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Relato: Clases de verano (2)

La reincorporación de Cristina a las clases supuso para Elena
y para mí un punto y aparte en nuestra pequeña aventura profesor-alumna, ya que
a Elena le incomodaba un tanto que continuaramos con nuestro juego, aunque no lo
dijera, lo cual la verdad es que a mí me hizo polvo, porque estaba bastante
colgado de aquella preciosidad adolescente a la que había estado beneficiándome
durante medio verano.


Después de un par de clases con Cristina, ví que ésta me
miraba de una manera distinta, con disimulada curiosidad cuando le hablaba o
hablaba con Elena, lo cual me hizo entender que sin duda Cristina estaba
informada de mi aventura con su amiga Elena.


Al principio me incomodó, pero reconozco que al poco tiempo
me acostumbré e incluso me excitaba la idea de que lo supiera, me sentía de
alguna manera deseado por aquella muchachita con cara de no haber roto un plato.


Elena a penas necesitaba ya recibir alguna clase más, así que
solo venía a una clase semanal, mientras que Cristina necesitaba recuperar el
tiempo perdido durante sus vacaciones, por lo que decidimos dar clase tres días
en semana. Yo estaba solo en casa ya que mis padres, como cada verano desde
hacía unos cuantos años, a mediados de agosto se marchaban a la costa dejando a
su único hijo a merced de los rigores veraniegos, cosa que tanto mis padres como
yo considerábamos unas vacaciones, aunque por distintos motivos.

 


Una de esas tardes, Cristina llegó con un aspecto un tanto
distinto... Más arreglada, con un vestido veraniego de tirantes, las uñas
pintadas, brillo de labios, y un perfume dulce y sensual, que en conjunto le
daban un aire mas ...adulto. Sorprendido, le pregunté a qué debía el honor, y
sonriéndose me dijo que había quedado después para salir por ahí, con unos
cuantos amigos, después de nueestra clase. Yo le dije que sus amigos tenían
mucha suerte, a modo de piropo inocente, y ella se sonrió y me dijo "¿tanta
suerte como Elena...?" - aquello me dejó fuera de juego. Me confesó que Elena,
como yo sospechaba, le había contado lo nuestro. No es que me importara, pero me
sentí un poco violento. Cristina me dijo que no le importaba, que por ella no
debíamos preocuparnos por lo que había pasado entre nosotros.


Sin embargo, a lo largo de aquella clase, y de las
siguientes, cada vez que hacíamos un parón o un descanso, ella me preguntaba
alguna cosa al respecto de su amiga Elena, y sus preguntas poco a poco iban
resultando más y más íntimas.


Una tarde me preguntó qué es lo que más me gustaba hacerle, a
lo que yo, un poco cansado ya de no saber a donde iba a parar aquel
interrogatorio, le dije "¿de verdad  quieres saberlo... o quieres
comprobarlo?"


Cristina enrojeció al instante, y agachó la cabeza. Yo me
disculpé torpemente, tratando de disculparme por mi grosería, a la vez que le
explicaba que aquel interrogatorio me estaba violentando un poco, mientras la
cogía de la mano, agachado, a su lado.

Cristina no dijo nada, y cogiendo mi mano, levantó hacia mí la cabeza y
mirándome fijamente me dijo "Tienes razón, profe, lo que quiero es comprobarlo".
Tomó mi dedo pulgar y lo paseó por sus labios, para luego introducirlo poco a
poco en su boca.


Mi erección fue instantánea, aunque dudé un instante antes de
saber qué hacer. Una relación con una adolescente ya era algo bastante
complicado, como para tener otra...

Aunque lo cierto, es que, como ocurre comunmente con el género masculino, hubo
una parte de mi cuerpo que pensó antes que las demás, y poco después estaba
tomando a Cristina en mis brazos, y besándola en la boca, el cuello, mientras
mis manos acariciaban aquellos muslos de un moreno dorado. Cristina no tenía
nada que envidiarle físicamente a su amiga Elena, aunque ésta le sacaba unas
cuantas lecciones en lo referente al género masculino.


Visiblemente excitada, pero nerviosa, no opuso resistencia
cuando mi mano fue ascendiendo por sus muslos, hasta acariciar, por encima de
sus shorts, aquel coñito que se adivinaba a punto de arder, sin dejar de
besarla. Sus gemidos iban en aumento, y con ello mi excitación, por lo que sin
mediar palabra la tomé de la mano y la invité a acompañarme a mi habitación,
tumbándola en la cama tan pronto como entramos. La despojé de la camiseta y a
continuación del sujetador para admirar sus preciosas tetitas blancas en
comparación con el moreno del resto de su piel, coronadas en unos grandes
pezones rosados. Su respiración era agitada con lo que sus pechos subían y
bajaban rítmicamente, lo cual no hizo sino excitarme aún más... Tumbándome
encima de ella, mi boca pasó de su cuello hasta sus pechos, lamiéndolos y
saboreando su sudor y su excitación, creciente a medida que mi boca y mi lengua
se aproximaba más a sus pezones. Para cuando me introduje su pezón en la boca,
Cristina estaba a punto de explotar, tanto que notaba el calor de su coño en mi
vientre.


Le quité los shorts, y a continuación sus braguitas, pegadas
de la humedad, para descubrir su vulva sonrosada y húmeda. Mis besos y mis
caricias fueron conduciéndose cada vez más hacia abajo, hasta poder admirar su
coñito frente a mi cara. Pasando las manos por debajo de sus muslos, los separé
para poder disfrutar aún mejor de aquella dulzura, y tan pronto como empezé a
lamerla, noté que se venía en un orgasmo. Aquella chica era un auténtico volcán
en erupción. Se tomó su tiempo en correrse, sujetándome de la cabeza tan fuerte
que creí que me iba a arrancar el pelo, pero yo no solté mi presa hasta que su
respiración no volvió a la normalidad.


Cuando ambos recuperamos el aliento, suavemente, le dije,
"ahora ya sabes qué es lo que más me gusta hacerle a tu amiga Elena". Ella
sonrió, saboreando el reciente orgasmo, y me dijo "enseñame más", con la mirada
llena de deseo.


Tomé su mano y la dirigí a mi entrepierna, apretando su mano
contra mi polla, dejando que Cristina jugara con mi verga, y luego,
desabrochándome el pantalón, metí su mano por debajo de mis slips, sintiendo su
mano fría y nerviosa. Me puse de pié, dejándola a ella sentada, y me bajé por
completo los pantalones, dejando mi polla oscilante ante su cara. No tuve que
decirle nada. Cristina abrió la boca y mirándome a los ojos, buscando
aprobación, se la introdujo suavemente, primero solo la punta, lamiéndola y
saboreándola, tal y como - según me confesaría después- le había contado Elena
que me gustaba. Su lengua acariciaba todo el contorno de mi capullo. Yo mientras
acariciaba sus pezones con una mano, mientras con la otra dirigía suavemente los
movimientos de su cabeza. Poco a poco, fuímos aumentando el ritmo, con mi polla
completamente envuelta en su saliva. La aparté levemente, restregandome contra
sus pezones duros, mientras ella juntaba sus pechos para recibir la caricia de
mi polla. Cristina tenía unas tetas enormes, mucho más de lo habitual en una
chica de su estatura, y se me ocurrió que quizás llegara a lamerse los pezones.
Así se lo dije, y ella, con los ojos llenos de lujuria, me regaló el espectáculo
de verla lamerse los pezones, restregando al tiempo mi polla contra ellos. El
espectáculo era estupendo, pero yo no me iba a contentar con eso.


Después del tórrido verano con su amiga Elena, quería más de
aquella muchachita que tenía en mi cama. La puse de rodillas sobre la cama, de
espaldas a mí, yo de pié a su lado, acariciando todo su cuerpo, desde el cuello,
los hombros, sus tetas, su vientre ligeramente redondeado, hasta su culo,
acercándola a mí, restregándome contra ese culo grande y suave. Tomándola del
cuello, incliné hacia abajo su cabeza, mientras me masturbaba suavemente contra
su coñito, que seguía tan caliente como antes, y sin esfuerzo mi polla entró en
ella arrancándonos a los dos un gemido animal. Ella se giraba y me miraba con
una expresión salvaje, completamente desinhibida, y al poco tiempo era ella la
que dirigía los movimientos, follándome más que siendo follada. Yo la sujetaba
de la cadera y pellizcaba aquel culo pálido, que enrojecía a cada pellizco, a
cada palmada, mientras le decía cuanto me estaba gustando, y ella me respondía
con monosílabos, moviéndose cada vez más deprisa, cada vez más salvaje. Me
ensalivé el índice y separando sus nalgas, descubrí su ano, acariciándolo
primero, y penetrándolo con el dedo al poco, lo cual le arrancó un gemido aún
mas profundo. Yo sentía que estaba a punto de correrme, por lo que me separé de
ella. Deseaba como nada correrme sobre aquellas tetas preciosas, así que la
coloqué de nuevo frente a mí, y la hice que me masturbara, dirigiendo sus
movimientos, y tomé su mano libre haciendola acariciar mis huevos, mientras yo
amasaba sus tetas. Me corrí sobre sus tetas salpicándole la cara, el cuello,
mientras ella masajeaba mis huevos y se dejaba llenar de mi leche, cerrando los
ojos, sonriente, mientras yo permanecía de pié frente a ella, restregándome
contra sus pezones rosados, acariciando su cuerpo tibio.


Me tumbé a su lado y permanecimos así un rato. Después de un
asalto a la nevera, una ducha y unas cuantas caricias continuamos una tarde de
auténtica locura, en la que ambos recorrimos cada centímetro de la piel del otro
y nos follamos hasta acabar rendidos.


Pasó el fin de semana, y yo no me quitaba de la cabeza que
aquello me estuviera pasando a mí. Hacermelo con dos alumnas adolescentes en el
mismo verano sin duda superaba las expectativas más optimistas.


Poco sabía yo de lo que estaba por llegar...



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Relato: Clases de verano (2)
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