Después de dar un recorrido por toda su casa llegamos a la
alcoba principal. Este hombre tenía una gran obsesión por los espejos. Su casa
entera estaba repleta de ellos y su habitación no era la excepción. En la pared
derecha había un gran espejo con marcos de madera, muy rústico y hermoso. Me
abrazó frente a éste y besó mi cuello. Parecía que la imagen reflejada le
excitaba. No dejaba de ver a aquellas dos personas besándose y dándose calor.
Todo era muy extraño, La habitación estaba en penumbra y una cierta luz
fantasmal alumbraba la habitación, pero nosotros disfrutábamos el momento.
De pronto empezó a desembotonar mi blusa y yo solo estaba ahí
parada frente a él dejándolo hacer todo lo que quisiera. Se puso detrás de mí y
me acarició la entrepierna acercó su pelvis a mis muslos y pude sentir su
erección que me empujaba hacia la pared. Pasaron unos cuantos minutos y ya
estaba completamente desnuda. Frente al espejo podía verme parada, miraba mi
cuerpo desnudo y sus manos recorriéndolo. Siguió besándome e hizo que me
acostara en la alfombra. Nuestros cuerpos se confundían con los de las imágenes
del espejo. De pronto ya no éramos nada, sino solo unas imágenes reflejadas,
pero el placer que irradiaban éstas nos pertenecía. Sus manos estaban ya por
todo mi cuerpo y sus labios fueron viajando desde mi boca a mis senos. En el
espejo, pude ver que mis pezones se endurecieron y sintieron todo el placer de
aquélla lengua, que podría yo decir, que tenía mucha experiencia. Fui sintiendo
las ondas de placer mientras el guiaba sus dedos lentamente por mi vagina.
Sentía la tensión maravillosa en mi clítoris mientras él movía los dedos hacia
delante y hacia atrás. Hizo que separara mis piernas y pude ver en el espejo mis
partes escondidas. Se agachó hacia a mí y sentí como su pene tocó mi vagina y
gemí y suspiré. Colocó su cabeza entre mis piernas. Sentía el terciopelo de su
lengua recorriendo mis partes más sensibles, más íntimas. Y justo cuando iba a
explotar de placer, cuando creía que ya no podía seguir así ni un minuto más,
paro de hacerlo. Pude oír mi voz quejándose, rogándole que siguiera, pero claro,
aun no habíamos terminado.
Él puso su miembro en mis manos y me pidió que lo acariciara.
Quería que se endureciera, agrandarlo. Así que lo tomé. Su pito se veía mucho
más grande en el espejo. Mis manos pequeñas guardaban a un gran y ardiente
miembro entre ellas. Fue creciendo y creciendo hasta que ya no cabía entre
ellas. Y observaba como, con pequeños movimientos, dirigía su miembro hacia
delante y hacia atrás hasta que se puso durísimo y se paró. Me levantó del suelo
e hizo que me acostara atravesada en su cama. Descubrí que en el techo también
había un espejo. Abrió mis piernas de nuevo y pude ver la carne rosada de mis
partes. Él tomó mis manos y las puso entre mis piernas. En el espejo veía como
aquella mujer, con la guía de su pareja, se tocaba. Sabía como, que tan fuerte,
que tan suave, cuando detenerse para que no terminara.
Volvimos a la cama y se posó en mí. Sentía todo su miembro
dentro de mí. Con suaves movimientos fuimos obteniendo el placer hasta explotar
de excitación. Mi cuerpo se repegaba al de él. Éramos uno solo. Veíamos en el
espejo como nuestros cuerpos jugaban, se fundían uno con otro, ardían de pasión.
Las imágenes se fueron multiplicando y de repente estábamos rodeados por hombres
y mujeres ante un volcán de excitación sexual. Y la noche no terminó ahí.
Seguimos dándonos placer hasta que nuestro músculos se contraían una y otra vez.
Hasta que nuestros dedos se entumecieron y nuestros ojos se quedaron en blanco.