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Relato: Nunca he dejado de pensarte

Relato: Nunca he dejado de pensarte

  

Recuerdo que era invierno. Que los árboles desnudos echaban
de menos la primavera en sus ramas. Recuerdo también la monotonía del agua
deslizándose por los cristales de la ventana. Anochecía y te esperaba. Sabía que
vendrías y traerías contigo el más temible de los regalos: la despedida, la
noche eterna, la presencia gris de tu ausencia.



Oí la llave girando en la cerradura. Era un ruido que formaba
parte de mi vida. ¡Tantas veces lo había esperado sentada, desnuda, con el deseo
brotando por cada unos de los poros de mi piel!



Sentí tu aliento en mi nuca y el calor de tus labios
depositando un beso abrasador en mi cuello.



- - - - - - - - - -



 


Nos conocimos de forma casual un viernes en una cena de
amigos comunes. Entraste en mi vida como un huracán devastador y le diste la
vuelta a mis principios. Y empezaron a unirnos las mismas cosas: una pasión
desbordante por la vida, la música, la guitarra, el buen vino, las noches de
misterio y confidencias con el alma y el cuerpo empapados de ron. Las cenas en
tu casa de campo seguidas de tertulias con los amigos hasta el amanecer
alrededor de un buen fuego. Y nos separaban las mismas cosas también: una vida
ordenada, una pareja estable que no compartía nada con nosotros, una posición
destacada en la sociedad, y unos hijos.



¡Cuántas noches de amor, de pasión incontrolable, de sexo
desenfrenado vivimos! Tus manos dibujaban paraísos en mi piel. Tatuabas mi
cuerpo con besos calientes, lacerantes. Tu lengua curiosa descubría cada uno de
los rincones inexplorados de mi cuerpo. Te gustaba poseerme por completo,
dominarme, que te dijera que solamente era tuya, que te pertenecía, que eras mi
dueño, mi señor. Mi hombre. Y como dueño me follabas, me cubrías con fuerza,
casi con rabia, como los animales en celo, me llenabas por completo con tu
miembro hinchado de placer y descargabas en mí hasta la última gota de macho. Y
como hombre, como mi hombre, me hacías el amor enseñándome a disfrutar de mi
cuerpo y del tuyo, elevándome hasta las más altas cotas de placer. "Gime,
disfruta, no tengas prisas, regálame el mejor de tus orgasmos", me decías. Y me
follabas una y otra vez mientras me hacías el amor.



- - - - - - - - - -



"Quiero hacerte el amor", susurraste a mi oído. Me levanté.
Cogí dos vasos y una botella de ron añejo del que tanto nos gusta y volviéndome
hacia ti, te dije: primero bebamos. Sabía el efecto que el ron producía en
nuestros sentidos. No quería que me hicieras el amor, no quería plabras suaves y
dulces; no quería que te enredases en mi piel como hiedra húmeda; no quería que
te llevaras mi alma prendida con el último beso.



Bebimos y reímos y cantamos. La despedida tenía que ser una
fiesta. Una fiesta de los sentidos. Fuera llovía y hacía frío. Dentro el calor
del ron y de la música nos invadía. Fóllame y después vete, te dije. Fóllame
como si yo fuera la primera, la única, la última mujer en el mundo. Me levanté y
empecé a desabrochar los botones de mi blusa. Te acercaste y comenzaste a
arrancarme la ropa con desesperación. Me pusiste cara a la pared abriéndome las
piernas." Asi como a mí me gusta", dijiste. Tus manos se paseaban por mi vagina,
tus dedos se introducían en mi sexo húmedo y jugaban con mi clítoris erecto. Me
hablabas al oído: "¿Esto es lo que quieres? Pues ahí lo tienes". Me penetraste
con fuerza, con furia, casi con rabia. Más fuerte, más adentro. El dolor y el
placer inundaban mi cuerpo. No quería besos, ni palabras bonitas, ni movimientos
suaves. Aceleramos el ritmo, hasta que te vaciaste en mí y mi cuerpo explotó.



- - - - - - - - - -



Nos separamos con lágrimas en los ojos. Preparé una cena fría
y me contaste tus proyectos. Te ibas, no podías despreciar el puesto que te
ofrecían. No por ti, sino por tus hijos y por tu mujer. Te miré y sonreímos. Los
dos sabíamos que yo no te iba a pedir que te quedaras y que tú tampoco me
pedirías que te acompañara. Era mejor así. Charlamos mucho aquella noche. De las
cosas que nos unían, de las que nos separaban y sobre todo de nuestra cobardía.



Se hacía tarde." Déjame dormir contigo esta noche", me
suplicaste.



Nos acostamos desnudos sin decir palabra. Me enredaste entre
tus brazos y me dormí.



- - - - - - - - - - -



 


Me despertó la suave penumbra del amanecer y tus manos
paseándose lentamente por mi espalda. Tu boca antes lacerante, intransigente,
salvaje se volvía ahora suave brisa caliente, acariciando mi columna. Posaste tu
boca de arenas húmedas en mi pecho, en mis muslos, en la comisura de mis labios,
en el nacimiento de mi pelo, en la planta de mis pies, en mi sexo que para
siempre sería tuyo. Introdujiste tu miembro en lo más profundo de mi cuerpo,
lentamente, recreándote en cada pliegue de mi vagina grabando a fuego el sello
de tu vida en mi interior. Te movías lentamente sobre mí sin separar un momento
tu mirada de mis ojos. Pidiéndome perdón en cada una de tus dulces embestidas,
suplicándome que te dejara marchar sin reproches.



Y gocé de cada milímetro de tu piel, engullí el dulce tesoro
de tu sexo, te regalé cada una de las gotas de saliva que escaparon de mi boca,
grabé en mi pecho hasta el más mínimo de tus gemidos y sentí que me hacías el
amor como si fuera la primera, la única, la última mujer de tu vida mientras
penetrabas mi cuerpo, poseías por completo mi alma y descargabas la tuya en mi
vientre.



Miré atentamente como te preparabas para irte. Ya en la
puerta te volviste y me dijiste:" El olvido es la peor de las muertes. No dejes
nunca de pensarme y seguiré vivo".



- - - - - - - - - -



Hoy después de mucho tiempo, te he visto en televisión.
Parece que por fin alcanzaste el puesto que ansíabas dentro de la política
nacional. Sigues endemoniadamente guapo y tu voz sigue acariciando el aire.



Y mientras veo deslizarse lentamente las gotas de agua en el
cristal en esta tarde lluviosa y fría de invierno como aquella, tomo un trago de
ron y sigo sintiendo en mis labios el gusto de tu boca a arenas húmedas. Ya no
me duele tanto tu ausencia. Alzo mi copa a tu salud: Nunca he dejado de
pensarte.


 



Relato: Nunca he dejado de pensarte
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