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Relato: Esposa entregada

Relato: Esposa entregada

  

Respetables lectores: A continuación os ofrezco, con una
sonrisa y con los ojos brillantes, un texto cuya lectura completa -y
consiguiente disfrute- acaso os hiciera perder algo de respetabilidad si los
vigías y censores que pululan a vuestro alrededor se percatasen. Tomad vuestras
precauciones, por lo tanto. Si vuestro espíritu sensible se viese atormentado
con esta historia no lo dudéis, dejad su lectura y echadla al fuego, borradla
también de vuestra imaginación si podéis. Pero si llegarais hasta el final y,
sobre todo, si algo disfrutarais con mi narración, entonces nada me habréis de
reprochar. Seréis casi tan culpables como yo. Venga.




Ella saldría de la consulta del dentista ya anochecido y
todavía algo adormecida por los efectos del anestésico. Para acortar camino
hasta el estacionamiento donde dejaba el coche y además pasar por una tienda que
siempre visitaba cuando iba al centro, cruzaría por un tramo de calle solitario
y mal iluminado. Un lugar de viejos edificios decrépitos, completamente
abandonados la mayoría, habitados por unos pocos viejos los otros.


Ella pasaría por allí muy probablemente, porque otras veces
lo había hecho. Yo conocía sus costumbres. Y allí había un edificio cuyas obras
de rehabilitación quedaron interrumpidas hace un tiempo. La parte de abajo
estaba cerrada por una valla de tablones en que una vieja puerta fue instalada
provisionalmente para cerrar el acceso y así había quedado desde hacía dos o
tres años. En el interior, muy profundo, había montones de arena, ladrillos,
escombros. Y al fondo, cerca del patio interior pero todavía dentro del
edificio, un cuarto que fue utilizado por los albañiles para cambiarse de ropa y
guardar herramientas. Por eso estaba en mejores condiciones que el resto de la
planta baja. Tenía buenas paredes, una puerta sólida, una ventana pequeña y bien
cerrada cuyo sucio cristal estaba cubierto por una contraventana de madera
descolorida y unos pocos muebles.


Hacía ya tiempo que yo había previsto la situación y que
cuidadosamente lo había preparado todo. Por eso al fondo de ese cuarto había un
colchón sobre el suelo y por eso había allí una estufa y lámparas de gas, una
alfombra y otras cosas. También por eso había sido instalado en el interior de
aquella habitación un viejo armario grande en cuyos lados se habían hecho varios
agujeros adecuados para ver a su través. Y también por eso cuando ella pasó por
la calle, la puerta de entrada a aquel edificio estaba sólo entornada y a mi
mujer la estaban esperando.


Cuando pasó frente a la puerta, un individuo que no había
visto, oculto tras una furgoneta aparcada, se lanzó bruscamente contra ella y de
un fuerte empellón la introdujo en el oscuro interior de aquel edificio. Allí
había otro hombre que la sujetó y tapó la boca. Un tercero, que vigilaba desde
un portal enfrente y que, con gestos acordados, había dado los avisos
necesarios, entró detrás rápidamente.


Eran hombres jóvenes y fuertes. Sin dificultades la
redujeron, amordazaron, vendaron los ojos y -tras cerrar con un candado la
puerta que daba a la calle- la llevaron al cuarto del fondo, ya preparado, en el
que había estado encendida la estufa desde hacía varias horas, pues el día había
sido frío y la noche lo iba a ser más. Apenas emitió algunos gemidos apagados.
Debía estar aterrorizada.


Tras ellos entré yo, que había esperado dentro de aquella
casa junto con aquellos hombres y les había visto cumplir lo planeado. Me metí
inmediatamente dentro del armario. Desde allí, a través de unos agujeros
realizados con tal propósito, podía verlo todo sin que ella me pudiera ver a mí.
Me había costado encontrar tipos como aquellos, que estaban dispuestos a casi
todo para ganar algún dinero, tenían muchas ganas de hembra y, además, me habían
demostrado ser de confianza en algunos trabajos anteriores de otra índole. Eran
extranjeros, morenos y rudos. Uno, el más joven, era alto y lampiño, con cabello
negro y liso. Los otros dos, rondando la treintena, eran de mediana estatura y
con barba de dos o tres días, uno con rizado pelo negro y otro casi rapado. De
los tres, el rapado era quien tomaba la iniciativa y se hacía obedecer,
mostrando a veces alguna tendencia violenta. Casi sin hablar, con gestos,
dirigió la acción.


Mi mujer estaba de pie sobre una alfombra de color rojizo,
amordazada y con los ojos tapados por bandas de tela negra y espesa. Los tres
hombres estaban a su alrededor. Dos la sujetaban por los brazos. El rapado la
tomó durante unos instantes con ambas manos por el cuello, apretándoselo un
poco; entonces hizo un gesto y rápidamente le quitaron el abrigo, que tiraron
encima de una silla. Estaba vestida con unos pantalones de color marrón oscuro y
un ajustado jersey rojo. Me pareció muy atractiva con aquella ropa, mucho más
que otras veces.


El rapado, con una voz ronca que no ocultaba su acento
extranjero, le dijo: -¡Puerca!, ¿vas a obedecer o prefieres que te follemos y
luego te matemos?, contesta-. Le dio un bofetón y le volvió a preguntar: ¿Vas a
obedecer?. Ella contestó que sí moviendo la cabeza. -¿En todo?- Ella volvió a
asentir con la cabeza. El individuo se colocó tras ella, le puso las manos sobre
los pechos y le dijo: -Si intentas vernos la cara te mataremos. Ahora quítate
los zapatos-. La soltaron para que pudiera quitárselos. Tras un momento de duda
se agachó y se los quitó. -Quítate esto-, le dijo el rapado tocándole el jersey
justo encima de un pezón. Ella emitió un sonido, inclinó un poco la cabeza y
cruzó los brazos sobre el pecho. Enseguida la tomaron otra vez por los brazos.
El rapado se rió un poco y le dijo: -¡Perra|, yo te voy a enseñar-. Entonces
tomó una fusta de una repisa y la pasó por la cara y por el cuello de la mujer
cautiva, bajándola luego por su pecho para introducirla finalmente entre las
piernas de ella, juntas una con otra. -¿Quieres que te pegue?- Ella no dijo
nada. Entonces los dos hombres que la sujetaban, rodeándole uno el cuello con un
brazo, la obligaron a inclinarse y la cambiaron de posición para que su trasero
estuviera frente a mí. El rapado se puso a un lado y le dio tres fustazos en las
nalgas. Debió hacerle daño porque ella, incluso amordazada, emitió tres gritos
apagados.


Volvieron a la posición anterior y, mientras uno de los que
la sujetaban la obligó a levantar la cabeza tirándole del pelo, el rapado se
acercó a ella, le recorrió con sus labios el cuello, besó su oreja izquierda y
le dijo: -Ya quítatelo-. De nuevo la soltaron y ella se quitó el jersey, con
cuidado al sacárselo por la cabeza para no arrastrar la venda que le cubría los
ojos. El rapado tomó el jersey y los zapatos, que puso sobre el abrigo. Llevaba
una blusa blanca de manga larga. El mismo jefe de los asaltantes comenzó a
sobarle los pechos con las dos manos, bajando a veces hasta las caderas. Al
mismo tiempo, los dos que la sujetaban le tocaban la espalda y el culo, bajando
también la mano de vez en cuando hasta metérsela entre las piernas. Eso duró
varios minutos.


Cuando pararon el rapado le preguntó: -¿Quieres que te
follemos o que te peguemos?- y le quitó el trapo con que estaba amordazada. Ella
contestó: -No me hagan nada, por favor, por favor-. Pero el rapado le agarró la
cara apretándole las mejillas con su fuerte mano: -¡Calla, ramera! Contestarás
sólo lo que te pregunte y no hablarás nada más. ¿Entendido?-. Ella contestó que
sí mientras él todavía la tenía sujeta por la cara. El rapado la soltó y repitió
la pregunta hablando despacio, recreándose en las sílabas: -¿Quieres que te
follemos o que te peguemos?-. Ella dijo: -No me peguéis, por favor-. El rapado
le dio una bofetada y replicó con voz colérica: -¡Contesta bien, perra! Dí
"quiero que me folleis" o "quiero que me peguéis", ¡venga, contesta!-. Pasó un
instante. Observé que ella temblaba. No contestó.


Los dos que la sujetaban le tomaron con más fuerza, metiendo
cada uno uno de sus brazos bajo el sobaco de ella y levántandola un poco. El
rapado la amordazó de nuevo y acercándose por delante, en un momento, le
desabotonó el pantalón, bajó la cremallera y tirándo por los lados se lo bajó
hasta los tobillos. Ella intentó patalear, pero todo había sido rápido y el
pantalón bajado le dificultaba mover las piernas. Mi mujer intentó gritar, pero
la venda estaba atada con fuerza y su grito apenas se oyó. La levantaron en vilo
unos instantes y el rapado le sacó por completo el pantalón y los calcetines,
echándolo todo sobre la ropa que ya le habían quitado. Se apartó un poco para
mostrármela. Sus piernas desnudas eran blancas y largas. Llevaba unas bragas
negras.


Entonces, de nuevo uno de ellos pasó su brazo por encima del
cuello de ella y la obligó a agacharse, girándola hacia mí. Los tres hombres
comenzaron a reirse. El culo de mi honorable esposa se ofrecía en una posición
muy tentadora. El rapado lo recorrió con el extremo de la fusta, que le
introdujo entre las piernas. Acercó su cara a ella y le pasó la lengua por un
muslo hasta llegar a las bragas. Entonces la besó sobre una de las nalgas y,
apartándose, le dio una fuerte palmada en el culo y le dijo: -¡Ramera!, tienes
que decir "quiero que me folléis" o decir "quiero que me peguéis"-. Enseguida la
golpeó con la fusta en un muslo. Ella seguía agachada a la fuerza. Le retiró la
tela de la boca y ella dijo en voz baja: -Quiero que me folléis". La levantaron
y voltearon para que su cara estuviera frente a mí y el rapado le acarició el
pubis por encima de las bragas y le dijo: -Dilo fuerte y dilo tres veces-.
Entonces mi mujer tragó saliva y dijo tres veces, alto y claro, que quería que
la follaran.


La soltaron sin alejarse de ella más que dos pasos. El rapado
le dijo: -Quítate la blusa y dinos que eres nuestra puta, dinos que eres nuestra
puta y que te jodamos por todas partes-. De nuevo ella dudó y recibió un fuerte
azote con la fusta sobre los muslos, muy cerca del pubis. Enseguida obedeció y
lo dijo: -Soy vuestra puta. Quiero que me jodáis por todas partes-. -¡Repítelo
fuerte, puta!- Ella gritó: -¡Soy vuestra puta. Quiero que me jodáis por todas
partes!- Y con las manos temblorosas se desabotonó la blusa y se la quitó. Uno
de ellos la tomó y la puso donde la ropa.


Mi mujer estaba vestida sólo con unas bragas y un sujetador
negros, rodeada de los tres individuos, que la miraban con lascivia, incluso
relamiéndose, y que se reían de ella. Los tres le decían: "Eres una putita. Eres
nuestra perra. Te vamos a follar como nunca te han follado. Ramera" y algunas
otras cosas que no pude entender porque se las decían en voz baja. Durante dos o
tres minutos ella estuvo así, de pie, quieta, mientras los tres hombres a su
alrededor la miraban, diciéndole marranadas y excitándose cada vez más, pero sin
tocarla. Me dí cuenta de que los pantalones de los tres tipos estaban muy
hinchados en la bragueta.


Luego comenzaron a sobarla los tres a la vez, recorriendo su
cuerpo con ambas manos, por todas partes, desde los tobillos hasta la boca,
amasándole los pechos y las nalgas, acariciándole el pubis y los pezones,
metiéndole los dedos en la boca, sobándola sin parar y cada vez más deprisa
durante cinco minutos o más. Finalmente se pusieron todos detrás de ella y a los
lados, mordisqueándole las nalgas, tocándola por debajo y por los costados,
dejándola frente a mí para que la viera completa. Tenía los pezones erectos y
por su boca entreabierta emitía leves gemidos. Estaba excitada.


El rapado, con voz terriblemente ronca por el deseo, pero sin
gritar, como acariciándola con las palabras, le dijo: -Quítate todo, putita
mía-. Sin pensarlo ella se quitó primero el sujetador y luego las bragas, que
cayeron sobre la alfombra. El más joven se adelantó y le pasó la mano por la
entrepierna. La sacó húmeda y los tres hombres lo celebraron con gritos de
júbilo, risas y palabras que no pude entender. Los dos más jóvenes se lanzaron a
lamerle y morderle las tetas, sobándole frenéticamente el culo y la entrepierna.
El mayor se quitó cuidadosamente los pantalones, que colgó de una percha en la
pared, y los zapatos, que apartó a un lado. Entonces se inclinó y la tomó
levantándola en vilo, sosteniéndola con un brazo bajo los muslos y con el otro
por la espalda de modo que con esa mano le tocaba una teta. Dio unos pasos
acercándose a mí, mostrándomela desnuda y excitada, y la besó en la boca
largamente, sin que ella manifestara rechazo.


Entre tanto los otros habían acercado el colchón y lo habían
puesto sobre la alfombra. La pusieron de nuevo en pie sólo el tiempo de
ajustarle la venda, que algo se había aflojado. El rapado le ordenó con su voz
cavernosa: -De rodillas-. Ella se arrodilló. La movieron un poco para que
quedara algo de costado frente a mí. El rapado tomó las manos de ella y se las
puso sobre sus abultados calzoncillos, a la altura de la cara de mi asustada y
excitada esposa. -Quítamelos, perra-. Ella, obediente, le bajó los calzoncillos
tomándolos por los lados. Cuando llegó abajo él los tomó y los echó sobre sus
zapatos. Ella volvió a enderezarse, expectante. El rapado tenía el pene
completamente tieso y se lo acercó a mi querida esposa hasta rozarle la mejilla.
Ella dio un respingo y apartó hacia atrás la cara. Los tres se rieron.


El rapado se apartó un poco y le preguntó: -¿Quieres joder
con todos?-. Ella negó moviendo la cabeza. Entonces la pusieron en pie tomándola
por los brazos. El rapado la agarró por las tetas y se las apretó. Ella gritó.
Entonces la sujetó por las muñecas y los otros dos hombres se arrodillaron y la
agarraron por las nalgas, mordiéndole en ellas. De nuevo gritó y dijo: -No, no
me hagáis daño-. No le contestaron. Otra vez la sujetaron fuertemente los dos
más jóvenes y la volvieron de espaldas a mí. El rapado se acercó a sus nalgas
con una aguja y le dio un pinchazo. Ella chilló y salió una gota de sangre.
Volvió a pincharla. Ella volvió a chillar y salió otra gota de sangre. El rapado
tomó la fusta y le dio dos golpes. Ella suplicó: -Por favor, no me hagáis daño.
Haré lo que queráis-. Le contestó el rapado: -¿Todo?-. -Sí, sí, todo-. La
soltaron y ella quedó de pie, frotándose el trasero y con la cabeza agachada.


-¡Arrodíllate! ¿Quieres que todos te jodamos?-. La
contestación fue rápida: -Sí, sí-. -Dí lo que quieres-. Y ella: -Quiero que
todos me jodáis-. -¿Eres nuestra putita?-. -Sí, soy vuestra putita-. -¿Te
gustaría chuparnos el pene a todos?-. Aquí tardó un instante en contestar: -Sí-.
-¿Sí qué?-. -Sí que me gustaría chuparos el pene a todos-. En ese momento los
tres prorrumpieron en exclamaciones de júbilo y en aplausos.


A unos gestos del rapado sus compañeros se quitaron los
zapatos. A mi mujer, que ya era suya y más que lo iba a ser, le dijo: -Quítales
los pantalones y los calzoncillos a estos-. Uno tras otro se pusieron frente a
ella que, obediente y tanteando, les desabotonó los pantalones, les bajó la
cremallera (esto con alguna dificultad porque a esas alturas la tenían muy dura
y abultada) y luego les bajó y quitó los pantalones, para a continuación
quitarles también los calzoncillos. Ellos se reían y le acercaban los tiesos y
brillantes penes a la cara.


El rapado dijo: -¡Tócanos la polla, puta. A los tres!- Se
colocaron juntos frente a ella que, arrodillada, les iba tocando con las manos
los penes. El más joven lo tenía muy largo y grueso. Un miembro como ese no
había catado ella en su vida.


Lo que sucedió a continuación, queridos lectores, podéis
imaginarlo. Permitidme aplicaros el título de queridos lectores, pues a estas
alturas de la historia es más apropiado que el inicial, aquel tan distante de
respetables lectores. No tenéis responsabilidad, ciertamente, en la violación de
que fue víctima mi querida esposa, pero sí lo sois de la lectura -espero que
atenta- del relato de su violación. Y si habéis llegado hasta aquí es por pura
curiosidad o acaso porque os hubiera apetecido estar allí, en el deleitoso papel
de los violadores o, quién sabe, en el también interesante del esposo que
observa cómo tres machos fornican violentamente con su mujer, en virtud de su
consentimiento y ante su complacencia por la forzada posesión colectiva y brutal
humillación de la propia esposa por mano ajena (o por penes ajenos, para ser más
preciso).


Voy a terminar la relación, en atención especialmente a
aquellos de vosotros que gustan de ver escrito lo que de todas formas ya se
imaginan, pero también para ofrecer algunas noticias que precisen con más
detalle aquel suceso.


Después de que mi chica, obediente y de rodillas, tocase con
sus manos aquellos miembros duramente viriles y palpase también los tres pares
de cojones, aquellos tipos apagaron un par de lámparas, dejando encendida
solamente una, sobre la que pusieron una especie de pantalla de chapa metálica,
de forma que la luz iluminaba el suelo dejando bastante oscuro lo demás.
Entonces el rapado le dijo a mi desnuda y sometida mujer que mirase solamente
hacia abajo, que no mirase hacia arriba o le cortaría los pezones. A
continuación los tres empalmados mozos se cubrieron las cabezas con unas medias
que en la penumbra ocultaban totalmente sus rasgos y le quitaron la venda de los
ojos. Ella no se atrevió a levantar la vista. Ante sus ojos estaban los
genitales de tres machos llenos de deseo.


En primer lugar, mi dulce esposa lamió y chupó aquellos tres
penes. Ni siquiera hicieron falta más amenazas. Bastaron unos gestos que ella
obedeció. ¡Qué bella y qué sumisa mi dulce esposa sirviendo a los machos,
provocando y recibiendo con los labios, con la lengua, con toda la boca y con
toda su cara y pechos unas eyaculaciones largas y abundantes. No voy a decir que
hiciera su labor con completa profesionalidad de ramera pero sí cumplió bastante
bien. El resultado fue, digamos, más que aceptable para su falta de experiencia.
Y en cierto sentido pude considerarlo una justa retribución a su sentido de la
dignidad, pues a mí siempre me negó por las buenas lo que a aquellos tres
hombres concedió por las malas. El miedo fue más fuerte que el afecto conyugal.


Los dos más jóvenes se corrieron en su boca mientras la
sujetaban por los pelos. La mandaron tragar y tragó. La mandaron limpiarlos y
con su lengua limpió a lametones los lustrosos penes. En cambio el mayor, el
rapado, aguantó.


En ese punto la sometieron a una sesión de grabación de su
cuerpo desnudo y entregado. El rapado le dijo que posara como le dijeran y que
sonriera a la cámara. Ella tenía la cara, los labios y los pechos sucios de
semen. Se apartaron, la enfocaron con la luz de la lámpara y la grabaron con una
cámara de vídeo durante un rato. No consiguió sonreir de modo convincente, pero
sí ofreció ante la cámara su sexo, su boca, sus buenas nalgas, su entero cuerpo
desnudo en muy variados perfiles y posturas. Tuvo que tumbarse y abrirse de
piernas cuanto pudo. Tuvo que abrirse con las manos el coño, meterse dentro
varios dedos, acariciarse las tetas, sacar la lengua, chuparse los dedos y
simular que besaba. Finalmente le dieron un cubo con agua, jabón, esponja y una
toalla grande. Tuvo que lavarse la boca, la cara, el cuello y todo el cuerpo
incluyendo la vagina y el culo. Entretanto la siguieron grabando hasta que
terminó, momento en que apagaron la cámara y le pusieron dos anchas vendas sobre
los ojos, una encima de la otra.


Después se fueron tumbando, por turnos y a ella la mandaron
colocarse encima. Y sobre uno detrás de otro, encima se colocó y cumplió con el
trabajo que le habían encomendado. Arriba y abajo, arriba y abajo, agarrada por
las caderas y con un bailoteo de tetas que a todos encantaba (a mí también),
hasta que consiguió que los tres se le corrieran dentro. Bueno, el último fue el
más joven y parece justo señalar que eyaculó muy, muy dentro de mi querida
mujercita.


Y entre unas cosas y otras, y al mismo tiempo que otras y que
unas, hubo sobadas magníficas, fregoteos intensos de tetas y de nalgas, manos
que la agarraban, lenguas y labios que la recorrían, mordiscos en toda su
anatomía, dedos que se le metían en el ano, dedos que frotaban su clítoris,
dedos que de a uno o de a varios se le introducían en el coñete, en su
habitualmente íntimo y reservado chocho, abierto aquel día de modo magnífico a
un público apasionado y entregado (¡día de puertas abiertas, pasen adentro,
hasta el fondo por favor!). Si no me engañó la vista -y creo que no porque la
tenían espatarrada justo frente a mí para que no perdiera detalle- hasta una
mano casi entera llegó a tener en la vagina varias veces, los cuatro dedos más
largos y la palma hasta donde comienza el pulgar entrando y saliendo de aquel
mojado coño mientras ella lamía una que otra verga.


Durante aquella fiesta en la que tres machos la chingaban
frenéticamente mi querida mujercita no estuvo callada. Chilló, gimió, suspiró y
de su boca salieron sonidos incesantes, variados y representativos de cómo ruge
una hembra mientras la poseen bravamente. No creo engañarme si digo que gran
parte de aquellos ruidos no fueron exactamente gritos de dolor, de miedo, ni de
lamento. Los tres tipos la calentaron mucho, la pusieron como una loca y tras
los primeros momentos de rabia, de dolor y de impotencia la hicieron disfrutar
un orgasmo detrás de otro. Nunca en su vida había sido más y mejor follada.


Antes del final hubo un momento en que la tumbaron boca
arriba y miembras los otros le trabajaban las tetas, el más joven, el del
miembro largo y grueso, se le puso encima y la cabalgó con todas sus ganas -que
eran muchas y que se habían renovado de modo ciertamente admirable- y les
aseguro, queridos lectores, que aquella mi indefensa esposa que al principio
estaba siendo indudablemente violentada, forzada, violada por tres fuertes
desaprensivos, se abrió de piernas de un modo apasionado y generoso que parecía
bien voluntario, facilitando y favoreciendo el acople de aquel bien dotado macho
en la plenitud de su potencia sexual. Y bramaba, queridos lectores, mi mujer era
la hembra de aquellos tíos y bramaba de placer mientras la penetraba aquel
hombre joven y los otros dos le sobaban las tetas, le chupaban y mordíanlos
pezones, los brazos y el cuello, le palpaban los muslos y el culo. En cierto
modo, pensé yo, estaba ella recibiendo sin saberlo mi regalo para su ya próximo
cuarenta cumpleaños. Un bonito modo de celebrar el fin de la treintena para una
mujer que todavía estaba bastante guapa y, por lo que veía ante mí, muy
apetecible para los hombres.


De dolor, en cambio, gritó -y mucho- en la escena que
podríamos considerar como el fin de fiesta. La pusieron a cuatro patas con el
culo levantado y mientras los dos más jóvenes la sujetaban y le tocaban el coño
y las tetas, el rapado, que se había reservado corriéndose tan sólo una vez
-dentro de su vagina- le puso a mi chica una crema lubricante en el ano
metiéndole primero el dedo corazón para, a continuación, clavarle el rabo, poco
a poco, hasta que todo entero entró en aquel hasta entonces virginal recinto. Y
allí dentro lo tuvo, empujando y empujando, hasta que ella dejó de gritar y él
se corrió, agarrado a sus caderas y diciéndole unas palabras en su idioma que no
entendí. Así fue como la trasera vía de mi mujer quedó, por así decir,
inaugurada.


Luego todo fue vestirla -aunque sin el sujetador y sin las
bragas, que no le devolvieron- amenazarla de muerte, recoger todo y llevarlo a
la furgoneta que había en la puerta, sacarla de aquel cuarto y dejarla en un
rincón lejano del mismo edificio desde donde no nos pudiera ver y atada de modo
que se pudiera soltar sin dificultades, provocar un incendio en aquel cuarto
para borrar huellas y marchar de allí cautelosa y rápidamente, dejando abierta
la puerta exterior para que ella pudiera salir.


A la tarde del día siguiente yo volví a casa de un viaje
motivado por el trabajo -así le había dicho- y apenas advertí un mínimo apartar
sus ojos y no abrir los labios mientras yo me acercaba a besarla. En la cara y
cuello apenas tenía unas leves señales de la fiesta que con ella habían hecho,
disimuladas con maquillaje. Los arañazos y moratones más notorios los tenía por
casi todo el cuerpo, pero fue bastante cuidadosa durante muchos días para no
mostrarlos, cerrando por dentro la puerta del cuarto de baño y ayudándose de la
ropa de invierno. Nunca dijo nada.


 



Relato: Esposa entregada
Leida: 1614 veces
Tiempo de lectura: 15 minuto/s





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