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Relato: La extraña familia (7)

LA EXTRAÑA FAMILIA 7


Aquella tarde, después de varias horas de amor desenfrenado,
se marchó con el tiempo muy justo para llegar a su casa antes que el marido.
Sonó el timbre dos veces, creí que era ella que se había olvidado algo. Al abrir
la puerta supe que iba a morir. Lo sucedido lo recuerdo ahora como las
secuencias de una película proyectada a cámara lenta. Vi el fogonazo, atronó el
disparo en la escalera, sentí un agudo dolor en el hombro. La fuerza del
proyectil me envió contra la pared y abrí la boca aspirando aire. Oí el segundo
disparo, noté un horrible dolor en la cabeza a la altura de la sien y todo se
volvió negro. No recuerdo nada más.


Seguramente estaba muerto. Tenía la sensación de que mi
espíritu se había separado de mi cuerpo y flotaba ingrávido en el habitáculo del
furgón mirando al hombre tumbado en la camilla con una mascarilla de oxígeno
tapándole la nariz y la aguja hipodérmica de la bolsa de sangre clavada en una
vena del brazo. No me sorprendió comprobar que el hombre de color cadavérico
tendido en la camilla era yo. Dos enfermeros se inclinaban sobre mi cuerpo y
hablaban aunque no podía entender lo que decían. Oía la estridencia de la sirena
de la ambulancia lanzada a toda máquina por las calles de la ciudad. La visión
despareció de repente y de nuevo me invadió la oscuridad más absoluta. Cuando de
nuevo desperté estaba en una sala en penumbra, entubado, rodeado de otras
camillas, con enfermeras silenciosas vestidas de azul. Comprendí que estaba en
la Unidad de Cuidados Intensivos, en la UCI. Me dormí, o quizá me desmayé, ya no
recuerdo.


Me pesaban los párpados y me deslumbró la intensa luz blanca
al abrir los ojos. Tenía una visión borrosa, desenfocada, y no supe de donde
provenía tanta claridad; fue aclarándose mi visión poco a poco hasta que se
centró sobre dos tubos de neón casi encima de mi cama. Al girar la cabeza un
terrible dolor me hizo cerrar los ojos de nuevo. Notaba el apretado vendaje
rodeando mi cabeza desde la nuca hasta la zona ciliar. Mi hombro y mi brazo
izquierdo los notaba inmovilizados por la escayola. El dolor fue remitiendo y
abrí los ojos despacio procurando no mover la cabeza. Girando los ojos
lentamente hacia un lado y otro comprobé que estaba solo en la habitación.


La cama de hierro blanca, las sábanas blancas y el olor a
formol me hicieron comprender que me habían trasladado a una habitación del
hospital y eso quería decir que mi gravedad había disminuido. No podía morirme,
no ahora, el odio que sentía me impulsaba con toda energía a seguir viviendo.
Empecé a marearme, la habitación giró como un tiovivo un par de veces y me
desmayé de nuevo. No sé el tiempo que pasó. Sólo recuerdo que noté que alguien
me estaba cambiando el vendaje de la cabeza y abrí los ojos.


Había tres personas en la habitación. La enfermera que
retiraba el vendaje de la cabeza, una morocha linda, de senos prominentes casi
pegados a mi boca, con amplias caderas y olor a hembra caliente, tuve ganas de
morder sus cúpulas atrevidas; el médico de bata blanca con el fonendoscopio
colgado del cuello detrás de la enfermera y un hombre alto y fornido a su lado
vestido de paisano con toda la pinta de pertenecer a la pasma.


<Me ha madrugado el muy cabrón, fue lo primero que pensé,
debí haber estado más atento y no haberme confiado. Te has dejado cazar,
pendejo, te ha partido la madre y casi te envía a platicar con Dios cuando era
el muy chingado quien debía estarle platicando. Órale. Fue cuestión de horas. Yo
tenía planificado la forma de apiolarlo. Sí, me demoré. Por fortuna aún estoy
vivo. El gatillero, un hombre moreno, delgado, de rostro agitanado debía de ser
un novato, o se había puesto nervioso ante el estruendo del primer disparo de la
Phyton 357, retumbando en la escalera como un cañonazo>


El hombre de la pasma habló al oído del médico que negó con
la cabeza e hizo un signo con la mano como indicando <después, o mañana>, movió
los labios pero no oí sus palabras y me pregunté si el disparo en la cabeza me
había afectado el sistema auditivo. No tuve tiempo de pensar nada más porque la
enfermera se retiró dejando pasó al galeno, moreno, algo mayor que yo, con barba
de varios días y ojos marrones que parecían cansados quizá a causa de una
guardia nocturna. Se inclinó sobre mí, movió los labios sonriéndome sin que
lograra entenderlo, dio un tirón sobre el último vendaje de mi cabeza y el agudo
dolor de nuevo me dejó inconsciente.


No sé el tiempo que permanecí desvanecido o durmiendo. Cuando
desperté, de nuevo estaba sólo en la habitación. Seguía teniendo sueño.
Seguramente la bolsa de suero colgada a la cabecera de la cama, medio llena,
contenía algún sedante porque no sentía ningún dolor, ni sed ni hambre. Me
encontraba más despabilado, mi visión ya no tenía brumas delante de los ojos, y
oía pasos y voces contenidas en el pasillo. Eso me alegró. Estaba vivo, el brazo
y el hombro seguían escayolados, pero el vendaje de la cabeza era menos
aparatoso. Moví el cuello lentamente, el dolor era menos intenso, más soportable
y desaparecía rápido.


Pensé en ella, la hermosa mujer de la que estaba enamorado, a
la que durante meses había gozado, disfrutando de su cuerpo soberano, la que
decía estar tan enamorada que estaba dispuesta a abandonarlo todo por mi y eso
hubiéramos hecho de no haberme dejado madrugar pese a que estaba avisado de lo
que podía ocurrirme. Fue el marido quien se adelantó, como si hubiera adivinado
la hora y el día en que también yo tenía preparado su paso de frontera. No fue
él directamente, que de nuevo tendría una buena coartada, una coartada
inatacable que lo eximiría de toda culpa, como años atrás ordenó la muerte de su
hombre de confianza por las mismas razones que había ordenado ahora la mía. El
odio que sentía se clavaba en mi estómago como un agudo estilete.


La policía quería saber quién me había disparado, si
reconocería al hampón que lo había hecho. El motivo estaba claro que había sido
el robo, pues se habían llevado del piso la tele, el video, una cadena de
música, mi reloj y mi anillo de oro, y varios miles de pesetas de mi cartera que
encontraron a mi lado. Nunca supieron cuantas porque yo no lo dije. Cara de
despistado, el disparo en la cabeza me había dejado amnésico, no recordaba nada,
ni siquiera la cara del ladrón que me había disparado. No quise reconocerlo en
el álbum de fotografías. El no era el culpable. Le habían ordenado hacerlo y lo
hizo. Mejor para mí si creían que se trataba de un robo.


Gracias a Dios mi fuerte constitución hizo que me recuperara
en tres semanas, incluso la clavícula cerró perfectamente. Tuve suerte de que
hubiera utilizado proyectiles perforantes, si llegan a ser proyectiles
explosivas estaría criando malvas. Pedí el traslado a Madrid que se me concedió
en una semana. Antes de marchar de la ciudad hablé con Manuela por teléfono y le
indiqué lo que debía explicarle a Pepita para poder hablar con ella
personalmente antes de marcharme. Alquilé una furgoneta y la recogí una mañana
en una estación de ferrocarril a veinte kilómetros de la ciudad, después de
asegurarme que nadie la seguía. Eso hubiera tenido que hacerlo antes y no
haberme confiado y dejarme madrugar.


Estuvimos hablando casi dos horas y haciéndonos el amor como
desesperados sobre unas mantas en el habitáculo de carga de la furgoneta que
escondí entre los árboles de una solitaria carretera de tierra. Estuvo de
acuerdo en esperarme el tiempo que hiciera falta. Quizá tarde un año, le dije.
Pues un año, respondió, besándome en los ojos. No le dije lo que pensaba hacer,
pero supe que lo intuía. El odio es tan difícil de disimular como el amor. La
dejé cerca de la estación del pueblo para que cogiera el tren de cercanías de
regreso.


Nunca logré averiguar por qué el marido tenía tantas
amistades con el hampa de la ciudad. Ya no importaba. Devolví la furgoneta.
Recogí el 1500 bifaro y aquella misma noche estaba ya instalado en la capital de
España. Durante todo el trayecto la fría cólera que me embargaba me hizo más
corto el trayecto. Comprendía perfectamente que no podía apresurarme. No podía
ni debía. La venganza es un plato que debe tomarse frío. Aunque es cierto que yo
también pensaba darle el pasaporte, no hubiera pensado jamás en matarlo de no
existir el precedente de la muerte de Carlos y ahí radicaba la diferencia entre
él y yo. A una mujer no se la puede obligar a que te ame cuando ha dejado de
hacerlo y se ha enamorado de otro y matar a ese otro para conservarla no es la
solución. Por lo menos, eso era lo que pensaba por aquel entonces.




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Relato: La extraña familia (7)
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