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Relato: El orgasmómetro (3)

Relato: El orgasmómetro (3)

  

EL ORGASMÓMETRO 3


Sor Paulina bebió otro largo trago del cubata de vodka y
cloruro de yohumbina y lo mismo hizo Sor Angélica. Quien haya estimulado el
apetito sexual de una mujer con Ginseng o Yohumbina sabe de la potencia y de sus
propiedades afrodisíacas. Tanto un producto como otro tardan menos de diez
minutos en provocar un deseo sexual incontenible.


Como ya dije, Sor Paulina era una mujer que sin ser tan
hermosa como Sor Angélica, resultaba muy atractiva, tendría más o menos mi edad,
37 años pero aparentaba muchos menos. Para entretenerlas mientras esperaba el
momento de mayor excitación sexual, le pregunté a Sor Paulina:


-- Dígame, hermana, ¿todos los días recogen donativos?


-- Si, es nuestro trabajo.


-- Perdone la indiscreción pero ¿recogen muchos donativos?


-- No tanto como quisiéramos y necesitamos, pero todo ayuda,
¿sabe? Por lo general recaudamos entre ciento cincuenta o doscientos euros.


-- ¿Al día?


-- No, ¡qué va! – sonrieron las dos – al mes.


-- ¿Sólo eso? Imagino que las Misiones necesitarán bastante
más dinero.


-- Por supuesto, Don Antonio, pero igual que nosotras hay
otras hermanas en diversas ciudades que también recogen donativos y entre todas
vamos sosteniéndonos.


Noté que Sor Angélica se removía inquieta en el sofá,
juntando y separando los muslos disimuladamente y comprendí por las miradas que
con todo disimulo dirigía a mi entrepierna, estaba pensando en el pedazo de leño
que había visto. Pregunté de repente:


--¿Les molesta que fume?


-- ¡Oh, no por Dios! Haga, haga, está usted en su casa, Don
Antonio.


-- Que también es la de ustedes, hermanas – respondí
girándome hacia atrás para recoger un cigarrillo de la tabaquera.


-- Muchas gracias, Don Antonio – respondió con su voz
angelical Sor Angélica.


Sabía que al girarme hacia atrás se abriría el albornoz y que
la erección quedaría ante su vista con todo su esplendor. A través del espejo
del recibidor podía verlas. Las dos miraban como fascinadas el tremendo falo,
pero dejaron de hacerlo rápidamente al regresar a mi posición inicial con toda
indiferencia, como si no me hubiera dado cuenta de sus miradas.


--¿Ustedes fuman? – pregunté alargando el paquete.


-- ¡Oh, no! – exclamó Sor Angélica, sofocada como si
estuviera deseando volver a ver mi miembro erecto.


Encendí el cigarrillo con toda parsimonia observando por el
rabillo del ojo que también Sor Paulina abría y cerraba los mulos removiéndose
en el asiento levemente. Me dije que ya era hora de lanzarse al ataque. Saqué de
un bolsillo doscientos euros y se los entregué aSor Paulina y luego, del otro
bolsillo saqué la misma cantidad entregándosela a Sor Angélica.


-- Don Antonio, es usted muy generoso, Dios se lo pague –
exclamaron casi a dúo metiendo los billetes en la hucha.


También aquel agradecimiento, por la forma mecánica en que lo
dijeron debían repetirlo con mucha frecuencia, fuera cual fuera la cantidad que
les entregaran. De modo que ya lanzado comenté:


-- No, generoso, no. Sor Paulina. Sería más generoso si les
entregara quinientos euros a cada una ¿No les parece?



Las dos abrieron la boca al mismo tiempo y la jovencita
exclamó asombrada:


--¡¡Mil euros!!


-- Tenemos que irnos, hermana. Se nos hace tarde – exclamó de
repente Sor Paulina levantándose del asiento después de tomar de la mano a Sor
Angélica que también se levantó.


-- Bueno, Sor Paulina ¿Y que la parecen dos mil a cada una?


Se pararon en seco a la altura del recibidor. No me moví. La
mayor preguntó:


-- ¿Qué es lo que pretende, Don Antonio?


Se giraron hacia mí con ojos famélicos y supe que tenían
tantos deseos como yo de follar, al fin y al cabo, aunque fueran monjas, también
eran mujeres jóvenes. Seguían cogidas de la mano y la jovencita miró a la mayor
con ojos casi suplicantes.


-- Usted ya lo sabe y Sor Angélica lo sospecha ¿Verdad
hermana? – pregunté a la jovencita sonriéndole. Y con toda inocencia exclamó
rápidamente:


-- ¡¡Pero eso es un pecado mortal!


Sin poder contenerme solté la carcajada y comenté:


-- Según lo mire, hermana. Pero también es una obra benéfica
¿O no? Para recaudar ese dinero necesitarían varios años, ¿No les parece? Tengan
en cuenta que esa cantidad pueden recibirla todos los meses y seiscientas mil
pesetas mensuales son casi ocho millones al año. Así que siéntense, por favor y
les explicaré de qué se trata, además de lo que ustedes han pensado.


-- ¿Ocho millones anuales? – preguntó de nuevo asombrada Sor
Angélica. Tenía unas ganas de follar la criatura que ya no podía disimularlas.


-- Si eso he dicho ¿Os parece poco? – pregunté tuteándolas


-- Pero vamos a ver, Don Antonio…


-- Nada de Don Antonio, Antonio a secas, o Toni, mejor. Así
me llaman los amigos.


-- Bien, pues Toni, por qué nos vas a pagar tanto dinero al
año – pregunto Sor Paulina – Ya me imagino por qué, pero me gustaría que nos lo
confirmaras.


-- Si, eso que imagináis es lo que deseo de vosotras porque,
además, lo estáis deseando.


Paulina me miró con el ceño fruncido y comentó secamente:


-- Te olvidas que somos monjas y no podemos…


-- Vamos a dejarnos de hipocresías, Paulina – corté rápido -.
No mientas y sé sincera ¿Verdad que tienes ganas de hacer el amor? – pregunté
girándome otra vez para coger un cigarrillo y dejando bien a la vista la
erección cada vez más rígida. Ya no me molesté en taparla.


Vi por el espejo del recibidor que la miraban con ansia,
luego se miraron entre ellas. Angélica se ruborizó cuando me giré de pronto y la
sorprendí mirando fijamente el pene erecto.


-- Bien, luego os explicaré con detalle. El pago será, por
semanas. Quinientos euros cada una. Pensarlo entre vosotras y ya me diréis algo.
Yo voy a ducharme ¿De acuerdo? – pregunté levantándome para que pudieran
discutirlo a solas y desaparecí escaleras arribas hacia la habitación donde
tenía instalado el sistema de video y grabación de todo el chalet.


Enchufé la cámara del vestíbulo, Paulina hablaba en voz baja:


… si pero aunque sea mucho dinero no tenemos por qué
entregarlo todo al convento, si lo hacemos se extrañarían ¿No lo comprendes?


-- Pues lo guardamos en una cartilla de ahorro para nosotras.
Con entregar lo que entregamos normalmente…


-- Eso es lo que yo digo, pero existe un problema.


-- ¿Cuál?– preguntó con toda inocencia Angélica.


-- Podemos quedar embarazadas.


-- ¡Anda, pues es verdad! Pero es que a mi me gusta mucho
Toni.


-- También a mi me gusta. Estoy casi segura que nos ha puesto
algo en los refrescos, porque sino no me explico el deseo que de repente tengo
de…


-- Y yo, nunca había sentido tanto deseo de un hombre como de
este. Te has fijado lo grande que lo tiene. ¿Son todos así de grandes?…


-- Pareces tonta ¿No ves lo grande que es todo él? Es natural
que lo tenga grande.


-- ¿Me hará mucho daño? – volvió a preguntar Angélica ansiosa
– ¡Como será la primera vez!.


-- ¡Lo que nos faltaba! ¿Así que tu nunca…?


-- Claro que no. Pero alguna vez tiene que ser la primera y
ya que se presenta la ocasión, prefiero a este que al Padre Damián.


-- ¿También anda detrás de ti el padre Damián?


-- Uy, desde hace tiempo, pero me repugna, es más feo que un
pecado.


-- Si, hija, pero a falta de pan buenas son tortas.


-- Así que tu y él…


-- Angélica ¿No se te ocurrirá decir nada, supongo?


-- Paulina, por favor, tan tonta no soy. Pero, en definitiva,
¿Qué le decimos a Toni?


-- ¿Tu qué quieres decirle?


-- Yo que si, ¿Tu no?


-- Claro que si, pero debemos disimular, quizá saquemos más
dinero.


-- Por Dios, Paulina, yo creo que ya es bastante generoso y
tengo un ansia que me muero por él.


Pero eso de quedarme embarazada me preocupa. Creo que hay
unas pastillas…


-- ¿Y quien las comprará? ¿Tu, vestida con el hábito?


-- ¿Y cómo lo arreglamos?


-- No sé, déjame que lo piense. No me extrañaría nada que
Toni también tuviera solución para eso.


-- ¡Madre mía, Paulina! ¿Le vas a preguntar eso?


-- ¿Por qué no? Estoy segura de que todo lo pensó en cuanto
nos vio. Es más listo que el hambre.


Como ya había escuchado bastante, cerré la puerta de la verja
y desconecté el timbre, abriendo la puerta de la perrera para que el doberman y
el pastor alemán salieran a vigilar la parcela. Me mojé la cabeza como si
acabara de ducharme y bajé despacio las escaleras, sentándome de nuevo frente a
ellas con la erección a todo volumen.


Continuará.


 



Relato: El orgasmómetro (3)
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