Recién llegamos de copas en aquella larga y embriagada noche
del sábado. Recién llegados, traspasamos el umbral de tu casa abrazados,
enamorados, casi como adolescentes ensimismados de tenerse. Al poco, menos de
media hora, el alba pintaría de nuevo el cielo.
Desnúdate! – dije con voz firme entre los efluvios del
güisqui ingerido -.
De su escondite yo recogía el maletín secreto mientras tu
piel, toda, aparecía en cada prenda que te quitabas. No hacía frío, el tiempo
resultaba benévolo y la etílica ingesta mezclada con humos de marihuana
contribuía a mantener cálido el cuerpo.
Aquel gesto era ya acordado entre los dos. El maletín abierto
de para en par sobre la mesa, en tu desnudez, cogías el collar canino de dentro
de este para traérmelo a mi. Desnudabas tu cuello alzándote el cabello para ser
anillada con dicho collar propio de una mansa perra, la dócil perra que
despertaba en ti cada vez que escuchabas el cierre metálico cerrarse alrededor
de tu cuello.
Mirabas, no me mirabas a mí, mirabas el bravo consolador de
cintas que yo extraía del maletín. Lo veías en mi mano que lo acariciaba como si
estuviera haciéndole una paja, lo veías mientras me acercaba a ti, y dejaste de
verlo cuando mansamente abrías la boca engulléndolo, follándote la garganta.
Tus brazos permanecían caídos a los lados. Chupabas y
tragabas aquella polla que te metía por la boca al tiempo que sentías como te
palpaba una de tus tetas. Poco a poco, había conseguido entrenarte a que no solo
mamaras mi palpitante polla de carne, sino a deleitarte mamándola, a desear
chuparmela, a disfrutar tu misma comiéndomela. Y ese gesto te honraba y mucho.
Pero ahora chupabas aquella infatigable polla de latex, aquel pene que nunca se
torna flácido y eternamente pudiera permanecer insertado en tus cuevas aun en el
desespero tuyo de reiterados orgasmos. Esa obediencia tambien te honraba.
En tu espalda, al collar, anudé un largo cordel que dejé que
tus nalgas sintieran colgando. Imaginé que ya estaría sobradamente mojado el
pollón de cintas que comías y le hice abandonar tu boca para que ocupara su
sitio, tu cintura, solo que esta vez lo anclaría del revés. A la insinuación de
mi mano en tus muslos, separaste las piernas y en tu coño inserté la chupada
polla de látex. Se te escapó un suspiro, acaso un leve gemido. Lo pasé por alto
pues de sobras sé, perra mía, como te gusta que te folle. Y así, fijo dentro de
tu coño, quedó aquel consolador, anudado a tu cintura para no salirsete.
Tu sumisión cada vez era más refinada, eso es que ya no
hacías gestos de rechazo ni gesto alguno que no se te pidiera, no murmurabas
queja alguna. Ciegamente confiabas en mí entregándote sin recelos a pesar de
todo. Maniobraba en tu cuerpo libremente como me apetecía y tu sabias que
siempre lo gozabas.
Cruzó el cordel que pendía a tu espalda los muslos,
metiéndosete por la raja de tu culo, incrustándose en él. Cruzaba también por
encima del reverso de la polla que te mantenía follada y en medio de tus tetas
alcanzaba el collar donde de nuevo lo anudaba, ahora por delante.
Esperate!
Volví de la habitación con ropa tuya y unos afilados zapatos
de alto tacón para calzarte. Por tus piernas subí unas bellas bragas de encaje
gris. Tras ellas, un pantalón tejano que, con la cuerda y otros artilugios en tu
sexo, dio labor abrochártelo. Al torso te coloqué n suéter sin mangas de cuello
alto que escondía tu collar y la cuerda anudada a él. Te hice subir sobre los
altos zapatos y te pedí que me la chuparas. No querida, la polla aun no, la
lengua. Chupabas la lengua que metía en tu boca morreandote dándote permiso para
que me abrazaras.
Ya casi clareaba. Cogí tu mano y salimos de casa. Yo conducía
tu coche, en el asiento de atrás llevaba a mi perra entusiasmada, creo, de salir
de paseo. Me detuve frente a un bar de insomnes personajes y dándote un billete
de 10 € te mandé a por tabaco. Tus ataduras estaban disimuladas todas bajo tus
ropas pero tu las sentías en tu piel como notabas de cierto la polla que te
mantenía follada. La mirada firme de mis ojos clavándose a los tuyos por el
retrovisor disipó cualquier duda que te asaltara. Miraba tu andar ladeando el
culo con la ayuda de los tacones. Te excitaría mucho aquella situación pues al
regresar tu pulso temblaba.
Su tabaco, mi amo.
Sigamos.
Amo!!
Dime. Que deseas decirme, esclava?
Sentí vergüenza, señor mío. Sentí como si todos me
miraran y supieran de mis ataduras.
Eso no está bien y lo sabes.
Pido perdón a mi señor.
Nunca debes sentir vergüenza de servir y obedecer a tu
amo.
No volverá a ocurrir, señor.
Puse el coche hacía las afueras del pueblo. Al primer rellano
lo detuve. En el maletero teníamos la bolsa de viaje con aparejos, cuerdas y
demás accesorios para cualquier emergencia. Saqué la cinta negra con que vendar
los ojos y te vendé. Anduve unos kilómetros sin que vieras por donde y al fin
detuve el coche.
Te ayudé a bajar, sabes que no deseo ni me gusta que recibas
golpes ni sufras violencia alguna. Ni sabias donde estabas, ni falta te hacía,
orgullosa de pertenecerme y servirme. Te llevé frente al coche. Besé tu boca
largamente sobándote el culo ceñido al tejano. Mordí el lóbulo de tu oreja
murmurando:
Deseo tomarte –dije clavando con fuerza mis dedos a
cada una de tus nalgas – pero tu coño está lleno.
No podéis tomar lo que ya tenéis amo mío. Pero por la
fuerza de vuestras manos, entiendo que os ha de placer empalarme por el
culo. Me permito solicitaros en mi coño pero igualmente gozosa recibiré
vuestra polla por mi ano donde el tenue dolor de vuestra polla entrando se
me torna placer y gozo y sirviéndoos halló yo mi gusto donde quiera que
vos lo halléis en mi.
Aun sin permiso has hablado, perra, pero has hablado
bien y eso me complace.
No te falló la intuición. De cierto previsto tenia encularte
pues hacia ya mucho tiempo, dos días creo, que no te penetraba por detrás. Anudé
tu pie a un lado del coche. Al otro lado del coche tu otro pie también te fue
atado. Por las ventanas abiertas del coche pasé una cuerda de escalada. Te senté
sobre el capó del coche, te recosté sobre él, y a ambos lados con la cuerda te
até las manos.
Seguías sin ver, sin verme, vendada, atada sobre el capó de
tu coche con las piernas abiertas y los brazos en cruz. Vestida toda aun y aun
follada con la polla de arneses, el collar y la cuerda volteándote el cuerpo. De
pronto oíste metal chasqueando cerca de tus oídos. Dejé que sintieras el frío
metal en tu cuello y lo retiré.
Tensaste los músculos y al poco sentías las tijeras cortando
una pierna del tejano. De abajo a arriba. Sentías como se deslizaba cortándote
los pantalones hasta la ingle para seguir con la otra pierna. Quedaba para abrir
la bragueta, la entrepierna y lo hice con cuidado de no sesgar las bragas.
Seguías tensa. Despatarrada, indefensa y tensa, con las preciosas bragas de
encaje a la vista donde se marcaba el cordel que te unía al collar y el reverso
de la polla que te penetraba.
Siguieron las tijeras su camino. Las sentías ahora sobre tu
vientre deshilando el suéter que se abría a su paso. Contraído el vientre
delataba la contención de tu respiración. Estremecida, cuando aparecieron tus
pechos mostraban una erección preciosa y dura. Sorprendida o asustada pero
excitada, muy excitada. Los acaricié con las tijeras y acaso temerosa
permanecías quieta si bien algo exasperada.
Terminé de cortar el suéter. Mi perra mostraba el collar y la
hinchazón de sus tetas. Las chupé y lamí, las manoseé y fui a por las bragas.
Corté tan solo la tira elástica. En dos tirones ruidosos
rasgué el precioso encaje que consiguieron sobresaltarte. Desaté las cintas que
te incrustaban la polla de látex. Estaba empapada. En algún momento te habías
corrido y al preguntarte me contestaste que fue en el bar, al agacharte a coger
el paquete de tabaco. La excitación de saberte observada con el movimiento de la
polla encastada en el coño provocaron una corrida en ti. Desaté las cintas y le
di vida a la polla artificial metiéndola y sacándola, como si se resistiera a
abandonar el acomodo de tu coño. Relajada tras sentir las tijeras sobre ti, no
disimulabas, ni tenias que hacerlo, tu gozo.
Fue a parar a tu boca recién salida de tu coño, caliente como
el motor del coche que sentías en tu espalda. Tu educada docilidad permitía que
succionaras los jugos extraídos de tu vagina mostrando deleite en ello.
Has hablado, perra mía, y has hablado bien.
Metí en tu coño mi polla dura y erecta, palpitante y gorda,
la hundí dentro de ti bombeándote con vigor, con furia, sonando tu ingle al
chocar con la mía, jugando a la vez con tus tetas. Te follé como pediste hasta
escupir en tus entrañas la leche que excitado tenia acumulada en mis huevos.
Derramado, quité la venda de tus ojos, me sonreíste y te besé.
Aun atada, me entretuve a contemplar el goteo de tu coño, los
hilos lácticos que corrían en tus muslos, tu bello coño rezumando de leche
blanquecina. Gozaba viéndote atada y satisfecha. Luego te desaté, abrí el collar
de tu cuello: Tus ropas cortadas ya no servían para volver. Recogimos los
enseres en aquel descampado donde había parado. Coleccionabas las bragas en
memoria de cada encuentro con tu amo. Había cogido el vestido de gasa verde
claro y con él te vestí para la vuelta y nos abrazamos.
Ha sido genial, querido –susurrabas a mi oído -.
Sin ti imposible, cielo.
Vamos a casa?
A dormir?
A dormir, cariño.
Conduce tu – te di las llaves -.
Al contacto pusiste la llave, giraste, arrancó el motor del
coche, cogiste mi mano y la pusiste sobre tu coño, donde ni tu ni yo habíamos
recogido mi corrida. "Acaríciamelo", dijiste poniéndonos en marcha.
En tu coño iba mi mano cuando pasamos frente al bar donde
compraste tabaco. Nos miramos, sonreímos y paramos a tomar café. Reíamos entre
sorbo y sorbo. A los diez minutos, en casa, dormíamos abrazados.