Empecé a abrir los ojos lentamente,
cegada por la luz del fluorescente; me dolía bastante la cabeza,
como cuando te levantas con una resaca terrible después de una noche
de fiesta. Al instante noté que algo no iba bien. Intenté
llevarme las manos a la cabeza pero no pude. Tenía las manos atadas
a la espalda con un cinturón que pasaba por uno de los barrotes
de la silla haciendo que no pudiera moverme. Levanté la mirada,
ahora más acostumbrada a luz y le vi sentado en su silla, al otro
lado de la mesa, sonriente, mostrándome una clara imagen de triunfo.
Enrique estaba fumando, esperando a que me repusiera para empezar su venganza
particular a mis palabras en el parking.
-Muy bien, pequeña, ya que
no has querido hacerlo por las buenas, lo harás por las malas. A
mí no se me resiste ninguna gatita en celo, por muy fiera que sea.
Se levantó y se dirigió
hacia mí. Al estar en una silla giratoria, me encaró hacia
él y me puso su rostro justo a un dedo del mío. Ahora todavía
me daba más asco que antes. Me cogió del pelo y me hizo girar
del todo para que viera lo que había detrás. Era la cámara
de video que había visto por la mañana, juntamente con el
monitor.
-¿Ves esta cámara,
pequeña zorra?, Con ella voy a grabar todo lo que te voy a hacer
para poder reírme luego con mis amigos y humillarte delante de ellos.
Y si intentas contar a alguien lo que ha haya sucedido, lo enviaré
a unas cuantas revistas y televisiones para que todo el país se
haga partícipe de lo buena que eres.
La verdad es que no era el mejor
momento para aparecer en un video de estas características, ya que
estaba a punto de conseguir un puesto en la empresa que me había
ganado a pulso y que no podía dejar escapar.
-¡Nadie te va a creer! ¿No
te das cuenta de que se notará que me has forzado, y que todo lo
que hagas será en contra de mi voluntad, capullo? -No si antes ven
esto...
Entonces puso en marcha la cámara
y encendió el televisor. Y allí aparecía yo, diciendo
que era una estrella y que no se arrepentirían de la actuación
de la cual iba a ser protagonista a continuación. Se me vino el
mundo encima; yo misma había fabricado la tapadera perfecta para
que el video pareciera real.
Lo paró justo en el momento
que yo acababa de hablar, ser acercó a mí, se quitó
la corbata y me amordazó. De este modo no podía decir nada
comprometedor y todo sería más fácil. Entonces pensé
en Néstor, él llegaría en cualquier momento y me salvaría.
Instintivamente miré hacia atrás, hacia la puerta. Enrique
se dio cuenta, pero muy tranquilo me dijo.
-Si estás esperando a tu
ángel salvador, pierdes el tiempo. Acordamos con Néstor que
el se iba de copas contigo y luego desaparecía para dejarme el terreno
libre. Me costó una comida convencerle pero al final accedió.
Como puedes ver, todos los hombres somos iguales, no puedes fiarte de nosotros,
Ja, Ja, Ja... - añadió en tono de mofa, recordando lo que
habitualmente decimos las mujeres de los hombres.
Enseguida pensé que Néstor
no podía estar de acuerdo con lo que estaba sucediendo; por otro
lado, empecé a odiarle por dejarme a propósito con ese energúmeno,
a solas, ni que fuera tan sólo un minuto.
Completamente indefensa tuve que
contemplar cómo se iba desnudando ante mí, poco a poco, sabía
que tenía tiempo, y que podía alargar mi sufrimiento toda
la noche. Puso la cámara de video a grabar -previamente se había
tapado la cara con un pasamontañas, para no ser reconocido. Se quedó
con tan sólo el slip puesto. A través de la tela pude comprobar
el enorme tamaño de su pene que, en posición erecta, asomaba
por la parte superior de los calzoncillos. Se acercó a mí,
se arrodilló entre mis piernas que separó bruscamente, y
empezó a desabrocharme la camisa. Yo sabía que no podía
hacer nada, que era mejor no irritarle, pero la verdad es que me resistí
por inercia a que tuviera el trabajo fácil.
-Muy bien, si quieres jugar, jugaremos,
pero lo haremos a mi manera.
Cogió los calcetines de ejecutivo
que se había sacado y los utilizó para atarme los tobillos
a los extremos de la mesa del escritorio. Debido al tamaño, me obligó
a separar bastante las piernas, lo que me dejó en una posición
de total entrega a ese depravado que podía hacer conmigo lo que
quisiera.
Siguió con el ritual de la
camisa, hasta que dejó al descubierto mi sostén de puntillas
negras. La verdad, no era esa la manera que había planeado para
mostrárselo a alguien, pero...
Me echó la camisa hacia atrás,
y empezó a pasar la lengua por mi barriga, muy lentamente, deteniéndose
en aquellos puntos en los cuales notaba que yo me estremecía. No
tardó mucho en llegar a mis pezones que, muy a mi pesar, estaban
completamente duros ante el tacto de la punta de su lengua y de sus dedos.
Mientras me acariciaba me miraba fijamente a los ojos: su mirada de loco
pervertido me asustaba, ya que no sabía qué sería
capaz de hacerme. Empezó a pellizcarme los pezones a través
de la tela con cierta insistencia, haciéndome daño; pese
a eso, seguían duros como piedras, resistiendo cualquier tipo de
agresión. Cuando se cansó, me desabrochó el sujetador
y dejó mis pechos al aire, completamente a su merced. Se levantó
y se fue al minibar a coger un cubito de hielo que restregó por
mis senos muy lentamente, haciendo especial hincapié en mis doloridos
pezones. De vez en cuando, me cogía del pelo y me echaba la cabeza
para atrás para lamerme el cuello a su gusto, a la vez que me magreaba
las tetas sin compasión.
-Muy bien, pequeña, veamos
ahora qué tenemos por aquí abajo- dijo mientras me bajaba
muy lentamente las bragas hasta que las piernas se lo impidieron al estar
atadas a la mesa. Se chupó el dedo muy lentamente, abrió
la cremallera de la falda y me la sacó del todo, quedando mi coño
al descubierto a su merced. Primero empezó a acariciarme el clítoris
muy suavemente, aumentando el ritmo conforme mi cuerpo reaccionaba a la
estimulación. Mentiría si digo que no me sentía excitada;
la verdad es que la experiencia me aterraba a la vez que me ponía
a cien. Mi sentido común me decía que no podía acabar
bien, pero no tenía mucha posibilidad de escoger.
Cuando se hubo cansado del clítoris,
empezó a introducirme el dedo índice en el interior de mi
raja; debido a lo húmeda que estaba, no le costó mucho introducirlo
y empezar un movimiento rítmico que fue acelerando hasta que casi
alcanzo el orgasmo. Dándose cuenta del hecho, Enrique paró
en seco y me dejó en el inicio de lo que podía haber sido
un orgasmo memorable. De pronto, se levantó y de una bolsa de plástico
que había encima del sofá, sacó un consolador enorme,
de talla máxima que me dejó muy impresionada y asustada a
la vez.
-Ya estás a punto, ahora
desearás no haber nacido, gatita, ¡Vas a sufrir lo inimaginable
por haberme desafiado, te lo aseguro!
Pude ver cómo manipulaba
el consolador y lo ponía en marcha. Era uno de estos eléctricos,
que vibraba sin parar y que una podía controlar a su gusto. Tenía
tres posiciones: una lenta, una normal y otra rápida. De nuevo se
arrodilló ante mí -quien me diría a mí que
esta situación volvería a repetirse pero con una connotación
totalmente distinta-, puso el control al mínimo y me introdujo el
consolador muy lentamente en mi chochito. La sensación era impensable,
ese artefacto se movía de forma increíble, haciéndome
sentir un placer constante que, sin embargo, sabía que no me llevaría
al orgasmo, pero que me consumiría muy lentamente hasta llegar a
la desesperación. Me lo introdujo hasta que quedaron fuera un par
de centímetros, parecía que no cabía más.
-¿Te gusta, verdad, zorra?
Seguro que dentro de un rato ya no lo encuentras tan placentero-. Entonces
puso la marcha normal.
En ese momento empecé a retorcerme
en la silla, intentando desatarme para poder escapar de allí y,
al mismo tiempo, poder acariciarme el clítoris y llegar al más
grande de los orgasmos que jamás habría tenido. Pero era
inútil, me había atado a conciencia y era imposible escapar.
Entonces, ante mi asombro, puso el motor al máximo, me subió
las bragas hasta arriba y me introdujo el par de centímetros que
faltaban quedando totalmente escondido a la vista. Aquello era insoportable.
Era el peor sufrimiento que jamás había sentido: Un dolor
intenso a causa de la vibración se juntaba con un placer que no
acababa de culminar con el orgasmo, pero que me hacía llegar a cimas
insospechadas de placer que nunca había pensado que conseguiría.
De pronto me encontré a Enrique,
con los slips en la mano y frotándose la enorme polla con la mano
a escasos centímetros de mi cara, riéndose sin parar viendo
mis muecas de sufrimiento.
-Bueno, creo que es hora de cenar;
por eso deberás tomar tu lechecita como una buena niña antes
de irte a la cama.
En ese momento aflojó la
corbata que me amordazaba y la dejó caer sobre mis hombros. Aquel
pene erecto, apuntando hacia mí me pareció como un enorme
ariete justo antes de derribar la puerta del castillo. Me cogió
por el pelo y me echó la cabeza hacia atrás, a la vez que
decía:
-Abre la boca tanto como puedas,
o vas a tener problemas con este regalito que te voy a dar. Y como se te
ocurra hacer cualquier tontería, te juro que practicarás
el vuelo sin motor por primera y última vez en tu vida.
La verdad, era mejor hacerle caso,
entre otras cosas porque estábamos en un décimo piso y no
era cuestión de hacer caída libre desde esa altura. Me introdujo
su enorme polla en la boca, moviéndose muy lentamente, haciendo
que la punta me tocara casi en la garganta. Empezó a aumentar el
ritmo, asiéndome la cabeza con las dos manos. Sus cojones me golpeaban
en la barbilla sin parar, cada vez con más fuerza. Me sentía
totalmente indefensa, a su merced, con un consolador metido en el chocho
que no paraba de vibrar y una polla que me perforaba las cuerdas vocales
sin tregua alguna. Materialmente me estaba follando la boca. Al cabo de
unos instantes, aumento el ritmo de los movimientos de vaivén y
acabó corriéndose en mi boca soltando una cantidad considerable
de semen. El muy cabrón no dejó que la picha saliera de mi
boca, por lo que tuve que tragármelo todo si no quería ahogarme
con todo el líquido que salía por aquella especie de surtidor.
No me la sacó hasta que se aseguró que lo había engullido
todo. Empecé a toser, por las náuseas que me ocasionaba ese
líquido bajando por mi garganta. El muy cerdo se había sentado
en la mesa, justo delante de mí, riéndose sin parar de mis
esfuerzos por escupir el semen que había quedado en los labios.
Me sentí sucia por dentro, humillada por un puerco que disfrutaba
con mi ridículo.
Antes de que pudiera decir nada
coherente, me puso un pañuelo en la boca y volvió a amordazarme.
Enrique empezó a vestirse de nuevo, lo cual me dio la ligera esperanza
de que la pesadilla había acabado, que me soltaría y que
no iría a más. Ojalá hubiera sido así; cuando
se hubo vestido, se puso justo detrás de mí, me cogió
fuertemente las tetas, apretándomelas de forma dolorosa y me susurró
al oído:
-Me parece que debo reponer fuerzas.
Voy a comprarme algo para cenar en la hamburguesería de aquí
al lado. Se una buena chica y prepárate para la segunda parte.
Paró la cámara de
video, cerró con llave la puerta y me dejó atada como un
animal en mi postura de sumisión. Con los movimientos bruscos que
ese capullo había hecho, no se dio cuenta que uno de los calcetines
que sujetaba mi tobillo derecho a la mesa se había aflojado. Empecé
a tirar de él con fuerza hasta que solté el pie y me quedó
libre. Justo en el suelo había el zapato del pie derecho que me
puse rápidamente. Con el talón conseguí aflojar el
otro calcetín consiguiendo bajar las piernas de la mesa. Verdaderamente
fue un descanso, tenía los músculos de las piernas agarrotados
de tanto esfuerzo. Suerte que me mantengo en forma, porque si no hubiera
podido romperme algo. Intenté aflojar las ataduras de las muñecas,
pero no tuve tanta suerte. No conseguí desatarme. Empecé
a caminar con la silla pegada a mi culo hasta llegar justo al lado del
teléfono. No sé cómo pero conseguí descolgarlo
a fuerza de golpes con la barbilla. Apreté el cero, el nueve y...
el seis, con lo que conseguí oír... ¡Las señales
horarias! No me rendí, volví a colgar y empecé de
nuevo: el cero, el nueve y... ¡El uno! Al cabo de unos instantes
oí una voz que me decía:
-Policía Nacional, dígame-
entonces inicié un intento desesperado por gritar y pedir socorro,
pero la mordaza me impedía vocalizar ni una sola palabra: -¡¡¡MMMMM!!!,
¡¡¡MMGGOOMGGOOOO!!! -Perdone, no le entiendo, ¿Puede
usted repetírmelo? -¡¡¡MMMAAUUMMGIMMMGIO!!! -¡Maldita
zorra!- una mano fuerte me atenazó el cuello y me apartó
bruscamente del teléfono, haciéndome caer al suelo de un
fuerte manotazo. -¿Sí?-dijo Enrique al teléfono- Si
agente, no se preocupe, ha sido mi hija pequeña, tiene dos años,
y ya ha aprendido a marcar los números del teléfono... Sí,
sí, los tenemos apuntados justo al lado por que mi madre es muy
mayor y muchas veces tenemos que salir corriendo por sus constantes ataques...
Claro, claro, es normal, pero no se preocupe. Disculpe las molestias. Buenas
noches. -Así que la pequeña putita se dedica a llamar a la
Policía mientras yo estoy fuera... muy bien, muy bien, parece que
lo de antes no te ha quedado claro. Probaremos con otra táctica,
¡A ver si así te das cuenta de quién manda aquí!
Rápidamente, enrique se volvió
a quitar la ropa, quedándose en pelotas. Conectó de nuevo
la cámara de video y se puso de nuevo el pasamontañas. Me
desató las manos. Sé que era un buen momento para intentar
escapar, pero el golpe que me había dado me dejó aturdida
e incapaz de reaccionar. Me quitó la blusa del todo, así
como el sujetador, la falda y las medias, dejándome tan sólo
con las bragas puestas. Cogió uno de sus calcetines y me empezó
a atar las manos a la espalda, pero entontes se lo pensó y utilizó
la corbata. Una vez me hubo sujetado las muñecas, las unió
con los tobillos, dejándome boca abajo con las piernas dobladas
hacia atrás en una posición bastante incómoda.
-Para que sientas mi aroma más
íntimo, dejaré que huelas de cerca mis calcetines- Me puso
uno de ellos en la boca y el otro lo utilizó para acabar de amordazarme.
Me cogió y me puso encima de la mesa del escritorio. Parecía
un pollo apunto de ser sacrificado. Me cogió del pelo y me dijo:
-Bien, ahora viene el punto y final
a la fiesta. ¡Espero que disfrutes tanto como yo!
Cogió el consolador, le puso
pilas nuevas (hacía un rato que se había parado, por suerte),
lo conectó a la máxima potencia, me lo puso en el coño
bruscamente mientras me apartaba la fina tira del tanga, a la vez que encaraba
su enorme polla al agujero del culo. Era el único orificio de mi
cuerpo que aún permanecía virgen, y parecía que supiera
que me horrorizaba la idea de pensar que alguien pudiera penetrarme por
el ano algún día. Fue tanteando el agujero hasta que me penetró
de golpe sin compasión. Con una mano me tiraba del pelo hacia atrás,
mientras que con la otra me golpeaba el culo con fuerza. El muy cabrón
estuvo dándome por el culo un buen rato, casi una eternidad, hasta
que se corrió encima de mí, dejándome totalmente pringada
de semen.
-¡Ha sido fantástico,
zorra, espero que tenga oportunidad de repetirlo algún día!
Ahora es hora de irnos, no sea que sospechen de mí- limpió
todo el semen que había derramado encima de mí para evitar
posibles identificaciones.
Debían ser cerca de las 5
de la madrugada; con un frasco de cloroformo y su pañuelo me dejó
dormida antes de desatarme. Luego ya no recuerdo nada más, tan sólo
que me desperté en mi casa, tumbada en el sofá, con la ropa
por encima, con todos los rincones de mi cuerpo doloridos y sintiéndome
la mujer más humillada del mundo. En ese momento sentí una
rabia incontenible, debía hacerle pagar todo lo que me había
hecho, pero... ¿Cómo podría hacerle sufrir tanto como
él me había hecho sufrir a mí? Era más fuerte
que yo, evidentemente, y además tenía el video, que podría
utilizar siempre que quisiera para chantajearme... ¡Mierda! Estaba
perdida. Tan sólo podía hacer una cosa. Pensé que
mi amiga Susana sabría como arreglarlo, ella sabría que hacer.
Nunca imaginé que saldría
tan bien mi venganza, y que me ayudaría a descubrir un mundo hasta
el momento inexplorado donde he encontrado el cenit del placer, la culminación
de un sueño. Tan sólo necesito encontrar al hombre adecuado
y disfrutar de él. Lo que pasó más tarde ya es otra
historia. Quizás en otra ocasión os lo cuente al detalle.
Cualquier mujer disfrutará de la lectura enormemente, estoy segura.
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Relato: Cuando dominar es un placer (02)
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