Eran las diez de la noche cuando llegue a su casa, el no lo
podía creer y solo Sonrió, Me besó. Apasionado, tierno. Jugó con mis labios y
con mi nariz, mientras me quitaba su chaqueta. Yo correspondía sus besos
mientras le abrazaba más fuerte su desnuda espalda. Me quitó una de las manos de
su espalda y la besó; yo sonreí y el también.
Me besó más fuerte, con mucha pasión.
Metió su mano bajo mi falda y jugó dentro de mi, con dos de
sus dedos.
Fue bajando sus labios por mi cuello mucho más apasionado que
antes, mientras que yo empezaba a gemir de placer. Bajó cada vez más, hasta
llegar a mis pechos: arrancó primero una curita con los dientes, luego la otra,
me mordía suavemente los pechos, hasta que solté un grito fortísimo. Ya no
aguantaba más, tenía que gritar. Lo hice una y otra vez.
El seguía bajando, ahora estaba en mi ombligo, besándolo y
mordisqueándolo.
Me quitó la falda, me dejó desnuda.
Me recostó en el piso.
Subió nuevamente a mis labios y volvió a bajar, esta vez
había encontrado mi punto "G". Ya no sólo jugaba en mi con sus dedos. Ahora lo
hacía con su lengua.
Volví a soltar un grito muy fuerte, pero a él eso no le
preocupó. Sabía que yo gritaba por el placer que me producía estar con él. Me
besaba, me mordía y me acariciaba los pechos. Me besó nuevamente en la boca.
Sonrió. Se puso de rodillas frente a mi. Me miró, mejor dicho, me admiró. Se
sonrió nuevamente. Yo le tomé una mano, se la besé y sonreí. Me soltó la mano
para quitarse el pantalón. Quedó sin ropa frente a mi. Se recostó sobre mi y al
hacer esto se introdujo en mi: ¡Extrañaba tanto eso!. Me besó en la boca y
después me besó el cuello, fue a mi oreja, la mordió y me susurró al oído:
"Estás más hermosa que nunca, cielo... Te amo. No quiero que nos separemos
nunca.". El se movía en mí con una agilidad increíble. Primero lo hacia lento y
con amor, luego lo hacía rápido y con pasión. Era como estar en el cielo. Me
hacía gemirle todo el tiempo en su oído, así como el me lo hacía a mi.
Después de un rato cambiamos de posición. Nos sentamos en el
piso, yo sobre el, mirándolo de frente. Seguimos besándonos y tocándonos...
amándonos... Me hizo suya, no recuerdo cuantas veces.
Después de un tiempo, no recuerdo cuanto nos vestimos y nos
sentamos en la mesa de la cocina a desayunar. La comida se veía un poco rara,
después de todo la había hecho él.