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Relato: Mi maestra

Relato: Mi maestra

  

Cuando era niño la primera mujer que en mis fantasías
imaginaba cogerme era a mi maestra. A esa ilusa edad (6 o 7 años) lo que uno
sabe sobre coger no son más que vagos conocimientos que llegan de lo que nos
cuentan que les contaron que dijo un adulto. ¿A cuantos de ustedes el culo de su
maestra les ha robado la atención que tenían fijada en la clase? Podría asegurar
que a muchos. De hecho, hay quienes sí han cortejado y cogido a la señora que
les ilumina el coco. Bueno, al demonio, a que suponer lo acertado de ello; sea o
no lo sea eso no reviste importancia. Así que voy al grano. Los dejo con mi
historia titulada



 


MI MAESTRA



En una preparatoria de México se infiltró entre la comunidad
estudiantil el rumor de que un muchacho había fornicado con su maestra. Nadie le
daba crédito a ello, todos lo tomaban como una falacia entre las tantas que
jamás podrán comprobarse y que permanecen en el término medio entre lo
considerado por cierto de lo que no.



Fortunato, el muchacho que se presumía había hecho la
empresa, estaba en el receso rodeado por amigos y algunos interesados que habían
comparecido a la aclaración de los hechos. Uno de ellos con un tono mordaz y
emocionado de que lo rumorado fuese real, le preguntó:



–¡Dinos, güey! ¿cómo está eso de que a la maestrita Eugenia
le jodiste el culo? ¿Hemos de suponer que así fue, o acaso es una de esas
pendejadas que dices en son de broma y corre entre los pendejos de boca en boca
de tal modo que los últimos en enterarse lo toman por cierto y así lo difunden?



Riendo entre dientes, mirándole a todos el rostro y
manifestando soberbia en el semblante por ser el centro de atención gracias a
algo que lo hacia sentir orgulloso, dio respuesta a la pregunta:



–amigos míos y compañeros que ni conozco pero que me conocen
por la fama que he ganado, la verdad nunca imagine que mis actos levantaran
tanto revuelo. Yo sólo se lo conté a Daniel, y ahora gracias a su boca floja la
prepa entera lo sabe. No sé si partirle la madre o agradecerle  por darme
semejante reputación. Les contaré la verdad para extinguir las distorsiones que
le han hecho y disipar rumores.



"En el último examen ordinario de Historia del arte, estaba
obligado a sacar mínimo 7 para acreditar el curso y no presentarlo en
extraordinario (¡como está perro pasarlos!). No lo hice. Reprobé. Estaba en
apuros. Así que con toda la pena que le cupo a mi alma, fui a donde la maestra
pa’ pedirle que hiciera paro. Me mandó a la chingada, cosa comprensible. No
aceptó mi propuesta de entregarle un trabajo de investigación para obtener los
puntos que me faltaban. Ya estaba dejando el salón, cuando me ofreció un trato.
Ella sabía que en historia del arte tenía la instrucción requerida para
reprobar, así que me propuso ayudarme a estudiar. Eso sí, me aclaró y me reiteró
tantas veces como puedo acordarme, que no confundiera las cosas, que ayuda no
significaba darme la clave del examen. De 5 días constaba dicho curso
particular. Acepté. La neta no quería, pero que podía hacer.



Acordamos en que las clases me las iba a dar en mi casa. En
la primera jornada llegue con el animo flaco, ¿pues que demonios habría de
esperar de unas clases particulares en la casa de la maestra y de la maestra
misma? Tan solo imagínense una maestra para mi solito... sin poder hacer
desmadre, sin poder fingir que estoy poniendo atención y con la certeza de que
si alguien ha de pasar al pizarrón segurito he de ser yo. ¡No jodan! Mas mis
suposiciones fueron erróneas, la maestra fue alivianada, demasiado amable... es
más, hasta se puso a bromear conmigo.



Transcurrieron los días y las clases llegaron a su término en
el quinto. Aprendí muchas cosas de ella y estaba casi listo pa’l examen. Ese
viernes hubo un giro inesperado. Elizabeth, la hijita de la maestra, una morra
de sólo 12 añitos que pinta a ser una de las mamacitas del mañana, interrumpió
nuestro quehacer. Estábamos en la sala cuando la mentada niña llegó a prender la
tele. Su mamá trató de persuadirla a calmar su desmadre diciéndole, si mi
memoria me es fiel, algo más o menos así:



–Liz, mija, estamos tratando de estudiar; ¿por qué no te
abstienes de ver televisión sólo por este ratito? Este muchacho tiene mañana su
examen y es realmente importante que lo pase.



Pero la terquedad infantil se puso sus moños y alegó
incoherencias queriendo justificarse y queriendo no verse sojuzgada por la
figura materna:



–Pero mami... quiero ver tele... además ya hice mi tarea...
y... y... y este programa está bien chido.



La mamá insistió:



–¡No te lo estoy pidiendo de favor, Elizabeth –exclamó con el
típico tono que manifiesta una madre cuando pretende imponer su autoridad– te
estoy diciendo que vayas a tu cuarto o a cualquier otro lugar donde no nos seas
una molestia!



Mi maestra fue incapaz de dominar a su cría cuando esta
última dijo:



–Pero yo no puedo irme a otro lugar a ver la tele y ustedes
sí pueden estudiar en otro lado. ¿Por qué no se van a tu cuarto, mami?


(Oh, Dios bendiga a esta bebe por sugerir tal cosa)


–No, mija, como crees...


–A ver por qué no.


–Porque no.


–Dime porque no.



Mi maestra y yo nos miramos fijamente a los ojos, con
inseguridad y expresando con ellos: ¿Qué cojones hacemos con esta niña? Hasta
que yo contesté:



–No veo por qué no continuar en su cuarto, maestra.



No sé ni por que lo dije, pero la cosa es que me escucho y
accedió a ello.



Una vez ya en su alcoba en lugar de concentrarnos en el
estudio, distrajimos nuestra atención y charlamos un poco. La verdad es que en
la semana transcurrida ambos nos conocimos mejor, o más bien dicho, descubrimos
que las conjeturas que habíamos hecho, ella de mí y yo de ella, acerca de
nuestra forma de ser, era falsa, una quimera absoluta engendrada por el juicio a
las apariencias. Así que a ambos nos llegó una curiosidad por conocer nuestras
verdaderas identidades. Y que mejor método que una charla intima.



Platicamos de mucho: del por qué me importaba poco la
escuela, de mis relaciones familiares, de sus relaciones con sus hijos, del amor
y el noviazgo y de otras tantas tonterías.



Tal vez mienta, tal vez proyecté en ella lo que yo sentía y
me hice a la idea de que ella también hizo prejuicios sobre mí y que deseaba
conocerme como yo a ella. Pero el pedo es que me dieron unas ganas ávidas de
saber de sus cosas personales y sobre lo personal versaron mis preguntas. Le
interrogué acerca de su esposo: que hacía, como se llevaban y cómo lo conoció.
El güey resultó ser dentista y la dejaba sola en casa hasta las 9:00 cuando
llegaba después de haberles metido las manos en el hocico a tantos cabrones.
Seguí haciéndole cuantiosos cuestionamientos, y no recuerdo cuando empecé a
explorar más profundo (íntimamente profundo) al punto que ose preguntarle de sus
novios de juventud y de la última vez que hizo el amor. Fue en ese momento
cuando me di cuenta: mi maestra me gustaba.



Al escuchar como con un poco de pena trataba de evadir mis
preguntas, me calenté; la verga se me paró. Mientras ella me respondía con
evasivas y cambiaba el tema para impedirme proseguir con las interrogantes
escabrosas, yo le miraba los pechos, ubicando mi óptica por encima de su blusa.
Ella es tetona y su sostén mantenía firmes dichos pechos. Cada segundo se me
antojaba más. Me acerqué a ella despistadamente para rozarle el culo
despistadamente. Tenía puesta una falda negra ese día, una de esas faldas largas
que usan las señoras chapadas a la antigüita. Y coño amigos, he de confesar que
esa mujer tiene la edad de mi madre, pero ese par de nalgas enloqueció a mi
verga e instigó a mi mente a fabricar pensamientos obscenos.



Le di un beso, ambos nos miramos con estupor a los ojos
mientras me sentía arrepentido ( pues creí que haber obedecido a ese impulso
había sido una estupidez), y saboreaba el dejo de su saliva caliente que me
quedó. Apenas perfilaba a despegar sus labios para decir algo, cuado yo, poseído
por la calentura le confesé:



–Maestra, quiero fornicar con usted.


–¿Per-pedón? –contestó ella confundida.


–Quiero fornicarla.


–Fortunato –rió nerviosa–, no bromees...


–No, habló en serio, usted me ha engatusado... es hermosa...
Toque mi pene... está erecto. Usted lo erectó.


–¡Pero niño!, ¿qué te pasa? Soy demasiado grande para ti.
Somos alumno y maestra, jamás resultará. Así que te pido que olvides tus
fantasías, me permitas terminar de enseñarte lo restante, o, si por el
contrario, no quieres desistir de tu loca idea, te vayas de mi casa.



Yo seguí insistiendo y fundamenté mis razones de esta forma:



–Maestra, quizá me equivoque, pero pienso que usted tiene
ganas de una buena cogida, y que de la misma forma que yo la deseo a usted,
usted me desea a mí.



La maestra no paró de verme fijamente a los ojos sin decir
pio. Mas su rostro transmutó y no en uno muy agradable. Consideré entonces que
lo pertinente sería irme sin alegar más. Y así obré, me despedí de ella... sin
recibir respuesta. Y justo cuando iba traspasando la puerta reflexioné, mudé de
parecer y exclamé para mis adentros: ¡Oh al demonio! Regresé con ella, le planté
en su boquita un beso y apreté su coño. ¡Joder! Para hacer semejante empresa sí
que necesité cojones. Acaricié por debajo de la falda sus piernas, continué
besándola, apiñé mi cuerpo con el suyo y emprendí a quitarle el calzón. Ella
presionó sus nalgas con la cama para impedir que su prenda íntima fuese
despojada, me retiró de su humanidad empujando serenamente con sus manos mi
pecho y quiso negarse.



–Fortunato, por favor, esto no es correcto...


–Así es, no lo es –le chupé las tetas por encima de la blusa
y acto continuo se la desabotoné –pero como enloquece a nuestros genitales el
hacerlo.



Mi cerebro ya no entendía razones, la concupiscencia las
redujo a vestigios inútiles; lo que me controlaba era el deseo de coger que mi
verga exigía.  Al parecer esas mismas fuerzas que minaron mi voluntad y colmaron
mi mente de lujuria, persuadieron a mi maestra. Ya no se resistía, dejaba que la
manoseara por acá y por acullá, que le quitara, el calzón y le frotara el culo,
y cuando no hacía lo uno y lo otro, le chupaba las tetas, o en su defecto, le
chupeteaba su tierno cuello. Ella parecía gozarlo.



Hubieran visto ese par de tetas, redondas y embarradas de
saliva; mi verga casi explota cuando las chupé. Luego deslizando mi cara a hacia
la suya, le pedí, suavizando la voz y sin hacer a un lado el respeto que le
tengo, que me regalará el coño.



–Por favor, maestra, acuéstese en la cama boca arriba;
penetraré su vagina.



Ella no desobedeció. Le metí la verga y embestí suavemente.
La neta admito que es de vagina abierta, así que no aprieta el pito como lo
aprieta una virgen. Cosa obvia tomando en cuenta su edad.



–Maestra...


–Dime.


–¿Cuantos años tiene?


–38. ¿Demasiado grande para tus 16, no? –exclamaba a la par
que mi verga exploraba su interior–. Oye, Fortunato...


–¿Sí?


–¿Crees pasar el examen? –preguntaba ella impertinentemente.



Aún así le respondí, al tanto que le flexionaba las piernas
por encima de su abdomen y las usaba para amortiguar mi cuerpo a la hora de
embestir:



–Sí, sí creo pasarlo.



Entonces absurdamente me dio este discurso, por así llamarlo:



–Finalizando la edad media algunos artistas italianos,
florentinos para ser exactos, revivieron el arte griego, esa bella forma de ver
el mundo, y dieron creación a la era que dio pie al estudio de las ciencias como
tales y al pensamiento, no de Dios sino del hombre...


–¿Ma-maestra...? ¿qué está haciendo? –le pregunté sin parar
de machacarle el coño y muy pero muy confundido.


–Te estoy hablando del Renacimiento –contestó hablando con
discreción, conservando su fachada de mujer pudorosa–. Es el capítulo último de
nuestro curso.


–Olvide eso, maestra, y dediquémonos a copular.


–No. "¡puf!"... Yo te impartí este curso particular para...
"¡uff!" que aprendieras todos los temas que marca el programa y pasaras con 10.
así que continuemos... ¿Me... me oíste?


–Sí.



Mi maestra... siempre preocupándose por mí.



No fue gran proeza para mí memorizar sus enseñanzas, estando
ocupando al mismo tiempo en copular y devorarle con mis manos las tetas. Sus
esféricos órganos estaban excitados; sus pezones, minúsculos cual si fueran
uvas, erectos y duros. La lujuria se convirtió en amo de mi maestra; lo supe
cuando me pidió este favor:



–Fortunato... este... bueno... –divagó con inseguridad– ¿Te
gustaría hacerme sexo anal? Tengo largo tiempo de no ser partícipe de esa
actividad.



Como podrán imaginar, no sólo no me negué, sino que acepté
gozosamente.



–Ándale, así mero –decía ella–. Méteme tu miembro un poco más
despacio... ¡Ay!... "puff"... No creí que mi esfínter batallara tanto en abrirse
... vamos métemelo todo... Ahora sácamelo y vuélvemela meter una y otra vez. Oye
–me indicó volviendo la cabeza hacia mí–, ¿qué tal si mi hija sube y nos
sorprende o llega mi esposo o nos sorprende también?


–Usted no se preocupe... –le dije en un intento por calmarla,
pues no quería que suspendiera las cosas.


Ella me hizo caso y seguimos cogiendo, pero al poco rato, su
nerviosismo se hizo patente. Así que por petición suya nos movimos cerca de la
ventana donde podía ver cuando su esposo llegara. Además de que estuvo con la
mirada clavada en la puerta por si subía su hija.



Tras eso, y estando todavía contiguos a la ventana, me senté
en una silla por indicación suya, y continué enculándola una vez que hubo
enchufado su ano en mi pene. Su culo gordo yacía sobre mi ingle y mi vientre.
Sus nalgas estaban calientes. Rodee su cintura con mis manos y la acerqué a mí.
Ella continuamente sacaba su culo de mi verga y lo volvía a meter de trancazo
para sacarlo de vuelta y repetir la operación. Meneaba su culito jugando con mi
verga y acomodándosela a su antojo. Mantuve mi brazo izquierdo rodeado a su
cintura, pero el otro lo emplee para masturbarle su vagina. Con el dedo índice
froté sus labios húmedos, le piqué la cueva donde se alojan gozosos los pitos
parados y enardecí su placer al doble dándole al clítoris unas cuantas caricias.



–Fortunato –dijo sentándose sobre la cama–, no seas malo y
obedece lo que voy a pedirte. Vístete. Hemos llevado esto muy lejos y es hora de
ponernos "un hasta aquí".


–Pero, maestra, no podemos parar esto. Aún no, no he
eyaculado.


–Yo, lo... lo... siento –divagó; entonces me le acerqué, le
frote un seno y la besuquee a la par que ella hablaba–. Me deje llevar, hice
caso a la voz de lo sensual y no a la de la templanza...



Valiéndome madre lo que me decía, la empuje con delicadeza
hacia la cama y continué fornicándola, tratando de instigarla una vez más.



–Por favor... –dijo denotando inseguridad –mi esposo podría
llegar y... y... ¡Ay! "puff"… y… y...


–Vamos, maestra, relájese; me gusta lo que estamos haciendo.


–Me arriesgo demasiado...


–Así es, y se lo agradezco.


–Debemos de aguantar la tentación, porque... porque... oh
sí... por yo...



Su voz se volvió un susurro que no tardó en desaparecer y sus
tetas erectas y sus jadeos me advirtieron que la calentura se había adueñado
otra vez de ella. No obstante, le restaba un poco de cordura, o así lo pienso
yo, pues cesó de negarse pero ya no contribuía en nada, sólo permanecía allí
acostada, dejando que mi pito la invadiera, preocupada y pensativa pero con la
mente caliente.



Me acosté de perfil en la cama, a su lado y le comí el coño
con la esperanza de que ella hiciera lo mismo con mi verga, cuyo glande rozaba
sus mejillas. Un par de minutos transcurrieron y mi miembro no recibió mamada
alguna, y creí que ya no iba a gozar favor parecido de su parte. Pero no cesé de
chuparle el coño, recorría con mi lengua sus labios vaginales y celebrábamos un
cambio de saliva y flujos. Su clítoris se excitaba cada vez más, mi maestra se
ponía jodidamente cachonda y le era difícil disimularlo. Tratando de sacar
partido de ello, puse todo mi esfuerzo en devolverla a su estado de fornicadora
activa. Estiré mi brazo izquierdo, lo pase entre sus dos piernas y con el dedo
índice le piqué el culo, manoseé sus muslos y nalgas con la otra mano, al mismo
tiempo que a su coño peludo le hacía sexo oral.


Era claro que ella estaba caliente y que más, difícilmente
podría estar, así que como no continuó me resigné, pues no consideré honesto
aprovecharme de su debilidad carnal. Además ella ya no iba a seguir fornicando;
o al menos eso pensé. Y pensé erróneamente. Con la intención de finalizar
(frustrado, muy frustrado) le di una última la mida al coño y como capricho le
arranqué de su pelvis un pelo; acto continuo mi verga ardió por los concursos
que en ella la mujer celebraba. Yo quería que me la mamara, ¡moría por una buena
mamada!, pero en lugar de ello me masturbó. Y no me quejo, lo hizo muy bien.


Nos tiramos al suelo; ella boca abajo y las tetas aplastadas
en el piso; yo le jodía el culo, simplemente le jodía el culo. Luego cambiamos
posiciones, ella arriba, yo abajo; el maldito suelo estaba frío, golpeaba con su
dureza mi cóccix cada que su ano se insertaba en mi miembro y sus nalgas
golpeaban con fuerza mi pelvis.


–Fortunato, estoy agradecida por esta grata experiencia que
me has brindado –me dijo expresando en su fisonomía inocencia y al tiempo que se
echaba sobre mí cara a cara–; realmente lo estoy disfrutando, pero ahora
culminaré esto, lo quieras o no; tengo que encargarme de mis tareas domesticas y
tú ya vas tarde a casa y has de tener tarea por hacer– se encuclilló, y fue allí
cuando volvió a masturbarme–. Lo tiras en la basura, niño –agregó, acercándome
un cesto de basura para eyacular en él.


Así era como ella quería terminar las cosas, la verdad lo
estaba disfrutando como no pueden imaginarse; pero lo que mi verga quería era
culito.


–Maestra, es muy buena en esto. Pero si se la doy por detrás,
lo disfrutaré más. ¿Puedo?


–Está bien, pero tendrás que prometerme que pasarás con 10.


–Lo prometo.


–Por enésima ocasión se la metí por el trasero; más esta fue
diferente, encajé mi verga hasta donde cupo, el glande exploró su intestino
grueso y las embestidas fueron duras. Mi placer se triplicó, quería estrangular
a mi verga... eso intenté. Con mis manos apreté fuertemente sus nalgas,
contrayéndolas hacia el centro, de modo que aprensaban mi órgano, continué
cogiéndola y cada perforación fue un deleite para mi miembro y para su culo.
Ella pujaba y pujaba... el placer la estaba matando.


Imagínenos fornicando; ella y yo; días antes ella era mi
maestra, en esos momentos sus enseñanzas versaban sobre algo diferente.


Justo cuando la calentura ostentaba los limites humanos
ocurrió la embarazosa intromisión que la cagó reculero. Sí, así es, adivinaron,
el hijo de puta de su esposo llegó. Afortunadamente tuvimos la precaución de
dejar la ventana abierta, y gracias a ello escuchamos el ruido que emitió el
carro al llegar. Lo vimos al asomarnos.


–¡Oh no, ya está aquí mi esposo!


–¡Vieja, ya vine! –gritó el cabrón.


Ambos nos quedamos estupefactos.


–¡Quítame esta cosa de aquí! –exclamó refiriéndose a mi pito.


–Ya voy, ya voy –lo retiré de su culo y rápidamente me ocupé
en vestirme; ella hizo lo mismo con mucha destreza y desesperación. Aquél ya
venía subiendo las escaleras, sus malditos pasos resonaban en mis oídos e
incrementaban nuestro temor. Ella vistió mis calzones, no se puso brasier, se
abotonó mal la blusa y se olvido subirse el cierre de la falda; y yo... pues
bueno para que les cuento. Su esposo abrió la puerta en el momento en que
terminamos de vestirnos. Era un viejo panzón de barba corta pero desarreglada,
con indumentaria formal y oscilaba entre los 45 años, casi cincuentón el vejete.


–Eugenia... musitó él, confundido.


–Nosotros es-taba-ba... mos estudian... ando y... –tartamudeó
ella embarazada.


Al no poder cuentearlo, prefirió callarse. Él se hizo de la
vista gorda, o más bien se hizo el pendejo pues no vio nada pero lo sospecho
todo y nada dijo. Entonces me pinté de colores diciéndoles:


–Bueno... ya me tengo que ir. Adiós.



Me fui y los deje solos. Ignoro si a mi maestra su esposo le
preguntó algo, o le pidió una explicación o si la regañó o si la golpeó. Pero
cambiando de tema pasé con 10. ¡Je-je!


Me divertí mucho jodiendo el ano de mi maestra, lo gocé
demasiado, ella lo gozó demasiado. Pero lo peor nos llegó al final: yo me quedé
con el pito bien parado y sin correrme y a ella si que le sudo el culo.


Y esa es la verdadera historia."


Hubo hablado así Fortunato a sus amigos, contándoles todo
circunstanciadamente, dejándolos igual de incrédulos que antes. A unos los
convenció y a otros les motivó la risa lo increíble del relato. El área se
despejó, la mayoría de los jóvenes hizo comentarios como este al retirarse:


–Pinche vato loco... ni que fuéramos pendejos...


Fortunato no lo podía creer, la credibilidad de su relato era
escasa, el contarlo la redujo, cosa razonable.


FIN


 



Relato: Mi maestra
Leida: 1182 veces
Tiempo de lectura: 14 minuto/s





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