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Relato: El dueño incansable (4)





Relato: El dueño incansable (4)

  

Laura la dejó en la cocina y le dijo que se iba a poner la
mesa para la cena. Como no había recibido orden de que preparar decidió hacer
una comida sencilla. Era buena cocinera y durante un tiempo se relajó. Olvidó
que ahora era una esclava que estaba siendo entrenada como objeto sexual de un
hombre que la obligaría cada poco tiempo a inventar nuevas formas de darle
placer, olvidó que estaba desnuda, olvido todo.


Casi había terminado. Ya era de noche y sólo faltaba sacar la
nata batida para verterla encima de los espárragos. Había decidido preparar una
comida en la que todo tuviera una cierta reminiscencia sexual. Todo al servicio
de que la polla de su amo estuviera tiesa el máximo de tiempo posible.


Él entró sin hacer ruido. Se situó en la pared más alejada de
Elena y la observo. Su mirada no podía apartarse de aquel robusto y prieto culo
que ella le ofrecía sin saberlo. Era perfecto. El tamaño adecuado. Los culos
grandes como el de Gloria eran perfectos para ser magreados y usados. Eran
también perfectos para las pajas, pero para follarlos eran mejores los culos
prietos y redondos como el de Elena.


Podía penetrarlo sin necesidad de apartar la carne y toda la
excitación provendría del propio enculamiento, no de la masturbación adicional
que aportaban cachas abundantes y firmes como las de Gloria. Pensando aquello se
lanzó sobre la joven que gritó de sorpresa.


- No esperabas que te visitara tan pronto, verdad Elenita. He
decidido venir a supervisarte. Sus manos magreaban el culo de la joven apartando
las cachas y buscando el orificio. Ella gritó cuando lo encontraron.


- Sería demasiado bonito que fueras virgen del culo


- Lo soy, si señor.


Eso le excitó al límite. La empujó contra la encimera hasta
que sus pechos se aplastaron contra la madera. Arrancó de un sólo tirón el tanga
y la obligó, tirando de sus muñeca a lanzar los brazos hacia atrás.


Elena acarició un poco el paquete del hombre y luego procedió
a sacarlo del pantalón. No sabía si pretendía hacer otra vez lo de la escalera y
masturbarse con la polla encajada entre sus glúteos.


Elena sintió como un líquido caliente resbalaba por su
espalda hasta chorrear a través de sus piernas abiertas. El brazo de su dueño la
apretaba contra el mueble y sus manos seguían jugueteando con una de sus tetas.


Cuando vio caer el aceite al suelo comprendió que iba a ser
penetrada por primera vez desde que había sido elegida como esclava.


El convencimiento y el hecho llegaron a la vez. Una barra de
carne al rojo la penetró por el culo y se removió en sus entrañas. Ella gritó y
recibió un nuevo empeñón que termino de acoplar el miembro al interior de su
culo.


- ¿Verdad que disfrutas?


- Mucho, mi señor


- Nunca habías soñado que una tranca como la mía te enculara
de esta forma


- Os lo agradezco, mi señor.


El seguía meneándose en su interior. Ella ardía por dentro y
más desde que el comenzó a acariciar su conejo. De repente paró de menearse y
ella comprendió que era su turno. Aquel grueso cipote la taladraba y esperaba
que ella hiciera su parte. Comenzó a moverse acompasadamente marcando el ritmo
con las caderas.


Su amo la sujetó de las muñecas y la alzó sin sacar el
aparato del interior de su culo. Así ella siguió moviéndose y dando placer a su
señor.


- Quisiera tener un mejor culo para daros más placer- Dijo al
tiempo que se pegaba contra él introduciendo toda la verga en su ano y comenzaba
a girar. Todo lo hacía por intuición, pero parecía que siempre había sabido como
complacer al amo.


El la cogió por la cintura y volvió a lanzarla contra la
encimera. Sus pies no tocaban ya el suelo y la siguió taladrando una y otra vez.
A veces el empujaba a veces era ella la que retrocedía para mantener el placer.
Con un "venga, puta" el amo se corrió mientras la estrujaba ambas cachas.


De Pronto la soltó y el cuerpo de la joven se relajó sobre la
encimera. Aquel miembro cruel seguía incrustado en su pequeño orificio, pero de
repente dejó de sentirlo. Unos labios ardientes se posaron sobre su espalda y la
recorrieron arriba y abajo hasta producirle escalofríos. Era la primera vez que
en todas las veces que la había tomado aquel hombre la besaba. Era un beso de
pasión y deleite por el cuerpo del que estaba gozando. Una caricia tórrida
recorrió suavemente su cuerpo desde las axilas hasta los muslos. Las manos se
deslizaban por su espalda y luego subían por su entrepierna para acariciar su
coño. La raja se había humedecido, no por el continuo vaivén de la tranca dentro
de su culo, sino por las dos muestras inesperadas de pasión, que habían
disparado el cuerpo de la joven. Abrió las piernas para soportar la más que
probable paja que su amo deseaba regalarla, pero esta no llego. Las manos,
ardientes y suaves como serpientes, prosiguieron su recorrido rozando su vientre
y acoplándose finalmente a sus pechos, estrujados contra el mueble.


Elena quería morir. La polla de su dueño seguía desgarrándola
el culo en arremetidas rítmicas y constantes, pero sus caricias la hacían
soportarlo. Era un experto. La humillaba haciéndola sentir excitación cuando
debía estar sintiendo horror. Los dedos comenzaron a acariciar suavemente la
curva que sus tetas dibujaban contra la encimera y ella quiso gritar, suplicar
que se corriera para que aquella doble sensación de excitación y dolor
concluyera. Cuando tenía los pezones erectos y las caderas agotadas de soportar
la cadencia de la polla de su amo, la corrida llegó suavemente, al tiempo que el
hombre volvía a recuperar la presa sobre sus magníficas cachas y a estrujarlas
fuertemente.


No sacó la polla hasta que hubo vaciado bien el miembro.
Cuando la saco, el esperma comenzó a chorrerar por el agujero. Elena se apresuró
a poner la mano, recogerlo y llevárselo a la boca. No encontraba una prueba
mayor de sumisión que demostrarle que apreciaba cada gota del semen que el había
vertido en su culo durante aquella toma de posesión de su sierva.


Luego, fiel a las órdenes, lamió la polla hasta que estuvo
limpia y brillante y se mantuvo de rodillas esperando instrucciones con el
rostro bien cerca del válano dominador de su dueño. Este la acarició el pelo


- Grandísima perra. Nunca había disfrutado tanto dando por
culo a una virgen


Ella besó el glande y los pies del hombre y luego recogió con
reverencia la tranca y la introdujo en los pantalones. Volvió a agachar el
rostro hasta pegarlo al suelo.


- Sirve la cena en una hora, Elena - le dijo el hombre al
tiempo que palmeaba las ofrecidas cachas.


Elena, la esclava sexual, había servido por primera vez de
forma completa a su señor y recibió una caricia por recompensa. Su culo ya era
propiedad integra de aquel hombre.


Durante las dos horas siguientes Elena pudo disfrutar de un
descanso. Decidió posponer la crema de nata para que no se pasara y se sentó
desnuda sobre la encimera. Su cuerpo se relajó poco a poco, pero su mente seguía
dando vueltas. No podía apartar de su mente como la habían encendido las
caricias de su amo en la cocina y en la bañera. Se sentía sucia por disfrutar
con aquellas manos, pero no podía evitar pensar que el hombre lo había hecho
para limitar su sufrimiento, que le daba con una mano lo que le quitaba con el
resto del cuerpo.


Otro sentimiento la asaltaba. Su dueño la había enculado
salvajemente. Había sido poseída por primera vez de esa manera y lo había sido
por imposición por un hombre que la utilizaba como un objeto. Pero ahora,
recordaba la situación y se excitaba de nuevo. Bajó su mano hasta la entrepierna
pero se contuvo. Recordó que su cuerpo ya no la pertenecía. A lo mejor no tenía
permiso para disfrutar privadamente.


Su uniforme yacía en el suelo. Lo recogió y se dio cuenta de
que en realidad no estaba roto. Una tira de velcro unía la cinta trasera con el
resto bajo el lazo. Lo recompuso y volvió a ponérselo. También se colocó la
cofia.


Fue a la sala contigua y descubrió un sofá donde se sentó
primero y se tumbó después. En pocos segundos se quedó dormida.


Continuará


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Relato: El dueño incansable (4)
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