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Relato: Diana

Relato: Diana

  

Por fin había llegado el momento en que íbamos a disfrutar de
nuestro nuevo chalet en la Costa Brava. Hasta hace 3 años lo habíamos hecho en
un hotelito que distaba solo una travesía denuestra casita, verano tras verano.
Me gustaba el lugar ! Lo que no me agradaba en exceso era aquella salida de
Barcelona. Las retenciones eran constantes y, para llegar a las Rondas, tardamos
mas de 3/4 de hora. Avanzabamos apenas un par de metros y nos tocaba parar entre
1 y 5 minutos. Mientras, mis padres me iban sermoneando sobre lo que iba a ser
el primer dia de ocio. Pero no todo iba a ser malo. Una de las paradas, quizás
la mas larga, aunque para mi fuera breve, coincidió justo enfrente de una acera.


Había alli un joven de unas facciones explendidas, con un
cuerpo que hubiera maravillado a cualquiera. Montaba una bicicleta y esperaba
poder pasar. Había apoyado su pierna derecha en un árbol y la izquierda sobre
una papelera de estas que han crecido por doquier sobre el suelo urbano. Sus
piernas, pues, estaban abiertas de par en par. Su pecho era atlético, su cara
divina, sus piernas robustas y. el calzón de Lycra color azul claro que le
recubría, superindiscreto. Su entrepierna izquierda, lucía, junto a la costura,
un descomunal bulto. A su derecha, la misma imagen del bulto, algo más elevado
y, por encima de él,algo que se alargaba de forma provocadora a través de todo
el lateral.


No pude evitar que mis ojos se fijasen en aquel hermoso don
de la naturaleza, pero tampoco pude evitar que él se percatara de ello.
Consciente de lo que a mi me atraía, empezóa sobarse su entrepierna y me di
cuenta de que su aparato crecía, tanto en grosor como en longitud, abriéndose
camino entre su estrecho maillot y...Y no pude reprimirme. Yo estaba sentada
detrás de mi madre, al lado opuesto de mi padre que era el conductor. Tiré, para
no ser vista por el retrovisor, todo mi culito hacia adelante y levanté un poco
mi cortísima falda. Con los 3 dedos del centro de mi mano izquierda separé la
parte central de mi braguita de mi más íntimo agujerito y los introduje en mi
"verdulerito" (He de decir, que aunque yo era por aquella epoca -el verano
pasado- virgen de hombres, no lo era de verduras.


Por mi sexo habian pasado primero zanahorias, más tarde
pepinos y calabacines, aunque siempre con el temor -una vez me rompi el Himen-
de provocar en mi estrecha cuevecita, algún desgarro irreparable, por lo que
dificilmente gozaba con el "repertorio del campo"). Como os decía, introduje 3
dedos entre mis bragitas, compresa incluida, ya que me mojaba con frecuencia de
flujo y un simple Salvaslip no me servia, y mi caliente sexo. Con 2 de ellos
empezé a acariciarme mi enorme clítoris y el tercero lo hacía oscilar de atrás
hacia adelante. Empecé a notar palpitaciones algo frenéticas y como mis pezones
endurecían, sin poder frotármelos por mi posición. Mis piernas se movian
convulsas de atrás para adelante. Temía ser vista por mis padres y de golpe,
mojé, mojé y mojé mis dedos, mi mano, que chorreaba sobre el asiento y sobre la
alfombra. Apreté como pude los dientes, mi vientre dió varios golpes convulsos
hacia adelante, pensé en que HABIA QUE PONER SOLUCION de una vez por todas a mi
virginidad.


Imaginé que me poseían yo que sé que hipotéticos hombres y.
volví a mojarme !. Un olor acre, penetrante, subía de mi entrepierna y de mi
mano hacia mi nariz. Temí que mis padres lo notaran y cejé en mi empeño. Oh !.
Qué caliente me sentía !. Pero también empecé a sentirme sucia. Mis pegajosos
dedos me repugnaban. Tenía ganas de llegar a casa y lavarme. Confiando en que mi
hermano Albert, que se había ido hacia el chalet el día antes, no ocupase el
baño horas y horas, como solía hacer él. Albert tenía 19 años y yo 18. Era un
chaval algo fantasma, pero he de reconocer que supo aunar lo mejor de mi padre y
de mi madre. Era de aquellos chicos que hacen que nosotras nos giremos al verles
pasar. No me habría importado nada, si no fuese mi hermano y me lo pidiese, ser
novia suya... Llegamos por fin a casa. No había nadie. Tal como me habían
comentado mis padres durante el viaje, ellos continuaban ruta para ver a una
antigua asistenta nuestra, que, enferma y cuidada por su hermana, vivía unos
pueblos más arriba. Ellos no regresarían hasta la tarde-noche y, por tanto, me
dieron dinero para comer. (Yo ya sabía dónde DEBIA hacerlo). Me dirijí rauda al
baño. Encendí el termo y llené el bidet de agua y un poco de jabón líquido. Me
despojé de mi falda y mis braguitas y sumerjí mis tesoros en él. Pensé en Albert
y las orgías costeras que él y sus amigos comentaban y empezé a frotarme. Me ví
rodeada de hombres, todos me tocaban y me acariciaban, de pronto, todos
quisieron poseerme, introduje mis dedos en mi sexo, acaricié una vez más mi
clítoris y empecé a jadear. Miré a mi alrededor y pensé que alguno de ellos
debía de poseerme por detrás. Vi el redondo mango de la escobilla del WC, la
mano se me fué, llena de jabón, tras ella. La froté a todo lo largo, levanté mi
culito del bidet y empecé, lenta, pero frenéticamente a sentarme encima de ella.
Iba penetrando en mi culito, centímetro tras centímetro.


Ya casi no quedaba nada más que el cepillo fuera de mí. Yo
jadeaba, casi chillaba de placer con los dedos de mi mano derecha dentro de mi
sexo y con la izquierda empujando por detrás. Volví una vez a mojarme. Notaba
como la musculatura de mi esfinter vibraba. Me dolía, pero bien sabe Dios que me
gustaba. Volví a emitir unos pequeños grititos que me impidieron oir como se
abría la puerta de casa. Instantes después, tuve justo el tiempo de oir la voz
de mi hermano como mascullaba: "Hostia, cómo me meo!" y la puerta del baño se
abrió de par en par. Quisiera haberme fundido, que la tierra se hubiera abierto
a mis pies, desaparecer del mapa. No se me ocurrió idea más peregrina que la de
sentarme de inmediato en el bidet para ocultar mi vergüenza y, lo único que
logré fue exhibir mi ridículo perfil. Mi culo, como un tonto florero, dejaba
entrever una escobilla bamboleante y por delante una mano agarrotada dentro de
mi receptáculo sexual. Dios, qué afrenta ! Y me dirigí rauda al bidet. Abrí el
agua del monomando al máximo y me enjuagué, eliminando todo el jabón que me
recubría. No cesaba de recriminar mi estúpida situación. Cogí una toallita para
secarme e, irritada, llamé a Albert para que "pegase su inoportuna meadita".
Tras ponerme la falda, apareció y, a pesar de ser un cara, se le veía bastante
cortado. Entró y se dirigió al labavo. Yo me fuí hacia la puerta, la abrí y, de
pronto, un flash cruzó mi mente. Si mi hermano sabía que yo tenía un vicio en el
cuerpo (mi secreto mejor guardado hasta aquel momento),


Porqué no compartirlo?. Albert, al oir el ruido de la puerta
al cerrarse, se puso a orinar, y yo, descalza como estaba, me volvi hacia atrás,
sin hacer ruido, cogí la toalla con la que me había secado, que estaba tras de
sus pies y, al ver que se la sacudía, tras su último chorrito, me acerqué a él.
Se cortó nuevamente e intentó infructuosamente esconder su gran tesoro. Fue
inútil, ya que yo, más rapida se lo agarre con una mano y con la otra, toalla en
ristre, terminé de secárselo. Tiré de la cadena de la cisterna, bajé la tapa y
me senté sobre ella al tiempo que introducía su miembro en mi boca y me alzaba
la falda, metiéndome la mano nuevamente allí. Dios, qué miembrazo tenía mi
hermano, que suave y dulce era eso de chuparla!. Era suave como la piel de un
melocotón y su sabor. Ah, es algo inexplicable. El intentaba escabullirse, pero
yo, con mi mano libre, la apretaba su culo, su macizo culo hacia mí. Su sexo no
se ponía a tono del todo, cosa que atribuí al lógico corte que, al haber luz en
el baño, le daba. Razoné que la oscuridad sería mejor, así que le agarré del
miembro y le conduje hacia su habitación. Le empujé sobre su cama, terminé de
sacarle el pantalón, sus Nautics y su camiseta. Volví a la taréa.


Su aparato entró nuevamente en mi boca. Estaba fláccido y
entraba totalmente en ella. Yo le pasaba la lengua por el glande, lo succionaba
y, con la punta de la lengua, le acariciaba el agujerito de la punta, pero nada,
élno reaccionaba. No era yo persona que se echase atrás con facilidad. Insistí e
insistí, pensando que más tarde o más temprano la pasaría la vergüenza de
hacerlo con su hermana y saldría de dentro de él el hombre que había dentro. Al
cabo de unos instantes, dejó de empujar mis hombros y le supuse resignado a
montárselo conmigo. Sus manos fueron a parar bajo su nuca y le oí suspirar.
Aquello funcionaba, o así creía yo, ya que al cabo de unos instantes, su brazo
izquierdo se deslizó hacía mi. Tras pegar una sonora palmada en mis nalgas, de
un brusco golpe arrancó la cadena que colgaba de su cuello, dejandola caer al
suelo mientras asía la llavecita que pendía de ella. Yo conocía esta llave. Era
la de una cajita de caudales verde, en la que el iba metiendo sus escasos
ahorros durante el año para, en verano, correrse sus buenas juergas. Abrío con
la misma mano el armario que estaba junto a la cama, en el mismo lado izquierdo.
Abajo, sobre los cajones, estaba su caja. La acercó, sacó su mano derecha y con
la otra la abrió y. Y la abrió. Se llevó, ante mi sorpresa la mano a la boca y,
tras ensalivar sus dedos se los llevó a su culo. Saco un enorme objeto de
plástico de la caja y la dejo caer al suelo. El estruendo que provocó me hizo
salir de mi sueño y ver, con pasmo, como ponía en marcha aquello, que no era
sino un vibrador y lo introducía en su culo. Se me heló la sangre. Estoy segura
que, si me hubiesen pinchado, no habría sangrado lo más mínimo. No podía
creerlo; Albert era un marica! Me levanté medio histérica. Me dirigí a la puerta
y, al girarme para recriminarle su actitud, vi, que completamente empalmado, se
estaba masturbando con una mano mientras, con la otra, movía el consolador.


Me fuí a mi habitación y rompí a llorar. Pensé en que un día
que había empezado tan bien, porqué tenía que darme tantos sinsabores y decidí
darle un giro total. Iba a ir a comer y hacer borrón y cuenta nueva de lo
sucedido hasta aquel momento. Tenía claro dónde comer. Desde hacía 3 años, como
dije, ibamos al hotelito que estaba al lado de casa. Había allí un camarero
-cada verano- que desde siempre era el protagonista de mis sueños de verano y
parte de los de invierno. Era un italiano, estudiante temporero, llamado Luca.
Mis amigas, entre comentarios, decían que el miembro de un hombre, guardaba
proporción con el tamaño de sus manos, pies y con la mesura de sus uñas. Pues
bien, Luca tenía enormes pies, grandísimas manos, que casi cubrían un plato y
unos dedos inmensos coronados por unas uñas gigantes. Tenía además un cuerpo,
una cara, unos ojos, unos pómulos y unos labios que me hacían pensar que Dios
tenía forma humana. De su tórax, qué deciros. Tenía además unas macizas piernas
y, cuando iba hacia la cocina, mostraba un trasero que ya quisieran para si esos
globos terráqueos que venden hechos de plástico. De lo único que no podía dar
fe, era de su paquete, dada la afición de Luca a los pantalones (negros,
obligados por su oficio de camarero), con unas pinzas enormes, que desdibujaban
la parte de delante. Mi pregunta era. Estaría también este verano Luca aquí en
el hotel como camarero ?. Fuí casi corriendo, eran más de las 3 de la tarde. El
comedor estaba vacío. Ya sabéis el horario de comidas de los extranjeros. Esperé
unos segundos, que me parecieron siglos y. una humedad cálida, inmediata, creo
que casi elaborada durante minutos anteriores me hizo reaccionar.


SI!. Luca estaba también este verano !. Me saludó con su
perfecto catalán, eso sí, con su gracioso acento italiano, me dió los consabidos
besos en las mejillas y me preguntó por mis padres, como siempre. Nunca me
mencionaba a Albert, lo cual en este día era de agradecer. Yo pensaba siempre
que, siendo ambos jóvenes y a cual más guapo, era cuestión de gallitos. Cada uno
debía sentir un poco de recelo del otro. Luca, lo sabía por otros años,entraba a
trabajar un poco más tarde - vivía en el propio hotel-, pero era el último en
servir el comedor. Descansaba después unas 3 horas, si la gente lo dejábamos y
se incorporaba después a servir las cenas, siendo también el último en salir.
Por las mañanas, según me había contado, en lugar de ir a la playa, estudiaba en
su habitación. No quise hacerle esperar para descansar y comí rápida. Yo creo
que le comí más con mis miradas que no lo que me pusieron en el plato. Este año
había cumplido los 20 y estaba imponente.


Sus piernas continuaban siendo las columnas de mis sueños. Su
trasero, inmenso, el agarradero para asirse a él y sentir mis soñados embates.
Su pecho, el que Maciste quisiera, su cara. Oh, no. Me había vuelto a mojar.
Menos mal de la compresa !. Me fuí como loca para casita. Albert se había ido.
Ojalá no volviera jamás !. Me metí en mi habitación y me quedé con el sujetador
y las braguitas. Me tumbé en la cama. Me gustaba quedarme en ropa íntima, porque
así soñaba que me metían mano y me la sacaban unas veces poco a poco, otras
violentamente. Empecé a tocar mis pechos por encima del sostén. Mis manos
regiraban sobre ellos y el meñique se deslizaba debajo de él. Bajé una mano a
mis braguitas e introduje el dedo índice. La compresa empezó a cumplir su
cometido. Mi culito se arqueaba de placer. Mi boca besaba otras bocas
imaginarias y. Mierda, esta vez si me di cuenta. La puerta de la calle se había
abierto!. Paré mis toqueteos. Me quedé muda y parada y me fingí la dormida.


Habrían vuelto ya mis padres ?. Albert, cuando salía por las
tardes, no solía regresar hasta la madrugada. Ni siquiera venia a cenar. Oí una
voz apagada. Vaya, era él. Albert hablaba flojo, con voz queda. Sonó la puerta
de su habitación y oí como esta se cerraba. Se apagaron las voces. Me levante
descalza, sin hacer ruido alguno. Recorrí el trocito de pasillo y me pegué a su
puerta. Nada !, hasta que de pronto, me sobresalté al percibir un sonido
metálico contra la madera. Lo primero que pensé fué en las enormes hebillas de
los cinturones de mi hermano. Dejé pasar unos segundos y abrí la puerta de par
en par. Lo que vi fué la guinda que completaba el día. Mi hermano, desnudo
estaba con el culo en el borde de la cama con las piernas en alto y abiertas. Un
chico, desnudo su torso, le sujetaba uno de los tobillos y con la otra mano le
ensalibava el culo, y ese chico era LUCA. Mi ira estalló. Albert estaba
sujetando los hombros de mi italianito como si quisiera indicarle que pasara de
mi y continuara. No podía más y me fuí hacia ellos. Me acerqué a la cama y, fué
entonces cuando la cosa cambió. Luca se liberó de las manos de mi hermano y se
abalanzó sobre mi. Mi primera reacción fué de asco y quise sacármelo de encima,
pero a los pocos segundos reaccioné. Qué mejor ocasión de castigar a mi hermano,
por marica, que la de quitarle el "novio". Por otra parte Luca estaba inmenso !.
Lo primero que hizo fué sujetarme las muñecas y besar mi ardiente boca. Una
oleada de su saliva, cálida, dulce, enórmemente dulce y sabrosa vino a mi
paladar. Al ver que ya no ofrecía resistencia, llevó mis manos sobre mi
sujetador, acarició mis pechos con una impaciencia irrefrenable y a los pocos
segundos me lo sacó y lo lanzó contra la balconera.


Acariciaba con sus labios mis pezones. Con sus dientes, sin
clavármelos, los rozaba y yo. me mojé y mucho para variar. Creo que él se dió
cuenta, porque cambió de pecho y con una mano me acariciaba el pezón de uno y
con la otra se dirijió a mi "cuevecita". Allí, empezó a acariciar mi clítoris,
al principio lentamente, luego con furia. Seguía acariciándome hasta que llené
su mano con mi pegajoso y espeso flujo. Un segundo orgasmo me sacudió. Me soltó
toda y acabó de tumbarme al lado de Albert. Su cabeza bajó a la misma posición
que la que le vi cuando entré en la habitación y empezó, tras arrancarme las
braguitas, a comerme aquello que yo tanto deseaba. Cerré los ojos y enloquecí de
placer. Poco o nada tardé en sentir mi tercer gozo. Apenas Luca se percató de
ello, noté como su boca se retiraba de mi sexo y su lengua se dirigía hacia mi
culito, al tiempo que empezaba a lamérmelo. Abrí los ojos, me incorporé un poco
y vi como, con una de sus manos, estaba acriciando los testículos de Albert, que
se había puesto tieso como el asta de una bandera. Sería cerdo el tío. Estaba
jugando a dos bandas. Terminé de incorporarme y. Y empujé su cabeza con rabia.
Justo en aquel momento, él me asió por la cintura. Se levantó (ya dije que
estaba de rodillas en el suelo frente a mi) y a su vez me levantó a mi. Me movió
de lugar y me planto sobre el miembro de mi hermano. Un brusquísimo dolorsacudió
mi culo. El peso de mi cuerpo hacía que casi sin pausa me deslizase hacia abajo
y que aquel enorme "aparato" de Albert me penetrase, desgarrándome viva. Mis
nervios notaban cada milímetro que me introducía. Estaba atenazada, rígida y sin
aliento.


El dolor era enorme, pero, como podré explicarlo. No me
molestaba. Sentí como su pene entraba ya, tras dejar mi destrozadísimo músculo,
dentro de mi culo, y continuaba entrando y entrando. Unas gruesas lágrimas
salían de mis ojos y por el cuello y entre mis pechos corrían hilos de sudor.
Intenté salir de mi agarrotamiento y reaccionar. Luca estaba frente a mi. Ahora
me asía por los hombros, empujándome hacia abajo. Yo había mantenido,
inútilmente, mis puños sobre la cama intentando hacer fuerza para evitar la
penetración. Ya era en vano, puesto que Albert estaba totalmente dentro de mí,
así que intenté jugar a mi favor. Quería saber que ocultaba aquel pantalón negro
y solté una de mis manos hacia la entrepierna de Luca. Dios, qué era aquello que
palpaba ?. Podía ser cierto ?. Lo era. Un miembro más cercano a los 30 cms que
no a los 20 (Luego he sabido que son 28) y de un enorme grosor (el perímetro de
su glande es de 19 cms), bajaba por su pernera izquierda. Tiré de él hacia mi y,
por fin, Luca se desprendió, rápido, de su pantalón y de su calzón boxer. Su
aparato se lanzó erguido hacia mi cara y mi boca fué tras él. Poco o nada pude
hacer, ya que me desencajaba lamandíbula y las arcadas revolvían mi estomago. Me
faltaba mucho aprendizaje para tragarme "aquello" como lo hago hoy en día. Luca
se percató de ello y me tumbó sobre el cuerpo de mi hermano. Bajósu cabeza y
empezó a chuparle los testículos. Yo le dejé hacer, porque entendí que lo hacía
por mi bien, ya que Albert, al sentir la presen- cia de Luca, se "crecía",
desgarrándome aún más, pero haciéndome estallar una vez más de placer. Luego
dirigió una vez más su boca hacia mi "rinconcito" y poco o nada tardó en venir
no recuerdo si era el 5º ó 6º orgasmo. Se levantó.


Puso sus dedos en forma de piña y los introdujo en mi boca.
Los sacó húmedos por mi saliva y sin deshacer la forma de piña, introdujo toda
su mano en el culo de Albert. Fué el toque final. El sexo de mi hermano rasgó
hasta el último de mis tejidos y alcanzó su máximo tamaño. Mientras el enorme
miembro de Luca se abalanzaba sobre mi sexo iniciando su andadura. Apenas me
había metido 6 ó 7 cms, con un dolor superior al que había sentido antes, se
retiró y con la punta empezó a acariciar mi clítoris, para pasar después a
embestirlo como si de una lucha se tratase.


Me lo empujaba con furia y lo hundía hacia dentro. Esta vez
mi corrida fué tan espectacular que salpiqué fuera de mi sexo, cual si de una
meada se tratase. Salía a pequeños chorritos y las piernas de Luca quedaron
salpicadas y sus pelos pegados a la piel. Al sentirme tan lubrificada, intentó
nuevamente penetrarme. Esta vez no hizo caso alguno de mis quejiditos y se lanzó
hacia adentro como un loco. El peso de su cuerpo hacía que aquella "espada"
penetrase y cortara todo lo que se le plantaba ante ella. Lo hacía, eso sí, poco
a poco y. Y llegó por fin a mi vagina. Allí, como si de una aspiradora se
tratara, un collarín de músculo que vibraba como las alas de un insecto le
estaba esperando ansioso. Mientras las manos de Luca iban desesperadamente de
mis pechos a los testículos de Albert o su culo. Yo, aunque casi no lo veía lo
intuía por las fuertes embestidas que sentía dentro de mi culo. Por fin Luca
empezó a penetrar mi vagina. Un lamento desgarrado salió de mi reseca garganta y
mi amante se lanzó sobre mi boca llenándola de su saliva que actuaba como
bálsamo refrecaste. Dirijí mi mano a su miembro y me percaté que aún quedaba la
mitad fuera. Me asusté pero me propuse aguantar todo lo que pudiera. Fué
entonces cuando empezó a retirarse hacia atrás. Yo me así a su precioso culo
justo en el momento en que me embistió. Entro a fondo, TODA.


Mis sienes, mi corazón, mi vagina, toda yo creimos estallar.
El dolor era enorme, enorme de verdad, pero el placer era mayor. Volvió a
sacarla y a embestirme, una, dos, no sé cuantas veces más. Recuerdo que empezé a
clavar mis uñas en su culo. Recuerdo también que creí que caía por un precipicio
sin fin y. Y mi hermano Albert empezó a lanzar bocanadas de aliento sobre mi
cogote. Jadeaba como un loco cuando de pronto empezó a soltar su munición en mi
culo. Era como oro fundido, que quemaba, pero era precioso. Notaba todos y cada
uno de sus chorros con unaprecisión infinita. Luca también empezó a echar su
aliento en mi rostro, emitió algunos gemidos y fué justo entonces cuando su
volcán rugió y entró en erupción. Un manantial de lava estalló en mi interior.
Lava ardiente, explosiva, penetrante. Notaba a mi hermano aún eyaculando en mi
culo. Una, otra, otra (sigue, sigue, pensaba yo en mi interior), cuando Luca
inició sus cálidas expulsiones. Mi vagina sentía una tras otra. Más, más, más
!!!. Ah !. No pude más. Toda yo exploté en mil pedazos. Si antes os hablé de mis
sienes, de mi corazón, etc. Ahora todo estalló. Caí en un abismo. Mi vientre
explotó de dolor. Mi sexo reventó de placer. Mi cabeza se abrió como una sandía
al caer al suelo. En fin, que perdí el sentido. Me desvanecí de placer y no sé
cuanto tiempo estuve sin sentido. Solo sé que mi cuerpo había caido hacia un
lado, liberando a Albert de mi peso y que él y Luca se estaban besando
cálidamente. No me supo mal, ya que si dos caballeros se felicitan tras una
lucha noble, ellos hacían lo mismo a su manera. Como pude, me liberé del ya
fláccido miembro de Albert y uní mi boca a las suyas. Las tres lenguas se
entrelazaron y un manantial de saliva acudió a refrescarme. Era el paraiso !. Mi
hermano bajó hacia el culo de Luca y empezó a lamer las heridas que yo había
causado con mis uñas. El miembro de mi adorado, aún se estremecía dentro de mí,
cuando Albert asío su raiz con la mano y empezó a retirarlo de mi interior.


A diferencia del suyo, el de Luca estaba aún enhiesto. La
boca de Albert intentó tragárselo y, tras 4 ó 5 arcadas, desistió de ello,
empezando a lamerlo de la raiz hasta el extre mo. Yo veía todo el flujo,
espumeante, que mi sexo había dejado en aquel "aparato" y como mi hermano lo
lamía dajándolo todo dentro de su boca. No cejó hasta dejar limpísimo aquel
tesoro y trayendo luegosu boca sobre la mía, me besó, devolviéndome lo que
eramío. Así supe como sabía aquel líquido que traía locos a los hombres ! Lo que
mi hermano no soltaba era su mano del miembro de Luca. Yo no quise ser menos y
así con una de mis manitas aquel miembro maravilloso que aún no agachaba cabeza.


Mi otra mano se abalanzó sobre la mustia colgadura de Albert,
que, como su de un flujo magnético se tratara, empezó a crecerse de forma rápida
y acelerada. Mi hermano me tumbó boca abajo, puso su cuerpo perpendicular al mío
y volvió a embestirme por detrás. Instantes después Luca hacía lo mismo con
Albert, ocupando 45 grados entre ambos cuerpos y besando mi boca. Intuí que
aquel iba a ser un verano fabuloso y que, tras las vacaciones, Albert y yo
podíamos tener muchos "recuerdos".


 



Relato: Diana
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Tiempo de lectura: 14 minuto/s





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