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Relato: Cuando una sabe manejar el culo (1)





Relato: Cuando una sabe manejar el culo (1)

  

Cuando una sabe manejar el culo… (1)


Por Bajos Instintos 4 (POR CUESTIONES DE PRIVACIDAD ESTE EMAIL FUE REMOVIDO)



Capítulo 1. Como hacer acabar a un desconocido en el colectivo.



Conocí a mi marido en el colectivo, frotándole la pija de
arriba abajo con mi gran culo, a través del pantalón. Que es mi diversión
preferida. Como llevo polleras amplias, me resulta fácil encajarles la pija
entre mis nalgas. No suelo llevar braguitas, o si lo hago, son más bien del tipo
hilo dental. Así que prácticamente les froto la poronga con el ojete. Y, por
supuesto, masajeándoselas entre mis glúteos. Soy muy buena moviendo los glúteos.


Les contaré como hago todo el asunto. Primero escojo al
candidato. Me gustan jóvenes, pero no es imprescindible. Hay algo indefinible
que me hace elegir a uno en vez de a otro. Misterios de mi naturaleza femenina,
o quizá sea mejor decir "misterios de mi culo".


Una vez escogido el candidato, me voy arrimando a él, hasta
que consigo que retroceda para cederme el lugar adelante suyo. Esto siempre lo
consigo. Por lo general fácilmente, pero sino insisto hasta que mi víctima cede.


Conseguida esta etapa, comienzo la siguiente. Qué, como
supondrás, consiste en irle arrimando el culo. Pero no así, a lo bruto, sino con
pequeños roces y retrocesos. Hasta que percibo que algo comienza a ponerse duro
por allí abajo. Entonces espero un poco, para ver que hace el quía. Algunos
procuran disimular, otros se animan a empujar un poco, para ver qué pasa.
Algunos se quedan lo más panchos. Si no apoyan directamente, les voy avanzando
el culo, hasta que les queda bien patente que no me molesta sentir sus vergas
paradas. Generalmente se quedan. Si alguno intenta irse, le atrapo las polla con
mis glúteos, y ahí se queda. Ese momento me encanta, porque sé que sus vergas
están a mi disposición. Y procuro prolongarlo unos momentos, manteniendo mis
roces y apretones como para mantenerlos calientes.


Pero, más tarde o más temprano, comienzo a entusiasmarme. Y
los apretones se hacen más profundos, y les hago entrar bien las porongas entre
mis nalgas, que son algo tremendo aunque esté mal que yo lo diga. Por dentro son
muy calientes, y por fuera son muy redondas, grandes y salientes. De modo que no
tengo ningún problema, para ponerlos en problemas a ellos.


La tercera etapa es la más divertida. Con apretones de mis
glúteos comienzo a ordeñarlos, y con frotamientos de mi ojete contra sus pollas
paradas los voy llevando hacia el éxtasis, y puedo ver el progreso en el modo en
que sus manos se crispan en el pasamanos. Y voy sintiendo sus respiraciones cada
vez más agitadas, hasta que siento que ha llegado el momento, y enterrándoles
bien a fondo sus pijas entre mis cachetes, los remato con una serie vertiginosa
de apretones y frotaciones. Y se corren como locos. Y puedo sentir sus pollas
pulsando entre mis glúteos, y el humor pringoso que atraviesa sus pantalones
mientras con mis apretones los sigo ordeñando, de modo de llevarme algo de
semen, lo más posible, entre mis nalgas.


Bueno, a Miguel lo conocí así. Al pobre nunca le había pasado
algo semejante, así que se quedó boludo con mi culo.




Capítulo 2. Abusando de Miguel, mi pobre novio.




Y entonces comenzamos una relación, algo así como un
noviazgo. Realmente el pobre era bastante ingenuo, sino ¡cómo iba a ponerse de
novio con una putona como yo! Como no estaba acostumbrada a eso del noviazgo,
hice lo único que podía hacer con ese individuo: lo acostumbré a sentar mi culo
sobre su cara.


Él estaba totalmente sometido a mi culo y mis deseos. Me
aproveché bastante del caso. Entretanto seguía con mis entretenimientos de
colectivos. Pero eso sí, éramos novios, de modo que no le ocultaba nada, bueno
casi nada. Y mientras lo tenía bajo mi culo, le contaba a cuantos tipos me había
culeado (es decir, pajeado con mi orto) ese día. Y como habían sido: el chico de
17, el señor de sesenta, el recién casado de treinta, y así. Miguel me escuchaba
embobado, y yo podía ver como su polla se empinaba con mi relato.


Y así fue que nos casamos. Y lo pasé muy bien en mi
matrimonio (y también fuera de el, claro). Cuando Miguel regresaba del trabajo,
venía ansioso por meterme la cara entre las nalgas y escuchar mis anécdotas del
día. Me escuchaba al palo y pronto se corría, sin necesidad de que yo lo tocara.
Se corría en sus pantalones, ya que no se los sacaba de tan apurado que estaba
por sentir mi culo encima. Era un matrimonio feliz.


Y después de la cena íbamos a la cama, donde yo seguía
abusando de él. No mucho, porque al principio me quedaba hecho una piltrafa y a
la mañana casi no podía ir a trabajar. De modo que procuraba que él me
satisficiera principalmente a mí. Y al día siguiente yo me iba a cornearlo por
ahí, así que podía tenerle esa consideración. "Mi vida" solía decirle, "chupame
la conchita, así no acabás y mañana podés ir a trabajar contento." Y me subía a
horcajadas sobre su cara para que me chupara la concha. Igual se empinaba
enseguida, y su boca me comía la concha con una pasión que me volvía loca.


A veces, en medio de eso el pobre se corría, y se quedaba
medio desvanecido bajo mi concha. Entonces yo ponía mi parte de entusiasmo, y le
frotaba la concha en círculos sobre su cara, y el clítoris de atrás para
adelante. Y así un rato largo hasta que tenía el montón de orgasmos que deseaba.
Le dejaba la cara empapada y medio desfallecido, y la pija al palo. Pero yo no
quería seguir abusando de él. "No te preocupes, mi vida, por continuar
satisfaciéndome. Mañana por la mañana, saldré a hacerme coger por los primeros
que se me crucen, y así seguiré toda la tarde. Mañana, seguramente, conseguiré
alguna buena verga, bien gorda y dura, que me llene la concha y el culo. Y
después te contaré."


Y el pobre se quedaba dormido con una sonrisa desfalleciente
en su rostro agotado.




Capítulo 3. Las metidas de cuernos de cada día.




Y a la mañana siguiente, luego de despedir a mi cornudito con
un beso en la cola, y mandarlo bien arregladito a su trabajo, salía
resplandeciente a la calle a buscar algún buen mozo con una buena poronga.
Miguel podía sentirse tranquilo conmigo, siempre cumplía con mis promesas, y él
lo sabía.


El primer candidato que encontré era un hombre atractivo, de
unos treinta y cinco años. Le eché un par de miradas y se me vino al humo. Lo
dejé conquistarme y llevarme a un hotel. Y dentro de la pieza del hotel lo dejé
cojerme con todo el entusiasmo que le había despertado con mi silueta y mi
mirada de puta. Tenía una excelente verga, bien gorda, larga, dura e hinchada,
con la que me hizo le concha y el culo, dejándomelos bien abiertos. Este
muchacho se movía con mucha energía y todo su entusiasmo, por lo que me hizo
acabar muchas veces. Y dejé que me dominara a su gusto, mientras yo pensaba en
como se lo contaría a Miguel.


Le dije "No me cojas tan fuerte, que soy casada", lo cual le
produjo un curioso efecto, pues volvió a romperme el culo. Cuando me lo llenó de
leche y me la sacó, le dije "no sé si está bien que yo haga estas cosas, porque
amo a mi marido", y la pija se le volvió a empinar, y poniéndola entre mis
buenas lolas, la frotó hasta acabar nuevamente, esta vez en mi cara. Y se la
chupé hasta dejársela limpita y nuevamente al palo. Me quedé panza arriba, con
mis tetonas desparramadas sobre el pecho, y mi cabellos ensortijado desparramado
sobre la almohada, y los restos de su semen sobre mi cara.


Él parecía ya estar acabado, pues se había echado cuatro
polvos, pero aún me miraba con el deseo en los ojos. Entonces le dije "yo soy
una señora casada y respetable, pero me gustan demasiado las buenas porongas y
no me puedo resistir a un buen macho". Y ahí empezó a cogerme otra vez, "¡no tan
fuerte, que estoy enamorada de mi marido... !" Y se movía cada vez más rápido, y
pronto me la clavó hasta el fondo, largando los últimos chorritos exangües que
le quedaban. Me vestí y me fui muy contenta, dejándolo para que pagara la
cuenta. La última imagen suya que tuve, fue la de su cuerpo derrengado sobre la
cama, y su cara que hubiera parecido en estado de coma, sino fuera por su
expresión de éxtasis.




Capítulo 4. Aplastando a un galán con mi culo.




Salí a la calle muy contenta, porque el día me había
comenzado bien. Fui a comer algo para reponer energías. Al terminar ya había
comenzado la tarde. Y salí a putanear por las veredas, caminando relajada, ya
que no tenía tantas urgencias como a la mañana.


Pronto se presentó un galán callejero al que no había visto.
"Hola, preciosa, ¿qué hace una chica tan bonita paseando tan solita?" me dijo
con su mejor voz de galán. Yo suspiré interiormente "¡Qué boludo!" pensé, "a
este voy a tener que darle una lección..."


Bueno, le seguí el tren y el tipo cada vez más entusiasmado
con su conquista. Yo me hacía la indiferente, pero lo dejé llevarme hasta su
casa. Una vez allí atacó, comenzando a magrearme los pechos, mientras me besaba
el cuello. Pronto me sacó mis enormes tetones al aire y con su boca me los besó
y chupó mis gruesos pezones, como enloquecido. "¡Nunca ví tetas así, nena...!"
me decía con ganas, y las seguía mordiendo y chupando. Una no es de fierro, así
que me fui calentando cada vez más. Cuando sintió mis jadeos se entusiasmó
todavía mas y arreció con su boca sobre mis tetas, para hacerme acabar, cosa que
no tardó en ocurrir, pues me corrí como ya no esperaba correrme en ese día, ya.


Ese fue su error, ya que me dejó mucho más tranquila que
antes. Pero él todavía no se había corrido, y me llevó a la cama, casi al
arrastre. Ahí yo me puse difícil y mimosa "Así, a lo bruto, no" "Yo necesito un
poco de mimos y juegos previos..." Él entendió "Hagamos un sesenta y nueve,
nena". "Bueno" dije yo con voz mimosa y exigente, "pero yo voy arriba". El tipo
aceptaba cualquier cosa, y se tiró boca arriba. Cuando vió bajar mi culo hacia
su cara no pudo menos que exclamar "¡Qué culo tremendo que tenés, nenita!" Y eso
fue lo último que pudo decir, porque le planté el culo sobre la cara, y me senté
sobre ella.


El tipo esperaría mi boca sobre su nabo, o al menos una
caricia. Pero se quedaría esperando, el muy necesitado, porque yo me quedé
sentada sobre su cara, removiéndole el culo sobre la nariz. Y observé como su
pija se empinaba aún más, ¡le estaba gustando... ! ¡el desgraciado estaba
aprendiendo lo que era la sumisión! Nunca le habían sentado un culo en la cara,
y se puso loco de lujuria.


Cuando comenzó a presentar los signos de asfixia, retorcer el
cuerpo, crispar las manos y hacer esfuerzos por respirar, levanté mi gran culo
un poco, para que pudiera respirar, luego de dejarlo dar varias bocanadas
hambrientas de aire, volví a bajarlo sin sentir resistencia alguna de su parte.


Estaba totalmente enchufado y entregado. Y pude sentir su
lengua lamiendo el interior de mis nalgas y el agujerito del ano. Entonces
comencé suavemente a cabalgarlo. Su polla parecía a punto de explotar, y se
agitaba impotente en el aire. Y su lengua lamía con frenética avidez. Cuando
levantaba el culo para dejarlo respirar, lo dejaba caer sobre su nariz,
cogiéndomela con el ojete. Llevábamos ya como quince minutos de eso, y yo
aceleré mi cogida de nariz, con lo que él captó la intención y se calentó como
loco. Su pecho se levantaba y bajaba con gran agitación, y su cuerpo comenzó a
retorcerse de placer. Yo proseguí buscando mi propio placer y pronto alcancé un
estruendoso orgasmo, durante el cual le apreté la cara con toda la pasión de mi
gran culo, dejándolo seguro sin respiración.


Y fue ahí cuando acabó. Su pija parecía un surtidor
revoleando semen en todas direcciones. Le di un respiro. Y los chorros
continuaban a borbotones. Seguramente, nunca lo habían hecho acabar así. Antes
de retirarle el culo le tiré un gran pedo, como para rematar la faena. Cuando,
ya parada, lo miré estaba completamente derrengado en la cama, y tenía en la
cara una embobada expresión de adoración. El galán había recibido su lección. De
ahí en más todas sus pajas serían en mi honor. Y serían muchísimas. Tomé nota de
su número de teléfono, para seguir divirtiéndome a su costa en otra ocasión. Y
me marché.




Capítulo 8. Pis para Miguel.




Una noche le solté un chorrito de pis mientras me chupaba la
concha, y descubrimos un nuevo placer en nuestro matrimonio. A Miguel le
encantaba que lo meara en cualquier parte del cuerpo. A veces se corría de puro
gusto al sentir mis chorros de pis caliente. Y cuando le ponía la concha en la
boca y le lanzaba el chorro, se quedaba con la boca abierta aprovechando los
breves intervalos entre chorro y chorro para lamerme, hasta que llegaba el nuevo
chorro y seguía tragando y bebiendo. "Soy tu esclavo..." me decía, "Si querés
cagarme, también me lo como..."


"No exageremos, Miguelito" le decía yo "Nunca te dejaría
comerme la mierda..." Bueno, yo decía eso, pero al final lo dejé. El abría la
bocota y de mi agujero salía un grueso chorizo de caca que él iba tragando
golosamente. Nunca se quejó, siempre quería, seguramente porque mi caca no tenía
mal olor. Aunque mi pis era amarillo y fuerte, e igual lo tragaba con
delectación.




Capítulo 9. Tan "románticos" como al principio.




A veces subimos a un colectivo y repetimos la actuación con
que nos habíamos conocido. Es decir, yo me pongo delante suyo, y lo hago acabar
con mi culo. Así de románticos somos.


Después subimos a otro colectivo y Miguel miró como yo hice
mi acto con cada víctima que iba escogiendo. Cuando terminaba me decía,
"¡¡¿viste el tremendo manchón de acabada que le quedó al frente del pantalón?!!"
"¡Pobre tipo, ni sabe lo que le pasó!".


"Mi vida", le dije un día, "¿vos sos conciente de que te hago
cornudo?"


Y Miguel, mi esposo, me miró sumiso "Claro, mi cielo".



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