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Relato: Crónica de la ciudad sin ley (4)

Carla Vargas, la mujer de Ponciano Vargas, estaba
acostumbrada a la felación. Le gustaban los penes masculinos y no era su marido
Ponciano el único hombre al que se la chupaba para ponérsela erecta cuando
desfallecían y ella tenía ganas de seguir follando. Se la había mamado a muchos
hombres por la misma causa. Normalmente los machos humanos, como casi todos los
animales, después de correrse la primera vez ya se encontraban satisfechos y no
deseaban continuar follando. Pero ella era mucho más temperamental que los
hombres y necesitaba que la follaran con mayor frecuencia de lo que el marido
podía soportar. Aunque muy ardiente, era también una mujer muy discreta y ni
siquiera su hija sabía de los muchos amantes que había tenido a lo largo de los
años.



Ella quería a su marido, lo amaba y él a ella, pero la
resistencia física del marido era mínima, después del primer polvo se quedaba
dormido como un tronco y ella tenía que masturbase para saciar su líbido mucho
más poderosa que la del hombre que dormía a su lado, pero, naturalmente, la
masturbación no la complacía tanto como el rabo de un macho bien tieso que la
bombeara, ni tampoco con las masturbación conseguía sentir en el fono de su
vagina los algodonosos golpes del semen batiendo contra su útero. Recordaba los
del gigantesco Leo como si fueran potentes olas del océano batiendo contra los
acantilados. Aquellas inundaciones de semen la hicieron correrse bramando de
placer como nunca había sentido ni con su marido ni con ninguno de sus amantes.



Ahora comprendía Carla que nunca había tenido la suerte de
encontrar una polla del tamaño del violador Leo que, durante tres horas, las
había violado a ella y a su hija y les había comido los chuminos de forma tan
insaciable que más parecía lobo que hombre. Se corría dentro de ellas con tal
abundancia como si dentro del cuerpo tuviera una cisterna de semen inagotable.
Lo había visto correrse nueve veces durante las tres horas que duraron las
violaciones y siempre con la misma abundancia y el mismo deseo. De no haberlo
vivido no lo hubiera creído posible.



Recordaba que la primera vez que le hizo la felación no había
podido meterse en la boca ni la mitad de la inmensa polla, pero ella sabía que
su lengua, pasando por el frenillo del prepucio arriba y abajo, a los hombres
los hacía eyacular en muy poco tiempo. Lo que estuvo a punto de ahogarla fue la
abundancia de los borbotones del violador mientras le comía el tierno coñito a
su hija Felisa que barritaba de placer, arqueándose como la cuerda de un arco,
cuando se corría una y otra vez en la boca del gigantesco violador. Las había
dejado saciadas a las dos antes de marcharse media hora antes de que apareciera
su marido. Ella y su hija se habían confabulado para mantener en secreto
aquellas tres horas largas de continuas violaciones. Si lo denunciaban sería un
escándalo que correría de boca en boca por la ciudad como un reguero de pólvora
y eso podía perjudicar el empleo del hombre que sustentaba la familia y ninguna
seguridad tenían en aquella ciudad de que la autoridades se molestaran en
detener y encarcelar al violador.



Lo más difícil de explicar al marido era la rotura de la
mesa. A la madre no se le ocurría nada y fue la hija la que encontró la
solución. Como la madre tenía varios cardenales y moratones en el culo debido a
las nalgadas que le propinó el violador mientras la follaba, a Felisa, la hija,
se le ocurrió decirle al padre que la madre se había caído de lo alto de la
escalera de aluminio mientras limpiaba la lámpara y Ponciano, después de reñirle
a su mujer por hacer lo que no debía hacer, se tragó la carnaza hasta el ombligo
incluido el anzuelo.



Los hombres son unos cegatos que se creen muy listos y no ven
tres en un burro cuando una mujer cachonda y guapa y una hija que parece una
santita, deciden embaucarlo. Si Carla, su mujer, aquella noche no tuviera el
coño ardiendo de las tarascadas del violador posiblemente se hubiera abierto de
muslos muy a gusto para que el marido antes de penetrarla, la hiciera gozar dos
o tres veces comiéndole la chocha. Ponciano comprendió que después del golpe
recibido en las nalgas al romper la mesa con su fabuloso culo, su mujer no
estaba para muchos trotes aquella noche. Ella se durmió con la sensación de que
le faltaba un trozo de carne entre los muslos.



Sin embargo, la niña Felisa, que también tenía el coño
tumefacto de las veces que la gran polla de Leo la había follado, tuvo que
lavarse la sangre de los muslos a toda prisa para no tener que dar explicaciones
a su padre que sabía que aún no había tenido su primera regla. Al acostarse, se
metió el dedo en la vagina para mojarlo en parte del semen del gigante que aún
conservaba dentro. Con el dedo untado se masturbó pensando en la gran polla con
que la había desvirgado porque, el pizarrín de su amigo del colegio, no podía
considerarse una polla sino un pirulí.



Ocurrió pocos días después de las violaciones que la hija le
preguntó a la madre una tarde al regresar del colegio, mientras merendaba:



.— Ma…¿No te gustaría que volviera Leo para violarnos otra
vez?



La madre, que bordaba una figura con punto de cruz en un
tapete para la nueva mesa, se quedó pensativa con la aguja en el aire, y
respondió:



-- Deja de pensar tonterías, Feli, a saber en donde para.
Creerá que le hemos denunciado y estará ya fuera del Estado y quizá de la
nación.


-- No sé, parecía del país, aunque nunca había visto uno tan
grande y fuerte.


-- Pero, hija ¿es que ya no te acuerdas de lo que te hizo
sufrir mientras te desvirgaba? No me hagas pensar en aquellos momentos porque si
lo tuviera delante lo mataría.


-- Si, me acuerdo. Me dolió mucho la primera vez, es cierto,
pero luego me hizo disfrutar como una loca toda la tarde con su gran polla.


-- Cuida tus palabras porque, cualquier día, se te escaparán
delante de tu padre y recibirás una paliza, Feli.


-- Mamá, por favor, que ya no soy una niña, él me hizo mujer.


-- No, hija, no, aún no eres mujer. No tardarás mucho, pero
aún no lo eres.


-- Cuando a una la desvirgan ya es mujer – respondió tozuda
la hija – Y no disimules conmigo porque tu disfrutaste más en tres horas con él
que con papá en todo un mes ¿O no es cierto?


-- Te voy a dar una bofetada si continúas por ese camino ¿Qué
modo es ese de hablarle a tu madre?


-- ¡Vaya! Después de aquella tarde ¿vamos a disimular ahora
entre las dos? Por favor, mamá…


-- No me gusta hablar de aquel sinvergüenza.


-- No tan sinvergüenza, ma. Dijo que no nos mataría y no lo
hizo. Recuerda que me diste un mordisco en el pezón mientras te follaba que a
poco…


-- Me hizo mucho daño, Feli – corto la madre frunciendo el
ceño – Era muy bestia y gracias a que hicimos todo lo que quiso estamos vivas.
No me hagas recordar lo que pasamos porque me pongo mala ¿Me oyes?


-- Si, ma, te oigo.


-- Prométeme que nunca más hablaremos de esto.


-- Si, mamá te lo prometo.



 


Ninguna de las dos volvió a mencionar nunca más al gigantesco
Leo, el violador de ingrato recuerdo.



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Relato: Crónica de la ciudad sin ley (4)
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