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Relato: Crímenes sin castigo

Relato: Crímenes sin castigo

  

CRÍMENES SIN CASTIGO





El 10 de julio de 1.898 y en la localidad francesa de Tarbes,
la señora Dominique Cirogue, de cuarenta y ocho años, apareció asesinada en su
domicilio. Le habían rabanado el cuello de oreja a oreja. El cadáver lo
descubrió su hija de dieciocho años, Laura Betancourt, a las nueve de la mañana
cuando entró en la habitación de su madre para servirle el desayuno. Ante el
espectáculo que se presentó a sus ojos, la bandeja se le fue al suelo y salió
corriendo de la habitación dando alaridos. La señora Cirogue se encontraba sobre
la cama en decúbito supino, con el camisón y las sábanas empapadas de sangre. El
cadáver no presentaba otros signos de violencia


Se avisó a la Gendarmería y dos inspectores de la Brigada
Criminal se hicieron cargo del caso. En una primera inspección se vio que una de
las ventanas estaba mal cerrada, pero no tenía signos de haber sido forzada
desde fuera. Quizá la señora Cirogue se había olvidado de cerrarla. La joven
Laura aseguró que faltaban el joyero de la madre y diez mil francos que la madre
guardaba dentro de uno de los cajones de la cómoda. Al no haber otros signos de
violencia dentro de la habitación, la policía dedujo que alguna persona de la
casa había indicado al asesino en donde guardaba la señora las joyas y el
dinero. Por lo tanto, alguno de la casa estaba complicado también.


El forense dictaminó que la señora Cirogue había muerto entre
las tres y las cuatro de la mañana mientras dormía. Una cosa era indudable, la
persona que la había asesinado sabía utilizar el arma a la perfección. El enorme
corte de la garganta había sido propinado de un solo tajo, con un cuchillo o
estilete tan afilado como una navaja barbera. No había dejado ni una sola
huella, ni siquiera en la ventana, si es que entró por la ventana.


Nadie había oído ruido alguno. En la casa sólo dormía la hija
en el otro extremo de la vivienda, y tampoco ella había oído nada extraño. La
servidumbre dormía fuera de la casa, en las dependencias anexas a ella por una
puerta de dos hojas. La puerta de entrada la cerraba todas las noches el ama de
llaves que era la única persona que dormía en la planta baja y que tampoco había
sentido nada sospechoso.


Se descartó pronto a la servidumbre porque todos ellos,
además de llevar muchos años al servicio de los señores, ninguno tenía motivo ni
móvil para cometer el asesinato. Las declaraciones de los domésticos llevaron a
los investigadores hacia el único y posible asesino.


Pierre Cirogue, un atractivo hombrón de treinta años, había
sido en vida del anterior marido de la víctima, Alfred Betancourt, el capataz de
la finca, de las bodegas y el palafrenero de las famosas cuadras Betancourt. Era
un experto tanto en viñedos como en caballos, yeguas y cría caballar.


Tres años después de la trágica muerte de su anterior marido
en un accidente de caza, Dominique Betancourt, de cuarenta y un años, se había
casado con su capataz y palafrenero de veintitrés.


La policía averiguó que, la casa y las cuadras de los
Betancourt, valoradas en varios millones de francos, pasaban a manos del señor
Cirogue. Un fideicomiso, encomendado a su madre, dejaba heredera a la hija de
dieciocho años, las bodegas y las tierras, herencia que recibiría al cumplir los
veintiún años. Ella declaró a los inspectores que su padrastro era un hombre de
carácter fuerte pero no tenía ningún motivo para creer que fuera el asesino de
su madre. Sin embargo, la servidumbre atestiguó que el señor Cirogue, poco
después de su matrimonio con la señora Dominique, llevaba la propiedad con mano
de hierro y tenía atemorizada a todo el personal, incluidas su esposa y a su
hijastra, pues era violento y despótico. Laura declaró todo lo contrario, que ni
ella ni su madre tenían temor alguno de Pierre Cirogue, pues era amable,
trabajador y honrado sin la menor duda.


Por otra parte, el padrastro, hacía dos días que había hecho
preparar su equipaje para salir de viaje hacia Foix, pero, como siempre, sin dar
explicación alguna del motivo del viaje. Por supuesto, el señor Peirre nunca
daba explicaciones de sus actos a nadie. Era un hombre, adusto, alto y fuerte
como un monolito, de ojos glaucos, casi transparentes, que imponían respeto y
hasta miedo cuando le miraban a uno fijamente. Pierre Cirogue era el más
beneficiado con la muerte de su esposa, pues heredaba todo el patrimonio de la
esposa incluido el fideicomiso de la hija. Según el inspector de policía que
llevaba el caso, Charles Junot, todo apuntaba al marido como la única persona
con móvil suficiente para ser el asesino de la señora Cirogue y sobre él se
centraron las investigaciones.


Pero el gigantesco y adusto marido tenía una coartada
imposible de atacar. La gerencia y los empleados del Hotel Bretaña de Foix,
ciudad a casi doscientos kilómetros de Tarbes, testificaron que el señor Cirogue
estuvo hospedado durante tres días en el hotel y que la noche en que ocurrió el
asesinato, el señor Pierre Cirogue se encontraba cenando en el Hotel con dos
importantes hombres de negocios de la localidad que, a su vez, testificaron que
Pierre Cirogue estuvo con ellos, no sólo la noche del crimen, sino también el
día anterior y el siguiente. El señor Cirogue se había desplazado a Foix para
comprar unos terrenos en los que existían fuentes de aguas medicinales. Deseaba
construir un balneario. Los personajes con los que había permanecido en
conversaciones durante aquellos tres días era gente tan importante como el
Alcalde, el Notario y los propietarios de los terrenos por los que se interesaba
el señor Cirogue. Durante aquellos tres días no se había movido de Foix. El
inspector Junot, descartado el señor Cirogue, siguió con las investigaciones
durante un tiempo, pero no encontró pista alguna que les llevara a la detección
del asesino.


Después de la muerte de su esposa el señor Cirogue no compró
los terrenos ni construyó ningún balneario en Foix, pero siguió desapareciendo
de la hacienda Betancourt de cuando en cuando y algunas veces acompañado de
Laura. Cuando salía de viaje con su hijastra, Pierre se convertía en otro hombre
completamente diferente. Era amable, simpático, generoso, y siempre dispuesto a
complacerla. Alto y atractivo, Laura se daba cuenta de que las mujeres la
miraban con envidia cuando la veían cogida de su brazo creyendo que era su
marido. Se sentía complacida y orgullosa de que lo creyeran. Lo conocía desde
que tenía seis años, cuando su padre lo contrató en París como capataz y
palafrenero de sus bodegas y cuadras. Aún no había cumplido los veinte años y ya
era un hombre alto y atractivo por el que se sintió atraída desde el primer
momento. Cierto que tuvo un gran disgusto cuando se casó con su madre, aunque
comprendió que a los once años era demasiado niña para que Pierre se casara con
ella.


Pero ahora, transcurrido un año de la muerte de su madre, y
con diecinueve recién cumplidos, estaba segura de que Pierre la pediría en
matrimonio. Era guapa, joven y las tierras y las bodegas que recibiría dentro de
dos años la convertirían en una de las mujeres más ricas de la comarca.


Pasaba el tiempo sin que Pierre se decidiera a casarse con
ella pese a las veladas insinuaciones de Laura. Lo que Pierre hizo una noche,
cuando ya todos dormían en la hacienda, fue ir a su habitación completamente
desnudo, encender la luz y pasar el cerrojo. Ella se incorporó mirándolo
extrañada. Al bajar la vista y ver su erección creyó que se desmayaba. La
congestionada verga era casi tan larga y gruesa como la del semental cuando se
apareaba con las yeguas en la cuadra. Incluso daba sacudidas contra el vientre
igual que hacia el semental antes de copular con la yegua.


Él le quitó el camisón si decirle ni una palabra, le separó
los muslos abriéndole el sexo con dos expertos dedos, para apuntalar la
gigantesca erección a la entrada de su vagina. Supuso que difícilmente podría
poseerla, pero siguió expectante y deseosa en espera de poder sofocar sus
gritos. Cuando la gigantesca verga comenzó a hundirse creyó que la partiría en
dos y le pidió sofocada que fuera despacio, pero él siguió desflorándola sin
miramientos, hundiéndole la descomunal herramienta con fuertes golpes de caderas
y tapándole la boca con la mano para sofocar sus gritos, mordiéndole los pezones
y dejando en sus senos, casi adolescentes, las señales de sus dientes de lobo.
Se quedó atrancado sin poder seguir adelante. La cogió por las nalgas
apretándola contra su pene con sus fuertes manos de gigante para hundírsela
hasta la raíz de un furioso golpe. Se desmayó de dolor cuando el grueso y duro
glande golpeó salvajemente el útero en el fondo de su desgarrada vagina.


Cuando despertó estaba encima de él, encajado hasta la gruesa
raíz, sus grandes manos apretaban sus nalgas contra la erección, como si
quisiera atravesarle todo el cuerpo con su gigantesco falo. Sintió los
abundantes borbotones golpeando violentamente en el fondo de su vientre dolorido
y, pese al dolor, disfrutó con él, bañándole con sus zumos. El intenso y
delicioso orgasmo que experimentó fue como un bálsamo para su dolorido sexo.


Durante dos horas la estuvo amando sin parar ni un solo
momento, haciéndola gozar con orgasmos profundos e intensos cada vez que sentía
dentro de su cuerpo las calientes emisiones de semen inundándola bestialmente.
Cinco veces lo sintió eyacular sin que disminuyera su potencia viril y otras
tantas lo inundó ella a él. No podía evitarlo, cada vez que sentía sus potentes
y algodonosos golpes, disfrutaba con delirio a su compás.


Aquella noche debió de haberlo odiado para toda la vida,
pero, cuando se marchó tan en silencio como había llegado, se durmió
plácidamente sobre la humedad de su propia sangre y del semen que chorreaba de
su tumefacto sexo. Cuando él se marchó se admiró que siguiera tan erecto como al
principio y tuvo la impresión de que le habían arrancado un trozo de carne de su
vientre.


Al día siguiente, casi de madrugada, tuvo que cambiar las
sábanas, manchadas y acartonadas a causa de su salvaje desfloramiento y del
abundante semen que chorreó durante toda la noche de amor desenfrenado.


Esperaba impaciente la hora de volver a verlo y bajó a
desayunar esperando encontrarlo, pero él no apareció. Quien sí apareció fue el
inspector Junot preguntando por el señor Cirogue. Pero el señor Cirogue no
estaba en casa y el coche de caballos tampoco. Había marchado de viaje y, como
siempre, sin dar explicación alguna.


Aquel día los inspectores de la policía le explicaron que, un
mísero hampón de lo más bajo del barrio chino marsellés, apodado "Tranchoir"
que, durante un tiempo había desaparecido de los bajos fondos, regresó de pronto
a la ciudad haciendo alarde de una prosperidad impropia de su condición de chulo
de tres al cuarto. La policía se interesó por la súbita prosperidad del hampón.


Las investigaciones llevaron a los policías hasta la casa de
un conocido perista donde "Tranchoir" había vendido joyas por valor de varios
miles de francos. Le presentaron las joyas que ella reconoció como
pertenecientes a su madre. En el registro llevado a cabo por la policía en el
domicilio de " Tranchoir" se encontraron otros cincuenta mil francos escondidos
dentro del colchón. La deducción era lógica, alguien había pagado al hampón de
Marsella para asesinar a la señora Cirogue. Sólo se necesitaba la declaración
del hampón para detener a su cómplice. Aunque la policía creía que el señor
Cirogue tenía mucho que decir para ayudarles en sus investigaciones, Laura les
dijo que estaban completamente equivocados si creían que el señor Cirogue tenía
algo que ver con el asesinato de su madre; él se encontraba en Foix cuando la
asesinaron. Eso ya lo sabían los policías pero necesitaban hablar personalmente
con el señor Cirogue. Debía presentarse en comisaría en cuanto regresara de
viaje para prestar una segunda declaración. Laura prometió decírselo en cuanto
volviera a verlo.


Regresó una tarde, al cabo de cinco días, pero no pudo hablar
con él hasta la noche. Durante la cena ella le explicó todo lo que la policía le
había dicho. Pese a que le habían sugerido que él sabía mucho sobre el asesino
de su madre, aunque se encontrara en Foix la noche que la asesinaron, ella
comprendió que no le preocupaba la opinión de la policía. Él la escuchó en
silencio, sin interrumpirla ni una sola vez, hasta que ella preguntó anhelante:


-- ¿Tú conoces al asesino de mamá?


La miró con ojos inexpresivos y preguntó a su vez:


-- ¿Crees que si lo conociera estaría vivo?


-- ¿Qué quieres decir? No te entiendo.


-- Que si supiera quien es ya estaría muerto.


-- ¿ Lo habrías matado?


-- Por supuesto - respondió tranquilamente.


-- No puedes tomarte la justicia por tu mano. Te enviarían a
la cárcel ¿ No lo comprendes?


-- Seguramente, ¿y qué?


-- Yo no podría soportarlo, Pierre. Me moriría sí...


-- ¿Tanto me quieres?


-- Ya sabes que sí.


-- ¿Tanto como para casarte conmigo?


-- ¡Oh, cariño!, creí que no me lo ibas a pedir nunca -
respondió ansiosa.


-- Aquí no podemos casarnos, Laura. Tendríamos que venderlo
todo y empezar en otra parte.


-- Pues vendámoslo todo, y vámonos a donde nadie nos conozca.


-- ¿Te gustaría vivir en Cuba?


-- Con tal de estar contigo, cualquier sitio me gustará.


-- De acuerdo. Pero no hagas ningún comentario hasta que
llegue la hora. Empaqueta lo que quieras llevarte, pero sin que se den cuenta
¿comprendes?


-- Claro que sí, cariño. Pero deberías hablar mañana con los
inspectores de Marsella, creo que se han quedado en Tarbes sólo para
entrevistarse contigo. ¿Irás a la comisaría?


-- ¿Para qué? Ya saben en donde vivo. Anda, vámonos a dormir.


-- Eva se dará cuenta, no sería mejor...


-- No te preocupes por Eva, duerme abajo y no se atreverá a
entrar en mi habitación. ¿Qué té pasa ahora? ¿Por qué pones esa cara?


-- Es que en la cama de mi madre...


-- La cama de tu madre es mi cama. Si no quieres venir,
dejémoslo estar.


-- No es eso, es que me da no sé qué.


-- Tonterías, Laura. Mi cama es más ancha que la tuya. Vamos.


Ella le siguió dócilmente, se dejó desnudar mientras él le
lamía la carne que iba descubriendo. La acostó en la cama y, mirándola con ojos
de hambriento, comenzó a desnudarse.


La erección aún le pareció mayor que la de la noche anterior,
no se explicaba como pudo entrar dentro de su pequeño sexo. Sin embargo, cuando
le separó los muslos y creyó que iba a poseerla él metió la cabeza entre sus
mulos. Lo que siguió la hizo barritar de placer a los pocos minutos. Se desmayó
al segundo orgasmo. Volvió a despertarse ante la enervante caricia. Cuando
finalmente la enorme virilidad quedó a la altura de su boca, él le dijo lo que
deseaba. No pudo meterse en la boca más que el grueso glande que lamió con la
lengua mientras sentía en su sexo la caricia de la lengua masculina, sorbiéndole
el clítoris. Nunca hubiera imaginado que le diera tanto placer aquella caricia;
tanto, que gozó abundantemente sintiendo como él aspiraba sus zumos,
tragándoselos furiosamente. Estuvo a punto de ahogarse cuando el primer borbotón
le llenó la boca. Tuvo que tragarlo porque al siguiente borbotón fue tan rápido
que le corría por la barbilla. No le gustó el amargo y salado sabor, pero como
él se tragaba el suyo sin dar muestras de asco, hizo de tripas corazón y siguió
tragando los abundantes y espesos borbotones hasta que dejó de manar.


La poseyó de nuevo furiosamente, clavándole en la viscosa
vagina la mitad del tremendo mástil de un solo golpe. Se quejó y de nuevo le
pidió que fuera más despacio, pero, al igual que la noche anterior, se lo encajó
hasta la gruesa raíz al segundo golpe. Luego se giró en la cama arrastrándola
sujeta firmemente por las nalgas, con el pene hundido en su vientre hasta
golpearle el útero con sus roja y dura cabeza. Comenzó a bombearla con largos y
feroces embestidas que la transportaron rápidamente al clímax, inundándolo con
son sus zumos, mientras ella gemía de placer entre sus brazos. Casi al instante
sintió en el fondo de su vientre, mezclándose con su néctar, los copiosos
borbotones del espeso y tibio semen del orgasmo masculino, los labios del hombre
sobre los suyos mientras eyaculaba, la mordían furiosamente hasta hacerle daño.


Después de dos orgasmos creyó que se detendría para
recuperarse. Sin embargo, el hombre siguió sacando y metiendo en su vientre la
gigantesca y dura barra de carne, aunque con un vaivén más lento.


Al igual que la noche anterior se mantuvo dentro de ella duro
como el granito, bombeándola sin parar ni un minuto, gozándola cinco o seis
veces más y haciéndola gozar a ella otras tantas veces con su potencia casi
demoníaca.


A partir del sexto orgasmo, él se detuvo tan excitado y duro
como al principio y ella se durmió encima de él, completamente exhausta y
desmadejada, pero feliz y contenta por el doble motivo de que pronto sería su
esposa y de que él la deseara con tanto ardor.


Al día siguiente Pierre Cirogue no acudió a la policía, tal y
como le había advertido ella el día anterior. Pero la policía si volvió a la
hacienda Betancourt y se lo llevó esposado bajo la acusación de doble asesinato.
Laura quería seguirlo pero él le indicó con una calma que impresionó a los
mismos policías que se mantuviera tranquilamente en casa; dentro de unos días,
una vez aclarado el malentendido, regresaría para siempre.


Desgraciadamente, la policía no consiguió encontrar al
"Tranchoir" en todo Marsella. En los círculos por donde se movía el hampón nadie
sabía nada, y aunque lo supieran tampoco se lo dirían a la policía. La policía
había detenido a su principal sospechoso, el señor Cirogue, al que detuvieron no
sólo como presunto culpable de haber pagado al "Tranchoir" para que asesinara a
su esposa, sino también de haber asesinado al hampón para evitar verse
implicado.


Pero la acusación tenía que probar los asesinatos para
sentarlo en el banquillo y llevarlo a la guillotina. Todas las pruebas se
basaban en suposiciones, no pudieron probarle nada y su abogado defensor
consiguió el sobreseimiento del juicio por falta de pruebas.


No fue hasta un mes mas tarde que apareció el cadáver del
"Tranchoir" flotando en el muelle de Marsella con una cuerda de piano en torno
al cuello.


A finales de 1.900, Laura Betancourt y Pierre Cirogue
vendieron la hacienda Betancourt fijando su residencia en París durante un
tiempo. A principios de 1.901, estando Laura en avanzado estado de gestación,
desaparecieron de París sin dejar rastro.


Los capítulos que siguen darán cumplida cuenta de la vida
íntima de Antonio Diego de Quiroga y Ossorio. Son tan increíbles como
pornográficos, por lo que aconsejo a los lectores demasiado sensibles se
abstengan de leerlo y regalar el libro a personas de sensibilidad poco
desarrollada y de moral tan elástica como las ligas que antiguamente utilizaban
las señoras en sus rollizos muslos para sujetar las medias, antes de que se
descubriera el liguero.



Me parece una chorrada larga como una estalactita del
plioceno que un hombre y una mujer, por ser madre e hijo o padre e hija, si lo
desean y se gustan, no puedan follarse a placer. ¿O es que la especie humana se
multiplicó por generación espontánea? ¿Qué hizo la primera pareja de homúnculos,
primates o lo que sea, de donde descendemos, para multiplicarse? Por fuerza
tuvieron que follarse padres e hijas e hijos y madres, hermanos y hermanas sin
más trabas que su propia necesidad fisiológica. ¿Que engendrar entre personas
con parentesco de primer grado lleva a la degeneración de la raza? Ya se ve por
los resultados a que han llegado los descendientes de aquel primer homúnculo de
hace ochocientos mil años.


Comprendo que no es normal que se enamoren, hermanos y
hermanas, padres e hijas y madres e hijos. Es antinatural, pero cuando ocurre
¿por qué cojones tenemos que meterlos en la cárcel y anatematizarlos si los dos
están realizando lo que desean? Si están enamorados, si se quieren y los dos se
gustan ¿por qué no pueden follarse si el cuerpo se lo pide?


Imaginemos por un momento que clonamos dos seres humanos,
hombre y mujer. Que se conocen y que se enamoran sabiendo que son clonados de su
padre y de su hija, o de la madre y de su hijo. ¿Qué pasa si estos dos clónicos
se gustan y desean hacer el amor, tener hijos, fundar una familia? ¿Pueden o no
pueden hacer el amor? ¿Los meterán en la cárcel por incesto, o los dejaran en
libertad de hacer los que les apetezca? That is the question.


Quizá quien me lea crea que estoy loco, que mi moral es del
pleistocénico, o que soy un pervertido y un degenerado. Puede ser. Pero yo creo
que todo se reduce a no seguir las llamadas aberraciones que condenan las leyes
morales de algunas sociedades. Porque, en definitiva, moral es un árbol moráceo
de flores verdosas y cuyo fruto es la mora. Aunque también, según otra acepción,
es la ciencia del bien apreciada por el entendimiento. ¡Coño! Pero esto será
para algunos individuos, no para todos. El asesino múltiple, no tiene la misma
moral que el cura follador de feligresas ansiosas que, al fin y al cabo, si no
se pone un condón, está cumpliendo un mandamiento divino: ¡Creced y
multiplicaos!


La ley coránica, en su Sura IV, por ejemplo, no condena que
un hombre tenga cuatro mujeres, siempre que las pueda mantener, y si no obedecen
las órdenes del marido éste puede sacudirles una somanta que la deje baldadas,
siempre que les pegue, sobre todo si está en España, sin dejarles señales, según
escribe un sacerdote mahometano residente en el Sur de España. Me parece muy
justa dicha ley, porque hay mujeres que no hay cristiano que las aguante.


En algunas islas de la Polinesia, la poliandria, todo lo
contrario de la poligamia, es perfectamente legal. Esos isleños polinesios, son
mucho más inteligentes que todos los filósofos occidentales que, como
Shopenhauer y otras vainas de tal jaez, ponen a la mujer como chupa de dómine,
sea cual sea su condición sin parar mientes en que son hijos de mujer.


El prócer católico de comunión diaria tiene, cuando menos,
dos o tres de amantes, siempre que sepa disimularlas y guardar las formas de la
sociedad en que vive.


¿Qué cura, obispo o cardenal no pasó a cuchillo a unas
cuantas feligresas de su grey en cuanta ocasión se le presentó?


¿Qué mujer, aún la más honesta, haciendo el amor con su
marido, no lo ha engañado con el pensamiento con otro hombre alguna vez mientras
realizaban el coito? Lo mismo podríamos decir, corregido y aumentado, del hombre


¡Qué mentirosos somos todos, y que hipócritas! ¡Cuántas
sorpresas si pudiéramos leer los íntimos deseos y pensamientos de las personas!


Tengo para mí que tan perversa es la hipocresía de la moral
establecida por la sociedad, como hipócrita es su transgresión por aquellos que
juzgan execrables el amor entre parientes de primer grado, segundo, tercero o
décimo. Porque... díganme: ¿Es el autista culpable de su autismo? ¿Es el
homosexual de nacimiento culpable de su inversión sexual?


Menos mal que, por no citar nombres, en algún país por lo
menos, empiezan a darse cuenta de que las leyes morales vigentes hasta después
de mediado el siglo XX, resultaban anacrónicas. En dicho país, casar a los
invertidos no es un delito; dejarles adoptar hijos tampoco, que las hembras del
género humano sean ordenadas sacerdotisas no debe escandalizar a nadie más que a
los que, hasta ahora, tienen el privilegio de perdonar nuestros pecados en
nombre del Ser Supremo y de enterarse de nuestros pecados más íntimos,
aprendiendo de paso posturas y modos de hacer el amor que nunca se les hubieran
ocurrido. Estoy seguro de que, las sacerdotisas, pueden perdonarnos nuestros
pecados, e incluso remediarlos, mejor que los sacerdotes, pues que éstos no
tienen vagina. Incluso, los del mismo género, podrían consolar a los gays y a
las lesbianas.


Porque, al fin y a la postre ¿Qué es el pecado?


Dice nuestro diccionario de la Lengua Española que pecado es,
en sus varias acepciones, lo siguiente:



1º.- Hecho, dicho, deseo u omisión contra la ley divina. (Ahí
queda eso)


2º.- Cosa que se aparta de la recto y justo o que falta a lo
debido. (Como, por ejemplo, no pagar las multas de tráfico, ni el IRPF, ni el
IVA. Etc.)


3º.- Exceso o defecto en cualquier línea. (En una Escritura
Notarial, por ejemplo)


4º.- Figurado y familiarmente: El Diablo. (Casi nada)



En otro Diccionario Enciclopédico de 1.962 puede leerse lo
siguiente:



1º.- Transgresión de algunos de los preceptos de la ley de
Dios, por pensamiento, palabra u obra. (¡Nada menos que por pensamiento!)



Y según ésta ínclita enciclopedia, existen los pecados
siguientes:



1º.- Pecado actual.-2º.- Pecado contra natura.-3º.- Pecado de
bestialidad.- 4º.- Pecado de comisión.- 5º.- Pecado de omisión.- 6º.- Pecado
habitual.- 7º.- Pecado material.- 8º.- Pecado mortal.- 9º.- Pecado nefando
(Igual que el 2º) - 10º.Pecado original (Y encima con el que todos nacemos por
culpa de Adán ¡Casi nada!) - 11º Pecado venial etc. No continúo porque hay tres
páginas de pecados diferentes.



¡¡Vamos, que Dios se ha entretenido durante millones de años
en buscar pecados a diestra y siniestra para hacernos la vida imposible!!


Pero yo me pregunto: Si con suficientes millones de euros se
pueden transgredir, como se transgreden, el sacramento del matrimonio, (como,
por ejemplo, la anulación eclesiástico con varios hijos en dicho matrimonio) de
los que son depositarios absolutos todos los papas y repapas de todas las
religiones, ese Dios al que se ofende pecando sobre alguno de sus mandamientos,
resulta ser un mercachifle que se está haciendo archimillonario contraviniendo
sus propias leyes.



Si existe un Ser Supremo, está ciego y sordo hace tiempo pues
de lo contrario ya hubiera remediado las atrocidades cometidas en Biafra, Sudán,
Chechenia, Los Balcanes, Venezuela, el 11-S y el 11-M, (por citar sólo las más
recientes), entre otras mil calamidades que padecen sus hijos, sobre todo los
que no tienen un puto duro.



Así, pues, las almas pudibundas de conciencia extra sensible,
dejen los siguientes relatos antes de continuar con su lectura y quémenlos en la
hoguera como se quemaba a las mujeres acusadas de brujas durante el medievo que,
amarradas de pies y manos, si no lograban flotar en el agua, se ahogaban sin
remedio; lo cual demostraba de forma palpable su brujería.


 



Relato: Crímenes sin castigo
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