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Relato: Chantaje





Relato: Chantaje

  

CHANTAJE


Angela permanecía absorta en la lectura de los apuntes y
libros de texto, su concentración solo se veía rota de vez en cuando por miradas
furtivas hacia el cuerpo de esa mujer que tanto le imponía. Gertrudis reinaba
tras su gafas de concha en el silencio del papel y el olor de la piel. Miraba de
soslayo como las yemas de sus dedos acariciaba los lomos de los libros, como en
un ritual. Cada día cuando se acercaba la hora de cerrar, su rostro cambiaba, se
veía alterado. Angela tardó tiempo en comprobar a que se debía esas muestras de
placer, de dolor, de admiración que el rostro de la mujer expresaba.


A veces pensaba que desde su más tierna infancia ya tenía una
imagen de mujer madura, los zapatos de tacón, las medias con costura, la falda
de tubo, las blusas y ese peinado, siempre con moño que tanto le excitaba. Se la
imaginaba así desde el principio de los tiempos, creciendo con su ropa al mismo
tiempo. Durante muchas horas de escrutar gestos y movimientos, había conseguido
ubicar en el espacio los libros acariciados y en su mente los pensamientos
vistos.


Había descubierto El Ama de Annick Foucoult con un gesto de
satisfacción, La Venus de las pieles de Massoch con desdén, Historia de O de
Regine con admiración y otros tantos títulos esparcidos por el corredor sin
ningún otro orden que el que Gertrudis había querido imponer, y todos ellos
correspondidos con su gesto mas o menos voluptuoso. En ese punto Angela se había
dado cuenta que la bibliotecaria no era tan mojigata como los demás creían, que
tenia una sexualidad, muy afín a la suya, y la mantenía a escondidas.


Empezó a elucubrar y a idear un plan que le permitiese
acercarse sin encontrarse con una defensa férrea y un no rotundo. Se sabía tenaz
y cabezota , pero esa no era la táctica a desarrollar con alguien que
probablemente le aventajaba en experiencia y astucia. Unos minutos antes del
cierre Gerturdis se levanto como cada día fue hasta la máquina del café y sacó
uno con leche, lo dejó en la mesa de estudio alargada cerca de su oficina y
comenzó a despachar con una sonrisa irónica a todos los estudiantes. Ese era el
momento de actuar pensó Angela, y con ese pensamiento se levantó y se marchó no
sin antes robar la última mirada de ese cuerpo prieto. Siempre permanecía unas
horas mas después del cierre.


Angela pensaba en que haría. Penso en el tomo de sade, de
piel nervuda en su canto, no demasiado ancho, lo imaginaba correr entre los
muslos de la mujer mientras recitaba pasajes, pensaba en movimientos rápidos
forzando un orgasmo deseado. Y su pensamiento se iba a su abuela, y ella lo
redirigia al lomo del libro, como el nervio saltaba en su clítoris abultado
provocándole un escalofrío y continuaba al siguiente nervio, arriba y abajo una
y otra vez.


Y otra vez a su abuela, recordó las pastillas que le daban y
el efecto rápido que le sumía en un profundo sueño durante unas horas. Partiría
la mitad, la haría polvo y la pondría con cuidado en el café, ya pensaría como
quedarse los minutos necesarios hasta que el brebaje hiciese su efecto.



Angela se levantó temprano ese viernes, fue metiendo con
cuidado sus cosas en la mochila. Un consolador muy real con forma de pene, una
mordaza, un antifaz, unas pinzas de ropa, la fusta, la polaroid para recordar
esos momentos. Machacó la pastilla y el polvo lo guardó con cuidado en un papel
doblado. Notaba un cosquilleo en el estómago, y un estado de excitación no
experimentado hasta ahora, también pensaba en el miedo de que alguien
descubriese sus cosas en la facultad. Según se acercaba la hora los nervios
crecían, Gertrudis acometía sus rituales ajena al plan tramado contra ella.
Angela esparció los apuntes por la mesa a sabiendas que seria la ultima en ser
despachada.


Cada segundo era importante, debía sincronizar los
movimientos, era fin de semana y la gente prefería irse a su casa, así que no
había muchos estudiantes que pudiesen ver sus manejos. Se levantó hacia la mesa
del café, junto a él había un panfleto escrito con impresora grapado en la
esquina izquierda y abierto por la mitad más o menos. Pensaba en el lomo de
Boudelaire, aun quedaba tiempo, cogió el escrito y comenzó a leer.



...........-Venga, daremos una vuelta, estoy enganchando una
calesa.


Había dos chicas con una larga melena negra, recogida en
forma de cola de caballo, les estaba colocando un corsé de cuero negro que hacía
resaltar sus nalgas, dejaba sus pechos al aire , les obligaba a mantener los
brazos pegados al cuerpo y las manos a la altura de los hombros mirando al
frente. En las piernas llevaban unas botas hasta la mitad de los muslos. La vara
del enganche pasaba entre las dos y terminaba en forma de T . Del corsé de cada
una salían unas correas que sujetaban dicha vara e impedían que esta cayera al
suelo, las manos eran las obligadas a empujar.


-Bonitas yeguas.


-Le gustan? Son de un jeque Arabe enamorado de los caballos,
esta semana acaban su adiestramiento. Suba, que empezamos la visita. La vista
era espectacular , la coleta les caía a la espalda su grupa blanca resaltaba
entre el negro de sus atuendos, el trote rítmico es lo que más me llamó la
atención, no andaban ni corrían, trotaban. Al tensarse sus musculos por el
esfuerzo se veían unas finas líneas moradas en la piel de sus nalgas.


-Antes eran mas complicados los adiestramientos. Los esclavos
venían a la fuerza. Había que romper su voluntad, lo conseguíamos a base de
dolor en todas sus vertientes, humillación, hambre y esfuerzo. Se les hacía
trabajar hasta el agotamiento. Llegaban a un punto crítico donde se les volvía a
recuperar mimándolos, pero sin dejar los castigos.


En ese punto se entregaban a lo que el destino les deparara.
Ahora no, la mayoría son voluntarios, saben lo que buscan y aquí se lo damos.
Soy yo el que con todo mi poder me considero esclavo de ellos.


Su expresión casi melancólica denotaba tristeza. Pasamos por
un cubil donde una chica de las de ayer le estaban afeitando el pelo de la
cabeza.


-Y esa? - pregunté interesado ...........



La lectura comenzaba a excitarla dejando de lado su que
hacer, estaría ya por Anna Rice, aun me queda tiempo, echó los polvos y continuo
su lectura.



............. - Esa la compro un calvo, y como no tiene pelo
quiere que todos sus sirvientes estén despojado de cualquier rastro de vello en
todo su cuerpo. Por eso viene aquí, es muy difícil encontrar fuera un servicio
que se adapte a sus caprichos.


-Todos, sus sirvientes los tiene pelados.


-Si todos , hombres y mujeres. Es una exigencia para los que
trabajan para él. Una vez estuve en su casa, todas las sirvientas tanto en la
zona pública como en la restringida van así, hasta que se acostumbran es muy
humillante y más las que tienen una preciosa cabellera como esta.


-Curioso


En otro cubil atados a un potro boca abajo había dos hombres
con algo entre las nalgas.


-El encargo para esos dos es abrirles el ano, para que pueda
disfrutar de ellos su Amo. Primero los desvirga y después nos los manda para que
les dejemos las medidas adecuadas, que se puedan penetrar con suavidad pero
sintiendo la opresión. Se les mantiene en esa postura seis horas al día y cada
tres días se aumenta el grosor del dildo.


En el siguiente estaba la asiática, la que a mi me habían
regalado.


-Sohhhhhhhhh. Vamos, baje, me han dicho que esta joya es
suya.


-Si me la regalaron ayer.


-Que suerte ojalá pudiera tener yo una asiática. No son muy
frecuentes por aquí. Pese a su reducido tamaño son inagotables. Esta es
japonesa, tiene 28 años, habla cuatro idiomas entre ellos el castellano y tiene
dos carreras terminadas. Tenía un buen puesto de trabajo en una importante
empresa de informática. Ha dejado todo por servir a un Amo con mano dura que
quiera hacerla suya.


En un rincón completamente desnuda tirada en un camastro
estaba mi joyita, atada a su collar por una cadena. Al vernos llegar se puso en
pie...........



Angela oía los tacones que se acercaban al borde del pasillo,
soltó los papeles y corrió a su mesa, Gertrudis llegó, tomó el café le dio
vueltas y se dispuso a beberlo, cuando llegaba a su boca se detuvo fijando la
vista en los desordenados papeles, creyó recordar que los había dejado
meticulosamente dispuestos, sus pómulos adquirieron un tono rojizo, miró por
encima de las gafas y no vio nada extraño, solo el amplio vestido desaliñado de
la rubia de la última mesa recogiendo sus apuntes, que a su vez vigilaba sus
movimientos.


Sacudió la cabeza como quitándose un peso de encima y bebió
la totalidad del líquido. Se dirigió hacia ella para despacharla, ya los demás
se habían ido. Angela rezaba para que le diese tiempo, ya no quedaría mucho para
hacer efecto, aunque ahora dudaba si había sido buena idea, ella era mucho mas
joven que su abuela, y si no era suficiente dosis? las dudas comenzaban. El
repiqueteo de los tacones


sonaban en su cabeza. Oyó el clikear de las llaves caer sobre
la mesa. Fue levantando despacio la cabeza acariciando con su mirada el cuerpo
erguido. Podía oler la excitación del coño sobre la falda, tenia a dos palmos
las voluminosas tetas, tiraban de ella, subió la mirada hasta la cara, nunca la
había tenido tan cerca, era hermosa en las distancias cortas desprovista de ese
disfraz de altivez.


Quiso ver una sonrisa dulcificada, la suya? las pastillas? Se
apresuró a ponerse a su lado y cogerla cuando empezaba a caer, la dejo sentada
en un silla y corrió a cerrar la puerta. Las próximas dos horas sería suya. La
zarandeó cerciorándose que estaba profundamente dormida, con más miedo que
precaución agarró las tetas, las acarició sobre la tela, el tacto era preciso
como si no llevase sujetador este descubrimiento la excitó, notaba su
entrepierna mojarse. Soltó los botones de la blusa apareció la carne blanca y el
pezón muy oscuro,


un corse balconet se encargaba de mantenerlas firmes. Comenzó
a hacer las fotos primero las tetas, las tetas con el consolador en medio, los
pezones solos, los pezones con pinzas, le puso la mordaza, le hizo la
correspondiente foto, también el antifaz, así no se notaba que los ojos estaban
cerrados, remangó la falda y vio el final de las medias con liguero, también
hizo fotos, penso en el coño seguramente desprovisto de bragas, era bastante más
calentorra de lo que había creído. Poniendo los brazos hacia atrás y la cabeza
ladeada hizo fotos del conjunto.


En sus planes no había contado con el peso, a duras penas la
subió a la mesa y la dejó tendida. Recogió la falda en la cintura y en efecto
iba sin bragas, paso el dedo por el ensortijado pelo, jugueteaba extasiada, no
se podía creer lo que estaba haciendo, la tenía para ella sola, hundió la cabeza
y comenzó a lamer, con suavidad.


El coño correspondía regalándole con jugos, subió hasta los
pezones supcionandolos primeros mordisqueándolos después, se pusieron erectos
saludando la caricia. Hizo fotos de cuerpo entero, quitó la mordaza por
precaución, por si podía provocar asfixia, y jugó con el consolador en su coño
mientras lamía de nuevo el de ella. Después de correrse saco el consolador lo
lamió hasta dejarlo limpio y comenzó a metérselo a Gertrudis iba haciendo fotos
en todo el progreso. Miró el reloj


el tiempo había pasado casi sin darse cuenta, le dio la
vuelta para ver las nalgas enmarcadas por las tiras del liguero. Fotografío las
nalgas, con el consolador asomando entre los muslos, con la fusta sobre ellas.
Se atrevió con un fustazo, noto un leve respingo en la mujer pero nada mas.
Fotografío la marca dejada, intento introducir un dedo en el ano, eso la
excitaba sobremanera, pero el tiempo se acababa. Sacó el consolador lamió los
jugos de Gertrudis. Se puso a horcajadas sobre las nalgas introdujo el
consolador en su coño y se folló a si misma sobre ese templo del placer. Se dio
prisa en recomponer las ropas de la mujer lo mejor que pudo, la bajó y la sentó
sobre la silla.


Guardó todo en la mochila, y fue a por un vaso de agua.
Intento despertarla, sacudidas, bofetadas. Por fin lo consiguió, intentó como
pudo urdir una explicación, le dijo que se había mareado, una situación creíble.
Le dijo que la había asustado mucho y se había quedado esperando su reacción.
Vio el escote desabrochado, se le había olvidado. Masculló algo de que lo hizo
para que respirase mejor, lo había leído en algún sitio. La sorprendió mirando
un pezón que asomaba, las dos se sonrojaron. Gertrudis cogió la mano de la chica
para llevarla a su escote.


Angela evalúo la situación, a punto estaba de dejarse hacer.
Rápidamente penso que todos los planes se irían abajo si accedía en ese momento.
Rehusó sin mucho convencimiento dejando una puerta abierta por si acaso. En ese
momento pensaba en el chantaje de las imágenes, pero primero tenia que verlas,
no sabía si habían salido bien o no. Mañana era sábado y la biblioteca se abría
hasta las dos. Salió excusándose de que era tarde, la mujer asintió con
tristeza.



En su casa, en la seguridad de su dormitorio, completamente
desnuda, con su collar de perra y con las pinzas que antes Gertrudis había
llevado, en sus pezones, visionó las imágenes. Se ordenaba no masturbarse,
aguantar, sabía que era débil y necesitaba de mano dura para no hacerlo, lo
intentaba. Rápidamente sus manos se perdían en su entrepierna. No aguantó más,
se hincó de bruces presionando sus tetas pinzadas contra el suelo causándose un
daño atroz. Queriendo castigarse así por portarse mal, por ser una niña mala,
metió el consolador en su culo sin miramientos, el dolor erizaba su piel, las
lágrimas estaban a punto de brotar, aguantó hasta quedar satisfecha.


Cuando se tranquilizó, escaneó las imágenes, seleccionó las
que creyó mas representativas y las imprimió, guardando ella las originales. No
había pensado como actuar, pero seguro que se le ocurriría alguna manera.



En la mañana busco entre sus ropas escondidas en su armario
de las vistas de su madre, lo que considero en cierta manera morboso, unos
zapatos de tacón, medias con blonda y banda de silicona, una falda de piel negra
y una blusa blanca, meditó entre si coger o no la ropa interior negra, en última
instancia la cogió. Guardó todo con cuidado en su mochila.


Entró al cuarto de baño, depiló su coño, le escocía un
poquito, aguantó el quemazón del after shave y se maquilló lo justo, se vio
realmente preciosa reflejada en el espejo de cuerpo entero que tantas veces
había visto maltratar su delicado cuerpo y perforar sus agujeros. Se vistió como
de


costumbre, desayunó y dejó caer a su madre que tal vez se
quedaría a estudiar en casa de una amiga y seguramente dormiría con ella. Salió
sonriente camino a la biblioteca, en el baño de un centro comercial se cambió de
ropa, optó por no ponerse la ropa interior y de esta guisa se presentó frente a
Gertrudis. Esta le recibió con un guiño y un besito en la distancia. Se sintió
incómoda, comenzó a pensar que tal vez no se había dormido del todo el día
anterior y se había dejado hacer. Tal vez era la cazadora cazada.


Aunque también podía ser que el cambio de vestuario no había
pasado desapercibido. La joven se fijó en la blusa de la otra, los pezones
parecían marcarse más de lo normal, la sorprendió girándose y frotándoselos con
las manos, pensó en la picazón que le dejaron las pinzas, sonrío. No había nadie
y no tenía que estudiar así que se dedicó a vigilar los movimientos y a urdir su
plan. El tiempo pasaba y no se le


ocurría nada. Vio como leía el panfleto de ayer y como sus
gestos de la cara hablaban por si mismos, creyó ver perderse su mano bajo la
mesa de su escritorio. Empezó a revivir la tarde de ayer y se calentó en exceso
tanto como para atreverse a descubrir su juego y no dejar pasar más el tiempo.



Se presentó en el despacho sin ser esperada, en efecto la
falda estaba subida y su mano perdida en su interior. Lo peor que podía ocurrir
era una sesión de humillación, así con esa confianza mostró las copias de las
fotos. El gesto de Gerturdis no se altero, así que no fue un sueño le dijo, fue
real. Una risa sarcástica se le escapó. Su gesto se tornó duro, el que le
gustaba a Angela. Que quieres dinero? le dijo, le salió un no balbuceante.
Entonces? cerró los ojos y suspiró.


Ya entiendo. Todo el coraje que había acumulado se desvaneció
ante esas miradas. Le ordenó levantarse la falda, los brazos los tenia
atenazados, el miedo? la excitación? Lo hizo. Vaya una putilla calentorra, oyó
decir cuando vio el sexo depilado. Mereces un castigo verdad? una pregunta que
no esperaba respuesta. La autoridad ya se había hecho patente, espero que no
tengas planes para esta noche, porque el castigo que te mereces será largo. Vio
brillar los ojos de la mujer. Arrodíllate en aquella esquina y espera ahí hasta
que nos vayamos a casa. Señaló un lugar no visible desde fuera del despacho. Y
en silencio no quiero escuchar ni tu respiración. Piensa en tu condición y en el
castigo que te espera.



El piso estaba decorado al estilo ingles, sobrecargado.
Gertrudis se quitó la ropa delante de Angela mientras esta permanecía de pie en
el salón. Cayó la falda al suelo dejando ver la carne blanca sobre las medias,
se quitó la blusa y aparecieron los pezones todavía doloridos por la falta de
costumbre y el coño ensalzado por las tiras del liguero.


Se puso encima un bata de gasa y se sentó en un sillón
orejero. Contempló a la chica largo rato provocándole nerviosismo, vio
endurecerse los pezones sobre la camisa. Se levantó a por un vaso de agua fría,
mojó la tela de la camisa, las tetas se transparentaron al instante, volvió a su
sillón y le ordenó levantar la falda. El coñito limpio brillo, le hizo separar
las piernas. Comenzó a hacer


fotografías. Le ordenó masturbarse, primero con su mano,
después le tendió un consolador mayor que el que ella tenía. Comenzó a meterlo
mientras seguía fotografiándola. Te parece bien que haga fotos? te gusta?
hablaba sin esperar ser respondida. Demasiado tenía Angela intentando conservar
esos primeros momentos.


Cuando creyó que estaba a punto de correrse le ordenó parar.
Le mandó desnudarse, le gustaba ese cuerpo joven, se preguntaba por que lo
escondía tras esos vestidos horribles. Con un gesto le hizo arrodillarse, e hizo
que le quitara los zapatos, masajeara los pies y los lamiera sobre las medias.


Tras una ligera comida por parte de Gertrudis y de restos
arrodillada por parte de Angela comenzó la tarde. Pasaron a la habitación
mantenía la misma decoración pesada, la cama tenía dosel. Abrió las dos puertas
de un armario, perfectamente alineadas tenia un sin fin de varas de abedul y
fustas. De su moño quito dos horquillas, este se deshizo quedando en una coleta
trenzada que le llegaba casi hasta el culo, se quito la bata y tenso las cuerdas
del corse, su cintura se estrecho y su busto aumento.


Miraba las horquillas, tiró de los pezones de Angela dejando
una en cada uno, la presión era grande parecía partirlos por la mitad. Cogió
unas muñequeras con cadenas las pasó sobre el dosel, ajustó las muñecas y la
chica se vio de puntillas, casi suspendidas. Probó una vara en el aire, el
silbido era amenazador, cambió por otra con el silbido mas ronco, esa pareció
gustarle mas. Comenzó una tanda suave desde los muslos hacia los riñones
intensificándose en las nalgas. La repitió mas fuerte. Giró a la chica y comenzó
una serie en la parte delantera de mitad de los muslos


hasta el bajo vientre. Prosiguió dos series cortas en los
pechos, hasta que las horquillas saltaron. Cambio de vara, una más fina de
silbido penetrante, los golpes dolían antes de llegar. Los lloros y súplicas no
detuvieron la voluntad firme de la mujer.


Cuando lo creyó conveniente se detuvo, se tumbó en la cama y
comenzó a masturbarse frente a Angela, se corrió y quedó dormida frente a la
incomoda posición de la joven. Al despertar la desató, los músculos entumecidos
le impedían mantenerse en pie, le ayudó a tumbarse en la cama, la dejó frente a
sus piernas que separó obligándole a limpiar los jugos resecos que había dejado
con anterioridad. Buscó dos consoladores eléctricos uno de ellos con apéndice
para el clítoris, los introdujo en los agujeros correspondientes sin
miramientos, buscó un arnés para impedir que las pollas artificiales saliesen y
los dejó conectados. Así ordeñaré todos tus jugos, le dijo, la ató de forma que
no pudiese cambiar de postura y salió.


Los recuerdos, la situación y los dos dildos hicieron que
Angela se corriese sin parar, 6, 8, 10 veces, ya había perdido la cuenta,
también la sensibilidad y lo que empezó siendo placentero ahora le causaba
dolor, y la excitación volvía a hacer que se corriese y así sin parar. Cuando
volvió Gertrudis encendió la luz, se veían claramente las finas líneas azules
que cruzaban el cuerpo de la joven. la desató, quitó los consoladores. Se había
soltado el pelo que le caía sobre los hombros, ahora se veía preciosa y
dulcificada. Masajeo el cuerpo devolviéndole la circulación de la sangre.



Le entregó un vestido de sirvienta y las dos salieron al
salón. Le obligó a permanecer de pie a su lado, le hizo hacer la cena y
servirla. A realizar con su lengua los trabajos que el cuerpo maduro exigía. En
la noche puso un collar en su cuello cerrado con un candado y atado por una
cadena a la pata de la cama, la dejó dormir a sus pies.



Fue su primera experiencia real con la D/S y tras esa
llegaron más.



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Relato: Chantaje
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