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Relato: El escondite (4)

Relato: El escondite (4)

  

EL ESCONDITE IV



Al día siguiente de la nota, Alex y yo no nos vimos en la
escuela. Según supe después se sentía enfermo. Esto me había dejado en un
dilema. Por un lado, no podría tocar a mi mejor amigo, y ya el tiempo se me
estaba haciendo difícil de tolerar. Pero por otra parte, tenía tiempo para
reflexionar sobre todo lo que había pasado en menos de 2 semanas, y como podría
alterar mi amistad con él. Ya no estaba confundido por estar cogiendo con Alex,
porque creo que ambos nos queríamos, pero me mortificaba que Richard podía haber
tenido la razón después de todo este tiempo. ¿Acaso sí era maricón? Me costaba
aceptar algo contra lo que había luchado todo el tiempo que había estudiado con
ese chamo. Pero no sentía atracción por nadie más, solo era Alex.



No voy a decir que lo lloré, pero si sentía que me faltaba
alguien, era como parte de mi familia. Richard aprovechó para hacerme la vida
imposible, pues Alex no estaba para ayudarme. Mi madre decía que era envidia
porque gracias a mis excelentes calificaciones me llevaba la atención de todo el
colegio, profesores, compañeros y otros representantes. Mi padre por otro lado
me decía que cuando lo viera le diera un golpe en la boca del estómago. Pero no
era fácil tocar a alguien que es como medio metro más alto y fuerte que tú, que
es el niño problema del salón y que para rematar siempre está acompañado con 3
idiotas que tienen menos cerebro que él. Creo que era viernes, cuando salí
cansado de la semana, que apuré el paso para evitar conseguirme con Richard,
pero era demasiado tarde, a una cuadra de mi casa él estaba esperándome detrás
de uno de los árboles más antiguos.


-Hola mariquito, ¿qué haces por aquí?


-Eh, nada, voy para mi casa.


Me agarró por el cuello de la camisa


-¿Vas para donde Alex?, creo que hoy no va a poder cogerte.


-Vamos Richard, estoy cansado, déjame ir.


-Deberían tener más cuidado con la cortina


-¿A que te refieres? Ya me estaba asustando, pues presentía
lo que venía.


-Ayer estaba buscando a Alex, la puerta de su casa estaba
cerrada; pensé que sus padres habían salido y lo habían dejado encerrado como
hacían siempre. Así que di la vuelta y subí por la escalera del fondo para
llamarlo por su ventana. ¿Y a que no sabes lo que vi?


A estas alturas ya me daba por muerto, no respondí nada, solo
miré al suelo


-Vi como Alex te estaba cogiendo.


Yo estaba preparándome para la golpiza.


-Tengo mucho tiempo sin coger a ninguna chama del colegio.
Pero como en tiempo de guerra cualquier hueco es trinchera, tu me servirás.


Me soltó del cuello. Pensaba que me había librado de sus
puños.


-Ya sabes, nos vemos a las 6 en el escondite, maricón, y más
vale que vayas.


¡Oh, por Dios! Ya sabía quien había dejado la nota, era muy
mala leche que 2 personas distintas nos hubiesen visto, debía necesariamente ser
él.



Al terminar de decir esto, me dio un golpe en el estómago y
se fue regando en el suelo de la calle todos mis útiles escolares. Estuve como
cinco minutos arrodillado en la acera con las manos en mi estómago esperando a
que pasara el dolor y con las lágrimas a punto de brotar. No podía ser que me
hubiese pasado eso, y no me refiero al golpe, a eso estaba acostumbrado desde
hace tiempo, sino que hubiese visto lo que hacía con Alex. Me sentí violado y
avergonzado. Pensaba que era cuestión de tiempo para que toda la escuela lo
supiese. Y lo de ir al escondite era lo peor, no quería ir pero si no lo hacía
estaría una semana en el hospital a causa de la paliza que Richard y sus amigos
iban a darme. Me estaba recuperando, y me recosté del árbol que tenía detrás, no
pude evitar que una lágrima de pura vergüenza corriera por mi mejilla. Estaban
algunos al final de la calle viendo lo que pasó y yo deseando que me tragara la
tierra, pero lamentablemente eso nunca pasa. Cerré los ojos por un momento, y al
abrirlos estaba otro niño, del grupo que estaba al final de la calle, con todas
mis cosas en su mano, y dándomelas. Miré hacia el horizonte y el resto del grupo
se había ido.


-Soy Pedro. Llegué nuevo a la otra sección. No sabía que a ti
también te pegaba. Dijo sonriendo.


-Ya somos 2. Gracias por recoger mis cosas. Ahh, perdona, soy
Ángel. Tengo que irme, nos vemos.


-¿Dónde vives? Preguntó mientras yo me ponía de pie.


-Al final de la calle, y tú.


-En la calle vecina.


-Bueno, gracias amigo, nos vemos el lunes.


-OK.


Iba caminando mientras pensaba en aquel niño, que además de
ser muy amable, era también muy bonito. Era blanco con los ojos grises. Sin
embargo no me atraía como lo hacía Alex. Llegué a casa y me fui a dormir con
mucha dificultad, mi madre me obligó a comer, pero luego conseguí dormir de
nuevo de un solo tirón. Ya mis padres estaban pensando llevarme al médico, pues
entre los golpes de Richard y la carencia de Alex estaba desgastándome.


Al día siguiente, sábado, la luz de un nuevo amanecer entró
por la ventana e incidió sobre mis ojos. No quería despertar aún, pero la luz
era tan intensa que me obligó. No recuerdo que estuve haciendo durante todo el
día, excepto que desayuné merengada de cambur y un sándwich. Pasé la mañana
jugando con mi perro y la tarde con un videojuego nuevo que me había comprado mi
papá. Como a las cuatro mi madre ordenó que me bañará. Estuve jugando en la
bañera con un tiburón de plástico. Salí y estuve un ratico viendo televisión. En
eso mis amiguitos me vinieron a buscar para ir a jugar football con ellos, pues
como ustedes saben yo tenía uno de los mejores balones. Mi mamá no me quería
dejar ir porque ya me había bañado, pero al final dijo que sí. En realidad
decidí ser portero para no tener que hacer mucho. Estaba nervioso porque a las 6
tenía una cita con Richard. El tiempo fue pasando y los goles también. Mi grupo
perdió, por supuesto. Nunca había jugado tan mal, pero estaba tan nervioso que
sentía mariposas en el estómago. Algunos de mis amigos se fueron yendo, ya sean
porque estaban molestos por haber perdido o porque sus madres los iban llamando.
Al final quedábamos 3, yo y 2 hermanos, que fueron a merendar a sus casas. Ya el
tiempo de mi ultimátum se agotaba, eran las 5 y media. Todavía me quedaban 30
minutos sometidos a la tortura de la angustia. Pero el tiempo se termino, y
comencé a dirigirme al interior del bosque húmedo de mi calle, bastante adentro.
Caminé y vi las piedras que permitían observar al interior del escondite, que
como ya he mencionado tenía como salas, ambas limitadas por una pared de ramas
longitudinales muy tupidas, pero que podían ser separadas. Me trepé en las
grandes rocas grises y miré al interior, y allí, recostado a un árbol, estaba
alguien desnudo del pecho para arriba. A su lado estaba una botella de cerveza.
Seguí subiendo y vi el rostro de Richard, algo sofocado por el sol. Ya es mi
hora, pensé. Y dando la vuelta entré a donde el estaba, no antes de lastimarme
la espalda con las ramas espinosas de un cují cercano que se aferraba a mi
camisa, custodiando la entrada al escondite.


-Vaya vaya, sabía que vendrías. Mira lo que te tengo aquí. Y
bajando su short dejó al descubierto una de los guevos más impresionantes que
había visto hasta el momento. A los once años no había visto la verga de un
muchacho mayor, excepto la de Daniel, pero la ví por un segundo. Richard tendría
unos 15 años, pues como ya mencioné había repetido varias veces el sexto grado
por ser un chico problema. Estaba allí para tratar de salvar mi reputación,
extorsionado, pero no era ciego. Richard tenía un cuerpo impresionante, a
diferencia del mío en extremo delgado e infantil. Su cabello oscuro, semi-rizado
caía sobre una frente que tenía algunas gotas de sudor al estar sometida a los
rayos del sol vespertino. Cejas pobladas pero delineadas, ojos grandes,
expresivos, oscuros. Nariz recta, estilizada, europea. Labios delgados, con el
inferior más grueso que le daba un aire muy sexy. Una barba incipiente, escasa,
de adolescente. Seguí bajando, unas tetillas oscuras descansaban sobre blancos
pectorales, delgados pero marcados. Totalmente lampiño. Sus abdominales no eran
cuadritos pero se veían firmes. Y al seguir bajando me encontré con lo que más
me asombraba. Tenía el guevo más hermoso que había visto. Una pequeña cantidad
de vello rizado cubría su pubis, pero a mí me excitó a más no poder, como
ustedes ya saben la cantidad correcta de vello púbico es un portaaviones para mi
libido. No sé si era largo, pues a los 11 años las cosas que te impresionan las
ves inmensas, pero a mí me pareció larguísimo. Y debajo de él estaban sus 2
hermosos testículos, totalmente proporcionales al tamaño de su verga. En la
posición en la que estaba, podía ver la depresión entre sus nalgas que señalaban
la entrada a su culo, que se veía libre de vello. La cabeza de su verga era
puntiaguda y roja, se parecía a una fresa vista al revés. Más abajo estaban sus
muslos, que se veían cubiertos por su slip y su short.


-Mamamela marico- fue lo único que dijo en ese momento


-Vamos chamo, dejemos las cosas así-


-Apúrate o ya verás- Yo comencé a besar la punta de su guevo,
trataba de evitar el asco que me provocaba hacerlo en contra de mi voluntad,
pero no sabía mal en absoluto. De hecho la piel era muy suave. Estuve
succionando un rato la cabeza de su verga mientras él tenía la cabeza hacia
atrás y se sostenía con ambas manos en el suelo.


-No solo la cabeza, mamaguevo, todo lo demás también- comencé
a meterme lo más que podía, la sensación era arrechísima, sobre todo por la
cercanía de su erótico pubis a mi rostro. Pero no podía meterme más allá de la
mitad. Sentía que materialmente no podía. Él empujaba y yo trataba de resistir.
Se acercó un poco más al tronco del árbol y descansó su espalda en el mismo;
quedando libres sus manos que inmediatamente colocó sobre mi cabeza para dirigir
la chupada. Estuve un rato tratando de meterme lo más que podía, mientras él no
hacía más que gemir, pero al ver que era imposible desistió de su intentó y
dijo:


-pásale la lengua-


bajé con mi lengua hasta la unión de su pene con su escroto y
subí hasta la punta de glande, saboreando cada centímetro de su guevo, tomándome
el abundante sudor que emanaba y embriagándome con su aroma, degustando la
suavidad de la piel del desgraciado. Aún así no quería estar allí. Me atreví a
agarrar el guevo de Richard con la mano y a pajearlo mientras le chupaba la
cabeza. Ya me había tomado el semen de Alex, y aunque me gusto sentía que era la
mayor forma de sumisión ante otro hombre, y mi masculinidad me incitaba a
defender mi dignidad de varón. Eso solo se lo permití a Alex, porque lo amaba,
pero estaba aterrado con la posibilidad de que Richard que obligara a tomarme su
"leche de guevo", como mi mejor amigo y amante sabiamente me había enseñado a
llamarla. Richard comenzó a acercarme más hacia él agarrándome por el culo, era
excitante sentir su mano y sus dedos presionando mi ano, aunque fuera por encima
de short.



Y allí estaba yo; mamando el pene de este desgraciado, con mi
cabeza descansando sobre su pubis y su muslo derecho, con su almizclado vello
púbico de suave almohada, mientras él me atraía fuertemente hacia sí utilizando
las mano que tenía colocada entre mis nalgas, presionando ligeramente la entrada
de mi culo. Al cerrar mis labios podía sentir con mi boca la forma dura, sólida
del erecto pene que estaba saboreando, sentía el calor que emanaba, y la humedad
que liberaba para lubricar mi boca. Concientizar mi posición dentro de este
juego sexual, de seducción y odio entremezclados, me hizo percatarme de que lo
más grave de todo no era el acto de sumisión del que era víctima, sino la
profanación. Cubría todo mi cuerpo el calor del ambiente, a pesar de estar ya
oscureciendo, y tal parecía que terminaría fundiéndome con el guevo de Richard,
tal cual como 2 metales se alían para formar algo más único, pero a la vez la
breve brisa que discurría entre las ramas como la serpiente en el Edén bajaban
mi temperatura y me tranquilizaba. En ese momento no pude evitar pensar en Alex.
Fue en ese mismo lugar donde por primera vez habíamos compartido el sexo, donde
nos habíamos entregado al altar del placer. Ahora, mis recuerdos el escondite
estaban manchados por la interferencia de Richard. Y sin embargo ahí continuaba
chupando asiduamente el guevo de él, tal cual como un becerro mama de las ubres
de su madre, con la misma pasión libidinosa. Solo que en vez de nutritiva leche
vacuna lo que estaba degustando era los delgados hilillos de lubricación que,
como signo de placer, salían continuamente del palo de Richard. Cerré los ojos y
todo allí me recordaba a Alex, la hierba rozando mi cuello, el calor del
ambiente, la piel sobre la cual reposaba mi cabeza, fue tanto que comencé a
imaginar que el guevo que se alojaba entres mis labios no era de quien era, sino
de mi extrañado Alex, y gracias a este comencé a excitarme. Sentía que mi verga
iba a romper mi short, que rápidamente observé para encontrarlo como una carpa
de circo llevándome a ponerme boca abajo totalmente para evitar que él lo
notara. Sexualmente era posible disfrutarlo, y lo hacía, pero sentimentalmente
no. Esa pasión, puramente sexual, salvaje y masoquista, me llevó a necesitar el
sabor del líquido que tímidamente destilaba la verga que estaba chupando, el
cual traté de obtener metiendo mi lengua en el orificio de la punta de su pene,
y a masajearlo con ella. Fue tal mi avidez, que luego de un sonoro gemido
Richard exclamó:


-verga maricón, que rico-. Cuando dijo esto, estaba seguro de
que iba a eyacular dentro de mi boca, pero para mi tranquilidad no fue así. Ya
no sentía mis mandíbulas, era la misma sensación que te queda luego de masticar
un chicle bomba por 4 horas. Mi boca estaba extremadamente húmeda por la
lubricación que trasudaba su pene y de las pequeñas gotas de líquido preseminal
que aparecían regularmente en la punta de su erectísima verga. La excitación de
mi "amigo" al parecer iba en aumento, pues semi-sentado como estaba comenzó a
subir con su cadera, y por ende a tratar de enterrarse lo más profundo que podía
en mi garganta, pero que como no soy Linda Lovelace en "Garganta Profunda", me
molestaba que jode. A estas alturas, el cansancio y la falta de motivación me
tenían vuelto una piltrafa humana, y el hecho de que Richard literalmente me
estaba cogiendo por la boca me agotaba aún más. Estuve algún rato más chupando
suavemente la cabeza de la verga de mi torturador, tratando de disfrutar su
olor, su sabor, su calor, y su masculino y erótico vello púbico frente a mi
rostro, de transformar en placer sus gemidos, sus suaves manos en mi nuca,
revolviendo mi cabello, forzando mis labios a abrirse al máximo, llenando mis
mejillas del aromático sudor de su pubis. Masculinidad ruda, indomable. Comencé
a acariciarle las nalgas, involuntariamente, suavemente y por afuera, y luego
más fuertemente y hacia dentro, hasta que mi excitación me hizo masajearle el
ano con mis dedos. Pagué caro mi osadía, pues al hacerlo sentí una fuerte
cachetada en mi mejilla acompañada de un tirón de pelo. Gemí de dolor, además de
que ya me dolía el cuello por estar como 30 hora chupando guevo en la misma
posición.


-No mamaguevo, el marico aquí eres tú. Yo soy un hombre, no
vuelvas a hacer eso-


La culpa había sido mía por olvidar quién tenía más fuerza
física, y al parecer de voluntad también.



Richard se puso de pie, y la erección que tenía se veía más
poderosa que durante mis caricias orales. Me puse más nervioso pues temía que
quisiera seguir "profundizando" el negocio. Era muy sencillo, sexo a cambio de
silencio, bastante común desde el principio de los tiempos. Se aproximó a mí,
chocando sus cálidas manos en mis caderas, tomando de una la vez el borde de mis
shorts e interiores, ambos bastante clásicos, por supuesto. Tiró de ellos hacia
abajo hasta dejarlos en mis talones, rozando en el trayecto mi pelvis y piernas.
Yo único que pude hacer fue cubrir mis genitales con ambas manos. Imagino que
para él este contacto no significaba nada, pero para mí sí. Puso sus manos en
mis hombros y me indicó que se sentara. Lo hice y sentí la aspereza de la hierba
seca del suelo boscoso rozando la piel de mi culo, de verdad era bastante
molesto. Me sacó definitivamente todo lo que cubría mis partes íntimas, y no
pude evitar mantenerme cubierto con las manos.


-Arrodíllate- Lo hice con lentitud. En esa posición solo
sentía la brisa en mi culo, era casi la intemperie. Se colocó detrás de mí,
poniéndome más nervioso


-Por favor, Richard, ya se está haciendo de noche, mejor deja
que me vaya-


-Menos ahora-dijo con voz ronca. Un escalofrío recorrió mi
espalda cuando me empujó hacia delante, dejándome en cuatro sobre la hierba. Ya
estaba casi oscuro el cielo, y recordé que si pasaba de las siete en la calle,
tendría problemas en casa, en especial porque era experto en romper esa regla
familiar. En eso pensaba cuando su mano subió hasta mi nuca empujándome hasta
que yo cediera y descansara mi cabeza en la hierba quebradiza del piso. Recordé
que en esa misma posición me había penetrado Alex, y eso me destrozaba, era como
una traición, una puñalada en la espalda, en especial ahora que estaba enfermo.
Pero mientras más rápido me dejara coger más rápido me iría a casa.


-Lindo culito, calientito y suavecito- dijo mientras pasaba
su mano. Me agarró por las piernas y me hizo levantar más el culo, para que
fuera más accesible. Totalmente abierto.


-Tienes el huequito rosadito- Sentí algo tibio en la entrada
de mi culo, y lo comenzó a meter, no fue tan difícil pues ya Alex me había
cogido ayer, y estaba un poco dilatado. Era fácil percibir como mi ano se
desplegaba permitiendo la entrada del intruso. Sin dolor, por ahora.


-esta conejita esta hirviendo por dentro- Entraba y salía. Se
sentía caliente y muy duro, violando un espacio donde solo Alex tenía todos los
derechos. Sus comentarios me excitaban y me humillaban a la vez, es difícil de
explicar. Mientras tanto seguía el caliente mete y saca, casi sentía como si ya
hubiese terminado de cogerme. Luego algo frío escurrió a lo largo de la raja de
mi culo, para terminar en mi ano, mientras la perforación en él continuaba, pero
ahora con ese líquido, que supuse era saliva, se movía dentro de mí más
fácilmente. Todo expuesto, con el culo levantado y abierto a más no poder,
mojado de su saliva y penetrado por su dedo, entre los arbustos del escondite,
cuando las estrellas aparecían. Por lo menos tuvo la delicadeza de hacerlo,
antes de meterme su guevo como un salvaje. Lo sacó y me sentí bien, relajado. No
habían pasado 5 segundos cuando siento que algo tibio, pero mucho más grande se
apoya en mi culo, supe al momento que se trataba de la cabeza de su verga, no se
necesita mucha imaginación para suponerlo. Me agarró por la cadera con ambas
manos, mientras yo respiraba profundo, lo necesitaría. Comenzó a presionar,
sentí dolor, hasta que se resbaló y recorrió toda la piel de mi raja hasta
arriba, sintiendo su vello púbico rozando mis zonas más íntimas. Trató varias
veces


-Coño, se resbala, voy a agarrarlo con la mano para ver si
así te lo puedo meter- dijo con molestia.


Ahora una sola mano en mi cadera, y los dedos de la otra
tocando los alrededores de mi ano, haciéndome percibir como si fuera un puño. De
nuevo presionó hasta que entró la cabeza de su guevo. Wow, que dolor, era
bastante fuerte, pero no intolerable, de hecho lo soportaba en silencio, con los
ojos entrecerrados, descansando mi mejilla sobre la hierba. Era una penetración
natural, piel de pene contra piel de culo, lubricación natural de verga y saliva
era lo que contaba. No usamos condón. Éramos jóvenes, apenas si sabía algo del
S.I.D.A. pero no nos atemorizaba, éramos niños aún.


Solo gemidos de placer salían de Richard.


-Ohh, que apretado tienes el culo maricón, estás bien
caliente, ya sé por qué a Alex le gusta cojerte - A los minutos, el dolor
comenzó a ceder y sentía como Richard podía su antebrazo debajo de mi estómago,
y me apretaba hacia él, metiendo lentamente parte de si palo en mi culo. De
forma lente fue metiéndome su guevo hasta la mitad. Estaba tomando aire hasta
que me sacudió de golpe contra él, enterrándomelo con fuerza hasta la base.
Estaba tan profundo que algo por dentro me molestaba, me incomodaba. Era mucho
más largo y grueso que el de Alex, eran 15 años en vez de los 12 de mi mejor
amigo. El dolor era como de estómago, pero nacía en mi culo. Solo me agarré el
estómago para soportar el dolor y cerré los ojos. A tal profundidad me dolía más
que cuando me lo comenzó a clavar. Comenzó a sacarlo y el dolor menguaba, pero
cuando lo metía hasta el fondo que comenzaba a doler de nuevo, era un dolor de
profundidad exagerada, no de grosor. Lo comenzó a meter y sacar suavemente, su
guevo resbalaba por mi ano, rozándolo. Se bamboleaba lentamente sobre mí. Así
fue por varios segundos. Ahora aceleraba sus movimientos, ya el dolor había
desaparecido, y solo me quedaba esa sensación de ser totalmente poseído por
Richard, de sentir como se desplazaba libremente su miembro dentro de mi culo
gracias a la abundante lubricación que su guevo comenzó a destilar y que hacía
que percibiera mi trasero totalmente mojado. Él arrodillando detrás de mí
sudando como en un triatlón. Ya no quedaba casi luz en el cielo, y su calor en
mi culo y espalda contrarrestaba el creciente frío nocturno. Ya las hojas
estaban cambiando de formas en la oscuridad, transformándome en mis terrores
nocturnos infantiles, actores de mis pesadillas diarias, mientras continuaba con
aquel palo dentro de mi culo, que para mí en aquella edad era inmenso. Yo seguía
con la cara en el suelo, y su cogida cada vez era más rápida y salvaje, mientras
las frías gotas de su sudor caían sobre mi pálida espalda, para terminar
uniéndose con el mío y escurrir hasta los verdes organismos del suelo boscoso
del escondite. Tenía ya la camisa arrugada en el cuello, y cuando vi que los
palitos del suelo estaban lastimándome la cara por la violencia de las
penetraciones de Richard, me la saqué para descansar mi mejilla allí y evitar
que Alex o mis padres se dieran cuenta de cómo su querido hijo jugaba
obscenidades en la calle. Ahora si estaba totalmente desnudo, con mi blanco y
delgado cuerpo expuesto a la serenidad del escondite y, detrás, a las clavadas
que Richard que daba con su gran guevo. Sus manos tomaron mis hombros y me
apretaron profundamente hacia él, de forma que no quedara más verga que
enterrarme en el culo. Lo hizo varias veces. Ya había pasado como 20 minutos
cogiéndome de lo lindo, y yo lo único que quería era que terminara con mi culo e
irme para mi casa, estaba jodido y cansado. En una de esas metidas profundas,
comienza a sacar su guevo y siento como algo muy caliente me esta llenando por
dentro, se queda un segundo con la cabeza adentro y luego me lo saca con fuerza,
provocándome un ligero dolor.


-Ahh, que divino culo tienes- dijo pasando su mano totalmente
llena de semen por mi cabello y revolviéndolo y con la otra mano tomó una hoja
grande de una planta para limpiarse el pene, que estaba todo lleno de leche. Yo
descansé un minuto en la misma posición en que me había dejado, pues temía al
dolor de moverme de repente, y mientras lo hacía sentía como escurría por mi
muslo derecho un río de la famosa "leche de guevo" que gracias a Dios no tuve
que tragar, pues no era de Alex. Progresivamente bajé mis piernas hasta quedar
boca abajo, luego me giré, para observar entre las ramas de las copas de los
árboles un bonito cielo estrellado. Bajé la mirada y allí estaba él, desnudo,
limpiándose la verga que aún las veía grandísima. Me senté a duras penas, sacudí
la hierba de mi camisa y me la puse. Tomé otra hoja y me limpié el caudal de
semen que discurría a través de la piel de mi muslo, para ponerme el interior y
el short, todavía acostado boca arriba. Me puse en pie lentamente, ya vestido.
Richard se levantó desnudo y se me quedó viendo.


-Me gustó tu culo, mariquito- Volteé la mirada hacia la
salida del escondite


-Espero que por esto mantengas la boca cerrada-fue lo único
que pude decir y comencé a inclinarme para salir por debajo de las ramas que
formaban la "puerta", no sin antes sentir como me apretaba una nalga.


Fui lo más rápido que pude a mi casa, y en la puerta del
porche estaban mis padres, esperándome con cara de pocos amigos


-Son las 7 y 45, donde habías estado- dijo seriamente uno de
ellos


-Por allí, jugando en el monte-


-Entra y ve a bañarte, dijo mi madre mientras sacudía las
hierbas de mi ropa, y lávate el pelo-


En el gran espejo del baño vi mi aspecto. Luego de salir como
un niño bonito y limpio, bien acomodado de clase media, llegué como un niño de
la calle, con el cabello enredado de tanto manoseo y leche que Richard dejó caer
en el, la mejilla derecha enrojecida, deshidratado. Cansado, sediento,
hambriento y lastimado. Sentía el culo como mojado, sensación que duró hasta el
día siguiente. Recuerdo que luego del baño, salí mas reconfortado y cené muy
bien. Me fui a dormir, extenuado, y tuve que hacerlo de lado porque todavía
tenía algo de dolor detrás. No pude evitar pensar en Alex, que estaba enfermo y
no fui a visitarlo luego de la escuela, deseaba que no estuviese molesto
conmigo.



Bueno mis panas, gracias por todos los que me han enviado
e-mails a POR CUESTIONES DE PRIVACIDAD ESTE EMAIL FUE REMOVIDO,
con sugerencias, preguntas etc, a todos les contesto. Recalco que esta historia
es totalmente real, y trata de mi vida sexual desde los 11 años, y trato de
escribirla lo más apegada a mis recuerdos. Cuídense.


 



Relato: El escondite (4)
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