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Relato: El circo nocturno (1)

Relato: El circo nocturno (1)

  

  Rojo... de un intenso color escarlata, el cielo
parecía envolverla en ése color. El mismo sol parecía ensangrentado, tiñendo no
sólo el cielo, sino todo lo que alcanzaba la vista de un rojizo intenso... y eso
la incluía también a ella, a Azahar. Su uniforme negro contrastaba con su
rostro, muy pálido, sus ojos, verde claro, y sus cabellos, demasiado rojizos....
pero en aquél atardecer, todo eso desaparecía bajo el torrente de rojo que se
derramaba sobre ella... aunque en el colegio sí se habían dado cuenta de su
exagerada palidez.



     A decir verdad, era una palidez
extraña, ya que, tan rápido estaba blanca como un papel, como se ruborizaba
hasta el extremo, como volvía a perder el color, todo con tanta brusquedad, que
hacía temer que fuese a desmayarse, o que sufriese de algo grave. Por eso, las
monjas del colegio interno del Sagrado Corazón, donde Azahar estudiaba el que ya
sería su último curso  antes de la universidad, la habían mandado a la
enfermería.



   "La chiquilla sólo tiene debilidad" - había
dicho el médico - "Que salga, que la dé el aire, y que pasee. Un ejercicio suave
le vendrá de perlas". Así, Azahar estaba condenada a salir a dar un paseo todas
las tardes. Ella hubiera preferido quedarse a salvo, entre los muros del
colegio, pero el mismo médico la mandaba a su perdición. Azahar sabía de sobra
qué le producía esa extraña agitación que sentía desde hacía días... pero no
podía decirlo. Era algo sucio, indecente... era pecado. Y el saber que él la
había.... El saberse descubierta la hacía sentirse morir de vergüenza, lo que
sin duda, era su castigo por la falta cometida... por su pecado.  



    Al principio, en el primer momento, no se
lo había parecido... había sido sólo un accidente, nada más... pero ahora sabía
que ella tenía la culpa de sentirse así. Sí es cierto que ver lo... lo que había
visto había sido un accidente, pero había sido culpa suya no volver la cabeza y
huir. Había sido culpa suya continuar mirando durante los siguientes ocho
minutos... los ocho minutos más extraños, más cálidos y más llenos de preguntas
sin respuesta de la vida de Azahar.



     Hacía cosa de tres semanas, había
llegado el Circo a la ciudad. Azahar, junto con sus amigas, había ido a ver la
función. En opinión de todas las chicas, eran ya demasiado mayores para ir a ver
una función circense, pero iban acompañando a otras alumnas más pequeñas. No
obstante, cuando vieron a los domadores, los magos, y el lanzador de
cuchillos... A todas les pareció una buena decisión. El lanzador de cuchillos,
sobre todo, había hecho una extraña reacción sobre Azahar. Spadus, que tal era
el nombre del lanzador, después de una asombrosa exhibición lanzando cuchillos a
un hombre sobre una tabla, trazando su silueta sin llegar a rozarle jamás, había
lanzado al aire su sombrero de copa, del que había prendida una rosa, y lanzando
otro cuchillo, había logrado desprenderla del sombrero, sin dañar ni éste, ni la
rosa.



     Hasta aquí, todo hubiera quedado en
una actuación magnífica, pero, quién sabe porqué razón, Spadus fue a fijarse en
Azahar, y con una pequeña sonrisa, se acercó a ella subiendo por las escaleras
de los asientos y le ofreció la rosa sin una palabra. Azahar se vio reflejada en
los ojos, de color azul intenso del lanzacuchillos por un instante y una
eternidad. Luego él se tocó el ala del sombrero, y se marchó entre aplausos...
pero Azahar estaba demasiado sorprendida hasta para aplaudir. Ella no había
tenido tratos con los hombres. Era la primera galantería que recibía en su vida.
Azahar no tenía padre, no tenía hermanos, ni mucho menos tenía amigos
masculinos. Encerrada desde los cuatro años en el internado, y pasando en
compañía de su dominante madre apenas un mes, en las vacaciones...



     Aquella noche, en el dormitorio, con
la rosa bajo la almohada, Azahar sentía algo totalmente desconocido, sin saber
siquiera si era bueno o no. En su cabeza sonaba la voz de su madre: "Los hombres
sólo quieren una cosa... cuando la consiguen, se marchan.... Nunca te entregues
a un hombre sin estar casada... Cuidado con los sentimientos impuros.." Pero
Azahar no estaba segura de que lo que sentía fuera impuro... a ella le parecía
bueno... agradable... Se sentía bien, tenía sueños y deseos para los que ni
siquiera tenía nombre, pero no podía dejar de sonreír... ¿cómo podía ser malo
aquello? Azahar estaba convencida de que era bueno.



     Pero al día siguiente, su convicción
se desvaneció. Era sábado, y tenía permiso para pasear, cosa que la encantaba...
no sabía que poco después no querría volver a salir. Ya atardecía, y Azahar
encaminó sus pasos hacia el circo, que a pesar de ser sábado, no ofrecía función
aquél día. Lo llamaban el Circo Nocturno, porque todas las funciones se daban a
partir del atardecer, no había funciones diurnas. Había quien lo encontraba
raro, pero, fuese como fuese, el Circo Nocturno sacaba buen negocio. Azahar
paseaba, diciéndose a sí misma que sólo quería echar un vistazo, si podía, a los
caballos, o a algún otro animal... pero lo que en realidad deseaba era ver,
aunque sólo fuese fugazmente, a Spadus el lanzacuchillos.



     El terreno del circo no estaba
vallado en absoluto, ni había nada que impidiese el paso en la zona de
carromatos. Por allí zascandileaba Azahar, pasó junto a una jaula en la que
había un par de leones dormidos, pasó junto a un perro encadenado, y al llegar
junto a una jaula vacía, oyó un ruido de agua. Se asomó por el borde de la
jaula,... y lo que vió la dejó sin aliento.



     Spadus. Estaba allí, pero no la veía
desde donde estaba. Ni hubiera podido hacerlo, tenía los ojos cerrados para que
no le entrara espuma de jabón. Spadus se estaba duchando bajo el chorro de una
miserable manguera de goma... y estaba completamente desnudo. Azahar sintió que
sus rodillas temblaban. Se llevó las manos a la boca, y sintió ganas de huir,
pero sus pies se habían quedado  clavados al suelo.



     Spadus se frotaba el pelo negro con
jabón, y luego se enjabonó el cuerpo, de piel muy blanca. Azahar, con una
extraña mezcla de curiosidad y miedo, observó el jabón pasar por los fuertes
músculos de los brazos, el pecho... bajo el pelo negro de los pectorales, los
pezones de Spadus se pusieron erectos, mientras el agua y la espuma se
deslizaban por sus costados, siguiendo la curva de las nalgas respingonas, y
deslizándose por las piernas. Azahar sentía que por sus venas corría fuego, y un
extraño cosquilleo recorría todo su cuerpo. Sabía que no debía mirar algo así,
sabía que debía irse, sabía que hacía mucho rato que debió haberse ido, pero
seguía allí, con los ojos desmesuradamente abiertos, bebiéndose la escena...



     Spadus canturreaba algo por lo bajo,
boqueaba bajo el agua, que se deslizaba por entre sus labios, su cuello, y
recorría su cuerpo. Por un instante, a Azahar le vino el deseo de poder ser
agua... pero lo que vio a continuación, la privó completamente de la capacidad
de pensar o desear. Spadus se pasó el jabón por el bajo vientre, y lo frotó
contra su sexo. Azahar ahogó un grito, convencida de que el corazón se le iba a
salir del pecho, cuando vio, por vez primera, aquél miembro, que reaccionó
tímidamente al efecto de la caricia del agua y el jabón, cuando su propietario
lo limpiaba. El rostro de la joven ardía, y tenía que sujetarse a la jaula tras
la que se ocultaba, convencida de que las piernas no la aguantarían.



     Spadus echó hacia atrás la piel de
su pene para limpiarlo, lo que provocó un nuevo sobresalto en Azahar, que golpeó
sin querer la jaula en la que se apoyaba.


  


     ¡Crrreeecc! Las ruedas de la jaula
hicieron ruido y se movió un tanto. Spadus levantó la cabeza, y vio fugazmente a
una joven, que dio un pequeño grito antes de saltar como un gato y huir
corriendo como un rayo. Azahar no corría, volaba, con la cara colorada como una
cereza, y llorando de vergüenza, aterrada por haber sido descubierta. Aún así,
en medio de su huída, no pudo evitar volverse, y vio a Spadus, cubierto con una
toalla roja, mirando, medio asombrado, medio divertido, a la chica que le había
estado espiando.




     Y ésa noche,  empezó la "enfermedad"
de Azahar. Su mente le traía a la vez las imágenes que había visto y las
recomendaciones de su madre y las hermanas. "Los pensamientos impuros también
son pecado mortal... Avergonzáos de ceder a la tentación de la lujuria..." Esto
se mezclaba con Spadus, con sus ojos, con su cuerpo desnudo, acariciado por el
jabón, con sus grandes manos frotando su cuerpo, con sus pezones erectos... y
con aquella extraña "cosa" que colgaba entre sus piernas, y que, sólo con
tocarlo ligeramente, ya había empezado a agitarse...



        Aquella noche,
Azahar llegó al colegio un poco tarde. La hermana Teresa apuntó su nombre en el
horario de llegadas, en último lugar, y le advirtió que no debía retrasarse...
pero la joven apenas la oía, corrió por el pasillo hasta llegar a su cuarto, se
encerró con llave y se dejó caer al suelo de rodillas. No quiso cenar, no tenía
hambre ni ganas de hablar con nadie... sólo quería estar sola.



     Por otra parte, sentía que no debía
quedarse sola con sus pensamientos... podía cometer una falta muy grave si se
dejaba llevar por ellos, y lo sabía... pero su respiración agitada, su cuerpo
desasosegado, pedían a gritos un alivio. Un fuego espantoso quemaba las entrañas
de la joven, y ella sabía que  necesitaba sacarlo, sabía cómo sacarlo...
pero también sabía que el modo de sacarlo, era un pecado muy serio.



     Azahar se mordió los labios y apretó
los puños. "No debo... no debo hacerlo.." pensó. Pero era muy difícil pensar con
claridad, parecía que en su mente se había incrustado la imagen del cuerpo del
lanzacuchillos, y era imposible sacarla de allí...



     "Quizá sea mejor si me refresco un
poco" . Pensó la joven, y abrió la ventana de su cuarto, situado en el quinto
piso del edificio. La brisa nocturna le pegó en la cara, produciendo un alivio,
sólo momentáneo. Dos voces se mezclaban en su interior, produciendo una dura
batalla. Una le recordaba todo lo aprendido acerca del pecado y sus fatales
consecuencias... y otra  le reclamaba todo lo que deseaba aprender acerca del
placer y sus deliciosos premios...



     Azahar sentía un calor espantoso
dentro de su ropa interior, y decidió quitársela también. Metió las manos por
debajo de su falda, y tiró suavemente hacia abajo de sus bragas, que rozaron
ligeramente la cara interior de sus muslos, torturando aún más a la joven. Ella
no pudo evitar mirar sus bragas, y reparar que estaban empapadas... en otras
ocasiones, había sentido cosas parecidas, pero nunca, jamás en tal magnitud. Su
sexo picaba y cosquilleaba, suplicaba por recibir el mimo que pedía a gritos, y
del que había estado privado siempre.



    "´Quizá si me rascase, sólo un poco, y
sólo por arriba.. quizá se calmase..." Azahar, efectivamente, no sabía nada
sobre su propio cuerpo... Sus finos dedos apenas rozaron su monte de Venus, pero
la sensación de placer, atacó todo su cuerpo... la joven supo que estaba
perdida, supo en ése momento, que acababa de perder la partida, que ya no podía
parar..... Y sus dedos comenzaron a acariciar suavemente los rizos pelirrojos de
su sexo. Azahar quiso gritar de placer cuando su sexo desbordó jugos, pero en
lugar de eso, se mordió los labios una vez más, y se sentó en la cama. Se dejó
recostar suavemente, y su mano comenzó a acariciar arriba y abajo su inexplorado
sexo...




     - Estoy buscando a una chica
pelirroja. - declaró el desconocido.



     Sor María Teresa examinó el pelo
negro, la piel demasiado pálida y los ojos tan azules del desconocido, antes de
responder con una negativa:



     - Lo siento, pero sin el nombre, no podré localizarla. Y
siendo usted hombre, si no acredita que es familiar directo, no podrá verla
tampoco.



     - ¿Puede darle entonces esto usted
por mí?



     - Lo siento, no.




     - Mmmmmmmhh.... no deberíaaaa....
haahhh.... mmmmhh... no debo.. mmmmh....



      Azahar, recostada en su cama,
con los muslos abiertos, se regalaba toda clase de placeres. Sus mejillas
estaban tan encendidas como sus cabellos, mientras sus dedos, aún inexpertos,
iban aprendiendo rápidamente cómo moverse. La joven apretaba y masajeaba los
labios mayores de su sexo húmedo, jugaba con su humedad... Uno de sus dedos se
deslizó por entre sus labios, acarició el interior, y rozó suavemente su
clítoris.



     - ¡Ah!... aaahhh... mmmmmmhhh....
¿qué es.... qué es esto...?mmmmmmmmmmmmhhhh.....



     Azahar se preguntaba débilmente,
porqué nunca antes había hecho eso.... la voz que susurraba "pecado... es
pecado..." sonaba cada vez más débil, mientras la joven exploraba su intimidad,
acariciando la entrada de su sexo, saboreando cada cosquilla, cada placentero
escalofrío, descubriendo goces indescriptibles.





     El desconocido había salido del
vestíbulo del colegio, con un pequeño sobre entre las manos, que tenía intención
de dar a la chica pelirroja que le había estado espiando... y cuyo nombre sabía
ahora. La susceptible monja que le había impedido el paso, y se había negado a
darle cualquier información, había cometido un pequeño error: no tapar el libro
de registro de llegadas, en cuya última línea se leía: "Azahar de Guzmán. 20:35.
Habitación 5 25". Gracias a eso, sabía cómo encontrar el cuarto de la joven.




     - Mmmmmhh..... ooh... es.... esto
es.... tan bueeeenooooo... aahhhhhhhh...... ¡mmmmmmhhh......!



     Azahar casi reía por lo bajo,
mientras el placer aumentaba en su cuerpo. Subió una pierna a la cama, para
tener más sitio en su entrepierna... su otra mano empezó a tocar sus pechos, que
reaccionaron enérgicamente, sus pezones erectos estaban tan sensibles... Las
caricias en ellos parecían hacer efecto también en su sexo. Azahar se retorcía
de gusto, no podía parar quieta, mientras sus suspiros se le agolpaban en el
pecho. Su mano acariciaba más velozmente su interior, sus dedos frotaban
incansables su clítoris, completamente hinchado y rojo,... enormemente sensible,
que le obsequiaba con deliciosos calambrazos de placer, cada vez más intensos, a
cada roce...



   



     - 23, 24,... y 25. Ésa es. –
Contando las ventanas, el desconocido  se apartó el pelo negro de los ojos.
La habitación estaba en el quinto piso, pero eso no era dificultad para él... de
hecho, la única dificultad radicaba en encontrar algo que hiciera pensar a
Azahar que él se había encaramado hasta la ventana, y no que había subido
por.... otros medios.  Una hilera de árboles muy grandes crecía junto al
edificio. Bien, eso serviría.



Mientras tanto, Azahar, tenía que morder la almohada para
reprimir el feroz impulso de gritar de placer, ya que éste crecía sin parar, y
cada vez con mayor rapidez, atacándola sin piedad. Su sexo hervía de gozo cuando
sus dedos acariciaban, en círculos y de arriba abajo, su clítoris, rojo e
hinchado, a punto de explotar de gusto... los pezones erectos de la joven
parecían querer romper su blusa, su pecho subía y bajaba con rapidez, el sudor
le corría por entre los pechos, duros, redondos y que exhalaban tanto calor y
placer como el resto de su cuerpo. Azahar no podía notarlo, pero todo su cuarto
despedía un intenso y agradable olor a placer, a sexo... olor que se escapaba
por la ventana abierta... Azahar se acarició la entrada de la vagina con la
punta de los dedos, frotándose el clítoris con la palma de la mano, y un pequeño
grito se escapó por la comisura de sus labios, al tiempo que su frágil cuerpo se
estremeció de placer, sus caderas se elevaron solas, y todo su ser pareció
estallar en un sinnúmero de sensaciones cálidas, placenteras, gozosas...


Azahar recuperaba lentamente el aliento, mientras un hilillo
de sudor recorría su frente y bajaba por su cuello, y unas deliciosas cosquillas
recorrían su cuerpo, en una especie de reconfortante caricia... Ella no sabía
cómo se llamaba, pero acababa de tener su primer orgasmo. Apenas podía abrir los
ojos, jadeaba silenciosamente, notando cómo su mano acariciaba aún su sexo
chorreante. Estaba tan sensible, que aquellas caricias eran indefiniblemente
agradables. Se sentía tan bien, tan calmada, tan a gusto... que si de ella
hubiera dependido, con toda probabilidad su mano habría continuado acariciándola
hasta llegar a un nuevo orgasmo, pero entonces, oyó pasos en el pasillo.


Aterrada por el peligro de ser descubierta, prácticamente
saltó de la cama, recogió sus bragas del suelo y se encerró en el baño para
lavarse y ponerse el camisón a toda velocidad. Apenas se había despojado del
vestido, llamaron a su puerta. Desnuda como estaba, se alborotó el pelo, se puso
la bata y salió a abrir.


- ¿Mmmmh...? ¿Qué sucede...? – Azahar fingía haber estado
durmiendo. La habitación oscura, y la cama, suficientemente desecha, la
respaldaban.


- Buenas noches, señorita de Guzmán – saludó Sor María Teresa
secamente – Un hombre ha estado preguntando por una chica pelirroja. Creo que es
del Circo. ¿Sabes quién es?


Azahar trató de que su cara no reflejase el pánico que sentía
¿Era posible que Spadus....?


- ¿Un hombre...? No, no sé quien puede... – bostezó. Sor
María Teresa sabía que Azahar era una chica demasiado tímida, hasta quizá un
poco "tontita" para interesar a un hombre como el que había venido preguntando,
de modo que le dio las buenas noches a la joven, y se marchó. Aunque el rojo de
los cabellos de Azahar fuese el más llamativo, había otras chicas pelirrojas en
el colegio, y mucho más avispadas y despiertas que ella...


Azahar respiró, sólo moderadamente tranquila cuando al fin
cerró la puerta. ¿De veras Spadus habría preguntado por ella? ¿Y si le contaba a
las monjas que ella...? ¿Qué sucedería si descubrían que había visto a un hombre
desnudo? El miedo y la vergüenza se apoderaron de ella una vez más, pero no
tanto como cuando reparó en lo que había en alféizar de su ventana: Un sobre
blanco. ¿Cómo había llegado hasta ahí? Estaba segurísima que no estaba cuando
abrió la ventana. La fina bata se deslizó de sus hombros cuando ella casi saltó
la distancia que la separaba de la ventana para recoger el sobre. La luz de la
luna iluminó su desnudo cuerpo de adolescente mientras desgarraba el sobre y
leía su contenido:


"Hola, curiosa desconocida. Espero que disfrutaras del
espectáculo, o mejor dicho, sé que lo disfrutaste en ese instante, y también más
tarde, ¿verdad...? Supongo que comprenderás que esto crea una cuenta pendiente
entre tú y yo. Estoy seguro que algún día, me serás útil, y no vacilarás en
ayudarme. Entre otras cosas, porque si lo haces, bueno, a ti no te interesará
que nadie sepa lo que haces por las tardes, ¿a que no? Pero no tengas miedo, yo
no soy ningún chantajista ni nada así, y para demostrarlo, recibe esto como
prueba de lo que quiero ofrecerte: mi amistad."


Junto a la carta, dentro del sobre, había otro sobrecito más
pequeño. Contenía semillas de rosas rojas.


Una parte de Azahar tuvo ganas de sonreír al ver aquello,
pero otra mucho mayor, se sintió increíblemente sola, sola... y sucia. La había
visto. Spadus no sólo la pescó mientras le espiaba, sino que había vuelto a
pescarla ahora. Tuvo ganas de romper la carta y tirar por la ventana las
semillas, pero en lugar de eso, su vista se empañó, una convulsión atacó sus
hombros, y cayó de rodillas, llorando sin consuelo, sintiéndose avergonzada y
culpable, pensando en cómo su madre, las hermanas, todo el mundo le había
advertido contra lo que había hecho, y cómo los había defraudado a todos. Lejos
de allí, camino del campamento del Circo Nocturno, Spadus caminaba lentamente,
saboreando aún el aroma a sexo que había olido en el cuarto de Azahar, y
reviviendo las dulces escenas de la masturbación de la joven, tan metida en su
placer, que ni siquiera le había visto, aunque él sí había visto lo sucedido, y
el bulto de su entrepierna, que era uno de los motivos por los que caminaba con
lentitud, delataba cuánto le había gustado.





(continuará; advertencia: la segunda parte estará en la
categoría Hetero)


 



Relato: El circo nocturno (1)
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Tiempo de lectura: 13 minuto/s





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