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Relato: El rincón del placer (I)

Relato: El rincón del placer (I)

  

¿Quién no ha fantaseado
alguna vez con tener sexo con una persona desconocida en el interior de
un autobús atestado de pasajeros? Eran cerca de las 7 de una calurosa
tarde de septiembre, llevaba cerca de media hora en la parada del autobús
desesperada por su tardanza y cansada de esperar de pie calzada con aquellos
cada vez más incómodos zapatos de elevado tacón. No
podía sentarme debido a la brevedad de mi faldita que, aunque tenía
algo de vuelo, era lo suficientemente corta como para mostrar más
centímetros de muslo de lo que pudiera considerarse decoroso si
me sentaba en el banco metálico de la parada.



Mi trabajo como Relaciones Públicas
de una empresa internacional me obligaba a llevar un convencional uniforme
compuesto por un traje de chaqueta con falda corta que indefectiblemente
debía ir acompañado por unos tacones. Aquel había
sido un día agotador, las recepciones ofrecidas a nuevos clientes
lo eran siempre.



No veía la hora de llegar
a casa y descalzarme nada más cruzar la puerta. A continuación
me prepararía un relajante baño de espuma, me serviría
una copa de vino y la disfrutaría lentamente sumergida en el agua.
Sí, sin duda eso me haría sentir bien, muy bien.



Estaba abstraída en estos
pensamientos cuando finalmente vi llegar el autobús cargado hasta
los topes de pasajeros. Puse una mueca de fastidio pues seguramente el
ambiente en su interior estaría agobiantemente cargado con los efluvios
procedentes de tal cantidad de personas sudorosas tras la calurosa jornada.
Una vez dentro me costó avanzar por el pasillo atestado, pero finalmente
logré situarme en un rincón del descansillo de la zona central
y suspiré aliviada al comprobar que el aire acondicionado hacía
respirable el aire allí. Me apoyé en el cristal de la ventana
que estaba a mi izquierda y me dispuse a echar un vistazo a la revista
femenina que llevaba en la mochila colgada a mi espalda, pues dado el abundante
y lento tráfico que suele haber en Madrid a esas horas de la tarde
el trayecto iba a resultar bastante largo. Así que, como pude, debido
a la cantidad de gente que me aprisionaba en aquel rincón, pasé
mi mochila al frente y saqué la revista, depositando aquélla
después en el suelo, separando un poco las piernas para colocarla
entre los pies.



Mientras estaba inclinada asegurándome
de dejar bien cerrada la mochila sentí que alguien se colocaba rápidamente
detrás de mí frotando su cuerpo contra mis nalgas con una
intensidad y duración que me pareció desproporcionada para
resultar casual. No obstante, el roce no me resultó desagradable
en absoluto, más bien todo lo contrario, por lo que prolongué
unos segundos más el contacto...



Cuando me incorporé, abrí
la revista y me puse a ojearla. El movimiento del autobús hacía
que nuestros cuerpos contactaran y se apretaran a menudo lo cual me estaba
empezando a gustar, especialmente porque sentía como poco a poco
él se aproximaba más a mí hasta situarse completamente
pegado a mi espalda. El vaivén acompasado de nuestros cuerpos me
excitaba cada vez más y decidí apoyarme en él para
ver qué pasaba. La altura que me proporcionaban los tacones hacía
que mi culito quedara a la altura de su paquete, lo cual hacía más
sexualmente explícito, si cabe, el contacto. De repente, noté
el roce de unos dedos en mi cadera derecha, roce que se fue convirtiendo
en caricia. Sentir esa mano desconocida acariciando mi cadera era de lo
más excitante, así que decidí dejarme hacer. En un
momento dado, empecé a apreciar cómo el bulto que tenía
detrás de mi culito aumentaba considerablemente su tamaño
y protuberancia. Alcé un poco los talones para elevar aún
más mi cuerpo y los bajé de nuevo de modo que el bulto quedo
perfectamente encajado entre mis nalgas.



Tras permanecer un rato en esta
situación, noté cómo el desconocido se separaba ligeramente
y cómo sus caricias se trasladaban desde la cadera hasta la nalga
derecha. Primero, por encima de la faldita y luego, bajándola al
muslo e iniciando un ascenso hacia mi culito bajo la falda. Cuando la mano
llegó hasta la nalga se detuvo y pareció vacilar unos instantes.
En ese momento imaginé que el desconocido -al notar mis nalgas desnudas-
pensaría que llevaba unas braguitas tanga. Pero lo que él
aún no sabía es que aquella mañana había prescindido
de ponerme braguitas previendo que el calor haría que me estorbasen.
No tardó mucho en descubrirlo ya que su mano empezó a acariciar
ambas nalgas y a recorrer la rajita de abajo a arriba con los dedos, por
lo que al llegar al extremo superior y no encontrar ninguna tira de tela
surgiendo entre ellas comprobó que no llevaba ropa interior. Esto
pareció excitarle ya que sus caricias aumentaron de intensidad y
se fueron haciendo cada vez más íntimas pues la mano se deslizaba
ahora hasta la parte posterior de mi conejito, el cual ya estaba lo suficientemente
lubrificado como para mojarle los dedos.



Separé un poco más
las piernas de modo que ahora sus dedos alcanzaban perfectamente a acariciar
la mucosa que rodea a mis dos orificios. Mi respiración y la del
desconocido eran cada vez más agitadas, y nuestras temperaturas
ascendieron vertiginosamente cuando sus dedos empezaron a hurgar en la
entrada de mi coñito y en la de mi culito alternativamente. Intensificó
la intimidad de estas caricias hasta el punto de introducir los dedos en
mi chumino, ya palpitante de deseo. Primero noté uno, luego dos
y hasta tres dedos entrando y saliendo furtivamente en mi cueva sagrada.
Tras un par de minutos, en los que yo estaba completamente entregada a
las caricias del desconocido intentando que la expresión de mi cara
-la cual tenía dirigida hacia la revista que no estaba leyendo-
no delatara el placer que estaba recibiendo de él, retiró
inesperadamente sus dedos de mi intimidad.



Mi primer impulso fue echarme hacia
atrás buscando de nuevo el contacto, pero apenas había acercado
mis nalgas a él noté una protuberancia presionando contra
ellas. Su tacto suave y duro, su calor y la humedad que emanaba de su extremo
me llevó a descubrir que se trataba de su pene. ¡Se había
sacado la polla!. No me dio tiempo a reaccionar, porque en un rápido
movimiento la situó entre mis nalgas y empezó a frotarla
por toda mi rajita. ¡Uhmmm!, no pude soportar por mucho más
tiempo la calentura que el sobe de su polla me estaba produciendo, así
que eché hacia atrás y arriba la pelvis de modo que en uno
de los movimientos su capullo se encajó en la entrada de mi coñito.
En ese momento él debió de agacharse un poco porque noté
cómo iba introduciendo su falo dentro de mí. Para facilitar
las cosas me incliné disimuladamente hacia delante de modo que finalmente
se introdujo del todo. Allí estaba yo, en un autobús atestado
de gente con el pollón de un desconocido clavado en mi coño,
y disfrutando como una zorra con la situación. El vaivén
del autobús colaboraba a la hora de disimular los suaves movimientos
de folleteo que habíamos iniciado.



Notaba cómo chapoteaban nuestros
sexos a cada embestida y los fluidos resbalando por mis muslos. Estuvimos
así cerca de 5 minutos, gozando en silencio de una situación
que aparentemente no estaba teniendo lugar. Finalmente, mi desconocido
amante se puso tenso y clavándome la polla hasta el fondo soltó
varios chorros de semen caliente y espeso en mi interior, esto desencadenó
mi orgasmo y mi vagina comenzó a contraerse apretando y aflojando
rápidamente la verga que la atravesaba.



Aún aturdida, me di cuenta
de que quedaba poco para llegar a mi parada así que me separé
despacio, me coloqué bien la faldita, recogí la mochila y
con piernas temblorosas me acerqué a la puerta de salida pulsando
el timbre de parada mientras sentía cómo un hilo viscoso
de semen se escapaba de su refugio, llegaba a la parte superior de mis
muslos y desde allí iniciaba un lento y acariciante descenso . Cuando
el autobús se detuvo, me apeé sin mirar atrás. Aquella
tarde llegué a casa agotada, pero con una amplia sonrisa de satisfacción
en la cara y una buena carga de leche caliente en mi coñito.



By Venus


 



Relato: El rincón del placer (I)
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