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Relato: Amantes de la irrealidad (07 - Final)

Relato: Amantes de la irrealidad (07 - Final)

  

Regresé a la casa envuelto en un torbellino de sensaciones.
Me gustaría decir que envuelto en un remolino de ideas, pero no era así, no eran
ideas, no podrían escribirse, traducirse a palabras, condensarse en oraciones.
Era algo que me tendía una emboscada, las cosas me hablaban, el viento me
hablaba, los animales me hablaban, la oscuridad me hablaba, el suelo le hablaba
a las plantas de mis pies, el volante del coche le hablaba a mis manos y el
asiento a mis nalgas, el rojo del semáforo me decía muchas más cosas que un
simple alto y el verde era un siga eterno. Luego comprendería que no se trataba
que las cosas me hablaran, sino que mi espíritu comenzó a escuchar.



Puede que la arenga que me haya dicho Arturo fuese una de sus
tantas habilidades para engatusar a la gente, pero comprendí que eso no era lo
que importaba, pues lo elemental es que yo había comprendido algo, y ese algo
era importante.



No sentía furia, ni deseos de venganza contra él, y mucho
menos contra Armida. Por un instante quedé suspendido a varios metros de todo y
podía ver las cosas con claridad, sentía un señorío sobre las cosas, y la
sensación me gustó.



Cuando llegué, Armida pendía de una soga que amagaba sus
manos. Colgaba todo su peso de ellas. Tenía en su cabeza una capucha negra. Yo
lo que veía era su espalda desnuda, con sus músculos tensos, y su actitud en
abierta sumisión. Sus caderas estaban tendidas al suelo, y a su manera se
aplanaban como una llanta de auto que está baja de aire, pues su peso era jalado
por la gravedad. A lado, muy cerca de ella, estaba un pequeño bastoncillo de
cuero, de esos que venden en las peleterías para dar de azotes en las caderas de
los caballos. Ignoro cuanto tiempo había estado ella ahí colgada, lo cierto es
que las marcas de los azotes que le había inflingido Arturo ya se habían
desvanecido casi por completo.



Me acerqué. El sonido de mis tacones sobre el parquet era
como un latigazo sonoro para ella, pues a cada paso ella se movía con cierto
nerviosismo. Seguro esperaba ser castigada por su infidelidad y la debilidad de
su carne, pero yo era, para ese entonces, un ser distinto a aquel que había
salido hacía unas horas aventando la puerta y gritando "Lo mato".



Me acerqué y bajé mi cabeza para escuchar su respiración. Era
agitada y tensa. No le dije palabras, sino que le hablé con mi respiración,
pausada, tenue. Con mi mano derecha levanté la capucha. Ella me miraba con su
rostro hermoso, aunque bañado en las lágrimas que seguían manando de aquellos
ojos que yo tanto adoraba y que ahora lucían rojos. Esa boca que yo adoraba
balbuceó, "Perdóname", no le contesté verbalmente, sino que comencé a ver la
forma de desatarla. Ella puso resistencia y me aclaró, "¿No vas a castigarme?",
yo le contesté, "Sólo si quieres".



"Es que lo merezco", dijo. Entonces yo empecé a darle
golpecitos con la vara de cuero, cosa que ella disfrutó.


"Tu dime cuando sea suficiente" le sugerí.


"Nunca será suficiente" dijo ella.


"Entonces nos haremos viejos aquí, pues sólo dejaré de
pegarte una vez que creas que es suficiente", espeté.


Ella aguantó largo rato mis azotes, su espalda y sus caderas
estaban ya rojas, sin embargo yo no pararía hasta que ella me lo pidiese. Y
tenía mis razones, ya que no quería que ella creyera que seguía yo debiéndole
una ofensa. Y como la ofensa no existía en mi cabeza, sino en la de ella, pues
le correspondía precisamente a ella determinar hasta cuando debía yo azotarla.
Desde luego esto no tenía cara de juego, ni lo disfrutaba ella ni yo. Sólo los
primeros quince minutos fue excitante, después se convirtió en una pesada
obligación para ambos, pero yo no podía claudicar.


"¿Vas a matarme?", preguntó.


"Si lo quieres así", comenté.


"¿No te contó Arturo lo mala que he sido?"


"Si, me lo ha dicho todo. Y todo te he perdonado. De hecho te
estoy pegando por amor, no por venganza. No me cansaría de amarte, pero si lo
deseas podría demostrártelo de una manera distinta."


Ella guardó silencio, hasta que después de una veintena de
azotes más dijo "Es suficiente".



La liberé de la cuerda y cayó en mis brazos como la escultura
de "La Piedad", tal cual si la acabase de bajar de una cruz para tenderla en un
manto blanco. Le limpié las lágrimas con mis manos y le hice a un lado el
cabello para admirar su rostro. Lo miré a los ojos. Algo había despertado en mi,
una percepción especial de las cosas, y de ella en particular. Sentí como si
tuviera en mis brazos no sólo su carne, sino su energía vital, es como si
pudiera tocar sus chakras, sus vías energéticas. Pude ver también que su
composición energética no era del todo diáfana, que su centro sexual y del
plexo, es decir, el emocional, tenían una apariencia turbia y monstruosa, pero
no me importaba. Éramos como la bella y la bestia, pero ambos éramos bella y
ambos éramos bestia. Nuestro corazón era la bella, y nuestro sexo la bestia que
la tomaba de las caderas y la poseía, pero la furia de la bestia no impedía que
la bella extendiera sus brazos tocando su rostro.



La llevé a la tina de baño y la lavé con el cuidado más
extremo, besándole las llagas, tocándole instintivamente los chakras,
acariciándoselos. Ella se inquietó totalmente porque no entendía lo que pasaba,
sabía que yo no era el mismo, era como si la hubiesen colocado en un cuarto a
solas con un desconocido que le daba pavor por no estar segura de ser más fuerte
que él. No es que tuviera poderes, sencillamente podía percibir las cosas. La
sequé y la atendí. Esa noche la amé descomunalmente, con una intensidad animal
pero inocente. La abrí de piernas sobre la cama, en total compás, y con mi falo
me puse a jugar en su vulva, aprovechando que sus labios estaban hinchados como
los de quien avienta un beso en el anden de una central de trenes, colocaba mi
verga entre la abertura de tales labios, recorriendo sus comisuras con todo lo
largo del canto de mi verga, suave, sutilmente. Sabía que la naturaleza del
cuerpo no se extingue de la noche a la mañana, y dicho sea de paso, yo no
deseaba extinguir nada de nuestro cuerpo. Por ello sustituí el contacto extremo
que suponía la vulneración de sus partes con elementos extraordinarios, tales
como el puño o la penetración anal, y la cambié por la sensación y el juego de
aplazar la ejecución de su vagina, jugando a esperar, a enamorarla con la
promesa segura de una penetración. Me arriesgaba a perder su afición por mí,
pero era un riesgo que deseaba correr. Así, la punta de mi falo rondaba su
vulva, amenazando, tocando, luego metía un poco la punta para luego sacarla y
recorrer el largo de mi pene sobre su excitado clítoris. Luego alternaba el
contacto sutil de mi miembro con sexo oral intenso, jugando con sus labios,
besándolos, girándolos, recibiendo y dando humedad, luego volvía a las tareas
con el pene, y mientras recorría su vulva por el exterior, inclinaba mi cuerpo
para morder sus pezones, sus axilas, sus hombros, su cuello. Reinventé los besos
en su boca, pues nuestras bocas se habían convertido en un objeto más sexual que
amoroso. Fue como si nunca nos hubiéramos besado. Por fin la penetré
absolutamente, en un coito delicioso, pleno, salvaje a su manera, refinado a su
manera. Sentí todo mi cuerpo vibrar. Le tocaba las tetas y con mis dedos le
tomaba el chakra del corazón, tomándolo como una gran perla horizontal,
imaginando que era un sexo más. Cambiamos de posición. No recurrí a nuestras
prácticas de penetrarla con el puño, aunque sí alternaba mis embestidas con
meter mi mano en el mismo sitio que mi verga, ello le agregaba una sensación
mórbida a nuestro sexo. Mientras metía duro y constante, mi mano agitaba mi falo
haciendo vibrar la parte introducida, a la vez que jugaba con el borde expuesto
de su sexo. Todo ello la puso muy caliente, así que me hice un experto de jugar
mi falo maniobrado por mi pelvis y mi mano. Luego se sentó sobre mí, quedando
frente a frente, su boca frente a la mía, sus bellos pezones tocando los míos,
nuestro abdomen como un gran cañón cuya cañada era un río de gloria.



Pasé mis manos a sus nalgas y acariciaba su piel recién
mancillada por el castigo, como curándola, y sin darme yo cuenta empecé a
recorrer su espalda dibujando la ruta de los canales nádicos por los cuales
fluye la shakti o energía vital, como si bautizara su paso, exaltándolo,
provocando el ascenso de su energía.



Terminamos llorando de éxtasis, respirando acompasado,
plenamente. Nuestras prácticas siguieron siendo muy duras, siguieron habiendo
penetraciones con el puño, las cuales simbolizaban nuestro nivel más alto de
agresión física, sin embargo cada vez fue menor, y de rato ya no había tal
agresión. Si bien nuestros juegos seguían en beneficio de nuestro placer, ya no
eran por control o por humillación, sino por amor y por belleza. Nuestra
disposición energética fue mejorando. Era evidente que llevábamos muchas
encarnaciones en esta senda de la realización espiritual.



Esta historia no pretende detallar cómo ocurrió nuestra
evolución, pues no es un tratado de prácticas que se han tenido a bien llamar
esotéricas. Aunque cabe decir los detalles más básicos. Descubrimos que el sexo
podía ser más pleno que antes si en vez de amar únicamente con el cuerpo
inmiscuíamos todo nuestro entorno energético. La parafernalia de nuestras
relaciones era sorprendente, pues todo el día era un verdadero rito que
presagiaba el momento en que nos uniríamos, que era un momento celeste.



Llegamos a la conclusión que había que documentarnos bien,
pues si bien teníamos nociones de alkimia sexual, éstas provenían de la gnosis,
que era inminentemente castrante. En teoría, cada orgasmo era una caída letal,
cosa que nunca admitimos. Nuestro ser nos indicaba lo que debíamos hacer, pero
buscamos información.



Lo que encontramos fueron unos libros bastante detallados y
objetivos de un tal Mantak Chia, que eran bastante detallados. Descubrimos que
contra lo que creímos, el flujo de energía no era solamente del torso hacia
arriba, sino que había una conexión que se identifica como órbita microcósmica,
que es una especie de ocho que se cierra sobre la cintura. Las técnicas
aprendidas fortalecieron mucho nuestra natural tendencia al trabajo interior, y
sobre todo comprendimos cosas muy importantes.



Al igual que en la música, la técnica no lo es todo. Quienes
van a academias de música y nunca improvisan están muertos, pues la técnica no
es un fin en sí mismo. Así, en técnicas de desarrollo hay muchos recovecos. Hay
quienes meditan y hacen de la meditación su camino, pero meditar en sí no es el
fin. El sexo mágico, o Tantra, que es lo que nosotros practicábamos, tampoco es
un fin en sí mismo. Hay quienes desarrollan la clarividencia, clariaudiencia,
toda serie de poderes, materialización, pero todo ello tampoco es un fin en sí
mismo. El fin, a como yo lo entendí, se limita en comprender la magnificencia de
todo, a comprender. El budismo nos ayudó mucho a entender todo ello, pues en
budismo se dice que el fin es sumergirte en la nadedad. Obviamente que ese
concepto de nadedad no es fácil de comprender, pues si lo fuera todos seríamos
budas, sin embargo, su complejidad radica en su extrema sencillez, pues refiere
a que nada que sea efímero tiene existencia inherente, es decir, las cosas no
son en tanto que coche, en tanto que árbol, en tanto que personas, en tanto que
el ser que amas, pues su verdadera esencia ve más allá de toda diferenciación.
Es difícil de admitir que todo lo que vemos en el mundo es inexistente en
realidad, porque lo percibimos y siempre confiamos absolutamente en nuestra
percepción, pero ignoramos que aun nuestra percepción habrá de extinguirse en un
momento dado.



Así, el mundo es una escuela de sufrimiento, y en esta
definición también caben todas las alegrías, pues habrán de extinguirse, y eso
nos producirá desilusión, nuestra muerte sería la noche de cualquier alegría,
así, para despertar uno debe estar verdaderamente harto de todo lo que compone
el mundo como lo conocemos, y sentir más aprecio por el cosmos como lo es en
realidad, es decir, más allá de la forma, de la definición, del concepto.



Vivimos en un cuerpo denso porque es el rubro que debemos
atender, y ello no es malo, de hecho malo y bueno no existe, y todos llegarán a
realizarse tarde que temprano. Esta referencia es necesaria para que se
comprenda mejor lo que sigue. Conforme avanzas en la senda espiritual, iras
sintiendo desapego por todas las cosas, incluso las que más adoras, tu mujer,
tus hijos, tu vida misma.



¿Por qué practicar el sexo tántrico?, por una sencilla razón,
para enfrentar la realidad del desapego necesitarás toda la energía y la fuerza
de que dispongas, necesitarás toda la entrega que tengas y la integridad y
pureza en tus cuerpos para poder pasar a ámbitos más sutiles. Cualquiera que
escuche todo esto puede dudarlo si quiere y disponerse a creer su propia senda,
su propio objeto final, su propia meta, y romperse la cabeza preguntándose como
dos seres pueden amarse e impulsarse juntos aunque el final sea precisamente la
disolución de toda identidad, incluyendo la del ser que nos amó. Pero no hay que
alarmarse, no hablamos del amor en su acepción normal.



Así, nuestra meta fue no estar enamorados, sino vivir en
amor, así nuestro amor no dependía de Armida o de mí, el amor era manifestándose
en nuestros cuerpos, el amor penetrándose a sí mismo, haciendo hervir nuestra
energía creativa, provocando una fuerza interior increíble. Tanto Armida como yo
aquilatábamos el nuevo placer que descubrimos en el cuerpo del otro, pues era un
placer muy distinto a aquel que habíamos experimentado. Yo ya no eyaculé
definitivamente, y ella en ocasiones se venía, pero eran las menos de las veces.
Me convertí en un hombre multiorgásmico, sintiendo lo que se conoce en tantrismo
como orgasmos valle, es decir, un orgasmo no como lo conocemos, que si lo
graficáramos sería una enorme montaña que se alza sobre el resto de la gráfica,
en un pico estridente, sino que la línea sería casi continua, arriba, desde
principio a fin de la relación, todo ello originado por el contacto de mi falo
con el de la vagina de Armida, con la conexión de su órbita microcósmica con la
mía, las cuales se juntaban en nuestros sexos y cerraban el lazo en nuestras
lenguas, y ni qué decir que la duración de nuestras noches sexuales, o días
sexuales, era de cinco a seis horas, todos los días.



Cuando estábamos en la gnosis teníamos una noción muy errada
del tantrismo, pues era una consigna informada a medias, con el único fin de que
no pudieras con dicha misión y te condenaras a siempre fracasar y sentir culpas,
se vendía la idea de que el sexo yoga era en sí mismo un fin, que con el simple
hecho de despertar tus canales energéticos, es decir, tu Kundalini, bastaba para
aniquilar a todos los demonios. De hecho, el atractivo que se atribuía al
tantrista no tenía nada que ver con el fin de dicha disciplina, recuerdo que mi
instructor decía "Quien maneja el sexo yoga queda envestido de poder, puede
tener las mujeres que desee, imponer su presencia en el sitio en el que entre,
conoce lo que las personas piensan, porque su aura es iluminada" y tales
referencias daban a entender que sería fantástico practicar la alkimia sexual
para conquistar chicas, para acumular bienes, para tener poderes, siendo que lo
cierto es que a aquel que se ha encarrilado por la senda espiritual carece de
interés de todas esas babosadas.



Es cierto que tienes lo que se puede identificar como
poderes, pues te nace una comprensión profunda de las cosas, la misma disciplina
dispone que las cosas se te acomoden para que puedas seguir con tu camino,
empiezas a ganarte la vida más fácil, el mundo se rinde a tus pies, pero no
aprovechas sino lo necesario para seguir con tu misión, pierdes interés en
sacarle partido a tu fuerza, pues la ocupas para un fin muy diverso.



Aquí es donde recuerdo la primera parte de la canción que
referí al inicio de mi relato:



"Voy al viento prometer...


A los campos un jardín


Un Edén dónde cambiar...


Bichos por Amor"



"Cielo dice aquel lugar...


Sabe cuánto hay por saber


En tus brazos llévame...


Puro y contra nos"



"Mas si llego antes que Tú... No cansaré de esperar"



Luego de años de gozo, me encarrilé muy decididamente a
liberarme de este orden de las cosas, del Mâya, como dicen los orientales.
Practicando al máximo crecí a pasos agigantados, recuperando toneladas de
experiencia que me habían dado mis vidas anteriores. Y así, cambié bichos, es
decir, la vida mundana como la concebimos, por amor, un amor tan superior que
atravesaba este mundo y los otros existentes. Al grado que el nivel que adquirí
me hizo estar cada vez más lejos de la tierra, más cerca del cielo, y tal
frenesí asustó en gran medida a Armida, pues ella sabía el desenlace que estas
cosas tienen, una vez que uno se libera, queda ajeno a todo, incluso a aquellos
que te aman, y en un acto de infinito amor, a sabiendas que me perdería en caso
de seguir entregando su cuerpo a mis fines, Armida me llevó en sus brazos, puro,
niño, poniéndome en la puerta del jardín del cielo, por si yo quería jugar ahí,
aunque ello implicara irme de su lado para siempre, me llevaba puro, pero
abiertamente contra eso que éramos ella y yo, mataba el nosotros porque el
nosotros era algo que debía morir junto con toda distinción mundana.



Acepté jugar en el cielo y un buen día, estando en coito
sagrado con Armida, por fin me desprendí de su mano, de su cuerpo, del mío.
Estando todavía sujetándola, mi voz dijo "Magnificat", respiré muy ansiosamente
y fue como si todos mis nervios, mis venas, mis músculos, mi cuerpo energético y
el alma se desprendiera, sintiendo como sienten los soles al nacer. "Armida",
fue lo último que pronunció mi cuerpo en su última encarnación.



"Más si llego antes que Tú, no cansaré de esperar"



En el más allá nadie te recibe. Estás sólo y en teoría
sabiendo qué hacer o qué buscar. Mi desapego había sido absoluto, nada me
importaba. Aunque comprendería muy pronto que iluminación no es lo mismo que
desinterés por todas las cosas. Liberación era el entendimiento de todo lo que
ocurría, de quién era, de cuál era mi fin divino, la ansiedad de preguntarme qué
habría de ser de mí se había extinguido. Lo raro es que pensaba que al elevarme
a un plano sutil ya no sería más yo una identidad, ya no me reconocería ni a mi
mismo y pasaría a ser una gota a la cual le preguntan "¿Y Tú quien eres?" y
contestara "Soy el mar". Algo no era como lo supuse. Lo descubrí pronto.



No era un Dios, no era el absoluto aunque me sabía parte
armónica con él. Era sin duda un ángel. En ese orden uno adquiere, por absurdo
que parezca, la apariencia que uno guarde de lo que un ángel es. Yo vagaba
entonces alado.



El desinterés por el mundo no era la liberación. Había que
amar, había que ayudar. Cuando escuchaba la canción que cito, me imaginaba un
ángel naciendo antes que su ser amado, y románticamente visualizaba a un ángel
triste, sentado en una roca, con su mano purísima en la barbilla, esperando
preso de la nostalgia a que su alma gemela ascendiera con él. Pensaba en su
desasosiego, mirando el andar de su contraparte, mirando sus tropiezos y sus
aciertos, conmovido de verle ahora con ojos más divinos, ayudando, convertido en
el ángel de la guarda de su ser amado. Luego conforme avancé en mi ruta, llegué
a concluir que eso era imposible, pues el deseo de estar con alguien sería
motivo suficiente para que el alma decidiera permanecer en el mundo y no
emprender el vuelo, pues sólo se libera aquél que ya no necesita nada de la
tierra, ya no digo una vida sin sufrimientos, sino que ni la más pequeña dicha.
El antojo de un caramelo podría impedirte subir al cielo, pues tendrías que
quedarte a experimentarlo.



Ya estaba yo acá, y no estaba sobre una piedra, y no estaba
impaciente. Y podía mirar a Armida hacer su vida, pero con una comprensión muy
diversa. Amaba, no la amaba, sino que amaba. Comprendí que mi labor era ayudar
el despertar, y decidí empezar por ella. Como un ángel de la guarda la seguí a
todos lados. No sentí nada de verla llorar mi cuerpo, no sentí nada de ver
llorar la ausencia de ese que fui, verla sola en esa inmensa cama y en esa
inmensa casa supongo me conmovería en el pasado, pero no ahora. La quería en el
cielo, no para que me hiciera compañía, sino para que estuviera también
despierta. Acaso daba pena ver el orden de las cosas, el aprendizaje no asumido,
la carrera no iniciada.



Por un tiempo Armida intentó hacer tantrismo ella sola, pero
era previsible que se desesperaría, que la falta de fe le recordaría a su cuerpo
un sin fin de memorias. Su perseverancia cesó. Yo siempre cerca intentaba que
viera las cosas como realmente eran, pero uno no puede suplir la voluntad de los
humanos. Cuando entró a una Iglesia y lloró desconsoladamente en el
confesionario, mi nueva intuición ya sabía que aquel sacerdote sentiría una
compasión tan humana y un deseo tan nítido por su cuerpo que terminaría
consolándola en su cama. Así fue, el sacerdote luego la citó y ella deseperada,
ella sola, aceptó de buena gana la verga de aquel clérigo. Mientras yo, sentado
a lado de la cama, percibía sensaciones muy extrañas. Su placer no era engaño
para mí, pero sí más espera. Así me tocó ver hasta qué grado llegaba con el
sacerdote, quien se hartó de ella y no quiso verla más.



Con el diablo adentro Armida decidió renegar de todo lo
espiritual y sumergirse de nuevo en lo burdo. Se lió con un policía que
disfrutaba de lastimarla y ella volvió a una relación humillante, con la
diferencia de que este policía no la estimaba ni tantito, y su manera de tenerla
era odiándola. Ella estaba inhibida por tanta bajeza. Su cuerpo se demacró en
poco tiempo. Era joven, pero estaba muy acabada. El policía también la dejó y
ella pasó a practicar eventualmente la prostitución sin tener necesidad de
dinero, por placer, o mejor dicho, por despecho a los hombres. Al ser puta
rompía el corazón de todos aquellos que quisieran amarla de verdad. Sus cuerpos
energéticos volvieron a ser turbios. Hizo mucho daño a un chico que quiso
apartarla de la prostitución.



Durante todo aquello, estaba yo siempre cerca. En veces,
después de follar con algún caballero, se quedaba sola en los hoteles, y miraba
justo en la dirección en que yo estuviese, y toda mi aura emanaba un calor que
parecía llegarle, y yo me preguntaba si ella me notaba, y sobre todo, si sabía
que se trataba de mí. Mi corazón, si lo tenía, estaba sobre una piedra,
pensativo.



"Tú y Yo, seremos siempre así


Amantes ciegos de la irrealidad


Y no hay razón para cambiarlo


Si acaso un poco por sobrevivir"



"Cabalgando entre las nubes has vivido tu


Entrelazando sueños locos siempre he estado yo


Tú y Yo."


Me desprendí de ella para visitar a un amigo. Rondé la casa
de Arturo Damián, era ya más grande, seguía practicando alkimia sólo. Esa noche
introduje mi mano en su corazón y lo aprisone con fuerza, convirtiéndolo en una
perla azul, sus testículos los sostuve en mi mano celestial y los bañé de fuego,
su pene se alzó enhiesta mientras que con mis manos le tocaba los ojos. Mis alas
lo rodeaban y dibujaban en su espalda la ruta de los canales de energía por los
que ascendería la Kundalini.



Él abrió sus ojos en forma desorbitada, pues supuso que
moriría en ese instante, de hecho su corazón intentó romperse, pero no lo dejé,
soldándolo como con acero. "No tengas miedo" le susurré, y él sonrió. Hasta
ahora no había yo descubierto la capacidad para ayudar de esta forma, si es que
era una ayuda. Lo cierto es que invadí su corazón y su mente, dándole mucha sed,
dándole mucha hambre, dándole fuerza. Era yo su buena fortuna.



Se paró de su sillón carmesí y se vistió desempolvando un
traje con el cual se veía muy gallardo. Salió casi corriendo de su casa. Tocó la
habitación del hotel y dentro de ésta Armida sentía mucho miedo, preguntándose
quien tocaría la puerta. Abrió pese a todo y vio frente de sí a un Arturo
renovado, más intenso quizá que aquél felino que había conocido. Me arranqué mis
ojos de ángel y los puse en sus ojos, y de ellos emanaba una luz como de un
faro, pero imperceptible. Armida lo miró a los ojos y lloró. Se tiró al suelo y
lloró. Había visto un felino alado que la invitaba a surcar los cielos.



Arturo la llevó de nuevo a casa y no pudo separarse de ella
de nuevo. Mis ojos dejaron de ser míos, pero descubrí que no me eran necesarios,
que no los necesitaba. Mi protección estuvo ahí todo el tiempo, ellos empezaron
a amarse de una forma especial, y comenzaron nuevamente la realización del
tantra. En veces le prestaba a cada uno de ellos una de mis alas, y juntos
volaban al gozarse. Su unión fue tan fuerte que no tardan en venir acá.



Mientras estoy acá, sigo sorprendiéndome que no he visto a
nadie como yo, como si fuese yo el único ángel. Me pregunto ahora quien en este
cielo me juntó con ella, quien me hizo tenerla siempre en mi mente, desearla,
quien me hizo a mi un ángel y a ella la matriz que me gestó. Es un misterio.
Alcé la vista, era hora de buscar alguien que necesitara comprender, era hora de
ir a ayudar, decidir a quién es arbitrario. Si una noche sienten que todo carece
de sentido, pueden sencillamente buscar, sigo obedeciendo al nombre de Lucas, y
estoy oculto en casi cualquier detalle, en una sonrisa familiar, en la mirada
extraña, en la brisa.


 



Relato: Amantes de la irrealidad (07 - Final)
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