castigos
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