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Relato: Mi cuñada

Relato: Mi cuñada

  

Me encontraba en la puerta de casa de mi cuñada, Azucena,
eran las tres y media de la tarde de un día de invierno, mi nerviosismo era
evidente, mis manos temblaban, mitad frío, mitad inseguridad, estaba allí para
hablar de los rumores que sobre mis infidelidades iban de boca en boca en el
Hospital, donde compartía trabajo con Azucena.


Azucena, 36 años, no tan agraciada como mi mujer, tiene un
cuerpo espléndido, delgada, culo bien formado, piernas estilizadas, morena de
pelo largo y siempre recogido en coleta, senos firmes pequeños, es una mujer de
fuerte carácter, siempre ha influido en su hermana, Helena, mi mujer, y en el
resto de la familia, sabía llevar la voz cantante, había dominado la voluntad de
mi esposa pues había hecho durante muchos años de protectora de Helena, debido a
la prematura muerte de la madre. Azu había sido un incordio en mi relación con
Helena, pero con el tiempo había ido acostumbrándome a ignorarla, habiendo
conseguido separarla un poco si cabe de su hermana.



Compartíamos trabajo en el Hospital, ambos somos enfermeros
en un gran Hospital de la ciudad, trabajando en diferentes plantas y con
nuestros Turnos no sabíamos prácticamente el uno de otro, hasta la mañana del
día de hoy, cuando a mi teléfono móvil llegó este mensaje de Azucena, CUÑADITO
ESTA TARDE QUIERO QUE ESTES EN MI CASA, VAS A TENER QUE EXPLICAR TUS ANDANZAS, A
TODOS NOS GUSTA PASARLO BIEN, NO ME HAGAS HABLAR CON HELENA, PREPARA UNA BUENA
COARTADA, ESTOY ESPERANDO QUE TE EXPLIQUES.



Desconcertado, por la mañana la llamé repetidamente sin tener
respuesta, temía por cometer alguna torpeza al hablar con Azucena que hiciera
peligrar mi matrimonio, no podía ser que pudiera estar al corriente de mis
infidelidades, pero no existía más salida que dirigirme a su casa y afrontar con
entereza lo que me viniera encima.



Azucena abrió finalmente la puerta de casa, me miró de arriba
abajo haciendo una tímida mueca de desprecio, me invitó a pasar, estaba sola en
casa, compartía la vivienda con mi otra cuñada, su hermana María, la cual se
ausentaba de casa por largos periodos debido a su trabajo.



Mientras empecé a beber una copa que me puse a mi mismo,
Azucena recogía su ropa del tendedor, mostrando indiferencia, pareciendo pensar
para si misma. Finalmente, se volvió hacia mí.



--- Creo que deberías ponerte este delantal y terminar de
recoger mi ropa, no?.



--- A qué te refieres?.



--- A purgar de alguna manera tus pecados, tus infidelidades,
tu arrogancia, tus malos modos…



--- Mira Azucena, siempre había pensado que estabas zumbada,
que no vivías en este mundo, pero esto ya es demasiado, no eres nadie para
insultarme de esa manera, y menos para poner entredicho mi matrimonio, de qué
infidelidad hablas, estas loca, muy loca, demente, te quiero lejos de mi
familia.



--- Quieres decir que le eres fiel a mi hermana?



--- Afirmativo cuñadita.



--- Abre este sobre, y dame una explicación más convincente.



Abrí el sobre, no podía creerlo, varias fotos más que
comprometidas descubrían mi infidelidad, el mundo se me vino abajo, no acertaba
a comprender como era posible que esas fotos, (fruto de una esporádica relación
de varios días) existieran y menos aun que mi cuñada las tuviera en su poder,
sabía que esto acabaría con mi matrimonio, con la confianza y el amor de Helena,
con todo por lo que había luchado tantos años.



--- Azucena, todo tiene una explicación, deja que te diga



--- Calla, maldito mierda, no hay ninguna explicación, sabes
lo que esto supone, lo sabes muy bien puesto que mi hermana nunca lo va a
superar, cómo has llegado a esto, cómo



--- Deja que te explique



--- No hay nada que explicar, vas a terminar de recoger la
ropa y vas a hacer muchas más cosas a partir de mañana, vas a estar a mi
disposición hasta que piense que voy a hacer contigo, a partir de ahora vas a
purgar por tus pecados.



Su mirada era fría como el hielo, un escalofrío me recorrió
todo el cuerpo, recogí el delantal que me lanzó y me dirigí a terminar de
recoger la ropa que había en el tendedor, mirando a Azucena, esperando que
hacer, señalando ésta la plancha, conociendo ya mi nuevo cometido.



Cuando terminé mi tarea, me dirigí a ella para pedir
explicarme.



--- Deja que te diga



-- Silencio, mientras estés en mi presencia permanecerás
callado, te dirigirás a mi como tu ama, y no me mirarás a la cara, quiero que
obedezcas mis órdenes y que cumplas lo que yo te diga, que seas eficaz en tu
tarea, y que en cada momento reflexiones sobre los motivos de tu indigna actual
condición de siervo, ahora sólo quiero que desaparezcas de mi vista, me das
asco.



Cuando salía por la puerta, volví a oír la voz de Azucena.



--- Para mañana quiero que vengas arreglado, traje de
sirvienta, medias, liguero y bragas, el traje de sirvienta te lo podrás poner en
casa, lo demás no, ven sobre las cinco, me pensaré tus tareas para mañana.



No daba crédito a lo sucedido, la tarde la invertí en comprar
el atuendo, pensando en lo que estaba haciendo, sintiendo ridículo, no pudiendo
mirar a mi mujer a la cara, estaba destrozado, sin capacidad para poder encarar
el problema, sin saber hasta donde estaría dispuesta mi cuñada.



Al día siguiente, por la tarde, puntual me presente en casa
de mi cuñada.



--- Buenos días AMA



Un sonoro bofetón me cruzó la cara, haciendo que la bajara,
quedé perplejo y recordando que no debía mirarla a la cara.



--- A ver si las los demás recados has sabido hacerlos mejor,
quítate la ropa.



Rápidamente, quizás para llevar mejor mi vergüenza, me quité
los pantalones, mostrando las medias de encaje negras hasta tres cuartos de mi
muslo, liguero, y bragas también negras a juego, sintiéndome ridículo, pero a la
vez excitado, notaba como mi pene cogía consistencia y se endurecía oprimido por
las bragas diminutas que se me metían entre las nalgas.



--- Veo que esto se te da mejor, quítate los zapatos, ayer te
compré algunos accesorios para que estés más cómodo en casa, toma estos otros de
tacón y esta bola para tu boca, los deberás de llevar siempre que estés en casa,
ahora quítate el resto de tu ropa y quédate con lo que te mande comprar, el
traje sólo lo utilizarás por si el alguna ocasión tuviéramos invitados. Ha
quedado claro?



--- Si, esta claro AMA



--- Bien, también quiero que permanezcas en casa a cuatro
patas, ahora me voy a dar una vuelta, quiero que limpies los suelos, quiero que
esto quede como una patena.



Oír cerrar la puerta fue todo un alivio, sin pausa me puse a
hacer mi tarea, confundido, trastornado, la bola me molestaba mucho, me hacía
mucha presión, pensaba en la excitación que había sentido. A la hora llegó
nuevamente Azucena, vestía una falda corta de color marrón impropia para el
tiempo en que estábamos, botas de tacón de aguja que le tapaban hasta las
rodillas, un jersey ajustado y un abrigo largo, lentamente se fue desvistiendo,
quedándose con un conjunto de braga y sujetador de color rojo. La visión de
Azucena a través de un cristal me estaba excitando sobremanera, y nuevamente
notaba esa opresión dentro de mis bragas, viendo como nuevamente volvía a
calzarse sus botas, andando hasta recostarse en un sillón del comedor,
llamándome seguidamente, acercándome con la cabeza baja a cuatro patas.



--- Quiero que limpies mis botas con tu saliva, perro,
quítate esa bola que no vas a necesitar hablar para hacer esto.



Me acerque a ella y lentamente empecé a lamer sus botas,
empezando por la punta, recorriéndola toda, arriba y abajo. De una patada fui
apartado, quedando en el suelo, sumiso, a un metro de ella.



--- Ahora quiero que sigas chupándome, me consta que lo haces
muy bien.



Incorporándose del sillón se levantó para quitarse las
bragas, restregándolas por mi nariz, volviendo a sentarse, abriendo sus piernas,
mostrando su coño depilado, acercando su cuerpo hacia el borde del sillón para
que pudiera comenzar desde donde me encontraba.



Empecé a lamer sus muslos, acercándome cada vez más a su
coño, el cual desprendía un fuerte olor que me era agradable, comenzando a
chupar sus labios, mordisqueándolos suavemente, terminando por comer su clítoris
durante un largo tiempo, mientras Azucena se retorcía, gimiendo de placer,
insultándome en repetidas ocasiones, siempre recordándome mi condición.



Mi excitación era terrible y pensé que iba a explotar, de un
empujón me retiró, para caerme rendido al suelo, advirtiendo ella el tamaño de
mi paquete, el cual tocó con una mano, sopesándolo.



--- Cuídatelo, alguna vez lo querré bien tieso, ahora coge tu
ropa y vete, pensaré cuando llamarte.



Sin más me vestí, recogí mis cosas y las coloque donde me
ordenó, cerrando la puerta, más confundido que nunca. (CONTINUARÁ)



 


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