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Relato: Jurè venganza

JURÉ VENGANZA



Había amanecido de excelente buen humor. Hoy cumplía un mes
en mi primer empleo serio. Con diecisiete años, ser la asistente del inspector
de la Compañía de Seguros de Trabajo era todo un logro y sobre todo, la envidia
de mis amigas, ya que todos los días tenía que entrevistarme con HOMBRES de toda
clase.


El calor era agobiante, por lo que había elegido ropa muy
liviana: Una camisa blanca de seda sin ese incómodo sostén y el pantalón del
mismo color, de hilo muy fresco y muy ajustado entre mis nalgas. Por supuesto
que la elección del vestuario no se basaba exclusivamente en el calor, sino en
el lugar en donde me tocaba trabajar hoy: En esta oportunidad debíamos visitar
el edificio en construcción de un futuro hotel, es decir, docenas de machos
brutos y sudorosos, con enormes entrepiernas que yo, en mi no muy bien fingida
inocencia, simulaba no mirar.


Al llegar nos recibió el jefe de cuadrilla, el Sr Zulu, un
gigante africano quien, muy amablemente nos invitó a su improvisada oficina para
presentarnos los papeles. Para llegar allí fue necesario cruzar toda la obra
entre esos maravillosos especimenes que me follaban con la mirada. Comencé
imaginar lo que me sucedería de caer en medio de esa jauría por lo que en un
minuto me encontré con mi calzón humedecido.


Sin embargo he de confesar que a pesar de mi desfachatez y mi
ropa provocativa, mi experiencia con el sexo era más bien poca. Dos de mis
compañeros del colegio (Bastante boluditos ambos) en el lapso de un año, y mi
primo, que hace un mes logró sacarme un orgasmo después de manosearme media
hora. El resto, mucho video y un excelente vibrador comprado por Internet. Aun
así, me sentía una experta, capaz de hacerme a cualquiera que meara contra la
pared, inconsciente por completo de los peligros que hay en ciertas situaciones.



Cuando entramos en la oficina, el sr Zulu nos invitó a
sentarnos en un sofá amplio aunque un tanto desvencijado mientras él buscaba los
documentos. Entre tanto, me entretuve observándolo detenidamente: Uno noventa de
estatura, por lo menos; espaldas que parecían no caber por la puerta; cada brazo
era más ancho que mi pierna y cada dedo de esas manotas... bueno, me mojé de
nuevo de sólo pensarlo.


Me detuve a observar el bulto entre sus piernas: ¿Sería como
lo imagino? ¿Será cierto lo que cuentan de los negros, o son mitos?


Cuando levanté los ojos, caí en cuenta de que él me estaba
observando a mí y que se había dado cuenta de lo que yo le miraba a él. Me
ruboricé de verdadera vergüenza hasta que con una sonrisa extraña me hizo un
gesto de aprobación.


En ese momento sonó el celular de mi jefe. Reclamaban su
presencia urgente en otro lugar.


- Discúlpeme, sr. Zulu, es importante que me presente allí,
pero lo dejo con mi asistente. Estoy seguro de que la Srta. Mariana hará un buen
trabajo.


- Estoy seguro de que así será, sr Martín. Vaya tranquilo que
nosotros nos vamos a arreglar bien – Hablaba mirándome directo a los ojos con
esa extraña sonrisa otra vez.


Acompañó a Martínez hasta la puerta, le estrechó la mano en
un saludo sumamente cordial, como agradeciéndole algo de todo corazón, y cerró
la puerta con dos vueltas de llave.


Supe de inmediato lo que seguía y me puse un poco (bastante)
nerviosa.


Sin preámbulos y sin palabras el sr. Zulu me tomó entre sus
brazos y me besó, directo en la boca, con una suavidad y una dulzura que jamás
hubiese imaginado en un gigante como ese. Por tercera vez hoy me estaba mojando
y mis pezones se dibujaron perfectos bajo la seda.


Con una enorme mano me acariciaba la espalda y el culo
haciendo que un gran dedo pasara entre mis nalgas, frotando levemente mi anillo
virgen. La otra mano entró bajo mi camisa para amasar uno de mis pechos antes de
dirigirse lenta a mi pubis. Desabrochando mi pantalón ingresó por debajo de mis
bragas directo a mi sexo ya totalmente mojado. Un dedo me acarició entre los
labios haciéndome suspirar profundamente. De pronto y sin previo aviso, presionó
firmemente hacia arriba aplastándome el clítoris. El orgasmo hizo que se me
aflojaran las piernas, pero él me sostuvo por la cintura sin ninguna clase de
esfuerzo mientras, hábilmente, me quitaba la ropa. Dejándome parada frente a él,
me besó desde los pechos hacia abajo y, al llegar a mi ombligo, me bajó la
tanguita hasta mitad de los muslos acariciándome libremente las nalgas e
ingresando varios centímetros de un dedo en mi vagina. Sentí líquido brotar de
mi concha y correr por mi entrepierna. Mi segundo orgasmo estaba a punto, pero
el sr Zulu no me permitía terminar.


Entonces, se sentó en el sofá y bajándose los pantalones,
liberó el pene más maravilloso que jamás vi. Supe que lo que se decía de los
negros no eran mitos, pero este en particular realmente no era normal


Me puso de rodillas frente a él de manera que mi rostro quedó
entre sus piernas .Tomé la pija con las dos manos y todavía asomaban unos cinco
centímetros; además, casi no podía cerrar mis puños a su alrededor, lo que me
asustó al pensar lo que podría ocurrirme cuando la tuviera adentro.


De repente, el sr Zulu me hizo abrir la boca y empujando
bruscamente, me hizo comer el glande y un poco más. Me tenía sujeta por el
cabello mientras bombeaba dentro de mi boca tan profundo que me provocaba
ahogos. Esto era nuevo para mí, y la verdad es que no me estaba gustando, menos
aún cuando me vi obligada a tragar saliva junto con una buena cantidad de
líquido preseminal. El sabor era francamente desagradable, sentí asco y tuve
náuseas. Tal vez para prevenir el desastre que ocasionaría un vómito, el negro
me liberó y me dio tiempo para reponerme.


-Por favor, Srta. Mariana, perdóneme. Es usted tan hermosa y
sexual que perdí el control por un momento, pero le juro que no volverá a
ocurrir. Por favor, ¡no se vaya!


Su voz cavernosa sonaba tan cálida y arrepentida que le creí.
Además, mientras hablaba junto a mi oído, me acariciaba los pechos tan
suavemente que el clítoris se me volvió a inflamar. Por eso, más que nada es que
le sonreí levemente, indicándole que estaba perdonado.



Entonces, recostándome sobre sus piernas con mucha
delicadeza, terminó de retirar mis braguitas e inició el ritual tremendamente
erótico de lamer mi cuerpo, comenzando por mi rostro y mi cuello, recorriendo
mis pechos y mi vientre para desembarcar en mi sexo hambriento.


Me cogió con la lengua al tiempo que succionaba mi clítoris y
se bebía mis jugos vaginales.


Pero cinco segundos antes de hacerme llegar al clímax,
abandonó mi concha dejándome desesperada a medio camino. Se dirigió nuevamente a
mis pechos para mordisquear mis pezones, causándome un dolor indescriptible
mientras que sus dedazos jugaban dentro de mi vagina. Todavía no puedo
comprender cómo es que el dolor y el placer pueden funcionar juntos, sin
embargo, el extraño orgasmo que me causaron estas sensaciones opuestas, me dejó
extenuada, pero con ganas de más.



Pareció leer mis pensamientos, pues en ese preciso momento me
levantó como a una muñeca de trapo arrojándome boca abajo sobre el sofá, pero
dejando mis rodillas sobre la alfombra, de manera que mi sexo y mi ano quedaron
a merced de esa tremenda pija que, como un ariete, penetró entre mis paredes
vaginales.


De pronto, algo no iba bien: la dulzura y caballerosidad del
sr Zulu desaparecieron dando paso a un ser endemoniado.


Arremetió contra mi conchita con violencia irracional,
penetrándome dos, tres... cien veces, haciéndome llorar durante todo el tiempo
que duró. La bestia negra reía excitada por mi llanto y mi dolor, sin embargo,
no conseguía acabar y eso lo enfurecía. La solución que encontró fue todavía más
cruel y dolorosa: Sacándome la pija de golpe, tomó mis nalgas con ambas manos
abriéndolas con tal rudeza que estuvo a punto de desgarrarme.


Escupió dos o tres veces en el centro de mi ano con la
intención de lubricarme. No lo consiguió, pero eso no le importó en absoluto,
simplemente me hundió el glande y siguió empujando hasta el final. Tomando un
almohadón, me tapó la boca ahogando el grito que me salió desde las entrañas.



A esta altura todo era dolor y humillación. Estaba siendo
sometida brutalmente, y lo que pudo ser el mejor polvo de mi vida, se transformó
en un ataque que destrozó mi cuerpo y mi mente para siempre


Me penetraba por atrás y por adelante indistintamente,
abriéndome, rompiéndome... violándome



Cuando el orgasmo le sobrevino, me tenía empalada por el culo
y descargó tanta leche, que pensé que me estaba orinando. Me clavó como animal
varias veces más. Cuando terminó de vaciar sus testículos, me la sacó de un
tirón y, dándome una tremenda palmada en las nalgas (como castigándome por ser
tan puta) se puso los pantalones y desapareció.



Al despertar, me encontré todavía de rodillas, con el rostro
apoyado en los almohadones del sillón y el semen que brotaba de mi culo manchaba
mis piernas temblorosas y la alfombra gastada.


Escuché voces tras de mi, y cuando pude darme vuelta para
ver, el pánico y el asco me invadieron otra vez.: allí estaban cuatro de los
obreros mirándome sonrientes con los pantalones abiertos. Las enormes pijas como
estacas eran bestias hambrientas que venían por mí.


Juré vengarme.


Rieron con ganas y comenzaron su festín.



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Relato: Jurè venganza
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