Relato: Giro en la vida (11: Puta indisciplinada...)
Relato: Giro en la vida (11: Puta indisciplinada...)
11.- Puta indisciplinada y castigada.
Final capítulo anterior:
Oímos repentinamente llamar a Barriga al escenario. Subió y
la ruleta le asignó ser follada en la máquina vertical, artilugio que se
introdujo en el escenario y sobre el cual el locutor cantó sus excelencias sin
dejar de mencionar a la empresa que gratuitamente había cedido el ingenio.
Barriga, sin mucha convicción se acercó a la máquina balbuciendo su condición de
preñada y rogando un estricto control del aparato para no dañar a su bebé. Fue
tranquilizada garantizando la seguridad de los dos y se sentó sobre dos penes
artificiales que ocluyeron sus orificios. La máquina se puso en marcha y pronto
Barriga adoptó su cara de sonrisa beatífica propia de cuando disfruta. Creo que
se regaló con dos orgasmos.
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Oí mi nombre, Chocha, por los altavoces, experimentando gran
placer, porque era la primera vez que mi nuevo nombres se decía ante tanta
audiencia. Subí al escenario. Resueltamente empujé la manilla de la ruleta y
cuando paró casi me da un pasmo.
- Grandioso querido público. Esta gordita puta madura es la
afortunada dama que va a ser follada por el perro mejor adiestrado del país en
esa labor tan encomiable. Enhorabuena intrépida dama, esta opción solamente está
una vez en la ruleta. Espero que disfrute del semental que la perrera de Don
Guau, especialista en el entrenamiento zoofílico, ha prestado desinteresadamente
al festival. Usted decidirá si la penetración es vaginal o anal.
- Ni lo uno ni lo otro, yo me largo. Dije cuando un enorme e
inquieto perro entraba en el escenario conducido de su correa por una azafata
tan desnuda como yo.
Por un momento todo quedó en silencio y repentinamente el
público me empezó a abuchear.
Bajé del escenario e inmediatamente vino Madame con cara
severa y me comunicó que esta vez la pifia que había hecho era gorda e iba a
saber lo que era ser disciplinada. Temía que me obligara a regresar al escenario
a joderme al animal, pero no fue así. Me ordenó subir a la habitación.
Al poco entraron los tres y El Negro, sin decir palabra se
quitó el cinturón y comenzó a arrearme cintarazos en las nalgas que yo intentaba
evitar como podía llorando de miedo –Qué diferencia con la estoicidad de Doña
Mercedes- hasta que Madame se sentó sobre mi ordenando a Barriga sujetarme las
piernas. El Negro me pudo zurrar a gusto.
Seguidamente Madame me introdujo en el coño y en los
intestinos los globos inflados con los que me castigó el día que solté la pota
sobre los malolientes genitales de un cliente. Recordando lo mal que lo pasé
entonces y teniendo en cuenta la gravedad de esta vez y la reincidencia, estaba
segura que mi madre me haría morir esta vez de una septicemia por contención de
orina o por explosión de mis tripas.
Me colgó unas pesadas plomadas de los anillos de los pezones
y otra del de el clítoris junto con la chapa, los ojales de los labios y cerró
el candado. Después enganchó una cadena a una argolla fijada sobre la válvula
del globo de la vagina y tirando de ella violentamente me arrastró hasta la
salida del hotel entre la curiosidad de los transeúntes por tan interesante
modalidad de gobierno y castigo de una puta. En la puerta esperaba un taxi donde
me introdujo desnuda como estaba y sin desembarazarme de la cadena. Le indicó al
taxista la dirección de casa asegurando que esperaba alguien que le pagaría, eso
para disiparle las dudas teniendo en cuenta que llevaba un pasajero sin vestir
más que unas medias y unos zapatos y sin portar bolso, y como el coño y el culo
estaban cerrados no se imaginaba sitio donde yo pudiera llevar dinero.
Sufrí el trayecto en silencio, sin poder sentarme más que de
costado ya que si no se me hacía difícil respirar. La vista del taxista tan
interesada en mis anilladas tetas que temí un accidente. Cuando llegamos a casa
Chati esperaba en la acera, salí del taxi y me tuvo allí en la calle a la vista
de todo el mundo mientras abonaba la carrera al taxista. Después tomó la cadena
con cara de pocos amigos y jalando de ella me llevó a trompicones a la casa.
Conociendo a mis cotillas vecinos, si alguna duda sobre mi degradación quedase
en el barrio, mañana ya no existiría. Todo el barrio sabría que mi chalet
alojaba a una puta guarra y degenerada que se exhibía desnuda por la calle
pastoreada por su propio hijo menor de edad.
Ya dentro de la casa, El Chati me arreó varias bofetadas y
añadió su pequeño castigo: Me amarró fuertemente las tetas con una cuerda y
llevándome a la habitación me tiró sobre la cama dejándome a oscuras.
Pasado un tiempo que se me hizo infinito, se encendió la luz
y El Chati me desató las amarras de las tetas que en el espejo vi muy moradas.
Me colocó en los pezones unas pinzas de cocodrilo por detrás de los anillos que
de momento no me lastimaros ya que tenía las aldabas insensibles por falta de
riego. Cuando la sangre volvió a mis mamas sentí grandes dolores y sobre todo el
de las pinzas de los pezones. En ese trance me soltó varios tortazos en las
tetas que agudizaron mi agonía y se volvió a largar cerrando la puerta con
llave.
Eterna se me hizo la noche hasta que El Chati abrió la
puerta. Me desinfló los globos para que pudiese hacer mis necesidades y me dio
media hora para ducharme y repasar la depilación de mi pubis. Cuando terminé me
tumbó sobre la cama y manipuló en la entrada de mi vagina de una forma un tanto
molesta y que no podía ver. No me atreví a preguntar para no arriesgarme a
desatar su ira. Me inyectó un enema que contuvo largo tiempo en mi interior con
un tapón anal hasta que, agonizante me llevó al baño, me destapó y evacué.
Entonces me di cuenta de que había insertado una cánula en mi meato urinario.
Después me volvió a introducir los globos dejando asomar la cánula, los infló y
quedé en la situación anterior. Satisfecho me dijo:
- Pudiendo mear, habiendo vaciado las tripas y en ayunas no
habrá necesidad de desinflarte hasta que regrese la abuela y se haga cargo de
ti.
Pasé el día aterrorizada imaginando que habría proyectado
Madame para continuar mi castigo por desobediencia grave en público, que, ahora
me daba cuenta, perjudicaba el prestigio del prostíbulo La Iza de Oro.
Aparte de la gran incomodidad de tener mis interiores
brutalmente inflados, tenía que estar todo el rato con una palangana en las
manos para recoger la orina que salía por el tubo introducido en mi meato ya que
no quería mojar la cama.
A las 12 de la noche oí regresar a los tres delegados en el
festival, pero no me vinieron a ver ni nadie me atendió en toda la noche. Me
moría de hambre.
Por la mañana, a las 6, vino Madame a la habitación, me
levantó por los pelos y, a empujones me sacó de la cama. Sin darme nada de
desayunar salvo mi píldora anticonceptiva, me enganchó la cadena a la argolla de
la válvula del globo metido en mi coño y tiró de mi hasta el coche que estaba
aparcado en la acera sin consideración a que aún tenía sobre mis más sensibles
órganos, unas plomadas y unas pinzas en el caso de los pezones, la pesada chapa
y otra plomada en el anillo del clítoris y el candado estirando mis labios. Hubo
otra ocasión más para que los vecinos se cerciorasen de mi condición de puta
pervertida, esta vez pastoreada por su propia madre.
Me hizo entrar en el maletero del coche sin ningún empacho
por hacerlo en público y arrancó. Estuvimos viajando cerca de tres horas.
Cuando me hizo apear me encontraba desorientada y medio
mareada, además de entumecida, así que tardé en darme cuenta de que estábamos en
una finca agrícola con una gran casa y varias construcciones típicas como
establos, graneros, cocheras, etc...
Tiró de la cadena dirigiéndome a la casona ante la curiosidad
de dos trabajadores que estaban cerca y a quienes saludó como si conociese.
Cuando entramos me liberó de los globos con la consiguiente sensación de vacío
que tardó mucho en desaparecer. Después de santísimas horas sometida a aquella
presión interna ahora sentía como si me hubiesen extirpado todos los órganos.
Para extraer el globo de la vagina me había quitado el candado de los labios
vaginales, también me quitó la chapa que solamente me había colgado del anillo
del clítoris durante el festival y tenía grabados los nombres de mis chulos por
una cara y del burdel por la otra. Por último quitó las plomadas del clítoris y
de los pezones. El alivio que sentí se completó con una ducha caliente para la
que me concedió una hora, incluyendo tiempo para repasar el depilado de mis
genitales y axilas y maquillarme y peinarme ya que estaba hecha unos zorros y
con toda la cara corrida de rimel por causa de las lágrimas.
Pese a aquella tregua me encontraba angustiada por la
siguiente fase de mi correctivo. No me hacía idea de que hacíamos en aquella
casa tan lejos de la civilización.
Pero pronto pude disipar la incógnita. Cuando bajé al salón,
como siempre, solamente con los zapatos, las medias y el collar, Madame estaba
con los dos trabajadores de la finca que ya había visto y otro hombre con una
cámara de vídeo que comenzó a filmarme nada más aparecer en lo alto de la
escalera. No me importó la presencia de los extraños, tras la visita al festival
había perdido cualquier resquicio de pudor que hubiera podido quedarme tras
desempeñarme de prostituta.
Ante ellos me ordenó quitarme las medias y descalzarme antes
de hacerme subir a una gran mesa donde me indicó que quedase a cuatro patas. Los
dos hombres se movieron para tener una buena vista de mi chocho y ano sin
impedir el acceso de la lente de la cámara. Entonces Madame me introdujo por el
orificio vaginal dos impresionantes bolas chinas cuya cordel de extracción era
una cadena que sujetó a mis labios por medio de un candado mucho mayor que el
que había llevado los días anteriores. También me enganchó en el anillo del
clítoris una plomada colgando de un solo eslabón de cadena.
- Buenos aderezos para este saco de carne de burdel, señora,
decían los hombres, que, tomando confianza habían empezado a trajinar mi cuerpo.
Uno amasaba mis colgantes tetas y las estiraba jalando de los anillos de los
pezones mientras el otro me sobaba las nalgas y las caderas. Estuvieron un buen
rato examinando y tocándome por todas partes ante la pasividad de Madame. Una de
las cosas que extrañamente más les excitaba era el anillo de mi nariz enlazado
con los pendientes de las orejas que todo el rato había llevado desde nuestra
llegada al festival. Me metieron dos dedos en el ano para abrir el agujero y
examinarlo por dentro. El candado les impedía jugar con mi agujero delantero,
pero no pellizcar mi clítoris y retorcerlo girando el anillo o estirarlo
balanceando la plomada o tirando de ella. Madame dio por terminada la diversión
y les ordeno colocarme el aparejo. Dios mío, ¿qué sería aquello?.
Me fijaron a la parte alta de los muslos unas anchas correas
de cuero con unas argollas y las tensaron con hebillas. Otras correas me las
colocaron en los tobillos y después, mediante mosquetones, trabaron los tobillos
a los muslos con lo que quedé apoyada en las manos y las rodillas pero con los
pies en alto. Seguidamente me colocaron una barra separadora entre las rodillas
para que permanecieran muy abiertas. De esa manera mis nalgas quedaban en alto
sin posibilidad alguna de sustraer mi ano a cualquier cosa que se quisiera hacer
con él. Por ultimo me colocaron un corsé de cuero que iba desde debajo de mis
pechos hasta el nacimiento de las nalgas. Madame me untó el culo con un líquido.
Uno de ellos salió y regresó con una carretilla donde me
colocaron boca arriba. Me sacaron de la casa sin que la cámara de vídeo perdiese
de vista mi gran chumino expuesto y sojuzgado. Durante el traslado se fueron
incorporando a la comitiva otros hombres hasta completar una docena.